Diálogo de Paz e intentos de EEUU para desestabilizar Colombia

Traducción desde el inglés por Sergio R. Anacona

Strategic Culture Foundation

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Contrario a las reiteraciones del gobierno colombiano en el sentido que la resistencia en el país está muerta, el movimiento se mantiene viable y retiene una coordinación centralizada y disfruta de un apoyo considerable entre la población rural y urbana.

Sin perjuicio que las incursiones de las fuerzas especiales colombianas dirigidas por asesores de la CIA y del Pentágono en verdad han culminado en la muerte de varios jefes guerrilleros, las declaraciones que los ataques a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC las han dejado desmoralizadas parecen una grosera exageración. El actual jefe de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Comandante Timoshenko, aseguró en un mensaje grabado entregado a los medios, que en este momento los rebeldes están más fuertes que nunca y a esta declaración debe reconocérsele una considerable dosis de realismo.

Enfrentado a las FARC que cuentan con un total entre 9 y 10 mil efectivos se encuentra el ejército colombiano con un total de 3 millones de soldados. De acuerdo con el Plan Colombia y el Plan Patriota los asesores norteamericanos masivamente reentrenaron a la policía y a las fuerzas de seguridad colombianas. El Pentágono y la comunidad de inteligencia norteamericana comparten la información de reconocimiento incluyendo la información recolectada por satélites de vigilancia con sus socios colombianos, lo cual en gran medida explica los limitados éxitos obtenidos en el curso de las recientes operaciones de contra-insurgencia.

Sin embargo, las esperanzas del gobierno colombiano que las guerrillas capitularan en el más cercano futuro, son completamente ilusorias, considerando que los ataques a bases militares en Colombia, mortales choques entre las fuerzas de las FARC y patrullas del ejército y actos de sabotaje contra redes de transporte aparecen a diario en la prensa.

Incapaz de aplastar a las guerrillas en el campo de batalla, el gobierno de Juan Manuel Santos tiene que negociar con las FARC y con el ELN – Ejército de Liberación Nacional, segunda agrupación guerrillera colombiana que cuenta entre 2 y 3 mil combatientes, como contrapartida. Hace unos años, la dirección política del ELN trató de alcanzar un acuerdo de paz con el gobierno, en la época de la presidencia de Álvaro Uribe, en conversaciones acordadas en la neutral Habana, pero el intercambio de acusaciones continuó y las conversaciones colapsaron. Consciente de este espectacular fracaso, el ELN tiende a mantenerse alejado del diálogo de las FARC con el gobierno de Santos.

Sin duda alguna que el recuerdo de pasadas conversaciones que fracasaron se mantiene del mismo modo dentro de los cálculos de la dirección de las FARC. Se firmó una tregua bajo el gobierno del presidente Belisario Betancur (1982-1986) la cual condujo al establecimiento de la Unión Patriótica formada por ex guerrilleros. La organización lo hizo bien en las elecciones logrando reunir suficiente votación como para elegir a cinco senadores, 14 diputados y 23 alcaldes, pero el triunfo tuvo corta vida. La Unión Patriótica se convirtió en el blanco de un terrorismo permanente con 13 parlamentarios, 13 alcaldes y miles de militantes de base asesinados. La complicidad de la policía y del ejército junto con las agrupaciones paramilitares y los carteles de la droga fue apenas disimulada mientras la tasa de muertos de la Unión Patriótica aumentaba y eventualmente las FARC fueron obligadas a retomar la lucha armada. Andrés Pastrana, presidente de Colombia (1998-2009) reanudó el diálogo doce años más tarde y se comprometió a un juego limpio. En el Valle del Río Caguán se estableció un área de 42 mil kilómetros cuadrados como zona de plena seguridad garantizada para los guerrilleros y se iniciaron las conversaciones entre el gobierno y la guerrilla. Sin embargo, Pastrana y Estados Unidos prepararon rápidamente el Plan Colombia cosa que el presidente necesitaba con el objeto de reforzar sus posiciones, cuestión que las FARC vieron como un acto traicionero. Una vez más, el resultado fue la reanudación de las hostilidades y los ataques guerrilleros se combinaron con demostrativas tomas de pueblos.

A pesar de las múltiples y trágicas experiencias, las FARC acordaron reanudar una nueva ronda de negociaciones. Los preparativos para estas han tomado 18 meses y en el mes de febrero de este año las FARC y representantes del gobierno se reunieron en la Habana para iniciar consultas sobre una agenda para las próximas conversaciones. Se firmó un documento intermedio –acuerdo general para poner fin al conflicto y alcanzar una paz estable—como lo declaró Santos el 4 de septiembre pasado y confirmado por el comandante Timoshenko luego de una breve demora. El documento apunta a ser un prólogo para un acuerdo final que cubra aspectos tales como los cultivos en las áreas rurales de Colombia, reforma agraria, largo tiempo necesitada y centrada en la entrega de la tierra a los campesinos, garantías para la oposición y los diferentes grupos políticos, desarme, represión al tráfico de estupefacientes y los derechos e intereses de todas las partes en el prolongado conflicto.

El presidente colombiano explicó durante un discurso dirigido al país que él eligió reactivar las negociaciones ya que hoy es uno de esos momentos en la historia cuando el líder de un país debe asumir riesgos para alcanzar nuevas soluciones para viejos problemas. Señalando que tiene consciencia que puede ser un camino lleno de baches, indicó que su política sería una mezcla de audacia y cautela ya que la historia no perdonaría si las actuales oportunidades se desperdician y que exigen dos cosas: optimismo y contención y llamó a terminar con medio siglo de violencia generalizada.

