Respuesta a una respuesta

En la respuesta que el señor Omar José Marcano le dio a mi artículo “La Unión Soviética y Chávez”, se dedicó a transcribir una serie de palabras, frases y conceptos, pronunciados y escritos por el Che Guevaradurante el tiempo en el que éste permaneció en Cuba como integrante del gobierno de ese país. Y fueron tantas las citas mencionadas y las que faltaron por mencionar, que fácilmente se pudiera editar con ellas un grueso volumen titulado “palabras, palabras y más palabras”. Porque si alguna virtud tenía este personaje era, precisamente, la de pronunciar palabras hermosas y de una trascendencia innegable, al punto de que muy bien podría considerarse como una especie de místico de la revolución.

Sin embargo, qué bueno hubiera sido si al mismo tiempo en se hacían esas citas, se hayan mencionado también algunas, sólo una al menos, de sus realizaciones; algo que se hubiera hecho conforme a sus planteamientos digamos teóricos y que haya permitido demostrar la validez de los mismos. Porque como debe saberse “la práctica es el criterio de la verdad”. Esto quiere decir que nada de lo que se diga tiene algún valor si no es corroborado por la realidad o la práctica. Porque de lo contrario, como dice el dicho, las palabras se las lleva el viento.

Ahora, las referencias que el señor Omar Marcano hizo de algunas expresiones del Che no es que hayan sido totalmente inútiles. Y no lo son porque ellas permiten descubrir algo sumamente sorprendente y sintomático, como es el hecho de que en ninguna de ellas se haya mencionado para nada, o sea, ni de refilón, al imperialismo. Lo que no deja de llamar la atención porque los enemigo de Cuba no podían considerase ni la Unión Soviética ni Stalin, a quienes les dedicó la mayor parte de sus filípicas y cuestionamientos. Y eso, pese a la inmensa e invalorable ayuda que la primera, siguiendo escrupulosamente los preceptos del internacionalismo proletario instaurado, precisamente, en los tiempos de Lenin y del Giorgiano, le estaba prestando al gobierno y pueblo de la isla. Por lo que esos ataques no podían tener otro significado que el de “morder la mano que les estaba dando de comer”. Y no es metáfora, porque el llamado “período especial” lo demostró fehacientemente.

Ahora, en qué gastaba sus energías cuestionadoras el Che. Nada más y nada menos que en atacar a Stalin. Un gobernante con una hoja de servicios tan extraordinariamente exitosa como muy pocos gobernantes, por no decir ninguno y menos el Che, podrían exhibirla, ni ahora ni nunca. Porque la prometeica hazaña realizada por el dirigente ruso fue tan excepcional, que quien conozca la historia de la Unión Soviética no podría llegar a otra conclusión, si es honesto, que fue algo absolutamente irrepetible. Porque eso de sacar un país tan atrasado como lo era la Unión Soviética al triunfo de la revolución, y rescatarlo, además, venciendo homéricas dificultades ante la cuales los argonautas se hubieran sentido avergonzados, era una tarea que sólo un pueblo y unos dirigentes excepcionales podían realizar.

Pero eso no es todo, porque la Unión Soviética alcanzó su portentoso desarrollo en el breve lapso de 70 años. Es decir, que en ese corto período logró lo que los Estado Unidos tardó en alcanzar 200 años. Con la diferencia de que mientras este último país gozó a lo interno -con excepción del interregno de la guerra de secesión-, de una paz estable y duradera y contar con un plantel industrial heredado de los ingleses, la patria de Pushkin, en cambio, se desarrolló en medio de una apocalíptica devastación, producto de guerras espantosas, conspiraciones externas e internas, bloqueos criminales, sabotajes de todo tipo, etc. Y es en estas terribles condiciones de agresiones y de aislamiento total, que el heroico pueblo ruso, con su gran líder al frente, logra la extraordinaria hazaña de colocar, por primera vez en el mundo, un objeto en el espacio exterior, lo que indicaba el tremendo grado de desarrollo que había alcanzado, pese a las colosales dificultades señaladas, en todos los órdenes de la vida nacional.

A la luz de lo dicho, cabría preguntar: ¿tenía el Che en su currículum personal algo parecido? Y lo pregunto, porque de la única manera que uno pueda ponerse a criticar la obra de los demás es que se tenga otras mejores. De lo contrario, luciría como una impertinencia, para no decir como una ridículez, ¿no? En este sentido, el Che fue ministro de industrias de la revolución cubana. A su cargo estuvo el cumplimiento de los planes quinquenales que esa nación, poniendo en juego rodos los recursos humanos y materiales de los que disponía, había elaborado. Y sin embargo, dos planes de este tipo que tuvo la oportunidad de dirigir y de los cuales dependían la consolidación dela revolución y el bienestar de su gente, fracasaron de manera estrepitosa, con grandes pérdidas de recursos y de esfuerzos.

