Alquimia política

El Plan Baruch

El millonario norteamericano Bernard Baruch (1870-1965); era un financiero, bursátil especulador, estadista y asesor político; tuvo mucho éxito en los negocios, dedicándose luego a asesorar Presidentes de EE.UU. (se cuentan a: Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt), en materia económica y se convirtió en un filántropo. En los años 1920 y 30, Baruch expresó su preocupación de que EE.UU. necesitaba estar preparado para la posibilidad de una nueva guerra mundial. Él quería una versión más potente de la Junta de Industrias de Guerra, que él vio como la única manera de asegurar la máxima coordinación entre las empresas civiles y las necesidades militares. Baruch seguía siendo un prominente asesor del gobierno durante este tiempo, y con el apoyo de Franklin D. Roosevelt, dio cuerpo teórico a la idea de un programa, económico que contemplara un margen significativo de inversión a la industria armamentista y a la consolidación de la Agencia de Inteligencia Nacional.

      Bernard Baruch, tuvo contacto con Sir Winston Churchill, estadista británico, en los días de la Segunda Guerra Mundial; Roosevelt lo había nombrado asesor especial del director de la Oficina de Movilización de Guerra, desde donde prestó apoyó a lo que se conoce como el proyecto de ley de emergencia "obra y lucha", abogando por la creación de un super-agencia permanente de inteligencia que se incrustara en todo los territorios enemigos. Su teoría ha consolidado el papel de los empresarios civiles e industriales en la determinación de una política de apoyo incondicional al sistema político norteamericano. El Estado garantizaba libertades económicas y los inversionistas ayudaban a mantener la subsistencia del Estado. Las ideas de Baruch se adoptaron en gran parte; después de la Guerra, colaboró, a partir de 1946, con el presidente Harry S. Truman, quien lo nombró representante de los EE.UU. a la ONU, en la Comisión de Energía Atómica (UNAEC). El 14 de junio 1946, Baruch presentó su Plan Baruch, una versión modificada del plan de Acheson-Lilienthal, a la UNAEC, que proponía la fiscalización internacional de entonces nueva energía atómica. La Unión Soviética rechazó la propuesta de Baruch como injusta, dado el hecho de que los EE.UU. ya poseía armas nucleares, a cambio le propuso que los EE.UU. eliminar sus armas nucleares antes de que un sistema de controles e inspecciones se implementara. Un estancamiento se produjo. Baruch renunció a la comisión en 1947, pero su influencia dejó una importante huella en lo que sería, en los próximos veinte años, la política internacional norteamericana.

      El Plan Baruch, basado, como se dijo en el Informe Acheson-Lilienthal, proponía: extender a todas las naciones el intercambio de información científica básica para fines pacíficos; implementar controles sobre la energía atómica hasta donde fuese necesario para asegurarse que su uso sea sólo con fines pacíficos; eliminar las bombas atómicas y otras armas de destrucción masiva de todos los arsenales nacionales; y establecer métodos de resguardo efectivos como inspecciones y otros métodos para proteger a los Estados firmantes contra los peligros de violaciones y evasiones.

      El Plan Baruch, aunque no llegó a concretarse, como bien ha quedado descrito en The Politics of Nuclear Defence – A Comprehensive Introduction (1985), es un primer antecedente en la concepción de una política exterior norteamericana que promoviera la hegemonía nuclear para asegurarse la supremacía del imperio estadounidense en lo que quedaba del siglo XX.

      En la actualidad, la política exterior norteamericana del actual Presidente de EE.UU., Barack Obama, reconoce que la mayor amenaza ya no la representa una confrontación nuclear entre países, sino el terrorismo nuclear y la proliferación de armas nucleares a un número cada vez mayor de Estados. Obama ha expresado que está comprometido con el no uso de armas nucleares contra Estados que no las poseen y deja de considerar a Rusia y China, como las principales fuentes de amenazas nucleares. Asimismo, prevé poner fin al desarrollo de nuevas ojivas nucleares, centrarse en la modernización de las armas convencionales, prohibir los ensayos nucleares y renunciar a los planes de desarrollo de nuevos tipos de armas ofensivas estratégicas, promovidos  en la época de George W. Bush. Según Robert Gates, y el Pentágono, se  acordó no desarrollar nuevos tipos de cabezas nucleares y cesar los ensayos sólo después de comprometer a Obama a aumentar el presupuesto para el mantenimiento y la modernización de los actuales arsenales nucleares de Norteamérica. A pesar de esta buena voluntad y esta búsqueda por eliminar cualquier roce o conflicto que involucre armas nucleares, Obama no ha descartado la posibilidad de usarlas contra Estados que no las poseen, porque se trata de un derecho al uso que se mantiene a la discrecionalidad de quien ejerza el poder en los EE.UU.; el Pentágono, como brazo armado del poder, no aceptaría que un Presidente norteamericano renuncie a ese derecho que los colocaría en un margen elevado de vulnerabilidad ante la comunidad internacional.

      Quizás hayan buenas intenciones, pero como expresara Baruth en su época, el estar prevenidos no implica que estemos en guerra, sino que no contamos con una victoria total aún. Como se puede apreciar, el Plan de Baruth no tuvo que ser aceptado para pasar a la historia, la historia se ha ido construyendo en torno a él.


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Ramón E. Azócar A.


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