Como una auténtica bomba diplomática, la «Estimación de la
inteligencia estatal» (
National Intelligence
Estimate) publicada el 3 de diciembre de 2007 no dejará de tener
consecuencias sobre el desarrollo de la «crisis iraní». La pandilla
internacional de «Mambrú se va a la guerra» que reclamaba duras actuaciones
contra el régimen de los mulás, efectivamente, acaba de recibir una sonora e
inesperada bofetada.
Examinemos el asunto: en su
edición del 4 de diciembre, o sea al día siguiente de la difusión del informe
citado, todavía Le Monde publicaba
que «los Seis van a elaborar nuevas sanciones contra Irán». Explicaba con
gravedad que «frente a la renovada intransigencia de Irán sobre la cuestión
nuclear, la unidad de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la
ONU parece haberse rehecho».
Realmente esa unidad estalló en
pedazos tan pronto como apareció el informe difundido en los medios de
comunicación. Aprovechando la ocasión, China declaró que «ahora las cosas han
cambiado». Rusia ha visto su diálogo constructivo con Teherán ampliamente
reafirmado. Más sorprendente, Alemania consideró a su vez que «el informe
aporta una nueva oportunidad de reanimar los debates con Irán sobre el asunto
nuclear». Finalmente, Francia ha brillado por su laconismo.
Sólo George W. Bush se obstina,
al menos oficialmente, en ignorar la valoración proporcionada por sus propios
servicios. En una declaración que rezuma negación de la realidad, se limitó a mantener
tercamente su profesión de fe neoconservadora: «Irán fue peligroso, Irán es
peligroso e Irán seguirá siendo peligroso si tiene los conocimientos técnicos
necesarios para producir un arma nuclear». Amén… con el aire repetitivo de remachar
una obviedad que caracteriza las convicciones inquebrantables.
Salvo que creamos las palabras
del presidente estadounidense (lo que a la vista de los antecedentes será
difícil), las pruebas de la «peligrosidad» se han evaporado de repente. Al
revelar las dudas que esmaltan la política nuclear de Teherán, el informe de
los servicios secretos sacude, de hecho, el principal pilar del dogmatismo
belicista: la idea de que el régimen iraní se esfuerza incansable, desde sus
orígenes, para adquirir el arma atómica. Como si su maldad intrínseca le
hiciera dirigirse automáticamente hacia la nuclearización con fines militares,
supuesto inherente a su voluntad de hacer daño.
De manera prosaica el informe elaborado
por los servicios de inteligencia vuelve del revés el enfoque satánico de la
cuestión iraní. Considera, en efecto, «con un alto grado de seguridad, que Irán
liquidó su programa de armamento nuclear a finales de 2003». Considera también
«con un grado de seguridad moderado, que a mediados de 2007 el programa no se
había reactivado». Y concluye que la República islámica está «menos decidida a fabricar
armamento de lo que habíamos juzgado desde 2005».
La vasta coalición que orquestó la
potente campaña internacional contra el régimen iraní, por lo tanto, ha perdido
el tiempo. Pero la revelación de la «congelación» de las actividades nucleares
militares de Teherán no sólo arroja un jarro de agua fría sobre los ardores
guerreros del belicismo estadounidense, sino que además pone de manifiesto la inconsistencia
de las elucubraciones seudo científicas de sus adeptos franceses.
Dado que estos últimos nunca se
quedan cortos de imaginación al retransmitir el discurso dominante procedente
de los despachos neoconservadores, «Entre los responsables iraníes» asegura
Frédéric Encel, «los hay movidos por objetivos apocalípticos para quienes la
guerra religiosa es el imperativo que supedita todos los demás. Una guerra que no
sólo incluye la destrucción de Israel, sino también la de los valores del mundo
de los de los ‘cruzados’, es decir, los cristianos» (Libération, 19 de septiembre de 2007).
