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Toda revolución es, desde una perspectiva significativa, una concreción relativamente inorgánica y a la vez parte de una totalidad orgánico-histórica. Esto significa, en términos dialécticos, un evento histórico de síntesis orgánico-inorgánica, una combinación entre necesidad y conflicto; puedo decirlo de manera más pedestre: una revolución es un evento de crisis al margen de cualquier voluntad individual pero con consecuencias, entre otras, individuales. Si quisiera referirme a esto en clave un poco más poética diría, una revolución nace de un verbo acertado históricamente, dicho desde un dramático deseo colectivo, y al instante siguiente es consecuencia de cantidad de concreciones, efectos, desarrollos, entre otros, difícilmente al alcance de la capacidad de anticipación o de comprensión humana, pero con impactos morales. Por eso debe ser que hay líderes.
Lo sorprendente es que hay consecuencias éticas que derivan de un hecho tan supra-consciente, de lo que podemos derivar que lo individual no se sustenta a sí mismo, hay responsabilidad desde lo histórico, y con esta, nuevas libertades, nuevos márgenes. Vamos a ir aclarando la cosa, poco a poco. Un hecho político-histórico, como lo es todo lo humano, nos invitó una vez a gritar: ¡La educación es para todos! ¡La universidad debe vestirse de pueblo! Y si bien muchos se han planteado esta pelea desde hace años, es el hecho político-histórico el que reivindica la idea y la pone en marcha. Muchos siguieron la consecuencia de sus palabras, ocuparon espacios, entablaron conflictos por los “ambientes”, cargaron pupitres, buscaron tizas, los abuelos compraron cuadernos, los jóvenes redefinieron líneas de vida como cuando un río aumenta su cauce, salieron libros de las cajas, profesores por doquier. La dinámica no depende tanto de lo acertado de la idea como de lo acertado del momento. Una reacción esperada: la universidad tradicional, sobre todo la autónoma, desempolvó a la excelencia, que era usada como pisa-papeles, y olvidando su pasado de fuego y muertes por las causas populares, cerró la puerta dejando al pueblo fuera, no alcancé a ver si lo hizo con una sonrisa. En la calle se comenzó a dar un fenómeno, había universidad sin la universidad, la universidad inorgánica, la de los flojos, la de aquellos que nunca terminaron de estudiar, la de los viejos, la de los que no podían llegar a lugares tan lejos, la de los no excelentes, en fin, la mala universidad existía y la buena universidad, la que conecta estudio con grado, y grado con empleo, seguía como si nada. Pero sucede algo más sorprendente, quienes asumieron enfrentar y hacer fricción al avance de la revolución pueden esgrimir los elementos propios de la exclusión, por ejemplo, hablar de la admisión, de la calidad en lugar de la cantidad, de la propiedad, del empleo seguro gracias a la planificación en torno a los excelentes, de la organicidad; no es casual, la universidad orgánica no es una isla, es parte integral de un sistema económico y político. En cambio, la universidad inorgánica, la del margen, la de la periferia, la excluida, la forajida, la que no puede caer en el pacto nocivo con el empleo capital, debe construir lo nuevo con las mentes que vienen de lo viejo. La idea central que se ha venido manejando en los tres artículos presentados a consideración de ustedes lectores, es la de lo inevitable de la acción marginal –al margen- de la nueva universidad. Por ser nueva, necesariamente será señalada, por pretender ser popular será impopularizada, por ser revolucionaria, debe molestar, ser objeto de agresión, de burla, de otra manera, no andaremos por la vía correcta. En el marco de esta necesaria marginación de lo nuevo, se determina la responsabilidad del revolucionario. La eliminación de la exclusión significa una sola cosa: el objetivo único de lograr la inclusión incondicional, puertas abiertas de la universidad, todos a estudiar, todos a participar en la desmitificación de la investigación, de la valoración del conocimiento como herramienta de transformación política. No podemos detenernos por las mismas razones que esgrimen los que restringen el ingreso, no podemos darles la espalda a los discapacitados, a los privados de libertad, a los hermanos haitianos, los colombianos, los brasileros. Hay que buscar las formas desde la certeza de que somos diferentes, hay que darle espacio a las iniciativas que vienen desde lo inorgánico, organizar lo inorgánico, incorporar al avance de lo popular, no podemos dejarnos llevar por el pánico hacia los asaltos a la gramática y a la ortografía, debemos aprender a comunicar desde la pragmática del lenguaje, escuchar que hay detrás de la experiencia, sistematizar antes de imponer teorías, en fin, las peleas en nuestra torre de Babel, donde los distintos se preparan para luchar contra los antagónicos, deben siempre recordar que la inclusión no se modifica, y que los perros ladraran mientras más alto pretendamos, un piso, otro, otro, hasta tomar con el pueblo lo alto. Licenciado - Profesor UBV proyectsucre@yahoo.es Articulo leido aproximadamente 513 veces
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