“Algunos
luchan un tiempo y son buenos. Otros luchan mucho tiempo y son
mejores. Pero están los que luchan toda la vida. Esos son los
indispensables”.
Discutiremos
en este texto las implicancias de las declaraciones de Hugo Chávez
sobre el conflicto colombiano y sobre la inviabilidad del método
guerrillero. Lo haremos a la luz de la historia del siglo XX y las
diferentes vías que se dieron los trabajadores para avanzar en su
emancipación y lograr la independencia nacional. El caso de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia es el actor que obliga a estas
definiciones, dada la persistencia de su lucha militar y la agresividad
del Estado colombiano. Este no pretende ser un artículo neutral ni
académico, por el contrario buscamos discutir la pertinencia de
diferentes métodos de lucha y reflexionar sobre las ideas de progreso y
revolución.
Hay
determinados momentos políticos en que las posiciones se contornean con
mayor claridad. Son momentos en que los enfrentamientos y la emergencia
de actores controvertidos cobran tal dimensión que hacen imposible
ignorarlos, ya que ignorarlos implica también una toma de posición.
Durante esos momentos la lucha se tensa de tal forma que todos
desnudamos, con mayor precisión que de costumbre, nuestras aspiraciones
y posiciones ideológicas. Lenin escribió hace ya mucho tiempo un texto
sobre el comportamiento político en momentos de flujo y reflujo de la
lucha popular. Subrayaba que en las situaciones históricas marcadas por
la arrogancia de las fuerzas reaccionarias es cuando más nítida surge
la frontera entre los revolucionarios y aquellos que no lo son.
La
emergencia del Comandante Chávez y su proyección latinoamericana
constituye uno de esos momentos: en pleno auge neoliberal delimitó
aguas, profundizó debates y crispó el escenario latinoamericano dando
oxígeno a los luchadores sociales, políticos, antiimperialistas y
revolucionarios. Un teniente coronel se levantaba contra un régimen que
cumplía todos los requisitos de la democracia formal. Fue una bocanada
de aire fresco en una región donde la noche de las dictaduras, las
revoluciones derrotadas y las democracias neoliberales parecían haber
matado la política y desterrado a los trabajadores de las grandes
discusiones nacionales.
Hoy
sucede algo similar con la guerra civil en Colombia y la presencia de
las FARC, en gran parte por la acción del presidente Chávez. Su
intervención en el conflicto colombiano ayudó a multiplicar su
dimensión regional y mundial y exponer ante el mundo las atrocidades
cometidas por el Estado terrorista de Colombia. Esta exposición obligó
a los gobiernos a posicionarse frente al régimen de Álvaro Uribe, que
combina las características de las peores épocas de Latinoamérica:
consenso neoliberal y terrorismo de Estado. Sin dudas esta exposición
pública no podía implicar ningún riesgo para las FARC, que -a pesar de
ser defenestradas como terroristas y narcotraficantes- son la principal
oposición a los gobiernos de la oligarquía colombiana y la injerencia
yanqui.
Hasta
este punto la intervención de Chávez no implicaba ninguna novedad.
Simplemente se enlazaba con la profundización de una línea
antiimperialista. Además, podía ser considerada con una autodefensa
frente a un régimen como el colombiano cuya consolidación incontestada
implicaba un riesgo geopolítico para los Estados en procesos de
reformas progresistas como Venezuela y Ecuador (o para cualquier
régimen popular).
Pero
la línea de intervención chavista en el conflicto colombiano cambió
justo después del anuncio público de la muerte del comandante de las
FARC Manuel Marulanda. Chávez declaró que los guerrilleros debían
liberar la los rehenes sin contrapartida alguna; los llamó a abandonar
la lucha armada en las mismas condiciones y dijo que usar las armas
para transformar la realidad es un método que ya pertenece a los
anaqueles de la historia. Además inició una serie de gestos de
acercamiento (tácticos, suponemos) al régimen colombiano y condenó
cualquier iniciativa de los venezolanos de manifestar su asco ante la
presencia en sus tierras de un personaje tan deleznable como Uribe.
Este
accionar nos obliga a debatir y definir varias cuestiones. Por ejemplo,
las características que deben asumir las políticas de los Estados
frente a los conflictos sociales de otros Estados. La contradictoria
unidad del campo popular donde entramos nacionalistas, populistas,
reformistas, marxistas (y las más diversas combinaciones de estas
ideologías). Las cuestiones que hacen a la unidad y la solidaridad
revolucionaria y antiimperialista. Y las contradicciones políticas e
ideológicas internas de cada proceso revolucionario particular y de las
organizaciones que lo protagonizan.
