En Palestina, tras más de siete años desde que empezara la segunda
Intifada, la realidad que nos rodea es alarmante. Las pérdidas humanas son
numerosas, sin precedentes, y con implicaciones también en la esfera de lo
político: el ex presidente palestino Yasser Arafat murió envenenado por los
israelíes; Abu Ali Mustafa, máximo dirigente del Frente de Liberación Popular, y
Ahmad Yassin, máximo dirigente de Hamas, fueron asesinados por parte del
ejército israelí con un ataque aéreo "selectivo"; en estos años más de 5.000
mártires
han caído en manos del ejército israelí. Los heridos por las operaciones (daños colaterales, tal y como los denomina Israel) sobrepasan las
60.000
personas, de las cuales 1.500 sufren de invalidez permanente. Y no hay
que olvidar a los miles de prisioneros políticos en las cárceles israelíes,
como
Ahmad Saadat o Marwan Barghouti, entre otros parlamentarios y ministros.
Las pérdidas económicas también son importantes, llegando al colapso
total de la economía palestina, especialmente como consecuencia de la
destrucción de las infraestructuras en todas las ciudades debido a las demoliciones
de casas y los bombardeos que lleva a cabo Israel, lo que deriva en que en muchos casos el paisaje en Palestina se convierta en un amasijo de
piedras y hierros. Los niveles de pobreza y desempleo han llegado a límites desproporcionados, con un 70 por ciento de la población viviendo con
menos de dos dólares al día. Todas estas condiciones han forzado una
situación de frustración e incertidumbre, dañando los valores mismos de la sociedad palestina.
Una de las victorias más importantes de Israel y a la vez, una de
nuestras pérdidas más grandes, ha sido la lucha interna entre las facciones
políticas
de Al Fatah y de Hamas por controlar los territorios, lo que ha causado
la división política, geográfica y demográfica entre Cisjordania y la
Franja de
Gaza. Esta división arriesga seriamente el futuro de una nación
palestina al mismo tiempo que desemboca a favor del plan israelí de separar y aislar
las dos áreas del país, lo que ya había planeado anteriormente el ex primer ministro Ariel Sharon cuando se retiró unilateralmente de la Franja de Gaza.
Israel aceleró la construcción de nuevas colonias judías en Cisjordania
para recolocar a los colonos de Gaza y dividir aún más en cantones separados entre sí la tierra palestina, encapsulando a los palestinos en guetos o
en cárceles a cielo abierto, como en el caso de la Franja.
El proceso de paz
Con algunos años de interrupciones forzadas, la mayoría de veces debido
a las continuas operaciones y ataques del ejército israelí en los
territorios
ocupados palestinos, han pasado ya más de 18 años desde que ambas
partes se enrolaran en una serie de negociaciones políticas, directas e
indirectas, con o sin mediadores. En el año 1991 empezó en Madrid el proceso de paz, culminado con los Acuerdos de Oslo firmados en Washington en 1993, que
al poco tiempo llegaron a un callejón sin salida dado su incumplimiento.
La Conferencia de Annapolis (Estados Unidos), celebrada el pasado mes de noviembre, fue un nuevo intento de renovar las negociaciones de paz
entre israelíes y palestinos para poner fin al conflicto. Parecía que de esa conferencia iba a salir el proceso final de paz y que la creación de un
Estado palestino sería posible en los próximos años (finales de 2009),
por lo que la población palestina entró en una ola de esperanzas e
ilusiones.
Para tal fin, ambas partes empezaron las negociaciones bilaterales quedebían implementar la famosa "Hoja de Ruta", en cuyo primer artículo se
expone claramente que la construcción de colonias por parte de Israel es totalmente ilegal y que se tiene que frenar la construcción de nuevas
viviendas. Pero esta misma semana hemos sabido que se van a construir
más de 1.400 viviendas ilegales entre una colonia ortodoxa de Cisjordania y la
zona Este de Jerusalén; por contra, más de 25.000 casas están en orden de demolición por parte del Gobierno israelí, la mayoría también en
Jerusalén, por no "tener permisos", y se continúan confiscando las tierras a los palestinos, favoreciendo la edificación israelí.
El grado de colonización es tal en la ciudad de Jerusalén que las pocas zonas verdes y abiertas que tenían los palestinos están llenándose
ahora de
bloques de cemento para los colonos provenientes de EE UU y de las ex repúblicas soviéticas. Es bien conocido el objetivo político por parte
del
Gobierno israelí de mantener dos tercios de población judía frente a un tercio de población palestina a partir de sus políticas de expulsión y
residencia, aunque les está siendo difícil debido al retorno de los palestinos que se han quedado en el otro lado del muro o por la temida
bomba
demográfica de la población palestina.
Israel se niega a reconocer que existen los palestinos, tanto si son cristianos como musulmanes; no nos reconoce como tales y con este
principio
justifica su ocupación y sus medidas políticas. Hasta en los grupos de
la más extrema derecha sionista se llega a decir que los palestinos eran un pueblo nómada que llegó y ocupó las tierras de los judíos, una de las
tantas manipulaciones de la historia que elaboran los sionistas, con la ayuda y
apoyo de los EE UU.
Las negociaciones de paz están más paradas que nunca y siguen sin
obtenerse frutos de ellas. Son negociaciones que no hacen más que acabar con el
tiempo de los palestinos mientras los israelíes son los que ganan este tiempo
para
poder seguir con su plan de ocupación geográfica y económica en los territorios ocupados palestinos. Estas negociaciones no muestran puntos
claros de referencia basados en la leyes internacionales, no tienen
garantía de ningún tipo, prácticamente sin representación internacional (con la
excepción de los EE UU, mediadores y controladores principales, siempre favor de los intereses de Israel) y tampoco se llega a un acuerdo sobre
el
objetivo de las negociaciones ni sobre el fin de las agresiones por
parte de Israel a la población civil: ataques militares, colonias, confiscación
de
tierras, el muro del Apartheid, los cientos de checkpoints repartidos
por todo el territorio, etc.