Las FARC y el gobierno han demostrado igual grado de responsabilidad mientras se configuraba el acuerdo, indicó Santos.

El comandante Timoshenko elogió el acuerdo como una causa seria, optimista, lo describió como la máxima prioridad de la nación y solicitó el apoyo popular para el acuerdo el cual mejoraría las condiciones de vida de la mayoría de los colombianos. Tentativamente, la base de las FARC en el país sería la Marcha Patriótica, movimiento creado el 21 de abril de este año con el objeto de producir una nueva alternativa a los partidos políticos tradicionales de Colombia. Involucrados en esta organización están las agrupaciones campesinas y estudiantiles, izquierda moderada y activistas sociales preocupados porque el futuro podría albergar una nueva oleada represiva perpetrada por sectores oligárquicos y de la ultra derecha que temen la modernización del país. La senadora liberal colombiana, Piedad Córdoba, famosa por su contribución personal a la normalización del país, estuvo entre los fundadores de la Marcha Patriótica y es posible que ella sea la candidata de la izquierda colombiana en las próximas elecciones.

Algunos observadores si que critican las conversaciones de las FARC con el gobierno por su agenda un tanto limitada. Uno de los problemas fundamentales no considerados en la agenda es la existencia en Colombia de bases militares norteamericanas que han sido establecidas bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y la “narco-guerrilla” expresión evidentemente inventada por los expertos norteamericanos en operaciones psicológicas. La realidad imposible de ocultar es que Washington necesita las bases para eventualmente deshacerse de Chávez y apoderarse de las reservas energéticas venezolanas. Siempre ha sido natural considerar a las guerrillas colombianas como una fuerza aliada con Chávez si el Imperio lanza una agresión contra Venezuela. Por lo tanto, Estados Unidos tiene intereses especiales en el desarme de las guerrillas y a este respecto, mantiene a Santos bajo una intensa presión. Esto debiera dejar en claro por qué las conversaciones sobre el documento final a iniciarse este mes en la ciudad de Oslo, Noruega y a ser continuadas en la Habana no comprenden un cese al fuego ni la prohibición de lanzar ofensivas en las regiones bajo control guerrillero.

Chávez, quien se ha esforzado mucho a favor de un proceso de negociaciones en Colombia, se ha abstenido hasta ahora de hacer declaraciones respecto de las bases militares norteamericanas en Colombia, pero el problema eminentemente resurgirá en la medida que el avenimiento se materialice. Los países de la UNASUR, especialmente Brasil, se oponen a la presencia militar extranjera en América Latina, región que ellos sueñan convertirla en una zona de paz. De hecho, Colombia que es citada con frecuencia en Washington como un modelo para la cooperación militar con Estados Unidos, está cansada del omnipresente dictado norteamericano. La fuerte militarización impide el desarrollo socioeconómico del país, ahuyenta a los inversionistas y alimenta un estado de permanente conflicto armado en regiones del país donde la agricultura y el desarrollo del sector energético podrían florecer. México es un país duramente criticado como un Protectorado del Imperio. Colombia merece el título de país bajo gobierno extranjero y el descontento de los colombianos hartos de la desbocada influencia norteamericana amenazan con sacudirse el control en cualquier momento. La acostumbrada seguridad en torno al cuerpo diplomático norteamericano en Colombia es tan estricta como en el mundo musulmán en el actual nivel de escalada.

Con certeza, las protestas contra las bases militares norteamericanas seguirán incrementándose en Colombia en forma paralela a las conversaciones de paz. En consecuencia, la propaganda de Washington de manera creciente difama a Santos en un intento por arruinar su posibilidad de reelección.

El ex presidente Uribe apoya en Colombia las políticas sugeridas por Estados Unidos, presionando para que las guerrillas capitulen (o sean exterminadas) alegando que estas siguen órdenes dictadas por Chávez más que luchar por los intereses de Colombia. Las ideas que agita Uribe –quien figura con el número 82 en la lista de narcotraficantes del Departamento de Estado y que hoy en día está bajo estricto control por parte de Estados Unidos—son transmitidas por los medios norteamericanos con resonancia entre el margen reaccionario de los militares colombianos. Rumores sobre la gestación de un golpe de estado organizado por grupos de veteranos de la contra-insurgencia y contratistas de seguridad se extienden por toda Colombia con regularidad y aquellos que son nombrados como líderes potenciales de una revuelta no se ven muy convincentes cuando tratan de negar las acusaciones. Los medios nunca dejan de sugerir que algún día Santos podría ser asesinado “por traición.” Santos no debería tener dificultad alguna para entender todo el escenario. Al referirse al diálogo con las FARC, el presidente dejó en claro que él pretende seguir siendo inmune a la intimidación por parte de extremistas de cualquier campo.

¿Qué posibilidades hay que Estados Unidos tolere el desarrollo del proceso de paz? Para el Imperio, la reconciliación en Colombia significaría una derrota estratégica y las anticipaciones de un golpe de estado en el país podrían indicar que la comunidad de inteligencia norteamericana está planificando grandes provocaciones para descarrilar las prometedoras negociaciones entre las FARC y el gobierno colombiano.



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