Los movimientos nacionales policlasistas
Antes
de pensar la situación actual es bueno hacer un raconto de los caminos
que los pueblos latinoamericanos siguieron en la búsqueda de su
emancipación a lo largo del siglo XX. Inicialmente creemos que todo
gran proceso de transformación social e independencia nacional incluye
en su seno un amplio abanico de corrientes ideológicas, como también un
amplio espectro de clases y fracciones de clase que están interesadas
en la independencia y el progreso. Esto evidentemente coloca en una
misma trinchera a grupos con diferentes intereses de largo plazo que
muchas veces se manifiestan como contradicciones en la cotidianeidad
del proceso. Los movimientos nacionalistas populares o “populistas”
expresaron un momento particular de la historia de nuestros países,
momento en el cual una burguesía nacional aún débil y una clase
trabajadora de reciente formación podían convivir bajo banderas
nacionales enfrentado al viejo sistema oligárquico imperialista.
En
América Latina conocemos la experiencia de amplios movimientos de
masas bajo liderazgos fuertes e ideologías nacionales, populares y
antioligárquicas con diferente grado de antiimperialismo. Por ejemplo
el peronismo, el APRA, el cardenismo, el MNR, el varguismo, etc. Pero
también regímenes militares que intentaron políticas similares con
menor base de masas como el caso de Velazco en Perú. Todos ellos
produjeron o intentaron llevar adelante procesos de inclusión social de
los trabajadores y desarrollo económico bajo las normas de un
capitalismo con fuerte presencia del Estado en la economía. En el caso
colombiano el emergente de ese proceso de maduración nacional fue
Elicer Gaitán (líder disidente de la elite política liberal), ahogado
en sangre por la oligarquía.
En
general estos movimientos encararon el problema de la fuerza incluyendo
a fracciones importantes de las fuerzas armadas tradicionales dentro o
a la cabeza de los procesos. La cuestión de la hegemonía hacia el
interior de los movimientos es entonces el tema fundamental. Y esto se
relaciona con el frente de clases que expresan y la etapa histórica en
que desarrollaron sus propuestas.
Esos
regímenes que (muchas veces con desprecio) se los llamó populistas, sin
duda mejoraron la situación de sus pueblos y la soberanía de sus
países en lo que respecta a soberanía y bienestar social, pero no
pudieron generar condiciones de reproducción en el tiempo (a pesar de
que muchos lograron cambios estructurales en sus sociedades). Así
chocaron con fuertes contradicciones internas y externas basadas en la
naturaleza intrínseca de la “alianza” que era su sustento, que incluía
desde trabajadores hasta grandes empresarios, y la naturaleza misma del
desarrollo capitalista. Es por esta razón que los mismos movimientos
que fueron progresistas en una etapa respondieron al desafío de sus
limitaciones estructurales con una profunda reconversión hacia la
derecha luego (ver los casos del peronismo, el aprismo, etc.).
Un pantallazo sobre las experiencias guerrilleras latinoamericanas
En
la segunda mitad del siglo XX surgieron un nuevo tipo de movimientos
sociales transformadores de ideología claramente socialista. Estos
movimientos buscaron construir la hegemonía de las clases subalternas
(trabajadores, campesinos, pobres en alianza con sectores de la pequeño
burguesía), sobre el conjunto de las clases interesadas en la
independencia y la justicia social. En estas experiencias la clave pasó
por la capacidad de un conjunto de revolucionarios de organizar una
fuerza armada popular en condiciones de jaquear militarmente a las
fuerzas armadas del régimen y, entonces, producir una crisis de
dominación que resquebrajara el sistema. Si esa fuerza era capaz de
expresar a un sector de las masas populares organizadas tenía amplias
posibilidades de transformarse en alternativa de gobierno.
La
“vanguardia”, fue concebida como una organización o frente
revolucionario de liberación nacional, con una estructura que buscaba
acomodarse a las tesis leninistas, de ideología socialista, cuyo método
de lucha era principalmente el militar, debía garantizar la orientación
revolucionaria del proceso y “generar las condiciones” para el
enfrentamiento victorioso entre las clases trabajadoras y las clases
opresoras. Las experiencias guerrilleras fueron numerosas (y lo son).
Pero muchas no llegaron a pasar de su fase inicial. Sólo algunas
llegaron a consolidarse como parte de un movimiento de masas más
amplio, invirtiendo los planteos de la tesis foquista.
El
FSLN en Nicaragua, el FMLN en El Salvador, la guerrilla guatemalteca en
un caso triunfaron y en los otros dos no estuvieron lejos de hacerlo.
Lo grave de estos procesos no es que mostraran la inviabilidad de la
lucha armada, todo lo contrario. En estos países los acuerdos de paz
garantizaron la integración y desmovilización de las fuerzas
guerrilleras, pero las causas de la guerra civil siguieron intactas.
