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"Tiene usted razón, yo no voy a arriesgar ni un grano de arena de la Gran Colombia, pero a partir de hoy combatiré como un soldado boliviano (...) e iré hasta el corazón de Brasil y lo incendiaré. ¡Ese era Bolívar!".
Hugo Chávez Frías Es imposible dejar de establecer conexiones históricas sobre lo sucedido en estos días de tensión en la red sur-americana. Es irresponsable además no identificar en tales acontecimientos una manifestación de la profundización de las luchas clasistas, de los conflictos entre antagónicos sociales, de la verdadera y única resurrección de un sentimiento trans-fronterizo, que nos hace buscar en el horizonte las señales, que nos mueva a saltar montañas y ríos en pro del destino de unión de los Estados de la América Bolivariana. Se achica el espacio de eufemismo y de lazos sueltos, llega la hora de la grosería digna, de la ruptura de silencios hipócritas, de la reivindicación de los vínculos ancestrales, de mirarnos en la sangre, de morir por vida, ¡Caramba mi presidente! ¡Que orgullo sería volar sobre los aires americanos para confundirnos con todos nuestros hermanos y repartir palo de vuelta a la agresión del norte! Es el orgullo lo que se despierta en nosotros. Si nos ponemos a buscar en la historia, el humano fondo donde todo se proyecta, podemos establecer dos interesantes parámetros desde donde evaluar lo sucedido y poder así, despertar de los esfuerzos de la reacción por hacer cotidiano, simple, lo extraordinario. Porque si entiendo bien lo dicho por El Che, referente a la revolución como lo extraordinario hecho habitual, es que no podemos echar en el saco de lo indiferente lo logrado por nuestro proceso histórico, sino que se debe incorporar a nuestra comprensión de estos hechos una visión y vivencia de lo extraordinario. Los esfuerzos del proyecto político de derecha se encaminan hacia la banalización de lo ocurrido, pero, como digo al comienzo del escrito, hay una combinación entre imposibilidad y responsabilidad a nivel de dos momentos de lo moral, lo colectivo y lo personal, donde los resortes de lo latinoamericano como necesidad, impelen la atención. Los dos interesantes parámetros, históricos para más señas, se refieren a la conformación de la Gran Colombia, decretada en 1819, y el Tratado de Rio, conocido también como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en 1947. Las tónicas de ambos sucesos, como representantes dispares de dos momentos políticos, pueden pensarse como extremos de una tensión a nivel de geopolítica desde donde revisar lo sucedido en estos días. Hace unos días tuvimos la visita de un grupo de estudiantes de la Universidad de Varsovia, pudimos, de alguna manera, realizar un pequeño conversatorio entre los visitantes y algunos estudiantes, pasantes de la Coordinación Nacional de Estudios Políticos. Dentro del debate planteado, centrado en el mapa de la Educación Universitaria venezolana, se solicitó, por parte de los muchachos polacos, que aclaráramos algo en cuanto a la división de nuestras universidades en universidades de izquierda y las otras de derecha. Si bien objeté tal clasificación, clasificación que confunde, la discusión tomó un giro interesante, cuando un profesor polaco nos disparó la pregunta: “¿Es el proceso venezolano una revolución?”. Luego de entender que, para los polacos, esta era una pregunta retórica, una forma interrogativa que toma su valoración de nuestro proceso, no pudimos dejar de lado la tremenda responsabilidad que involucra responderla. Para nosotros no era una pregunta retórica. Este pequeño relato acuñado en el desarrollo de esta pequeña reflexión, pretende dar cuenta de un elemento importante al que llegamos luego del mencionado conversatorio, un elemento importante, a la hora de responder dicha pregunta, o de evaluar a nuestro proceso, tal es la ineludible realidad, la incontrovertible realidad de la existencia de una potencia imperial con la cual nuestro proceso está en pleno y digno conflicto. Dicho elemento político no es posible dejarlo de lado, forma parte del escenario actual de sentimiento latinoamericano, orienta a los eventos sucedidos a la altura histórica de la respuesta de unidad en la defensa de lo logrado por el avance de los gobiernos revolucionarios a lo largo de nuestra América, disuelve la visión quijotesca que quieren imponer los cotidianizadores de oficio y nos presenta al gigante del norte como lo que realmente es, como una potencia depredadora y antagónica con la emancipación de los pueblos. Entonces, entre la tensión de ambos sucesos, introducimos la dura realidad del imperialismo norteamericano. En esa línea tensa sobre la que analizamos los eventos sucedidos, podemos valorar la valentía de la visión integradora de Simón Bolívar en el gesto digno y valiente de nuestro presidente Chávez; podemos también entender al TIAR como una espacio creado por la potencia del norte durante la guerra fría, como una forma de poner la barda en el patio trasero para evitar la invasión del par soviético. Ambos eventos, a pesar de ser reflejo de lo estratégico militar y político, establecen una línea sobre la que ubicar a nuestros actuales momentos, sólo un extremo responde a una visión de acción digna, sólo uno de ellos es marco del proceso de integración iniciado por nuestro Libertador, sólo uno de ellos es el referente moral que nos hace mirar al Sur desde el Sur. Hay que estar atentos, pelar el ojo y los oídos, nuestro proceso es esencialmente revolucionario porque se enfrenta al poder mundial injusto, porque no se alinea con los poderosos, porque entiende a la violencia desde la respuesta a la primera violencia que es la rapiña y la dominación, suena la historia y nos despierta con toda la fuerza de la dignidad Sur-americana. La tormenta es la hora de los grumetes. Patria Americana, Socialismo o Muerte. (*)Lic. Profesor UBV proyectsucre@yahoo.es Estudios Políticos y Gobierno proyectsucre@yahoo.es Articulo leido aproximadamente 1959 veces
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