Las épocas históricas, su delimitación, es un hecho arbitrario. Venezuela entra al siglo XX con la muerte del dictador Juan Vicente Gómez (1935) y lo termina en 1998 con el acceso a la presidencia de Hugo Chávez, que a su vez lo introduce en el siglo XXI. Si el siglo XX fue corto para los venezolanos, también lo fue para los europeos de los Pirineos para arrriba. Comenzó con el incio de la I guerra mundial (1914) y terminó hace 20 años con la caída del Muro de Berlín (1989).
La historia la escriben y la rescriben los vencedores. Ahora, todo, absolutamente todo lo que había logrado la República Democrática Alemana (RDA, DDR en alemán) era malo. Un Estado asesino y policial, nos cuentan televisiones y periódicos.
Lo cierto es que la RDA tenía el mayor nivel de vida de toda la Europa socialista y que la gente vivía, comía, estudiaba y era medianamente feliz. No voy a decir aquí que fuese falso ese adefesio de Estado controlador en el que se convirtieron las repúblicas socialistas del Este de Europa, RDA y Stasi incluidas. La diferencia con el occidente actual es que la presión en estos Estados socialistas era más palpable y presente y en nuestras “democracias” más sofisticada e invisible. ¿Alguién sabe quién atentó contra las Torres Gemelas?
La semana pasada la oposición española, el Partido Popular, exigía al ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, que acabase con las escuchas telefónicas a la población española (teoricamente a la sospechosa de cometer actividades ilicitas) mediante el sistema espía llamado Sistema de Interceptación Legal de las Telecomunicaciones (Sitel). El dilema de siempre es ¿quién vigila al que vigila?
El Sitel español es una piedra más de toque en este mundo en el que millones de inocentes entregaron sus datos, gratis y sin esfuerzo, al sistema de información estadounidense bajo el disfraz de dudosas “redes sociales” que ellos mismos se encargaron de bautizar con pomposo nombre. El exhibicionismo inocente de millones que quieren ser “admirados” pero que terminarán aún más controlados.
Eso sí, a 20 años de la caída del Muro de Berlín, las democracias occidentales y sus habitantes son libres mientras no quieran otro sistema distinto al que tienen, en el que el ser humano sea el centro de la acción del Estado, no para controlarlo ni para espiarlo o domarlo mientras compra cosas, sino para que sea algo distinto a una foto en Facebook con Mickey Mouse o un desempleado del sistema.
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