Hoy Guatemala y El Salvador son países en los que pareciera no haber
futuro ni esperanza, en la que la gente emigra mucho más que durante la
guerra civil y donde mueren muchos más jóvenes por violencia lumpen que
los que caían antes luchando por la liberación de su país. Y este
diagnóstico lo podemos extender a todo Centroamérica.
La
guerrilla peruana (PCP y MRTA) pasó de su etapa embrionaria y llegó a
tener niveles de inserción y prestigio teniendo en el haber de su
derrota muchos más errores propios (el sectarismo del PCP alejó a la
guerrilla de importantes aliados y activó a sectores que debieron ser
neutralizados) que aciertos ajenos. La guerrilla argentina (Montoneros
y PRT) tuvo un período de inserción e influencia política (en el caso
de Montoneros dentro del movimiento popular mayoritario y dentro del
Estado), que sin dudas superaba su capacidad militar, llegando a ser
actores determinantes dentro de la fracción obrera más combativa y de
la juventud. Nuevamente errores propios fueron definitorios en su
derrota.
El
caso mexicano es contemporáneo, allí dos fuerzas guerrilleras operan
con diferente perfil y estrategia: el zapatismo y el EPR. Aunque su
viabilidad como alternativa de poder está claramente condicionada a la
existencia de un movimiento popular mucho más amplio que las propias
fuerzas, nadie duda de su pertenencia al campo popular, colaborando en
el enfrentamiento al sistema y en la construcción de contra hegemonía
aún dentro de un país poderoso con una burguesía moderna y una sociedad
compleja como la mexicana.
Chile, un caso particular
Chile
merece una mención aparte, ya que el proceso revolucionario chileno se
desarrolló a través de un proceso donde las fuerzas populares
construyeron herramientas de acumulación principales dentro del sistema
democrático. En este país durante gran parte del siglo XX la clase
obrera participó de frentes de izquierda con independencia de clase,
frentes que no fueron a contramarcha de las luchas populares, sino que
intentaron expresarlas. Siendo un caso único en su tiempo, hay varias
décadas después (y en un contexto internacional y clima ideológico
diferentes) experiencia con paralelismos. Por ejemplo, la del Frente
Amplio de Uruguay o el Partido de los Trabajadores de Brasil, que
terminaron accediendo al gobierno pero con una fuerte hegemonía
burguesa en su seno y con los sectores populares encuadrados detrás
(como dato es indudable los frentes actuales son mucho más burgueses y
disciplinadores de la clase obrera que los vilipendiados populismos).
El caso chileno, en cambio, planteó explícitamente una transición
democrática hacia el socialismo y la construcción de poder popular con
la estructura del Estado como eje. Tesis que podemos relacionar con el
caso venezolano pero que no debe olvidar la larga acumulación previa y
el nivel organizativo avanzado social y político alcanzado por las
masas chilenas.
Y
aún así este proceso popular fue derrotado por una operación
desestabilizadora de la burguesía de largo alcance y que se ganó el
consenso de las capas medias. Un golpe de mano del ejército y el
decidido apoyo norteamericano fueron los determinantes finales. Peor
hubo causas que deben ser una enseñanza: el no haber desarrollado con
suficiente amplitud los organismos autónomos de las masas (bases del
nuevo Estado) por respetar las estructuras del viejo Estado. Esta
contradicción transición hacia el nuevo sistema desde las estructuras
del viejo, respondió, en el caso chileno, a intentar mantener un
acuerdo tácito de convivencia democrática, que garantizaría que si las
reformas se realizaban institucionalmente el socialismo sería aceptado.
El problema es que las clases dominantes respetan sus leyes mientras
sirven a la reproducción de su base material, cuando esto deja de ser
así, recurren a cualquier método de lucha aunque antes lo hayan
vilipendiado. Dentro de las instituciones tradicionales las reformas
profundas son generalmente bloqueadas y más aún posibles experiencias
de autogobierno o poder militar de las propias masas. El camino chileno
terminó ahogado en sangre, aunque no era “armado”.
Pero
hacia el final del régimen pinochetista surge una organización
guerrillera de gran importancia, el FPMR, que alcanza (y conserva a
pesar de su derrota militar) gran prestigio en los barrios pobres de
las grandes ciudades y en segmentos de la polarizada sociedad chilena.
La apertura democrática con su represión legitimada fue la razón de su
derrota. Pero la potencialidad de al propuesta rodriguista de romper
con una transición ordenada que preservara el modelo neoliberal y los
privilegios institucionales de la derecha, sigue siendo legítima.
Hasta
aquí echamos una ojeada sobre algunos de los movimientos que lucharon
por la transformación social y la independencia de nuestra América. Los
movimientos populares o populistas no fueron más eficientes que las
organizaciones guerrilleras. Más bien algunos de estos, como el caso
del APRA, la “revolución mexicana” o el peronismo menemista terminaron
siendo ampliamente reaccionarios. Mientras que la mayoría de las
organizaciones guerrilleas quedaron en el camino hacia sus objetivos.
