El caso Siria

(25 de julio 2012)El entusiasmo y la unanimidad, especialmente en la izquierda árabe, que acompañó a la revolución de los ciudadanos de Egipto y Túnez se paralizó lamentablemente a las puertas de Damasco. Esa división sobre la postura respecto a la cuestión Siria nos obliga a hacer algunas reflexiones.

Si la unanimidad en el respaldo estaba motivada realmente en el apoyo a un proceso democrático y el derrocamiento de los regímenes dictatoriales, lo más lógico es que ese consenso se mantenga casi en todas las capitales árabes. Pero parece claro que a estas alturas la agenda política no era común.

Soy consciente de que la situación geoestratégica de Siria nos hace temer por el futuro del propio Estado sirio, porque el peligro hoy no es el derrocamiento del régimen que se ha convertido en una necesidad imperiosa, sino el desmantelamiento y la fragmentación del propio Estado sirio.

En el caso de Túnez y Egipto hay una homogeneidad social y una ciudadanía formada que hace que no exista peligro de confrontación o, en el peor de los casos, una guerra civil entre sus ciudadanos. Pero, en Siria, nos encontramos con una sociedad heterogénea y el Gobierno quiso jugar ese papel divisorio de la misma, que más que conseguir el fortalecimiento de su Gobierno ha logrado casi la fragmentación de la sociedad.

A ambas partes del conflicto no les interesa mencionar que hay una guerra civil ya que, por un lado, el Gobierno niega, por razones obvias, que haya una parte de la sociedad que está en contra de Él y, por otro lado, la propia oposición también lo niega porque eso anula su proclamación de una revolución.

Es verdad y se ha de reconocer que esta es una de las revolución más pacífica en sus comienzos, ya que en las primeras manifestaciones lo único que se gritaba era “سلمي سلمي : Pacífica, pacífica

Pero el Gobierno, en lugar de entender ese gesto de la población e iniciar un dialogo amplio y liderar un proceso de reformas de urgente necesidad para la sociedad siria, ha respondido de forma violenta, es decir, matando a sus propios ciudadanos. Creían, equivocadamente, que la caída de los gobiernos de Túnez y de Egipto había sido a consecuencia de la debilidad y el poco uso de la fuerza para mantener el orden, pero que ellos con una o dos matanzas podrían aplacar y domesticar a su población.

A estas alturas se puede ver claramente que el Gobierno sirio no sólo era corrupto y dictatorial, sino además ignorante en cuanto a la capacidad y a las necesidades de su pueblo. Estamos ante la revolución más larga de todas las revoluciones árabes y con uno de los costes humano más sangrante.

Desde el primer momento se intentó hacernos ver, sólo con un ojo, que Siria forma parte de un tablero y que todo esto forma parte de una conspiración para debilitar a Siria.

Pero, por muy real que sea, que lo es, el otro ojo no puede dejar de ver la otra realidad que existe, a saber, un pueblo que anhela la democracia, la libertad y la pluralidad, por un lado y, un Gobierno hereditario y corrupto que quiere perpetuarse en el poder a costa de lo que sea, por otro lado. Si es un Gobierno que no lo aceptamos para nosotros, ¿por qué queremos aceptarlo para nuestros hermanos y amigos del pueblo sirio?

Ninguna causa, por muy sagrada que sea, podría justificar la destrucción de pueblos y aldeas ni el asesinato indiscriminado de más de quince mil personas, según las estimaciones más modestas hasta ahora.

Lo que me preocupa es que hay un sector que considera que el Gobierno sirio es el único que garantiza la resistencia y el progreso, como si el resto del pueblo sirio, por ser opositor a este Gobierno corrupto, se convirtiera automáticamente en antinacionalista y antirresistencia.

Se olvida que el nacionalismo árabe surgió y creció justo en Siria y no me cabe ninguna duda de que el cambio de gobierno no debe implicar automáticamente un cambio de orientación y rumbo político.

Un sector de la izquierda sigue aferrándose a un Gobierno que apenas le quedan dos telediarios y que ha sido sentenciado por su propio pueblo. La apuesta ha de estar siempre con el pueblo y sus reivindicaciones, no vale ponernos siempre en el escenario del dictador por un lado y los intereses del imperialismo por otro, este no es el escenario actual que estoy viendo. La realidad es que estamos, por un lado, ante un gobierno que inauguró los regímenes por herencia política de un padre que pasó todo su poder a su hijo como si fuera Siria el Carrefour de la familia Al Assad y, por otro lado, un pueblo que cree, y con razón, que ya es la hora de derrocarlo e iniciar un proceso democrático en una sociedad plural en la que se respete a la ciudadanía como elemento esencial en la construcción de un Estado nacional.

Si tuviera que hacer alguna anotación sobre la oposición Siria, aparte de la admiración que suscita por su tenacidad y resistencia, es la apuesta prematura de una parte de ella por la necesidad de una intervención internacional al estilo de Libia. En esto tengo la certeza de que no van a conseguir un derrocamiento de un Gobierno, sino la destrucción de un Estado. Las heridas que representó para nosotros el caso de Irak y Libia son incurables y permanecen todavía latentes.

Mohamed Safa es Médico Oftalmólogo y activista palestino.


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