El escándolo farisaico sobre los puentes peatonales en la frontera
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Roganvilia y El Chícaro o los Macondos del siglo XXI

Unos años atrás escribía sobre los Macondos del siglo XXI, en especial después de ver un noticiero de TV que mostraba a un pueblo de calles empedradas y casas coloniales solariegas, de gente sencilla y laboriosa y de una belleza escénica que lastimaba las retinas, en donde hace unas tres décadas la población contaba con su propia moneda porque había quedado aislada del resto de los mortales. Era tan tortuosa la llegada a lomo de mula que el pueblo no solo se aisló sino que optó por constituirse en una especie de ‘República independiente’, una especie de Macondo genuino en la posmodernidad.

Se trataba de la muy bella población de Támara, en el piedemonte casanareño (Llanos orientales), fundada en 1628, de rancia estirpe procera como Pore, Morcotes, Paya y Pisba, por donde transitó El Libertador rumbo a la gloria.

Fue así como descubrí que el Macondo insular de Cien Años de Soledad no había desaparecido de la faz de la Tierra, como dijo García Márquez, sino que se encuentra vivito y coleando y multiplicado en la actualidad, no solo en Támara sino quien sabe en cuantos pueblos más, abandonados del Estado. Desde Chillanquer y Guachucal a 3400 metros de altura sobre los Andes en la frontera con Ecuador a Chemesquemena y Guatapurí en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta; desde San Francisco de Ichó y Tutunendo en las selvas superhúmedas del Chocó biogeográfico a La Salina sobre el mismo piedemonte casanareño (tierra de mis ancestros que virtualmente desapareció de la faz de la Tierra a mediados del siglo XX y resucitó por obra y gracia del petróleo). Son los Macondos del siglo XXI.

Ahora tendría que agregar a Roganvilia y El Chícaro, lugares en donde el ejército venezolano tumbó unos puentes artesanales, virtualmente unos tablones que la gentecita del lugar había construido hace mucho tiempo para llevar sus niños al colegio en Venezuela, para atención médica y para traer alimentos baratos del hermano país.

Nadie había oído hablar de estos caseríos abandonados, insulares, aislados, como Macondo en plena decadencia. Nadie los conocía, comenzando por el mismo gobierno, salvo Mancuso que comandó una carnicería sin precedentes en las selvas del Catatumbo en donde según los campesinos asesinaron a 11 mil pobladores.

Parece que la población construyó los pasos peatonales unas décadas atrás para buscar Estado y servicios en el vecino país. Pero luego el narcotráfico y los paras plagaron de cultivos ilícitos la región y con ellos llegaron los asesinatos y el desarraigo. Es evidente, en estas condiciones, que los narcos utilicen estos puentes ilegales para llevar coca a Venezuela y que se vuelva lugar de paso obligado de las columnas paracas que están inundando al hermano país para desestabilizar su gobierno. Por eso el comandante Chávez decía que tumbar un paso de estos es como destruir pistas clandestinas: un hecho rutinario a lo largo de 2200 Km de frontera.

Pero ahora, el taimado y oportunista gobierno colombiano se arranca las mechas en dolor de patria herida (cuando lo más seguro es que desconociera la existencia de estos pueblos abandonados de Dios y de los hombres, los condenados de la Tierra como decía Franz Fanon) y arma un escándalo internacional del carajo amplificado por los medios de las burguesías de ambos países y el imperio. Menos mal que ya nadie le para bolas al gobierno colombiano. En un editorial muy sentido de El Tiempo, el diario oficial, se quejan del abandono en que los tienen no solo los países latinoamericanos, sino lo más doloroso: los mismos EE.UU a quien tanto han servido.

Pero es que debe ser muy duro manifestar solidaridad con un –ahí sí- Estado fallido manejado por el crimen organizado. Pero ya será por poco, más temprano que tarde Uribe y su combo irán a descansar, por muchos, años en las mazmorras siniestras, solo es cuestión de tiempo y paciencia. Luego será un propósito histórico reconstruir la Gran Patria de Bolívar. Por el momento: mucha solidaridad con el presidente Chávez, un hombre providencial que le devolvió al mundo la esperanza de un mundo mejor.

Nota final: no desamparar a los condenados de la Tierra.
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