Vallas y anuncios luminosos: el acoso incesante
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“Paseando por la Habana. La Habana de noche es una ciudad oscura porque no tiene anuncios comerciales. El recién llegado tiene la impresión de que en la parte alta de los edificios hubiera habido un apagón. También podrá parecer triste, si para alguno la alegría son los anuncios de neón, las vitrinas de las tiendas, el bullicio, la vida nocturna.

A mi me pareció alegrísima. Le dije a Benedetti: “Esta es la ciudad más alegre que yo he visto. La única alegre.

Toda la gente andaba bien vestida y no había unos con lujo insolente y otros con harapos”. “La gente paseaba por las calles. Caminaban despacio y se veía que paseaban; nadie corría tras el dinero. No se veía en ningún rostro angustia económica. No había taxistas acechando a los extranjeros, ni prostitutas, ni limpiabotas, ni mendigos. Y me pareció que una ciudad así debía llamarse una ciudad alegre.”

“Muchos dirán que La Habana es triste”, le dije a Benedetti, “porque aquí no hay la alegría burguesa, pero aquí hay la verdadera alegría. Las ciudades capitalistas parecen muy alegres en el centro: pero para los que no tienen un centavo en ellas, son un horror. La alegría es solo para los ricos, y esa alegría de los ricos además es falsa y es otro horror. Aquí yo veo la inmensa alegría de una urbe sin pobres, sin miseria. Y la alegría de ser todos iguales.” Estos párrafos corresponden al libro “ En Cuba” de Ernesto Cardenal, publicado por Ediciones Carlos Lohlé, impresión del 3 de marzo de 1972.

Intento con ello honrar a un amigo, que escribe constantemente sobre esta problemática sobre todo referida a nuestra capital, autopistas y alrededores, sin que nadie le haga caso, pues cada uno de los responsables de su proliferación saca su tajada. Ellas son cada día más agresivas, parecieran que encararan a la revolución y la retaran permanentemente haciendo ver a la gente que estamos en un país cada día más capitalista. Pero lo más triste de todo es que es el mismo gobierno quien las incentiva, a pesar de que la mayoría de ellas son a todas luces ilegales. Nos acosan por todas partes, nos distraen, casi chocamos por ellas -algunos si lo hacen- pero siguen allí incólumes y cada vez más grandes y en sitios inauditos, recordándonos permanentemente de que se trata toda esa publicidad.

Todos los ciudadanos de este país, incluyendo a los propios funcionarios públicos, necesitamos apropiarnos de nuestras ciudades, ser parte de ellas, merecemos los espacios públicos, paseos, parques y jardines, debemos recuperar las ciudades para la gente y hacerlas seguras. Al Presidente a los Ministros, a los Gobernadores y Alcaldes les corresponde una cuota parte de esta labor. Necesitamos además de lo antes dicho, mostrar al mundo una mejor imagen de nuestras ciudades: amables, cautivantes, seguras y hechas para la gente. En suma demostrar lo que puede hacer una revolución por sus ciudadanos y su entorno, sobre todo para el hombre nuevo que cada quien a su modo propugna. ¿No cree usted Señor Alcalde de Chacao, o usted Señor Superintendente del SENIAT o usted mismo Señor Ministro y Presidente de Pedevesa?, estoy segura que si nos leen nos darán la razón.

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