Rajoy, el liberalismo no seduce

A Aznar le encantaba parecer como un Sarkozy, pequeñito pero matón, con su cuaderno azul metiendo el mismo miedo que la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, pretende meter a los periodistas de Telemadrid.

Por fin, después de 9 meses hemos visto por TV1 al presidente Rajoy diciendo lo contento que está con los éxitos de su reforma laboral y que para él lo primero es el déficit y luego los pensionistas y todo lo demás. Esto suena a más recortes y a lo de siempre: él está aquí para mandar, con la venia del BCE y del FMI.

El todavía escondido presidente español está fracasando porque pensaba – entre mil cosas – que todos los españoles eran liberales, que sus ciudadanos se postrarían incluso ya no ante la autoridad del mercado, sino también a la del clero; quizá por ello lo de la entrega personal, en julio pasado, en Galicia, de El Códice Calixtino y la intervención pública del Cardenal Arzobispo de Madrid Rouco Varela hablando de los peligros del Eurovegas. Cuanta pena y cuanta falta de Gloria.

Como Aznar, Rajoy está convencido de que la función del resto es obedecer, que sus ciudadanos deben sumarse a sus decisiones y jamás enjuiciar sus deseos; por ello eso de no tener un vicepresidente económico porque él daría la cara siempre, doliera a quien le doliera. Pobre De Guindos.

Rajoy pensó que todos sus seguidores conocían al dedillo lo que es ser un liberal a conciencia y que por ende entenderían la caída de salarios, la puesta en duda de la estabilidad de las pensiones, la subida de impuestos y las esperpénticas propuestas de sus presidentas regionales de eliminar concejales y diputados. ¿Minar la democracia?

Así que, de asegurar que los neopopulistas, retrógrados y utópicos políticos de izquierda eran unos desenterados, ha comenzado a pensar que el discurso que los liberales ofrecen al mundo es mucho menos “fascinante” que el de aquellos y por ello lucha por parecer un líder con don de mando europeo, decidido y batallador, lamentando no lograr lo que tanto esperaba: Cada vez que reafirmara esta voluntad de parecer más sabio, sintonizaría con su ciudadanía. Otro error, la seguridad laboral y el Estado del Bienestar están primero y tal vez por esta actitud solo uno de cada dos votantes (52%) está dispuesto a repetirle si hubiera elecciones en este momento.

La derecha española de repente ha comenzado a cuestionar su cultura, las universidades y los valores por ellos mismos creados, no para erradicarlos, sino para perfeccionarlos: Privatizarlos y jerarquizarlos ad infinitum, olvidando que una de las señas de Europa ha sido establecer la más aventajada democracia del mundo y la más desarrollada y apetecida prosperidad cultural y social. Sin embargo, para nuestros civilizados líderes, pareciera que esto importa un comino y que con tal de salir de la crisis el que se vaya por el desfiladero el Estado del Bienestar es poco menos que nada. Al fin y al cabo, el hombre es un animal de costumbre.

La prosperidad disfrutada en España hasta 2007, Rajoy la consideraba un resultado indiscutible de la política aznarista y discurrió, con firmeza, que en un santiamén con un par de buenos muchachos economistas, una leal e inocentona vicepresidenta del gobierno y un grupo de rabiosas presidentas autónomas, el mundo europeo y norteamericano se rendiría a sus pies. Otra metedura de pata.

El escondido presidente español insiste en no cambiar su conducta porque él es ante todo un liberal, un convencido del mercado y de la privatización. Insiste en decir que no sólo es feliz con lo que hace, sino que además hay que hacerlo: Crear un banco malo donde las grandes fortunas compitan en igualdad de condiciones con las de a pie.

Rajoy y sus leales se perciben como Franco se percibía a él solito: Los elegidos para salvar España, como si los errores los hubiese cometido el pueblo. ¿Quién puede olvidar a De guindos diciendo en septiembre de 2011 que lo que hacía falta era tener un plan creíble y san se acabó?

Ahora las encuestas le dicen a la derecha española que ni sus votantes quieren a Rajoy ni a sus enchufados, que no es necesario que desaparezcan las autonomías sino que se regulen sus gastos económicos como los que acarrean las representaciones diplomáticas catalanas o gallegas en el extranjero, que los terroristas de ETA deben quedarse en la cárcel porque cuando asesinan con 10 disparos por la espalda, no preguntan si el asesinado es padre o tenía hijos.

Así que, ya no todos los que sospechan de la política de Rajoy pueden ser tachados de comunistas o socialistas, pero tampoco de liberales. Rajoy parece quedarse solo y la marca PP también. ¿Asistimos a la llegada del Estado Gerente? Para Rajoy esto es impensable no porque puedan perder el poder, que también, pero en ese caso en las manos de un gobierno al estilo italiano o griego, sino porque está profundamente convencido de que el pueblo ignora completamente cómo crear la riqueza que los grandes líderes, como él, saben hacerlo.


Sociólogo.

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