principal | EncontrARTE | autores | foro | contacto | nosotros | archivo
    Mundo en revolución
Crónicas Viajeras
Los Tianguis de Tizapán
Por: Melva Josefina Márquez Rojas
Fecha de publicación: 27/01/08
imprímelo mándaselo a
tus panas
Cada viernes, en un "renacer constante de vida", como lo dijo Marisela, vecina de Tizapán, llegan los viajantes vendedores de frutas, hortalizas, flores y hasta discos compactos piratas de sus ídolos, los ídolos del pueblo, los que a ellos se parecen y del que viven. Pasearse por debajo de los toldos de color naranja y rojo de los tianguis es sumergirse en un mar de olores, sonrisas, gritos y pruebas que gentilmente sus habitantes temporales regalan a quien tenga la dicha de serpentearse entre ellos.

Cubren los tianguis la calle Río Yucatán en cuatro cuadras, suficientes para el banquete que en ellos nos damos todos. Desde muy temprano desmantelan las estructuras de sus camiones. Unos van armando sus mesas, sus techos; otros van sacando sus productos frescos y olorosos a tierra húmeda, rica, la pachamama que todo nos da pero que si insistimos en no cuidarla, todo nos lo quitará. Hay quienes en su perfecta organización comunal de vendedores se dedican a vender los tamales y el atole para sus compañeros como buen desayuno. Todos ganan, nadie pierde. Las señoras, uno lo ve en sus rostros, llegan con sus rebozos multicolores y despliegan sus mantas para acostar sobre ellas piñas, sandías, mameyes, verdolagas, quelites y flores de calabaza. Otras traen juguetes y ropas usadas bien conservadas. Hay unas que se sientan para seguir tejiendo, bordando o deshilando los tapetes, blusas, camisitas para bebés y manteles.

Los vendedores de queso y crema siempre apartan su tostada para embarrarla de crema y queso. Entonces, Felisa no tiene otra alternativa que sonreír y hacer maromas manuales para que no se le caiga la tostada mientras toma el dinero del monedero, sostiene con la mano la bolsa y toma el rico queso Oaxaca que deshila luego para cubrir sus ricas calabacitas. Un poco más allá están los vendedores de tapas de licuadoras junto con tapas de drenaje para el baño y extensiones eléctricas que también pudieran ser buenas para saltar la cuerda de nuestra infancia.

Cada quien muestra su producto con su prueba en la mano. Quienes venden naranjas, las pican en cuatro partes y las extienden sobre sus manos; las jícamas las convierten en popotes con chile o sin chile -sin chile, por favor-. Los del mole le dan la pruebita en la mano o en la punta del dedo para no enchilarse y los de ates de colores y sabores exquisitos toman un cachito para que a uno se le endulce la vida.

Uno va andando y es como cuando se mete en un túnel del tiempo. De pronto hasta sale uno de esos charros bigotones, de esos de las películas que uno veía de chiquito -piensa uno-. Los hijos de los vendedores salen corriendo a ver quien se deja tomar y perder la persecutoria para volver a comenzar los carrerones y tocar al próximo perseguidor. La Lleva, pues.

Después de la ropa encimada en cortinas de telas metálicas vienen las mesas donde uno se puede sentar y comerse unas quesadillas de maíz azul con queso blanco-blanco, o unas gorditas rebozadas con carnitas con las que uno baila al compás de la manteca deslizándose por la quijada para terminar con el mejor de los postres: los helados de bala del señor que se para en una de las salidas de ese túnel milagroso. Un barril con hielo, otro con agua. El mago se agacha y ¡zuás! saca una bala de aluminio, o un gran lápiz, para no ponerles belicoso el heladito. Le da unas vueltitas en el agua, saca el helado manjar y ¡pum! le clava una paleta en el mero centro. Entonces los oídos resuenan y empiezan a tronar cuétes imaginarios que sólo uno escucha y que los demás pudieran percibir por los ojos así de grandes que uno pone y la sonrisa así de ancha.

Y justo en ese momento, la emoción del helado de bala nubla el pensamiento y el constante pensar que allá donde otros hermanos buscan la libertad de las ataduras del libremercado y la libresinvergüenzura y la libredesestabilización. El helado cremoso de bala no existiría sin la leche y los huevos grandes que uno ve en sus nidales para la venta; ni la crema untada en la tostada, ni los chinos del panadero. Ellos, nosotros, con tantas riquezas como las de aquí pareciera que estuvieran pagando el pecado capital de querer ser libres, de tener sus tianguis para el consumo de sus hermanos. No darle un vaso de agua a quien lo pide, dice mi madrecita, es gran pecado. Esconderle el alimento a un pueblo y no dar el castigo ejemplar es pecado de vida y humanidad.

En los tianguis y sus vendedores, reducto y coraza de la cultura mexicana, todos se mantienen apiñaditos el viernes. El sábado, pues, ya vendrán otras apiñadas en otra colonia y así, hasta volver a llegar al viernes. Con ellos llega también el frescor y la vida a Tizapán, cosa que no podremos ver en los centros comerciales de concreto y luces, de escaparates con grandes letras y pisos brillantes, de adornos por cada fecha que pueda darles grandes ganancias. No. En esos armatostes asépticos donde nadie se ve ni se saluda ni siquiera porque se tropiecen, jamás seremos testigos de tantas muestras de solidaridad, amor por la naturaleza, humildad sin pendejería y deseos de servir como en los tianguis de Tizapán.
Articulo leido aproximadamente 1176 veces

Melva Josefina Márquez Rojas


El británico, especialista en finanzas, vaticina que se terminó el liderazgo capitalista de la primera economía del mundo.
“La crisis en EE.UU. va a durar 15 años” Entrevista a Alan Freeman
Alejandro Bercovich
¡Viva el mercado!
Juan Torres López
El crash bursátil y el pánico baten récords
El sistema toca fondo: Las potencias estudian un cierre temporal de las bolsas mundiales
IAR-Noticias
A tres años de la infamia en Hormigueros, Puerto Rico
El asesinato del líder machetero Filiberto Ojeda Ríos
Borja Jiménez / Indymedia Puerto Rico
La batalla de Seattle, el pueblo unido
La batalla de Seattle Blanca Vázquez - laRepúblicaCultural.es
Copyleft 2002, Aporrea.org