Benedicto XVI: ¿un papa de transición?

La renuncia de Benedicto XVI ha causado mucho furor, sorpresa, y hasta perplejidad en el mundo entero. Por más de 500 años no se había escuchado de una abdicación papal al trono de San Pedro. La situación además de ser un gran desafío para la Iglesia Católica, es una oportunidad para un examen detenido de su papel y agenda en el mundo hoy. Mi opinión es que Benedicto XVI ha sido un papa de transición más allá de la expectativa que él tenía sobre su gestión y las expectativas que provocó, sobre todo en la feligresía. En realidad, este papa ha sido un pontífice en tiempos muy críticos para la Iglesia Católico-Romana.

Después del largo papado de Juan Pablo II y un carisma excepcional, ponerse las sandalias del pescador para sucederle era tarea cuesta arriba. La silla le quedó grande a Joseph Ratzinger. La sombra de Juan Pablo II lo opacó y limitó. Ratzinger es un hombre ambicioso, deseoso de poder, inteligente y en sus tiempos de teólogo y asesor (desde la época que asesoró a Juan XXIII) muy astuto y hábil para avanzar sus estrategias. A la hora de su elección papal sus fuerzas físicas, emocionales, y hasta espirituales, estaban menguadas. Usó muchas energías para llegar a la jefatura de la Santa Sede y no pudo articular y llevar adelante su agenda. Un Benedicto XVI exhausto y frágil hacía apariciones públicas que debilitaban aún más su ya maltrecho carisma. Lo comprobé al observar por televisión desde Nicaragua su visita a México y Cuba en 2012. A ratos incluso parecía estar aletargado y casi dormido.

Por otro lado, por años Joseph Ratzinger había sido un agente poderoso, con deseos de control, vigilancia y hasta intimidación a teólogos y teólogas católicas que sustentaban teologías de liberación o posturas más progresistas sobre temas éticos y dogmáticos., con exceso de represión, recriminación y hasta atropello. Lo puedo decir porque compartí las angustias de teólogos y teólogas que eran prominentes colegas en la Asociación de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo (ASETT) conocida mundialmente como EATWOT. Fui secretario general de esa organización desde enero de 1992 hasta diciembre 1996 y se de primera mano de los procesos injustos y los atropellos humillantes, que desde su prefectura en la Congregación para la Promoción de la Fe promoviera el Cardenal Ratzinger.

Su gestión como mano derecha de Juan Pablo II evidenció, sobre todo en los últimos 4 años, su clara ambición de llegar a ser papa. La ambición de por sí no es mala, es la forma en que se quiere escalar el poder lo que es cuestionable. Obviamente, la ventaja de una cercanía a Juan Pablo II le dio una ventaja muy grande sobre todos los demás cardenales. Cuando se hacía tanta especulación sobre los posibles “papabili” a suceder a Juan Pablo II ya Ratzinger tenía un terreno bien adelantado. El cónclave electoral era suyo.

El otro aspecto que vale la pena mencionar es el hecho evidente que Joseph Ratzinger se fue moviendo de una postura liberal o progresista, incluso como asesor de Juan XXIII en el contexto del Concilio Vaticano II, a una postura más conservadora en su propio pontificado. Su encíclica Domine Jesus es una prueba de ello. Su contenido no era una invitación al diálogo sino una confirmación de su recia actitud desde un catolicismo excluyente. A ratos intentaba tener criterios amplios con interpretaciones audaces en algunos de sus libros (incluyendo los que escribió durante su papado como Benedicto XVI), pero provocó reacciones muy diversas, encontradas y hasta adversas a sus interpretaciones, dentro de la propia iglesia.

Su marcado interés en el retorno a una iglesia más europea y conservadora, con énfasis en el rito romano y el uso del latín, lo enajenó aún más de los dos países más católicos del mundo, Brasil y México, y otros países del llamado Tercer Mundo. La atención privilegiada que Juan Pablo II había dado en su pontificado a estos dos países no encontró una acogida entusiasta en la gestión pastoral de Benedicto XVI.

Benedicto XVI también confrontó dificultades con el mundo musulmán, aunque su acercamiento al estado de Israel y al mundo judío en general le generó amplias simpatías en esos sectores. Sus relaciones con sectores católicos en Estados Unidos fueron muy ambiguas. Logró que sectores católicos conservadores lo admiraran y provocó agrias y agresivas reacciones en sectores progresistas, sobre todo entre las mujeres.

La imagen de ser indulgente en el caso de los abusos sexuales de sus sacerdotes le hizo un daño irreparable a su papado. Pudo haber ejercido una autoridad más firme ante tan evidentes actuaciones enfermizas y dañinas que hirieron a fieles católicos en el mundo entero. La actuación de su mayordomo y la protección que le brindó, desmerecieron su papel de conductor de la moral, la integridad y la administración correcta del estado vaticano. Por ello también su imagen quedó desprestigiada en muchos círculos católicos y no católicos.

Esta crisis es una nueva oportunidad para que en la elección del nuevo papa aires frescos entren a purificar el papado, el Vaticano y toda la vida de la Iglesia Católica. Aunque no soy católico-romano, respeto esa tradición religiosa, tengo allí hermanos y hermanas que quiero y admiro. Y pido que el Espíritu Santo se cuele por allí en la Capilla Sixtina y logren tener un papa que traiga visión, entusiasmo, honestidad y una renovación espiritual, moral y ética que la Iglesia y el mundo necesitan. Que recupere la fe de tantos fieles católico-romanos que creen en la Iglesia y aspiran a participar de la vida litúrgica y la enseñanza doctrinal que les nutra su fe y esperanza.

A Benedicto XVI le deseamos una paz y sosiego que le acompañen en los próximos días desde su vida conventual. A fin de cuentas lo más importante es ser un fiel seguidor de Jesús y un creyente en aquel reinado pleno que Dios nos ha ofrecido a todos y todas los creyentes.


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Chicago, Il

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