El análisis del primer fracaso arrojó como resultado, como casi siempre ocurre, que las causas del mismo se debieron a circunstancias meramente fortuitas y aleatorias, que nada tenían que ver con defectos y debilidades propias del plan. Por eso no se hicieron los ajustes y rectificaciones que el grave contratiempo sufrido demandaba, lo que hizo que el segundo plan fuera puesto en ejecución exactamente mediante los mismos procedimientos utilizados en el primero. Resultado, como era dable esperar, un nuevo fracaso. Esta vez sí sonaron fuertemente las alarmas y se procedió a una exhaustiva y rigurosa investigación. Y qué cree usted, amigo lector, que se descubrió. Nada menos que las causas de ambos fracasos se debieron al “estímulo moral” puesto en práctica por el Che. Según esta propuesta, el trabajador en lugar de estar pensando en el beneficios materiales, en lo que debía pensar era en la enorme satisfacción moral que le debía producir el hecho de sentirse útil, más que a sí mismo, a sus conciudadanos y a la sociedad; que esa era la característica predominante del” hombre nuevo” que se estaba tratando de crear en Cuba.

Pero qué proponía “el hombre nuevo” del que tanto se ha estado hablando aquí casi sin saber de lo que se trata. Esta tesis proponía que el trabajador debía ser un modelo de generosidad y desprendimiento. Es más, que al realizar su trabajo debía incluso pensar más en el bienestar de los demás que en el suyo propio y en el de su familia. Al respecto, no es necesario aclarar que el trabajador al carecer de estímulos relacionados con su propio bienestar, y al saber, además, que el trabajo no le permitía satisfacer sus expectativas mínimas de vida, empezó a ver el mismo no como un factor de liberación sino como un mecanismo de sometimiento y opresión, y empezó a faltar al trabajo. Y así, cuando no le dolía la cabeza a él, entonces era al hijo que le dolía el estómago, o la mamá que había sufrido una crisis de hipertensión, o la esposa que se resbaló y se dio una matada, etc. Y de esta manera, el ausentismo laboral se disparó de una forma tan alarmante, que se vieron obligados a desistir de ese disparate y establecer el “incentivo material”, es decir, trabajar para sí mismos y para la satisfacción de las propias necesidades.

A partir de allí, todos los planes que en lo sucesivo se aplicaron se cumplieron al pie de la letra. Los cubanos hicieron lo que ya antes los “burócratas” soviéticos habían hecho, y les empezó a ir mejor. En el caso de estos últimos, no hicieron nada excepcional. Sólo se comportaron como simples mortales. Y ajenos a todo mesianismo con pretensiones de trascendencia, ajustaron su política al lema del socialismo que dice “…a cada quien según su trabajo”, y lograron, entre otras hazaña, las que acabamos de describir. Y no podía ser de otra manera, pues de haberse guiado por ese otro lema que dice “…a cada quien según sus necesidades”, de la Unión Soviética no habría quedado sino un mal recuerdo. ”. Y eso, porque lo que expresa es un igualitarismo pernicioso, muy humano, si se quiere, pero nada útil para la construcción de un gran país, de una gran nación.

Esto viene a demostrar que actuar a espaldas de la realidad tiene sus riesgos. Que no siempre lo mejor y más deseable se puede realizar. En Cuba, animados por un idealismo extremo se ignoró la condición humana en la aplicación de sus programas de gobierno y se llevaron un tremendo chasco. Ahora, en esa nación está en un radial proceso de rectificación que pasa por desmontar todo lo que bajo la inspiración del Ché y de sus místicos planteamientos se había construido. Es una especie de NEP (Nueva Política Económica) a la que el dirigente argentino y no pocos dirigentes de la nación antillana, reconocidos por sus rabiosos radicalismos, tanto se habían opuesto y criticado.

Lo otro que contribuyó a la salida del Che de Cuba fueron los furibundos ataques que éste, a través de la prensa, dirigía constantemente contra la Unión Soviética, ataques que arreciaron a raíz de la crisis de los misiles. Y tanto calaron estos ataque en la población, que con motivo de los episodios mencionados, se produjeron, frente a la misma embajada rusa, airadas manifestaciones en las cuales se enarbolaban consignas como “Nikita, marica, lo que se da no se quita”. Y esto se hacía contra un país y un gobierno gracias a los cuales la revolución cubana todavía existe. La cuestión es que finalmente el gobierno ruso perdió la paciencia y emplazó a los dirigente cubanos a cesar en sus injustificado e irrespetuosos ataques, porque de lo contario les retiraría su apoyo y los dejaría abandonados a su suerte.

Con respecto a estos hechos, Fidel tiene una deuda muy grande con la historia. En una entrevista concedida a Walter Martínez, el dirigente cubano afirmó que él nunca miente. Yo se lo creo. Pero quiero recordarle que callar verdades es también una forma de mentir.

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Alfredo Schmilinsky Ochoa


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