La Unión Sovietica y su gran lider

Pero que vaina compadre, gente que se dice de izquierda y revolucionaria –al menos eso es lo que aparentan y proclaman- no se ha podido librar todavía del germen antisoviético inoculado a través de masivas e insistentes campañas de desinformación adelantadas por medios de comunicación venales al servicio de los imperios. Por ejemplo, una persona que escribió un comentario en la página digital de Ultimas Noticias, dijo en el mismo: “…la izquierda también arrugó la carita cuando Stalin mataba rusos…”. Me parece este un comentario que sólo pudo ser inducido por una aviesa propaganda gringa, como la que le ha hecho creer a mucha gente que todavía Fidel se despacha en el desayuno un bebé a la brasa y en la cena otro a la vinagreta. O como la que ahora mismo ha convencido a no poca gente en el exterior de que Chávez efectivamente es un dictador sanguinario, que no tiene nada que envidiarle a Videla o Pinochet. O como la que se prestó para difundir falsos escenarios construidos en Qatar y decir que pertenecían a Libia. O la que en estos momentos está difundiendo infames mentiras acerca de las presuntas masacres perpetradas por Al Assad contra su pueblo; cuando, como lo demostró recientemente Walter Martínez en su programa Dossier, la situación es absolutamente al revés. En efecto, las estremecedoras imágenes de civiles muertos en Siria transmitidas en el mencionado programa, lo que han demostrado es que quienes están cometiendo esas horribles carnicería son Los Estados Unidos y sus cómplices de otros países. Y yo le preguntaría a este amigo si le consta lo que con tanta seguridad afirma de Stalin. Y si no le consta, que diga entonces de dónde sacó esa información. Y lo pregunto, porque cosas como esas las he venido leyendo y escuchando, desde que tuve uso de razón, en los despachos de las agencias internacionales de noticias y en toda la prensa norteamericana, que si por algo se caracterizan, como hemos visto, no es precisamente por decir la verdad, ni por el respeto a la ética periodística.

A quien esto escribe le cuesta explicarse el sostenido empeño de alguna gente de izquierda de presentar al camarada Stalin como un terrible y despiadado déspota, como una bestia que mantenía cruelmente oprimido a su martirizado pueblo. Y lo hacen y dicen sin importar que en sus inicuas falsedades coincidan con los peores y más depravados criminales de la historia. Con quienes por creer sus propias mentiras, las perversas acciones que intentaron contra ese glorioso país terminaron en el más rotundo y completo fracaso. Como fue el caso de Hitler. Este demente, después de haber derrotados los ejércitos coligados de Europa y mantener sometidos a todos esos países, incluso a los ingleses, que como ratas fueron expulsados vergonzosamente de ese continente, se le ocurrió –ocurrencia fatal- invadir a Rusia. Este tirano pensó que el pueblo soviético, por encontrarse presuntamente aplastado por el puño de hierro de Stalin, que su ansia de libertad y su descontento eran tan grandes, que de invadir el territorio ruso ese mismo pueblo los iba a recibir con vítores y aplausos, es decir, como a sus auténticos libertadores. De allí el comentario del sátrapa el día en que inició la operación llamada “Barba Roja”, nombre de un emperador germano. En la oportunidad señalada el déspota dijo: “hoy cenaremos en Moscú”.

Pero sus cálculos fallaron, pues el pueblo soviético, en lugar de recibir a los alemanes con fanfarrias y coros de voces, lo hicieron presentando una resistencia que, por su heroísmo, jamás se había visto y como tal vez jamás se volverá a ver. Y alguien se podría preguntar ¿por qué? ¿Por qué aquel pueblo, que aun no había superado los terribles estragos y devastaciones provocados por los sabotajes, por las conspiraciones, por las guerras y confrontaciones intestinas y sufriendo todavía toda clase de penurias y padecimientos, defendían con aquel homérico denuedo, con aquel empecinamiento suicida, capaz de llegar hasta la inmolación y el holocausto, a aquel preclaro líder y a aquella revolución? ¿Qué fuerza mística los inspiraba a realizar aquella prometeica hazaña muy superior a las humanas posibilidades? Muy sencillo: la libertad. Porque al contrario de lo que inescrupulosos y degenerados líderes y medios de comunicación occidentales decían y aun dicen de la Revolución Rusa y de Stalin, el pueblo de ese gran país era por primera vez en su vida libre y soberano, y además, porque primera vez en su larga y azarosa existencia había disfrutado el inconmensurable bien de la paz. Supremos bienes que estaban decididos a defenderlos hasta la muerte, como en efecto lo hicieron.