Admirable confusión, para
empezar, entre el vocabulario usado con respecto a Al Qaeda y el que se ha
puesto de moda para la República islámica. Visto desde París, en efecto, ¿cómo
entender tales matices? Pero dar a la supuesta «bomba iraní» una función
apocalíptica supone, además, una proeza intelectual: nuestro experto en
geopolítica seguramente ignora que la interrupción del programa nuclear puesto
en marcha por el Sha con el apoyo occidental fue una de las primeras decisiones
del nuevo régimen en 1979. Y nuestro aprendiz de teólogo se equivocó
manifiestamente de Apocalipsis.
Esta argumentación, por lo
demás, suena muy extraña cuando se tiene conocimiento del argumento supremo que
formula este santurrón de un Occidente perpetuamente amenazado: «Convicta de su
implicación en numerosos actos terroristas en el mundo, la República islámica
de Irán podría dotarse con un medio de coerción suplementario, especialmente contra
Europa, ofreciendo ‘bombas sucias’ a los grupos terroristas. La guerra del
verano de 2006 entre Israel y Hezbolá dio una idea de las capacidades armamentísticas
del movimiento chií libanés pro iraní».
En este mundo binario donde las
bombas israelíes que mataron a 1.500 civiles son «limpias» y los cohetes de
Hezbolá que mataron a 39 son «sucios», ¿cómo tolerar ni por un momento, en
efecto, la idea de un Irán nuclearizado? Los misiles están en Israel y los objetivos
en Teherán, pero ¿cómo no vamos a temblar en las casitas occidentales ante el
espectáculo de esos barbudos flirteando con el Apocalipsis? Prodigios de
expertos, seguramente, de estos «geopolíticos» invitados incansablemente por
los medios de comunicación complacientes para vender sus enredos haciéndolos
pasar por ciencia.
La articulación del fanatismo religioso con el apetito
nuclear no deja de ser, sin duda, un tema llamativo, pero a condición de
incluir en el análisis a los Estados nuclearizados. Qué pena que Frédéric Encel
no nos haya deleitado con consideraciones tan inspiradas con respecto a la bomba
israelí ya que, ésta sí, supone una amenaza nada virtual; se pierde una buena
ocasión, seguramente, ya que entre la pretensión de sus dirigentes «de
comunicar directamente con Dios» (Effi Eitam, ministro de Ariel Sharon) y la
obstinación casi mística del Estado hebreo por dotarse con un arsenal atómico,
se habría podido detectar, aquí también, una singular lectura «apocalíptica».
En un registro menos lírico, el «Sr. bomba iraní» de la
prensa francesa, por su parte, no podía guardar silencio después de la
publicación del demoledor informe de los servicios secretos. Bajo el título de
«Irán: un informe inquietante», Bruno Tertrais se despacha en el Le Monde del 8 de diciembre con un
ejercicio de alta acrobacia. Entregado por completo a su misión de Cassandra
belicista, el experto de la Fondation
nationale pour la recherche stratégique (Fundación nacional para la investigación
estratégica) intenta crear la confusión en el espíritu de sus lectores
asestando una serie de inquietantes verdades.
En primer lugar, nos dice,
«sabemos que existe un programa paralelo, con vocación estrictamente militar,
desde mediados de los años 80». Pero, ¿eso es realmente una novedad? Es lógico
que la tentación de dotarse con el arma nuclear surgiera en Teherán tras la
agresión militar iraquí. Por lo demás Egipto, Sudáfrica o Brasil también tuvieron
esa tentación y no han sido excomulgados por la comunidad internacional.
En segundo lugar, avanza Tertrais
con respecto a la nuclearización militar iraní, «nadie sabe si el programa
permanece en suspenso o se reanudó» puesto que «el informe no se compromete
sobre lo que ocurre después de junio de 2007». Ciertamente, bastaba con pensar:
qué más da que la inteligencia estadounidense haya adquirido la certeza de que
Teherán congeló su programa en 2003, puesto que teóricamente es posible que lo
haya reanudado hace seis meses. El experto pasa de lo real a lo virtual con un
virtuosismo desconcertante, lo esencial es vaciar los hechos de su sustancia y
concentrarse en lo accesorio.
