Álvaro Uribe ha celebrado la muerte del líder guerrillero Pedro
Antonio Marín con desbordado triunfalismo y no poco morbo, anotándose
el deceso como un éxito más de su política de “seguridad democrática”.
Se comprende que el presidente, enfrentado a crecientes presiones por
los compromisos de sus parlamentarios con los crímenes de la extrema
derecha y ahora denunciado por la compra de votos parlamentarios para
asegurar su reelección, aproveche el acontecimiento de la desaparición
del guerrillero más antiguo del mundo para apuntarse el suceso como una
victoria propia.
Pero
más allá del alboroto mediático, la manera como ha muerto el viejo
guerrillero y la misma persistencia de la guerra por mas de medio siglo
se convierten en un duro cuestionamiento a una democracia, la
colombiana, que se presenta como “la más sólida del continente”.
Si
murió como cualquier anciano, acompañado de familiares y amigos,
Marulanda habría sobrevivido a más de catorce presidentes (un dictador
incluido), a muchos más ministros de defensa que - todos a una- habían
decretado su captura inminente y a más de siete grandes campañas de
“cerco y aniquilamiento”. De sus casi 80 años, dedicó a la lucha armada
alrededor de sesenta, primero como guerrillero liberal frente a la
represión salvaje de los conservadores y luego como comunista, cuando
los arreglos oligárquicos de su partido enterraron definitivamente todo
proyecto de reforma agraria y optaron en su reemplazo por una
contrarreforma en toda regla que ha producido el desplazamiento de
millones de campesinos (más de tres millones en la etapa actual del
conflicto), la expansión del latifundio y el estancamiento de un
conflicto cuya solución nadie se atreve a prever.
Si,
por el contrario Manuel Marulanda cayó víctima de un bombardeo de la
fuerza aérea, Bogotá podría anotarse ciertamente un triunfo táctico
pero al precio de poner en evidencia al presidente que prometió no
bombardear campamentos poniendo en riesgo a los prisioneros de la
guerrilla. El que Uribe llama “rescate humanitario” no sería entonces
más que una cortina de humo para desviar la presión nacional e
internacional por el intercambio humanitario. Porque luego de escuchar
a los responsables gubernamentales asegurando que Marulanda habría sido
abatido en uno de los muchos bombardeos realizados contra supuestos
campamentos guerrilleros cualquiera puede deducir que, o Uribe miente
cuando habla de permitir el rescate sin riesgos o sus generales no
acatan las órdenes presidenciales o sencillamente los asesores y
mercenarios gringos desarrollan en Colombia su propia estrategia.
Tendrían razón quienes en Colombia y en el extranjero sostienen que
Álvaro Uribe Vélez no quiere el intercambio (o que los gringos no le
autorizan a dar un paso que daría a la guerrilla un protagonismo que no
se desea).
Pero
en cualquier caso, de muerte natural o en combate, el hecho mismo de
permanecer más de medio siglo alzado en armas y sobrevivir pone de
relieve la profunda crisis de un sistema social como el colombiano,
incapaz de eliminar las causas que provocaron la insurgencia en el
pasado, la han alimentado a los largo de los años y la mantienen viva
en la actualidad. Se trata de las desigualdades, la pobreza y la falta
total de horizontes que sirven de caldo de cultivo a los conflictos,
pero sobre todo se trata de la naturaleza excluyente y violenta del
sistema político. Una violencia cruda y sin límites que no ha surgido
de abajo más que como respuesta, como mecanismo de defensa frente a la
violencia del sistema. Una violencia que en el pasado se ejerció contra
liberales y progresistas, luego se orientó contra el comunismo y
terminó por convertirse en mecanismo automático frente a cualquier
manifestación de descontento popular.
Marulanda
es entonces fruto de la violenta historia del país, una responsabilidad
que la clase dominante no puede eludir y no un mal endémico o una
tendencia malsana de su población. Desde esta perspectiva constituye
una superficialidad o un sofisma de distracción reducir su figura a esa
especie de encarnación del mal que presenta el gobierno y repiten los
medios de comunicación nacionales y extranjeros, mostrando al
legendario guerrillero como una suerte de exabrupto, de fenómeno
extraño que nublaba el limpio cielo de la patria y cuya desaparición
permite ahora que el sol brille con todo su esplendor. Los más
optimistas anuncian inclusive el fin inminente de la violencia. Los más
sensatos, sin embargo saben que aunque eso suena bien y conviene, el
movimiento guerrillero sigue ahí y los vientos de odio y violencia que
en su día sembró la dirigencia política y social del país seguirán
dando sus frutos en nuevos rebeldes como Marulanda.
Se especula ahora sobre supuestas luchas internas en las filas de la guerrilla por
hacerse con el mando; se aventuran conflictos entre “halcones y
palomas”. Se asume con gran optimismo que la muerte de Marulanda viene
a ser una especie de punto culminante al cual sigue necesariamente el
colapso de la guerrilla, una pretensión que ni es nueva
ni es real como se encargan ya de sugerir algunos analistas locales y
no pocos internacionales, incluyendo también autoridades
estadounidenses. De hecho las FARC ya han declarado la continuidad de
su estrategia y el reemplazo de su líder histórico, seguramente
preparado con suficiente antelación.
La
muerte de Marulanda, por causas naturales, constituye su victoria
personal sobre quienes buscaron darlo de baja en combate. Murió allí,
en medio de los campesinos pobres que –fuerza reconocerlo- le dieron
suficientes apoyos para eludir mil veces a la muerte. Y a diferencia de
tantos otros que en Colombia han utilizado la violencia como
instrumento para mantener y aumentar privilegios, amasar fortunas y
comprar los perdones de la justicia, el líder guerrillero muere sin ser
propietario de nada, ni siquiera de la poca tierra que hoy le da
sepultura. La violencia que acompañó su vida permite a unos mostrarlo
como héroe mientras que para otros será un demonio. Pero con
independencia de los juicios, las loas o las condenas, lo cierto es que
este viejo guerrillero nació en medio de una violencia que él no generó
y que le arrebató su vida entera en un torbellino del cual nunca le fue
posible escapar. Apenas tuvo educación pero la lucha agraria lo
convirtió en un dirigente incuestionable; jamás visitó una academia
militar pero la guerra misma fue su escuela. Quiérase o no, Manuel
Marulanda Vélez, nacido Pedro Antonio Marín, a quien una puntería
excelente le condenó a ser conocido mundialmente por el sobrenombre de
Tirofijo, será recordado por muchas cosas, buenas o malas según se
mire, pero siempre como uno de los líderes agraristas más destacados
del continente.