Las perspectivas de la vida política en Palestina son miserables, especialmente cuando los máximos dirigentes de la Autoridad Nacional
Palestina (ANP) han colaborado en las numerosas negociaciones, tan
dañinas y poco fructíferas para el pueblo palestino. Personalmente creo que el
papel de los negociadores se ha convertido en el de puros analistas políticos, expertos en describir las políticas de Israel, que no temen en terminar
las negociaciones para el proceso de paz, olvidando que su misión es la de buscar una política eficaz, poderosa y válida que use la fuerza del
pueblo
palestino; ya que su único objetivo es el de mantener las negociaciones indefinidamente, mientras unos pierden el tiempo y la vida y lo ganan
los
otros.
Todos los acuerdos de Oslo han fracasado o, directamente, no se han aplicado, especialmente por parte de Israel. Para muchos, Yasser Arafat
sólo
era un obstáculo para la paz. Una vez fallecido, lo sustituyó el actual presidente palestino Mahmoud Abbass, que favorece los intereses de los
EE UU y de Europa. Lo mismo podríamos decir del primer ministro Salaam
Fayyades, impuesto en el cargo por parte de los propios estadounidenses. Ambos
gozan de la simpatía y del apoyo absoluto del Gobierno de Washington y de
Israel, aunque no quieran reconocerlo y, sin embargo, si hablamos del efecto en
su pueblo, sus medidas políticas han sido totalmente inútiles y han ido en detrimento del pueblo palestino, ya que la violencia ha ido en aumento,
como vemos en los ataques en Gaza, o en la continua construcción de
colonias, que se ha incrementado 11 veces el año pasado.
¿Negociar en estas condiciones?
La ANP mantiene el argumento de que las negociaciones con Israel son la única estrategia que tiene el pueblo palestino, abandonado
completamente por sus dirigentes, como única alternativa para llegar a los acuerdos y satisfacer sus demandas. Los representantes del Gobierno se llenan la
boca
con palabras vacías de protesta y de condena que no pretenden más que
calmar y anestesiar a la opinión pública, haciendo sentir a la población que
todos navegan en el mismo barco de la ocupación y el sufrimiento. Por otra
parte, Hamas sigue defendiendo el argumento de que la lucha armada es la única
vía para enfrentarse a la ocupación militar israelí. Las condenas repetidas
por parte de la ANP a los ataques de Israel y a las mismas acciones de
Hamas, son una muestra de lo ridícula e impotente que es su política y de cómo
se han convertido en actores del show del proceso de paz.
Es evidente que la política de Abbass es débil, frágil y ordinaria;
basada en una posición de críticas al partido de la oposición, Hamas, y de la
claudicación ante la UE y EE UU. Repetidamente condena los ataques a los civiles israelíes pero cuando se trata del asesinato de su propio pueblo
calla ante Israel y condena a Hamas. La opinión pública palestina se
siente insultada ante esta ingenua neutralidad, unida a los claros lazos de
amistad, nunca reconocidos, con los dirigentes americanos e israelíes,
que convierte a los palestinos en funcionarios a su servicio pero viéndolos
como enemigos para su propio pueblo. Son muchas las voces que exigen la
dimisión de Abbass y de todo su gabinete de ministros, lo que no quiere decir que apoyen a Hamas y su política; más bien al contrario, son muy críticos
con el partido, especialmente tras la toma de poder por la fuerza de la Franja
de Gaza en junio de 2007. Estas voces proclaman la aparición de nuevas alternativas y de un cambio que les devuelva la esperanza de ver la
unidad de los palestinos y la creación de un Estado palestino soberano.
No hay que olvidar que la ANP está sumergida en la corrupción total por parte de sus dirigentes y cada semana nos llegan nuevas noticias de
casos de corrupción; los escándalos dañan a la opinión pública palestina,
agravando su desconfianza e incertidumbre en torno a sus dirigentes al ver que no
se toma ninguna medida contra los culpables. El presidente Abbas es
incapaz de implementar y respetar las leyes.
La corrupción lo destruye todo. La mayoría de palestinos acusados de corrupción han empezado a buscar refugio en el extranjero al ver que el
barco de Palestina empieza a hundirse. El mismo Saeb Ereikat, uno de los integrantes de la mesa de negociación, ha facilitado la caída de la ANP,
admitiendo que la popularidad del presidente Abbass ha caído por debajo
de los límites de hace un año, tanto por los crecientes niveles de
corrupción como por su incapacidad en los procesos de paz.
El pueblo palestino está cargado de ira, euforia e indignación ante esta situación, tanto por las agresiones por parte de Israel como por la
corrupción y la mala gestión en la ANP y el estancado proceso de paz.
No ve ninguna solución al conflicto que satisfaga sus demandas y necesidades
y se está perdiendo la idea de un Estado palestino unido para pensar más en
la anexión de Gaza a Egipto, la de Cisjordania a Jordania o, simplemente,
en eternizar la ocupación militar israelí en todos los territorios.
Todos estos elementos conforman el escenario de una lucha perpetua,
duradera e interminable, con el continuo sufrimiento de nuestro pueblo. Una
tercera Intifada parece inminente; esta vez, contra la ocupación militar
israelí y contra la misma Autoridad Nacional Palestina.