En tercer lugar, «se sabe, y
esto es una novedad para todos los expertos en el asunto, que Teherán importó
material fisible de calidad militar, sin que sepamos lo que Irán pudo hacer con
ese material fisible». Y viene el razonamiento implícito: puesto que no se sabe
nada, hay que sospechar lo peor. Apoyarse en esta ignorancia suspicaz permite
ocultar lo que nos dice claramente el informe estadounidense: Teherán dejó de buscar
la bomba desde 2003 y no tiene los medios de conseguirla, suponiendo que la
quiera, hasta dentro de varios años.
«En cuarto lugar, los
especialistas estadounidenses nos dicen claramente que como mínimo Teherán
pretende mantener una opción nuclear, es decir, guardarse la posibilidad de
fabricar una bomba atómica en cualquier momento». Es decir, Teherán se autoprohíbe
hasta nueva orden la fabricación de la bomba, sin excluirla, sin embargo, si lo
juzga necesario algún día. ¿Van a bombardear a Irán por este motivo? Es
absurdo. Si Israel, India y Pakistán, Estados nuclearizados fuera de toda
legalidad internacional se hubieran quedado únicamente en la fase «de la opción
nuclear», no estaríamos donde estamos hoy.
Finalmente nos dice Tertrais, «los
servicios de inteligencia se han vuelto un poco más pesimista sobre el plazo
que sería necesario en Irán para producir en sus propias instalaciones el
suficiente uranio altamente enriquecido para fabricar la bomba: mientras que tradicionalmente
mencionaban el período 2010-2015, ahora no excluyen que pueda llegar a partir
de 2009». Realmente el informe menciona «el final del año 2009» como fecha más cercana,
indicando a la vez que «esta posibilidad es muy improbable». Pero esta
amputación del texto permite a nuestra Cassandra engañar sobre las fechas en
favor de su tesis alarmista.
Lo más interesante está, no
obstante, en la conclusión. «El primer efecto político de la publicación del
texto estadounidense», lamenta el experto, «es reducir a nada la perspectiva de
nuevas sanciones unánimes del Consejo de Seguridad» y «dificultar enormemente
la continuación de las presiones contra Teherán». Indudable, pero ¿por qué
adoptar sanciones unánimes contra un Estado que congeló su programa nuclear
militar desde 2003? Cuestión incongruente, seguramente.
Pero finalmente Tertrais se sosiega,
ha creado escuela: en Israel, la prensa considera que el informe estadounidense
es «un golpe bajo a las autoridades israelíes que se esfuerzan por alertar a la
comunidad internacional sobre las ambiciones nucleares iraníes». Y así como
nuestro experto, el ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, afirmó que Irán «probablemente
había reactivado su programa de armas nucleares desde 2003».
Mejor todavía, el gobierno
israelí considera ahora «muy improbable» la perspectiva de una acción militar
contra Irán. «Sin duda Teherán tiene que estar contento por las conclusiones del
informe estadounidense», reconocía para terminar Bruno Tertrais, obviamente
«con la muerte en el alma». Pero si los servicios secretos estadounidenses han
contribuido a alejar la amenaza de una guerra estúpida y fatal, no sólo es
Teherán quien tendrá la oportunidad de alegrarse.
Texto original en francés: http://oumma.com/Nucleaire-iranien-un-pave-dans-la
Bruno Guigue (Touluse 1962) es
titulado en geopolítica por la ENA (École nationale d'administration),
ensayista, colaborador habitual de Oumma.com y autor de los siguientes libros:
Aux origines du conflict israélo-arabe, L’Economie solidaire, Faut-il brûler
Lenine?, Proche-Orient: la guerre des mots y Les raisons de l’esclavage,
todos publicados por la Ed. L’Harmattan.
Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Cubadebate
y Tlaxcala. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de
respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.