Colombia, el terror infinito
En
este país hermano hace casi 60 años un emergente líder popular, Elicer
Gaitán, prometía reformas antioligárquicas. Apoyándose en los
campesinos y en los trabajadores, llamaba a transformar las estructuras
arcaicas de la sociedad colombiana. Su asesinato desató una ola de
masacres contra el pueblo y abortó un proceso modernizador de reformas
democráticas y económicas que hubiese permitido la inclusión de las
masas y transformado el cerrado sistema oligárquico. Muchos campesinos
se armaron como autodefensa, pero la sociedad colombiana quedó dividida
a fuego, sin el más mínimo espacio para la disidencia dentro de la
legalidad, marcada por masacres que desde entonces recaen
periódicamente sobre los que se cuestionan levemente el orden de cosas.
De
ahí que los sesentas dieran a luz en Colombia a la guerrilla, al igual
que en toda América Latina pero en condiciones que le permitieron una
rápida expansión (FARC, ELN, M19, EPL, etc.). Los ochentas vieron el
intento de esta guerrilla de unificar una propuesta política de frente
electoral de cara a probar escenarios que no implicaran la guerra. El
resultado fue el genocidio de los que dieron la lucha política legal.
Un frente electoral completo, la Unión Patriótica, fue exterminado.
En
los noventas Colombia también tuvo sus “acuerdos de paz”. Dos
organizaciones se acogieron, el M19 y el EPL. Nuevamente fueron
asesinados los que salieron de la selva y sus candidatos electorales. Y
a esto hay que sumar el asesinato permanente de dirigentes sindicales,
estudiantiles, indígenas, campesinos, barriales, etc. etc….
Hoy,
apoyada en la etapa más agresiva del imperialismo yanqui, la oligarquía
colombiana colocó a los paramilitares en el gobierno, sin mediaciones y
lo hizo mediante su perfeccionado sistema electoral con el consenso de
la opinión pública a través de la dictadura mediática. Unificó
represión paramilitar, militar, de inteligencia, informativa y
clandestina bajo el mando único centralizado del Estado. Y con la
intervención directa de EEUU e Israel, se lanzó contra las FARC, la
guerrilla más poderosa (como antes lo había hecho contra el ELN).
El
campo popular no es monolítico y no existe un centro del cual emanen
todas las verdades. Muchas veces en una operación ideológica mecánica
se identificó una fuente única de verdades absolutas y se aspiró a la
construcción de una política unificada mundial del socialismo, lo que
es sin dudas deseable pero sumamente riesgoso. Los que siguieron a la
URSS así les fue, lo mismo para China y esto es así también para Cuba,
Venezuela o quien sea. Esto se relaciona con la diversidad de las
sociedades nacionales y su desarrollo desigual. Entonces, aspirar a la
existencia de un centro mundial de política puede ser un grave error:
la materialización de las transformaciones de cada sociedad se debe
primordialmente a causas internas. A lo que deberíamos aspirar es a la
solidaridad y mutuo apoyo de los que luchamos por un horizonte
socialista.
Podríamos
pensar que Latinoamérica es una sociedad, pero la unidad
latinoamericana es más bien una aspiración, una necesidad que tiene
bases materiales, históricas y culturales sólidas. Pero las
divergencias de la formación de cada una de nuestras sociedades y de
sus respectivos Estados son suficientes como para que tengamos
dinámicas propias. América Latina es una región particular respecto de
otras regiones, y esto hace que la influencia e implicación de los
procesos históricos entre los diferentes países sea muy grande, pero
una política revolucionaria de dimensiones latinoamericanas debe
contemplar los diferentes grados de desarrollo de cada sociedad tanto
económico como político.
Con
esto queremos decir que no se puede imponer una dirección “populista” o
reformista democrática a un movimiento guerrillero marxista, menos aún
si tiene una fuerte raigambre histórica y social. También, en el plano
de la política, se debe evitar la tentación de hacer política pensando
que las necesidades internas de subsistencia de una revolución nacional
particular están por arriba de las necesidades de incentivar la lucha
popular en otra nación, y en esto las FARC siempre fueron autónomas. Y
en el plano de la ideología y las identidades, la coherencia del
nacionalismo, el marxismo y el populismo es posible siempre que se
respete la experiencia de cada sociedad y de sus clases oprimidas y
mientras se acuerde en los objetivos de soberanía y justicia social.
Esa debería ser la enseñanza de las décadas anteriores.
Por
otra parte Chávez planteó el agotamiento de la lucha armada como
método. Es raro (y contradictorio) viniendo de Chávez, cuyo asenso
meteórico a la categoría de líder de masas se originó en un intento de
toma del poder del Estado por parte de un grupo de militares en una
acción armada de características conspirativas. Ya desde el vamos esto
desmentiría la afirmación del presidente.
