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LAS
bibliotecas son las residencias de la cultura, y pedir un canon por el
préstamo de un libro es como cobrar una entrada, ofrecer a tu invitado
una charla amable para exigir que te la compre después, convertir a los
autores en ladrones de la palabra y a los lectores en cómplices de un
delito de apropiación indebida, pues el lenguaje y la inteligencia no
son de nadie, aunque algunas Administraciones pretendan convencernos de
lo contrario. Lógicamente el autor y el editor deben cobrar por su
trabajo, pero cuando un libro llega a una biblioteca ha saltado una
barrera, del mismo modo que pasados 70 años desde su muerte los
derechos sobre la propiedad intelectual de un autor pasan a ser de la
humanidad, al fin y al cabo la fuente de la que el primero bebió y que
le permitió escribir una obra que se unirá a la larga senda del
conocimiento humano, en la que los escritores ostentamos un muy modesto
papel. La Biblioteca de Andalucía, sin ir más lejos, es una suerte de
templo donde se encuentran lectores y escritores, donde coinciden
presentaciones de libros y lecturas solitarias, el enfermo de
literatura y el visionario, muchos padres con sus hijos para que éstos
puedan también aprehender el mundo a través del papel. Sin embargo, en
la 'Ley de la lectura, del libro y de las bibliotecas', ley elaborada a
instancias de una directiva europea y que ya está en el Parlamento, se
va a incluir el préstamo de pago; concretamente, las bibliotecas
tendrán que abonar 20 céntimos por libro prestado, en lo que es una
aplicación demasiado rigurosa de la normativa existente sobre propiedad
intelectual, cuando no un caso flagrante de doble imposición,
paradójicamente en este caso por parte de unos particulares -editor y
autor-, aunque auspiciada por el Estado. Pues la realidad es que ese
libro se ha tenido que pagar previamente para que llegue a una
biblioteca, con lo que ya están cobrando sus derechos tanto la
editorial como el autor. Y no nos vale tampoco el argumento de que va a
ser el Estado quien se haga cargo de pagar ese canon -si es así
finalmente-, pues a nadie se le escapa que ninguna Administración
presta un servicio público que no sea sufragado de un modo u otro con
los tributos de los ciudadanos. Por otra parte, un escritor a lo que
aspira es a que le lean, y en este sentido somos los escritores los que
estamos en deuda con las bibliotecas y sus funcionarios. Tanto
quejarnos del descenso del nivel cultural en nuestra sociedad, de las
dificultades de las políticas de fomento de la lectura, y ahora vamos a
introducir una traba más, guiados únicamente por esa ley universal del
lucro exagerado. Soy miembro de CEDRO (Centro Español de Derechos
Reprográficos) y publico en una editorial que forma parte de un gran
grupo comercial, los dos grandes beneficiados -entidades gestoras y
editoriales- de esta medida 'comercial'. Pero me niego -como muchos
otros escritores- a que en mi nombre se materialice esta nueva
expresión del mercantilismo inane de la cultura. Ésta no se encuentra
en el bolsillo de nadie, sino en nuestro corazón y en nuestras cabezas.
¿No al préstamo de pago en las bibliotecas!
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