¿Que pasará en Venezuela si muere Hugo Chávez?

 05/01/2013

La propaganda antichavista –en buena parte de origen norteamericano y posiblemente impulsada por instituciones, como la CIA, que siempre se han dedicado a estas cosas– pronostica, o, mejor, preconiza, un cataclismo en Venezuela si Hugo Chávez sucumbe a su enfermedad. También insiste, sin dato alguno que lo confirme, en que esta eventualidad está a punto de producirse e incluso en que se ha producido ya. Pero la impresión de los expertos que siguen de cerca la evolución de ese país, hasta de algunos claramente opuestos a Chávez, es mucho más moderada y todos ellos coinciden en que los inevitables cambios que habrían de producirse tras la eventual muerte del presidente bolivariano –una hipótesis que puede perfectamente no verificarse en el corto plazo- tendrían lugar de manera pausada y a lo largo de varios años.

The New York Times, en el único trabajo de este tipo que se ha publicado sobre esas perspectivas de futuro, ha consultado a una decena de especialistas al respecto. Seguramente en esa lista faltan nombres. Pero lo cierto es que ninguno de los entrevistados se apunta al rumor –particularmente alentado por más de un medio de comunicación español- de que, muerto Chávez, un conflicto abierto estallaría entre Nicolás Maduro, el sucesor oficial, y el presidente del parlamento, el general Diosdado Cabello.

Por el contrario, su impresión generalizada, aunque a alguno de ellos no le haga mucha gracia, es que el actual poder es bastante compacto, cuenta con un gran apoyo popular y es capaz de hacer frente a las alteraciones de la situación –incluidas las que podría provocar la oposición interior y la exterior- que la desaparición del líder carismático de la revolución bolivariana podría generar. Otra cosa, y ahí sí que se hacen negros augurios, es el futuro a medio plazo. Porque Venezuela tiene graves problemas –particularmente de tipo económico y de seguridad ciudadana– que aún no han sido resueltos, aunque en algunos de ellos se han logrado avances importantes. Y los efectos políticos que éstos pueden producir a medio plazo son, hoy por hoy, imprevisibles.

El semanario Time ha concluido que el poder venezolano tiene capacidad de maniobra suficiente, basada en preceptos constitucionales, para dirigir una sucesión en plazos razonables. El vicepresidente Maduro ya ha anunciado que no es preciso que Chávez jure el 10 de enero el cargo para el nuevo mandato que ha obtenido tras su reciente victoria electoral y que si no lo hace habrían de convocarse nuevas elecciones. Podría hacerlo hasta tres meses más tarde, incluso para luego dimitir, y durante ese tiempo el gobierno de Caracas podría preparar unos nuevos comicios que, casi inevitablemente según los expertos, Maduro ganaría sin grandes problemas: “Es más popular entre los venezolanos que Cabello o que Capriles (el líder de la oposición derrotado por Chaves en octubre)”, dice el politólogo George Ciccariello-Maher en el New York Times.

“Chávez estuvo ausente de la campaña para las elecciones regionales de diciembre. Y sin embargo su partido ganó en 20 de los 23 estados, lo cual indica que su sucesor podría ganar si tiene que hacerlo”, opina Mark Weisbrot, director del Centro de Investigaciones políticas y económicas y presidente de la asociación norteamericana Por una Política Exterior Justa. “Desde que llegó al poder, –añade Weisbrot– Chávez ha ganado 13 de las 14 elecciones nacionales que se han celebrado y ello se debe, sobre todo a que ha mejorado enormemente el nivel de vida de la mayoría de la población. La pobreza se ha reducido a la mitad y la extrema pobreza en un 70%, gracias, sobre todo, a la creación de empleo. Millones de venezolanos han accedido por primera a la sanidad pública, el número de escolares se ha duplicado, las pensiones se han triplicado y se han construido cientos de miles de viviendas”.

El ensayista y columnista Moisés Naim –que fue también ministro de Comercio e Industria de Venezuela en el Gobierno de Carlos Andrés Pérez– subraya, en cambio, los graves problemas económicos que aquejan al país: “La crisis incluye un déficit público que se acerca al 20% del PIB, un mercado negro en el que el dólar se cotiza a un precio cuatro veces superior al oficial, una de las mayores tasas de inflación del mundo, una deuda diez veces mayor a la que tenía en 2003, un frágil sistema bancario y la caída en picado de la industria petrolífera controlada por el Estado: Venezuela tiene que importar gasolina”, porque sus refinerías no cubren la demanda nacional.

“Hay que seguir la pista del petróleo”, dice Miguel Tinker Salas, un ensayista especializado en Venezuela: “La OPEC ha certificado que el país cuenta con 296.000 millones de barriles de reservas, más que Arabia Saudí, y con las mayores reservas de gas de Latinoamérica. Chávez ha creado una economía basada en el petróleo mucho más justa y que ha beneficiado a los pobres rurales y urbanos. La política energética nacionalista de Venezuela se ha convertido en norma en todo Latinoamérica. Pero los grupos que antes se beneficiaban de las rentas del petróleo no están de acuerdo con eso y hasta propiciaron un golpe de estado en 2004. La fracturada sociedad venezolana seguirá batallando por las rentas del petróleo”.

Joy Olson y David Smile subrayan en su análisis los graves problemas de seguridad que padece el país. Pero concluyen con esta frase: “Sea quien sea quien le sustituya, Chávez ha cambiado el panorama político venezolano”. Los resultados electorales, las encuestas y las opiniones en directo de la gente corriente confirman que una mayoría de la población es muy consciente de ello y apoya los cambios que ha traído la revolución bolivariana. También se sabe que frente a esa mayoría, son muchos los venezolanos que están en contra de ella. “Los cambios que exigen los problemas económicos tendrán que ser modestos y graduales y requerirán de un compromiso entre ambas partes”, opina Michael Shifter, presidente de Diálogo Inter-Americano.

En suma, nada inquietante en un horizonte próximo. Venezuela no será la misma si Chávez desaparece. Pero, por el momento, no parece que los muchos millones de ciudadanos del resto del mundo –incluidos no pocos españoles– que ven a ese país como un ejemplo –todo lo contradictorio que se quiera– de que otra política es posible, vayan a verse decepcionados porque su obra se hunda catastróficamente.

 


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