También
dentro de esa descalificación parecen entrar todas las acciones armadas
y estrategias de lucha destinadas a enfrentar invasores, o regímenes
vendepatria de cualquier tipo. La historia de la humanidad nos muestra
un sinnúmero de cambios políticos más o menos revolucionarios en los
cuales la violencia organizada fue central para su conclusión exitosa.
Tanto en guerras entre países con sistemas diferentes o en guerras
civiles que enfrentan clases con intereses antagónicos la violencia ha
sido, en algún punto de la lucha, ineludible.
Pero
es probable que Chávez se haya referido a la guerrilla rural. Esta es
tan vieja como la humanidad, durante milenios fue el campo el lugar de
asentamiento de la mayoría de la población y los campesinos los sujetos
de la explotación. Fue natural que el campo fuera el escenario
primordial de la lucha. Pero se podría argumentar que las cosas han
cambiado, que la población rural se encuentra en constante disminución
y, que, aún en Colombia (donde subsiste una clase campesina numerosa),
esta no ha dejado de disminuir en los últimos cuarenta años tanto en
número como en centralidad para la estructura económica colombiana.
Es
cierto, una guerrilla rural difícilmente pueda hacerse del poder
apoyada por una base exclusivamente campesina. Más aún si para la clase
dominante estos pueden ser exterminados sin que esto afecte su tasa de
acumulación. Por eso, justamente, es central la ampliación del marco
político de la guerrilla hacia espacios a los que ésta no llega
directamente. En ese sentido el “bolivarianismo” es fundamental como
identidad para aglutinar a amplias masas opositoras, populares y
antiimperialistas, sobre todo en el definitorio ámbito urbano (donde se
encuentra el grueso de la clase trabajadora), que vive la experiencia
de la guerra civil principalmente por los crímenes del Estado, la
propaganda monolítica y el cierre autoritario de las vías para reformas
que impliquen mejores condiciones laborales y sociales.
Es
aquí donde las apreciaciones del comandante Chavez parecieran ser más
desconcertantes. Si el bolivarianismo es central parae la ruptura del
cerco que el Estado colombiano tiende sobre los diferentes actores de
oposición y especialmente, en esta etapa, sobre las guerrillas, el
hecho de que el máximo referente popular latinoamericano de esa
identidad desautorice la política de las FARC tendrá consecuencias
negativas sobre el movimiento popular colombiano y sobre todo sobre sus
actores guerrilleros. Si bien las FARC (y también el ELN) se han
consolidado sobre una base propia, el cambio de correlación de fuerzas
a favor del campo popular debería construirse sobre una convocatoria
más amplia que la misma guerrilla y en este sentido el bolivarianismo
es una apuesta con futuro para contrarrestar el consenso neoliberal
represivo con una identidad popular amplia.
Pero
si hasta hace pocas semanas Chávez era “un miembro del secretariado de
las FARC” al decir de la dirigencia colombiana ¿qué paso en el camino?
Indudablemente la ofensiva militar terrorista sobre las FARC y el
conjunto de los movimientos populares de la sociedad civil asestó
fuertes golpes políticos a la guerrilla (y al campo popular en su
conjunto con el asesinato de 24 líderes sindicales, para mencionar solo
un ejemplo) que incluyen, como marco, grandes movilizaciones impulsadas
desde la derecha con consignas de paz y bien capitalizadas por el
gobierno que propagandiza el consenso de sus políticas y el rechazo a
la guerrilla.
Sin
dudas algunos golpes fueron fuertes, pero no definitivos, en el plano
militar. Por eso no creemos que el paso de una situación de equilibrio
estratégico entre la guerrilla y el Estado a una de defensiva y sus
repliegues consecuentes sea razón suficiente para restarle apoyo a una
organización, la más fuerte, que enfrenta al Estado más reaccionario de
América Latina. Y, más aún, en el preciso momento en que la derecha de
ese Estado está en el poder. La lucha armada sigue siendo claramente en
Colombia una opción no sólo estratégica sino necesaria en el momento
actual, en algunos casos es casi una actitud defensiva. Se pueden
discutir las formas de la misma, sus tiempos, pero no la opción general.
Cuestión nacional y geopolítica
Creemos,
en primer término, que el marco nacional de cada proceso impone
determinadas limitaciones. Que las relaciones de fuerzas internas y
externas de un Estado influyen en sus opciones políticas públicas por
sobre estrategias de mayor alcance. En nuestro caso, el chavismo como
movimiento popular es la expresión de un frente de clases amplio, donde
el pueblo trabajador es un actor movilizado pero poco organizado y
sobre todo en proceso de maduración. El chavismo parece cabalgar sobre
dos caballos: el del “populismo” nacionalista y antiimperialista y el
de un proceso de transición al socialismo. Y estos dos caballos galopan
armónicamente en algunos tramos pero en otros no. Así se manifiestan
dos políticas sobre Colombia, una de aparente neutralidad entre
gobiernos antagónicos que busca equilibrios regionales que favorezcan
más al Estado propio, y otra de solidaridad activa con el movimiento
popular colombiano que interviene en la política regional en función de
un objetivo revolucionario estratégico.
