Solidaridad con diálogos de paz en Colombia

Solamente esclareciendo el pasado se puede comprender el presente”, lo dijo  Goethe y lo niegan los ideólogos y defensores del capitalismo. El ser humano cuenta con el lenguaje como una vital herramienta para la comunicación, para el conocimiento, para la experiencia, para inventar o descubrir y hasta para herrar y corregir, para buscar verdades y combatir mentiras, para hermanar a hombres y mujeres en la conquista de sueños comunes. Para todo sirve el lenguaje. El trabajo y el lenguaje fueron las dos grandes creaciones del ser humano que llegó a pensar, según Anaxágoras y hasta del mismo Tomás de Aquino, gracias a los prodigios de las manos.

La palabra diálogo viene del latín dialogus que significa discurso racional o, ciencia (logos) del discurso. Si al diálogo le agregamos un lenguaje límpido e interesado en búsqueda de objetivos concretos de paz, se convierte en una rica fuente de esclarecimiento del pasado para la comprensión del presente en provecho del futuro.

Si en algún país de este planeta Tierra existen experiencias de diálogos es, precisamente, en Colombia. Lo que generalmente ha sucedido es que esos diálogos han parecido más imaginaciones y deseos de Platón que estudios de realidades de parte del Estado colombiano. Este, cuando se trata de diálogos con movimientos insurgentes, pretende siempre se realice sin previos condicionamientos pero exigiendo a la insurgencia la normativa del desarme y la desmovilización como señal de que sí quiere la paz. Se imaginan ¿qué fruto positivo, para la paz, puede dar que un bando se someta al cese al fuego y el otro quede con la potestad de disparar a todo lo que encuentre por delante?

Los toques o contactos para un diálogo generalmente suelen ir acompañados de un secretismo especial, aquel que permita anunciárselo al público ya concertado los primeros pasos. Pero todo diálogo que se quede en el secretismo permanente no llega a nada sino, más bien, lo que hace es incrementar las contradicciones entre las partes en conflicto. Los toques o contactos “secretos” deben ser entre el Gobierno y la insurgencia y en muchos casos se utilizan intermediarios, pero si resuelven la realización del diálogo, nada justifica que no se haga de cara al país, de frente a la sociedad y donde participen clases, sectores, organizaciones, gremios y partidos políticos, porque la paz es de incumbencia de toda la población y no de los bandos en conflicto exclusivamente. Incluso, es muy importante la veeduría internacional.

Casi el mundo entero se ha manifestado en solidaridad con el diálogo por la paz en Colombia. Lo han hecho los de derecha, los del centro, los del centro-derecha como los del centro-izquierda y, también los de izquierda. No nos detengamos a buscarle una quinta pata al gato `para acusar a unos de hipócritas y a otros de sinceros. Partamos de que todos los que se han manifestado desean realmente la paz para Colombia. Lo que interesa conocer es sobre qué condiciones desean esa paz –desde fuera y desde dentro- para Colombia. Nosotros creemos que el Gobierno que preside el doctor Juan Manuel Satos ha aceptado dar el paso de realizar contacto explorador para determinar si se lleva a cabo o no un diálogo con las FARC, porque cree que ésta está mermada, agotada y ha perdido sus fundamentales cabezas. Y, además, le lanzó un pedacito de la cabuya para que el ELN se agarre de ella –si lo desea- y también participe en el diálogo si en verdad quiere la paz. No hay duda que ha actuado con inteligencia, pero eso no es suficiente si se pretende encontrar la paz a través del diálogo. Tanto es así, que el Presidente Santos subió un 8% de popularidad con solo anunciar que se estaban realizando contactos con las FARC para establecer un diálogo por la paz. La insurgencia cuenta, igualmente, con capacidad de inteligencia.

Nosotros, como organización política venezolana, no somos nadie ni nada para dictarle cátedra ni a la insurgencia ni al Gobierno colombiano y, mucho menos, al pueblo de Colombia de cómo, dónde, por qué y para qué dialogar por la paz. Eso es potestad de los colombianos y de las colombianas –en general- y del gobierno y de la insurgencia -en lo particular-. Sí creemos, y es un deber manifestarlo, que un diálogo por la paz que deje por fuera el análisis de las causas que lo originan, no es diálogo sino una imposición a rajatabla de las condiciones de un bando sobre el otro. Y decimos con mucha sinceridad, deseamos de todo corazón no sólo que se produzca el diálogo por la paz sino, muy especialmente, que sea fructífero y pueda la sociedad colombiana entrar a un período que no siendo ni de verdadera paz ni de verdadera guerra, permita alcanzar niveles de progreso donde el pueblo colombiano realmente obtenga conquistas económico-sociales importantes. Eso lo decimos, porque mientras exista lucha de clases y, especialmente, domine el capitalismo es imposible una verdadera paz con justicia social para los pueblos explotados y oprimidos. Es todo lo que debemos decir por ahora. Éxitos deseamos al diálogo y que el pueblo colombiano sea el principal favorecido de la paz si llega a concertare.


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