Los colegios electorales de los EEUU irrespetan la voluntad de la mayoría

El sistema político-electoral de los EEUU irrespeta la voluntad de la mayoría. Cabe recordar las polémicas elecciones del año 2000, cuando George W. Bush, obteniendo menos votos (50.456.002) que su adversario Al Gore (50.999.897) fue proclamado presidente. Caso similares ocurrieron con John Quincy Adams en 1824; Rutheford Hayes en 1876; y Benjamin Harrison en 1888, quienes obteniendo menos votos populares-nacionales salieron victoriosos. Esto es posible, gracias a que los colegios electorales de los EEUU, están concebidos para irrespetar la voluntad de los ciudadanos.

No es la mayoría de la población apta para votar la que elige al Presidente de los EEUU. Cuando un ciudadano estadounidense emite el voto, lo hace para escoger a los delegados que tienen la responsabilidad de expresar con su voto la “voluntad general” de su estado. Sin embargo, el elector-votante desconoce la identidad de los delegados (ellos son seleccionados a través de listas cerradas, bloqueadas e invisibles), es decir, cuando marcan el nombre del candidato de su preferencia, no lo está haciendo por este, sino por alguien que se desconoce (delegado), y que será él, quien lo representará posteriormente, sí y solo sí, las circunstancias políticas se lo permiten. Aunque son pocos los casos, puede ocurrir que el delegado no vote por el candidato que venció en su estado.

Tampoco se puede dejar de lado el nivel de abstención, porque deja al descubierto la baja participación de los norteamericanos en los eventos electorales, al punto que, analistas coinciden que una buena asistencia en los sufragios está alrededor del 50%, aun cuando existe mecanismos como el voto anticipado, e incluso por correo electrónico. Es pertinente preguntarse entonces, ¿dónde queda la representación de las minorías?, y ¿por qué no es posible el multipartidismo en ese país?, aun cuando, es uno de los principios de la Democracia Occidental.

Por último, todo indicaba que los resultados de ayer martes serían reñidos, y que serían los colegios electorales (538 delegados) quienes tendrían la última palabra. Afortunadamente la voluntad-estadal-delegados no contradijo la voluntad nacional-general, evitando que el pueblo norteamericano se vuelva a sentir burlado; y para que la Democracia en ese país, no sea vista una vez más, como una pantomima.

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