En
nuestro país, Argentina, se dio en el 73 una situación que sirve para
reflerxionar. Algunos jefes guerrilleros de entonces la explican así:
Perón vio el cambio de la situación internacional y consideró que la
Argentina se encontraba cercada (golpes en Uruguay, Chile y Bolivia,
más dictadura en Brasil) y consideró que lo correcto para sobrevivir
era conciliar con los países del cerco imperialista para romper ese
cerco. Evidentemente los Montoneros no consideraron lo mismo y, por esa
y otras razones, se enfrentaron a Perón. Esta política del viejo líder
puede ser comprendida, pero para un revolucionario los abrazos con
Pinochet o Bánzer (por más que fueran con los dedos cruzados)
implicaban algo más: abandonar a las organizaciones chilenas o
bolivianas a su suerte y consolidar la estabilidad inicial de esos
nefastos regímenes. La conclusión de la política de Perón fue
igualmente infeliz, ya que el golpe en nuestro país sucedió más allá de
la posición de las organizaciones guerrilleras.
Este
ejemplo comparativo tiene algunas limitaciones. Primero, que si bien el
imperio contraataca en América Latina, aún no ha llegado a una
situación análoga a la del 73-75. Segundo, que Venezuela no parece
cercada, por el contrario cuenta con la solidaridad de los países más
importantes del continente. Tercero, que la renta petrolera se
encuentra a niveles desorbitados y la situación internacional
preanuncia que seguirá por un tiempo a ese nivel. Y, por ultimo, que
las guerrillas colombianas son justamente colombianas, no venezolanas,
y se les puede discutir, aconsejar, opinar, pero no ordenar ni
dictaminar. Más aún teniendo en cuenta que uno de sus grandes aciertos
fue no seguir los consejos de plegarse a los proceso de paz de los 90
que, para la mayoría de las organizaciones revolucionarias, significó
su liquidación como opción política sin que sus países lograran ningún
cambio positivo. Es más, la experiencia es que en todos lados el
régimen se consolidó y la situación social empeoró.
La guerrilla colombiana y sus métodos
Pero,
suponiendo que la situación haya cambiado en este nuevo milenio ¿qué
alternativas justifican hoy la desmovilización de la guerrilla? Si no
aparece una alternativa política sólida no es culpa de la guerrilla,
como maliciosamente algunos insinúan. Desde el exterminio de 5000
miembros civiles de la Unión Patriótica en los 80 (justamente en el
marco de un proceso de paz con las guerrillas), el Estado colombiano no
para de masacrar dirigentes sociales y políticos (no sólo
guerrilleros). En Colombia hay 10.000 presos políticos (500 de FARC una
cifra menor del ELN) 2800 asesinatos políticos selectivos en los
últimos 10 años, 30.000 desaparecidos y 2800 masacres campesinas que
produjeron cuatro millones de desplazados y exiliados. Y nadie acusa a
las FARC de ser responsables de esto. Simplemente se dice, desde una
prensa monolítica, masiva y sin contestación, que son “terroristas” y
“sanguinarios” porque secuestraron a Ingrid Betancourt, a otros
militares y políticos del régimen, y a tres agentes de inteligencia
yanqui que operaban en tareas contrainsurgentes (pero no los torturaron
y los alimentaron bien, según parece…), para obtener la libertad de sus
compañeros (los que no fueron asesinados en el lugar en que el
terrorismo estatal los encontró y que luego sobrevivieron a las
torturas salvajes y a las condiciones penosas de detención). La verdad,
la desmovilización de la guerrilla no parece la mejor opción.
Pero
la acusación hacia las FARC de lumpenizada, en disgregación y
debilitamiento de sus fines políticos viene principalmente del mismo
campo popular y por ello es mucho más peligrosa que la propaganda
enemiga. Está claro que las FARC no trafican drogas. Es más, los
carteles son sus enemigos y no por competencia sino por sostener el
precio de la coca que venden los campesinos y evitar su explotación por
los narcos. De allí se financia en parte (impuestos a los narcos). Lo
que sí esta probado es que los militares colombianos sí son narcos,
como los paras y los terratenientes, y que todos ellos hoy son los
dueños del Estado. Se dice que el secuestro es inhumano y que las FARC
son muy duras política e ideológicamente. El secuestro de diversos
personajes políticos (en general de segundo orden), militares
capturados en combates y tres agentes de la CIA puede ser hasta cierto
punto discutible desde el punto de vista de que no son personajes
centrales, pero la guerrilla detuvo a estas personas por dos razones:
una, la que se discutió últimamente, para canjearlos por sus propios
compañeros, la otra, para financiarse.
