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    Mundo en revolución

Una vaca europea recibe el triple de ayuda que una persona africana
Por: Stephen Smith
Fecha de publicación: 27/02/06
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inSurGente.- Stephen Smith,  un reportero con más de treinta años en África analiza, en una entrevista realizada por la agencia Colpisa, la realidad africana. El periodista de Le Monde acaba de publicar en España “Negrología. Por qué África muere” (Debate), en el que se rebela críticamente contra el “suicidio asistido” de un continente cuyo “presente no tiene futuro”. Su lectura nos traslada directamente a la realidad de un continente con el que tenemos muchas deudas, una de ellas, la de la información
.

Agencias/inSurGente.- 

--¿Cómo se suicida África?


--La desesperación puede tomar la apariencia de una violencia alegre pero destructiva. El conflicto de Liberia, poco después de la caída del muro de Berlín, parecía un carnaval sanguinario. Un pueblo descargaba su potencial violento contra sí mismo. Y de ahí surgió el término suicidio, que es también un grito de ayuda, una forma desesperada de atraer la atención mundial. África se siente tan impotente, que, como último recurso para captar esa atención, opta por levantar la mano contra sí misma.


--¿No es otra forma de suicidio la fuga de cerebros?


--La fuga de cerebros es un lastre para el desarrollo en el que todos los implicados son responsables. El individuo, porque antepone las oportunidades del mundo rico a los vínculos sentimentales con su país, que no sólo es pobre económicamente, sino también en condiciones laborales y entusiasmo por el futuro; en su lugar, yo también lo haría. Los países occidentales, por su egoísta contradicción: mandan mucha ayuda económica a esos países a la vez que les roban ese potencial de vida. Y los gobernantes africanos, porque permiten que emigre su ‘mejor gente’, a la que ven como una especie de amenaza porque podría cuestionar sus medidas.


--¿Quién tiene la culpa del fracaso de la ayuda al desarrollo?


--La ayuda es poca en comparación con nuestra riqueza, pero mucha respecto a la situación de África. El dinero no se convierte automáticamente en desarrollo, pero para nosotros es más fácil dar un poco más que afrontar el reto de que el desarrollo sólo es posible si se involucra el pueblo africano. Durante la Guerra Fría había una especie de renta geopolítica, y ahora es como una limosna, les pagamos por participar en este ‘juego del desarrollo’.


--Además, la ayuda es interesada.


--La ayuda al desarrollo tiene muchas veces intereses espurios. Pero es exagerado decir que se hace para subvencionar la propia economía, porque el mercado de África es muy marginal, apenas el 1,6% del comercio internacional. No se pueden resolver los problemas de la economía española o francesa con esas cifras. La ayuda tiene que ver más con la política que con la economía, para que la opinión pública no se sienta mal al ver el sufrimiento de los africanos en sus televisores.


--¿Y cómo se ve África a sí misma?


--Aunque parezca una paradoja, los únicos africanos que miran a África son los emigrantes que viven con nosotros, porque son los que, mirando atrás, ven la situación global. Pero no quieren reconocer el estado tan malo en el que se encuentra el continente (entonces serían ‘traidores’ por haberse ido) y dicen que distorsionamos la realidad. En cambio, allí la gente reconoce abiertamente que tiene muchos problemas.


--¿Es imprescindible una autocrítica africana para resolver la crisis?


--Absolutamente. Pero hace falta un cambio radical al analizar los factores internos y externos que contribuyen a la miseria del continente. Si los africanos ejercieran esa autocrítica, también nos criticarían mucho a nosotros. Sus gobernantes venden al pueblo la idea de que todos los problemas vienen de fuera, y los occidentales la de que estamos donando mucho dinero a África, pero, debido a su atraso histórico, no consigue salir adelante. En ambos casos, los gobernantes se salen con la suya con una explicación fácil de la situación.


--¿Para esconder sus responsabilidades?


--El día que los africanos se presenten en nuestra puerta con sus auténticos problemas, vamos a tener que darles respuestas de verdad, y no solamente dinero. Por ejemplo, las subvenciones agrícolas en los países de la OCDE suman 350.000 millones de dólares al año, que equivalen a la ayuda al desarrollo del África subsahariana en los últimos 45 años. Una vaca europea recibe el triple de ayuda que una persona africana.


--¿Puede sobrevivir África sin ayuda: cómo habría que enfocarla?


--No se trata de ayudar o no. Creo en una ayuda ‘condicionada’ más que de simple generosidad. Hay que alejarse de un enfoque humanitario bienintencionado y ser muy políticos, entablar con los africanos una relación ‘de negocios’. Aunque suene simplista, es cierto: no se puede seguir enviando dinero para el desarrollo y permitir que los líderes africanos lo ingresen en nuestros bancos, pero en su propia cuenta corriente. Eso sólo indica que no nos importa nada.


--Sería un círculo vicioso: si no llega al ciudadano, no puede haber progreso colectivo, ni atractivos para que regresen quienes se han ido.


--Los mejores huyen. Y no sólo porque deseen vivir en países ricos. Lo que quieren es estar seguros de que, si hacen un esfuerzo por progresar, tendrán su recompensa. La gente que saltaba las vallas en Ceuta y Melilla no era toda de países con graves conflictos como Sierra Leona, Somalia o la República Democrática del Congo; en muchos casos eran de países en paz como Camerún o Nigeria. Si creamos condiciones para que sus esfuerzos sean fructíferos, se quedarán y construirán una nueva realidad en sus países.


--Los emigrantes que progresan en el mundo rico demuestran que hay gente preparada.


--Es el mejor argumento contra el racismo. Insertemos en un contexto europeo a un africano preparado, y será tan competente como sus conciudadanos.
 
--¿Podrá África recuperar la confianza en sí misma?


--Frente al círculo vicioso, se podría implantar un ciclo virtuoso. África padece enormes problemas estructurales, y no creo que haya un ‘día D’ en el que todo cambie y tome las riendas de su destino para resolver sus problemas en una generación. No va a ocurrir eso. Pero también se decía hace unos años que no había esperanza para el sudeste de Asia, y aunque China o la India siguen sin ser el paraíso, están mucho mejor que gran parte de África. No hay que exagerar la desesperanza. Si la gente empieza a sentir que merece la pena quedarse y construir su país, puede haber una espiral ascendente y no este torbellino que lo destruye todo.


--La esperanza es lo último que se pierde.


-- En tanto en cuanto los africanos no confíen en su propio futuro, no lo tendrán. En Asia, incluso la corrupción es a veces productiva: roban, pero vuelven a introducir el dinero en el sistema económico. En África roban y lo colocan en una cuenta en Suiza o compran edificios en Francia. Algo tiene que cambiar, y creo que puede hacerlo.


--Con las cosas ‘políticamente incorrectas’ que ha escrito sobre África, habrá encontrado más enemigos que amigos.


--Pero no en África. Hay reacciones hostiles de los exiliados, porque está en juego su identidad como africanos y esa verdad les incomoda. En África, en cambio, he tenido debates muy fructíferos. Llevo 30 años allí, así que la gente no me puede decir que soy racista o que estoy en su contra.
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Stephen Smith


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