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Estimado Eduardo Galeano, Le escribo esta carta y pongo su apellido porque me parece que debo ser formal en mi comunicación. No obstante, a lo mejor recuerdas el número de cervezas que nos tomamos en un bar de obreros en Albuquerque, Nuevo México hace ya algunos años. Entonces habías acabado de impartir una conferencia en la Universidad de New México y yo te esperé hasta el final, cuando ya no quedaba nadie y estabas solito en aquella enorme aula y en camino a tu hotel. No nos conocíamos. Te rescaté como para que no pensaras que en el suroeste no te conocíamos. Desde que nos dimos la mano en el estrado del auditorio. Te dije, "Eduardo y tomas cerveza?." Inmediatamente reconociste mi acento de Cubano. Te llevé a un lugar que me pareció sería acogedor para ti, nada de gringada ni de clase media. Hablamos horas. Recuerdo que te pregunté como era posible que escribieras libros con tantas y tantas anécdotas que al mismo tiempo tuvieran tanta filosofía y política y conocimiento de los matices que son la vida. Ah, los matices. Rápido me respondiste, "me las regalan." Las bellas anécdotas de tus libros te las han ido aportando gente de todo este hemisferio, eso me revelaste. Eduardo ha sido el instrumento mediante el cual todos nosotros le hablábamos al mundo. Galeano, la expresión de lo que dice el pueblo, de lo que siente, de lo que padece y de lo que sueña. Por eso, Eduardo, no te perteneces, por lo menos como escritor, a ti mismo. Y creo que eso lo asumiste hace mucho; pues mediante tu pluma hemos hablado todos. En ese mismo momento te dije que tenía una anécdota que estaba guardando para escribir algún día pero que prefería regalártela. Y te conté lo que mas tarde fue "Cuba es toda una guagua." No sé si Eduardo recuerda ese cuento, que apareció en el Libro de los Abrazos . Su versión tenía errores respecto a la historia que yo le había contado; pero eso se perdona. Me he preguntado si pudo reconocer el cariño y el respeto que significaba regalarle algo que era mío, no sólo como experiencia, sino por mi propio derecho a contarla. Pero no dudé ni por un segundo que ese era un cuento para que Galeano contara. Eduardo era nuestro Galeano. Eduardo, quisiera pedirte que leyeras el cuento de nuevo. Como yo te conté entonces y como tu lo recordaste, Cuba es toda una guagua. Al final del cuento, tal como te lo relaté, y tu escribiste entonces, "La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final." Yo asumí que tú, nuestro Galeano, seguirías en ESA guagua hasta el final. Nelson Valdés ---------------------------------------------------------------------------- ---- Crónica de la ciudad de La Habana Eduardo Galeano | La Habana Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Ángeles a La Habana, para conocer su país. Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche. Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle. -Me disculpan, caballeros -dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte. El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación. Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas. Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa. Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final. Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca. Articulo leido aproximadamente 1519 veces
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