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No son pocos los compatriotas que han manifestado que el anuncio
presidencial sobre la no renovación de la concesión a RCTV se hizo a destiempo y con mucha antelación. Argumentan, los defensores de esa tesis, que los cinco meses transcurridos desde el anuncio, le han permitido a Marcel y los apátridas de siempre, desarrollar la estrategia violenta y desestabilizadora que ahora está en marcha. Respetamos a quienes así piensan, pero no compartimos su opinión. El presidente Chávez, con su anuncio, puso en la calle la necesaria discusión sobre un tema que ya era hora de que se debatiera abiertamente. La derecha venezolana venía esgrimiendo desde hace años y en todos los escenarios posibles, su tesis de que en Venezuela se atenta contra la libertad de expresión, al mismo tiempo que se escudaba en ella para calumniar, vilipendiar y promover la desestabilización política. El pueblo, por su parte, no perdía oportunidad para exigir que se cerraran unos medios que envenenaban el alma de millones, promovían el odio y fomentaban el irrespeto a la ley, las instituciones y sus funcionarios. Hoy, esa discusión se ha dado y de que manera. Gracias a ello, el pueblo venezolano sabe que la oligarquía tiene dos concepciones sobre la libertad de expresión. Una cuando controla el poder y otra muy diferente cuando el poder lo ejerce el pueblo. La primera sirve para idiotizar a las masas, para inculcarle antivalores, para criminalizar las luchas populares, para chantajear gobiernos y para exigir cuotas de poder. La segunda, o cuando los gobiernos representan al pueblo, para desestabilizar; para inducir al miedo, al odio y la violencia; para promover golpes de Estado. Quienes piensan que lo más conveniente era esperar hasta último momento para anunciar el fin de la concesión a RCTV, no conocen aún este pueblo y no han comprendido el significado de la gesta de aquel 12 y 13 de abril. En aquellos días el pueblo venezolano dio la más grande demostración de lo que es ser inmune a las mentiras de la oligarquía y sus medios. Los criminales golpistas habían cuidado todos los detalles para hacerle creer al pueblo venezolano que Chávez se había convertido en un asesino y que lo mejor que podía ocurrirle al país era salir de él. Nadie transmitió una noticia que dijera que todo era una farsa, ningún dirigente del chavismo tuvo oportunidad de aclararle al país lo que realmente había ocurrido, pero el pueblo no necesitó de ello, sabía que la oligarquía nunca juega limpio, y eso le era suficiente. En millones se lanzaron a la calle a exigir, en primera instancia, que querían escuchar la verdad de la voz del Presidente y luego cuando la información comenzó a correr por medios informales, a exigir el regreso de su líder. El pueblo venezolano demostró en aquellos días de abril 2002, como lo demuestra hoy, que no es manipulable. Ningún efecto surten en él las encuestas falsas, las lágrimas de cocodrilo, las canciones pegajosas, las tomas trucadas de marchas multitudinarias, ni las declaraciones de los representantes del gobierno gringo, de la OEA, de Reporteros Sin Fronteras o de otras organizaciones de derecha. Por el contrario, todo aquella persona o institución que hasta hoy ha aparentado ser neutral o amigo del gobierno venezolano y se “cuadre” con los defensores de RCTV, pierde automáticamente el afecto y el respeto de ese pueblo. Y no se trata de una posición sectaria. Simplemente que ese pueblo sabe perfectamente de que lado están sus intereses como nación, y quienes lo defienden. La discusión, en conclusión, ha sido intensa, pero sin lugar a dudas esclarecedora, y ello justifica la decisión del Presidente de promoverla con suficiente tiempo. Los que aún dudas sobre el resultado de la estrategia, que vean los videos de la marcha del pasado sábado, en la cual el pueblo dejó en claro cual es su posición, al vocear la consigna: “Ahora le toca a Globovisión”. Por cierto, sería conveniente dada la campaña de desestabilización que promueve el canal Globovisión, que se inicie una nueva discusión sobre la conveniencia o no de convocar a un referendo para que el pueblo, como dueño del espacio radioeléctrico, decida si quiere que su bien lo siga explotando esa empresa. Articulo leido aproximadamente 1239 veces
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