Pero si hazaña extraordinaria fue haber derrotado a los alemanes a costa de inenarrables e inmensos sacrificios, al punto de que pudiera decirse que no hay un solo centímetro de ese inmenso territorio que no fuera fecundado con la noble y generosa sangre de los millones de mártires que a la Unión Soviética le costó esa guerra, lo logrado en el campo de la construcción de la patria socialista no fue menos excepcional y extraordinario. Con solo pensar que al triunfo de la revolución en ese país sólo había un tractor, y eso un tanque de guerra capturado a los ingleses y convertido en eso, en tractor, se podría tener apenas una leve idea de la gigantesca y descomunal proeza realizada por esa gran nación, por su máximo líder y su heroico pueblo. Si hasta pareciera cosa de la fantasía más delirante y desbocada pensar que un país tan totalmente devastado, que en medio de las inagotables faenas de la reconstrucción tenía que dedicarle tiempo y recursos al combate contra las incesantes conspiraciones promovidas por sus enemigos externos e internos, haya podido llegar a ser en poco tiempo el primer país del mundo en colocar un objeto en el espacio exterior y disputarle a los Estados Unidos el liderazgo mundial. Este último país tardó en llegar a ser lo que es hoy 200 años y heredando de los ingleses una base industrial sumamente adelanta. En cambio, la Unión soviética logró su espectacular desarrollo en apenas 70 años, luchando contra las tremendas dificultades señaladas y partiendo prácticamente, y sin prácticamente, literalmente de la nada.

Y aunque parezca mentira, ese proceso de la construcción del socialismo en Rusia, tal como aquí, tuvo sus enemigos internos. Y no sólo dentro del país, sino también dentro del Partido y del propio aparato del estado. Y fue en virtud a la lamentable muerte del camarada Stalin, que estos indeseables, tipo Gorbachov, Shevernatze y el borracho del Yeltzin, que colocados en puestos claves dentro de la organización partidista y del gobierno, lograron frustrar lo que se había constituido en la esperanza de todos los oprimidos y explotados del mundo. Y no sólo eso, sino dejando también a éste, al mundo, a merced de todos los imperialismos y, especialmente, del más criminal e inescrupuloso de todos: el imperialismo norteamericano.

Ahora, claro que el camarada Stalin combatió sin tregua a estos enemigos de la Revolución y del pueblo ruso. Pero no como lo proclaman los dirigentes occidentales y sus medios de comunicación, es decir, de una forma indiscriminada y con la mayor crueldad y sevicia. Falso, a todos los acusados de participar en actividades conspirativas contra el estado soviético, se les garantizaba de manera irrestricta todos sus derechos a la defensa y en juicios públicos, a los que podían asistir todos los que quisieran presenciarlos.

Al respeto valdría la pena citar un caso muy sonado. El de cuatro viejos comunistas que se habían declarado culpables de los cargos que se les imputaban. Al presentarse en la audiencia los acusados, un periodista norteamericano, que se encontraba presente, se dedicó a observar minuciosamente a los reos, tratando de descubrir en ellos alguna huella, marca o indicio de haber sido maltratados. Y por más que miró y miró, no encontró la menor evidencia, ninguna huella o marca de haber sido torturados. Todo lo contrario, sus aspectos indicaban haber recibido un buen trato.

Así que débiles mentales, déjense de estar repitiendo como loros amaestrados las infamias que los medios de comunicación occidentales todavía propalan contra la Unión Soviética.

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Alfredo Schmilinsky Ochoa


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