En
cuanto a la primera de las razones, creemos que el canje es legítimo,
aunque sin duda su eficacia es relativa frente a un gobierno cuya
valoración de la vida es mucho menor que la que la guerrilla hace de la
misma. En ese sentido, frente a un Estado no dispuesto a negociar los
rehenes se vuelven una carga (el caso del MRTA en la embajada de Japón
en 1996 es un dramático ejemplo de esta situación). La guerrilla debe
sostener rehenes como cualquier Estado y eso implica control
territorial y un gran esfuerzo logístico, a la larga el riesgo del
rescate por las fuerzas del Estado y el dilema de ejecutar rehenes no
es menor, con el costo político que las FARC conocen bien. Pero las
FARC no son la única organización revolucionaria en tomar rehenes ni en
sostener presos por mucho tiempo. Por el contrario ha sido un método
utilizado por la mayoría de las guerrillas latinoamericanas; es común
en las fuerzas de resistencia de medio oriente y lo fue para chinos o
vietnamitas, con el agregado que éstos no vacilaban en la ejecución.
La
segunda razón para mantener rehenes, habíamos señalado, es la
recaudación de fondos. El cobro de impuestos por la guerrilla sólo
puede ser sostenido por su capacidad de detener a los que no pagan. No
conocemos muchas formas de financiamiento de una organización
guerrillera; es claro que las cuotas de los simpatizantes o aportes
desde la propia base social no cubren los gastos mínimos de la guerra
(ni de una política bien desplegada). Los aportes de empresarios u
organizaciones y Estados extranjeros implican obvios riesgos de
tributación política y en última instancia depender de ellos no parece
lo más seguro. Sacarle dinero a los que más tienen es, sin dudas, una
política tributaria justa.
Una reflexión sobre teoría revolucionaria y revolución
Creemos
que existen tres ángulos desde los cuales se puede pensar una
revolución. Uno es el de la ideología que orienta el conjunto del
proceso. Esa ideología es la que se ha venido desarrollando desde el
mismo surgimiento del capitalismo como sistema y que aún
tiene su punto teórico cúlmine en la obra de Marx. Es la forma de ver
al mundo tal cual es para interpretarlo y transformarlo. La reflexión
sobre la práctica social fue el camino que permitió el desarrollo de la
teoría revolucionaria y este desarrollo siempre fue “pegado” a las
condiciones concretas de la práctica social. Desde Lenin a Mao, de
Gramsci a Mariátegui, de Ho Chi Ming al Che, el acervo ideológico de
los revolucionarios ha crecido. Pero muchos se equivocaron y, presas de
la enorme influencia que una revolución triunfante produce en su
tiempo, han pretendido hacer “calco y copia” (parafraseando a
Mariátegui) de la misma, y han fracasado. Las FARC construyeron su
propia doctrina con autonomía, priorizando su propia experiencia, la de
los trabajadores y campesinos colombianos, y ése fue el acierto que las
fortificó frente a las crisis de los modelos revolucionarios clásicos.
Esto
es así porque en un segundo ángulo de abordaje cada sociedad expresa un
conjunto de relaciones y problemas a resolver que le son propios
(aunque lo universal siempre está presente). Por eso fracasaron los que
quisieron copiar la revolución cubana y sólo triunfaron, o llegaron a
disputar el poder, los que fueron encontrando su propio camino,
haciendo de su propia praxis. Una praxis que permite a lo
revolucionarios ser “causa interna” en su sociedad, actores políticos
emergentes de las masas oprimidas que resisten, asimilarse a su
experiencia como elemento cualitativamente superior y desarrollar los
elementos de teoría que permitieran comprender y dar respuestas a las
tareas concretas de transformación estructural que nuestros países
exigen.
Por
último y desde un tercer punto de observación (pero no por ello de
menor importancia), el desarrollo de la revolución en cada sociedad
nacional es desigual y tiene formas y tiempos propios. Esto no anula lo
general de un proceso revolucionario (la integralidad de la lucha, la
construcción de poder popular y la orientación socialista), pero que le
da forma, tiempo e identidad propia. La existencia o no de un partido
revolucionario hegemónico, el mayor o menor desarrollo de la
organización militar del pueblo, las posibilidades dentro del sistema
electoral, la mayor o menor presencia de cuestiones campesinas o
indígenas, etc. se encuentran en esta última categoría.
A
todos los que buscamos la verdadera independencia y la justicia social
nos une la defensa de los intereses de los trabajadores y los
explotados en general. La convicción que estos intereses son los de la
Patria porque los trabajadores son los que producen con su trabajo las
riquezas y no tienen otro interés que el que los ata a su tierra y a
sus compañeros. Es por ello que la orientación socialista es
inseparable de la lucha por la soberanía nacional y la construcción de
un nuevo régimen político popular. En esta línea pensamos que la
ideología de un movimiento antiimperialista esta relacionada con la
hegemonía que hay en su seno. Y que la comprensión de la relación de
unidad y diferencia entre los movimientos antiimperialistas
latinoamericanos es parte de toda política verdaderamente popular. Es
por ello que no se puede tirar por la borda la experiencia de una
organización revolucionaria existente por la hipotética formulación de
una corriente democrática liberal inexistente.
La guerrilla colombiana (y no sólo ella) tiene futuro
El
régimen colombiano y el imperialismo yanqui apuestan todos sus recursos
al debilitamiento y disgregación de la guerrilla colombiana. A su
desaparición como factor de poder por largo tiempo. Es parte de una
estrategia continental que se relaciona con el secesionismo en Bolivia,
la desestabilización en Venezuela y el despliegue de la IV flota. Esto
en primera instancia, porque también tiene políticas destinadas a
encuadrar a la burguesía brasileña, limar las aristas autónomas del
gobierno argentino y consolidar la integración de Perú dentro se los
regimenes vasallos. La existencia de una guerrilla poderosa en Colombia
es el primer obstáculo a superar para garantizar una estabilidad
prolongada al principal aliado yanqui en la región. Por lo tanto la
guerrilla debe ser defendida por ser la primera trinchera de combate.
Pero
la revolución la hacen los pueblos y sólo la construcción de un
poderoso movimiento popular contrahegemónico generará las bases para
una nueva ofensiva revolucionaria en el país hermano. ¿Qué es la
construcción de poder popular sino la capacidad de las clases
subalternas de darse sus propias organizaciones en todos los planos? De
tener su propia política, su propia justicia, su propia cultura y sus
propias fuerzas armadas. La guerrilla colombiana evolucionó
genuinamente desde el campesinado, tiene una larga experiencia como
autodefensa de las propias clases oprimidas. ¿Por qué apostar a su
desarme? ¿Cuántas décadas deberán en el futuro los colombianos
transitar para regenerar nuevas estructuras militares propias? Porque
si bien revolucionarios deben ofrecer su disposición a una salida no
violenta que incluya las reformas democráticas y sociales mínimas
necesarias, nos preguntamos ¿en el marco social y político colombiano
la resistencia armada no cobra clara legitimidad hasta para muchos
reformistas burgueses bienintencionados?
La
guerrilla colombiana es una respuesta a una formación social
anacrónica. Las viejas clases dominantes sólo pueden subsistir mediante
el terror y el apoyo externo. Una formación social que responde más a
las características de los viejos Estados oligárquicos de la segunda
mitad del siglo XIX y principios del XX pero que mediante el ejercicio
de la violencia sistemática ingresó al siglo XXI buscando
metamorfosearse en oligarquía neoliberal. Como dijo Mariátegui esta
“mediocre metamorfosis” no implica progreso social, por el contrario,
perpetúa las condiciones de explotación y deformación dependiente del
Estado en nuevas condiciones del capitalismo mundial. La extrema
violencia de la sociedad colombiana es consecuencia de esto. Y la
guerrilla es lo opuesto, es la necesidad de cambio radical acumulada
como una olla a presión por décadas. Por eso la guerrilla subsistirá.
En
los 90 el mundo vivió una triste noche. La “caída del muro de Berlín”
llevó a muchos a perder las esperanzas en la posibilidad de que los
cambios sociales profundos estuvieran al alcance de la lucha de los
hombres. En ese momento el imperialismo se lanzó con toda su furia
asesina sobre países soberanos y los movimientos revolucionarios
latinoamericanos naufragaron unos tras otros entre la defección, el
transformismo y la derrota. En esos años las FARC de Colombia
permanecieron incólumes, crecieron y se mantuvieron como una señal de
que la lucha por el cambio total, de la naturaleza misma de la sociedad
era viable. Sostuvieron en alto las banderas de la revolución, no se
transformaron al posibilismo posmoderno ni aceptaron las reglas del
sistema. Por eso respaldamos a la guerrilla colombiana y debemos seguir
haciéndolo, desde nuestra militancia, con nuestro pensamiento o acción.
Porque en Colombia se juega una batalla del destino de Latinoamérica en
un momento en el cual las clases reaccionarias recuperan su agresividad
en varios países de nuestra patria grande. Porque les agradecemos
haber seguido luchando y tenemos confianza en la victoria.
*Guillermo Martín Caviasca es Militante del Frente Santillan e historiador de la Universidad de Buenos Aires
helicopterox@yahoo.com.ar