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Pareciera haberse roto en pedazos el viejo recurso estadounidense de dinamizar su economía con guerras. Terminó la de Irak y los indicadores del arribo de la ansiada bonanza no se presentan.
La bolsa de Nueva York vive, entre sobresaltos y apatía, ciclos movidos por los esperados efectos posguerra. Los afanados pronosticadores de las tendencias bursátiles hurgan buscando en todo resquicio alguna consistencia, procurando detectar elementos confiables que hablen de crecimiento. Resultados: Nada. Lo corto de la guerra no permitió estimular las estructuras productivas vinculadas a la industria bélica, hecho visible en el retroceso de los sectores de manufactura y distribución, de modo que no se visualiza ninguna consecuencia que pueda darle a los inversionistas un punto de referencia como para exponer sus capitales, confiadamente, en inversiones de producción. Las prematuras dificultades por las que pasa el pretendido proceso de reconstrucción de Irak en manos de industriales estadounidenses, expresadas en la posición sostenida por la ONU y en la falta de receptividad de la población Iraquí, y las obvias preferencias del gobierno norteamericano por empresas vinculadas al entorno del presidente Bush, han enrarecido cualquier escenario viable para la participación de importantes capitales norteamericanos en cualquier actividad colindante. Es evidente que la inestable condición apátrida, típica de los capitales estadounidenses en los países en desarrollo, ha dejado de ser una característica extra-fronteras para convertirse en una novedosa particularidad del dinero y sus mentores dentro de los Estados Unidos: Primero seguridad y confianza en la inversión, y luego patriotismo. Factores como la creciente importancia global de la Comunidad Económica Europea (CEE), el cada vez más competitivo papel del Euro como moneda de interacción económica global, los sólidos vínculos comerciales que se estrechan entre los países en desarrollo y los miembros de la CEE, y los pasos dirigidos a crear conglomerados económico-geográficos, adelantados por diferentes comunidades de naciones del mundo, -al estilo de CEE en Europa, y MERCOSUR en Sudamérica-, en el corto futuro, obligarán a modificar radicalmente la estrategia norteamericana en materia de preservación de los capitales activos. El gobierno de Bush deberá iniciar, al menos, un giro profiláctico con el objetivo de asegurar que el escenario económico norteamericano ofrezca atractivos confiables y eficaces para evitar la emigración de capitales internos hacia inversiones externas, cuya evolución sostenidamente creciente, más productivas y de mayor consistencia, las hace más atrayentes. Desde otra cara del mismo problema, la actuación de los Estados Unidos en materia de política internacional, en los términos acostumbrados o en el novedoso intervensionismo preventivo, deberá ser más proclive a predicar y comulgar con el absoluto respeto a la libre decisión de los pueblos a evolucionar y madurar, social y políticamente, al ritmo que les sea natural, conveniente y socialmente sano, o exponerse al creciente repudio y sus consecuencias en las relaciones económicas. En un mundo cada vez más globalizado e integrado, donde los vacíos comunicacionales se minimizan aceleradamente, ya no tienen cómoda cabida las viejas estrategias intervencionistas y manipuladoras, practicadas por las rancias potencias en procura de diseñar escenarios propicios a sus conveniencias económicas y políticas, actuando de espaldas a las necesidades reales de los pueblos y anulando las tendencias, políticas y sociales, adversas al proyecto neo-colonizador. Día a día, más hombres y mujeres del mundo disponen de lo necesario para su desarrollo personal, social, cultural y económico, y están expuestos a medios de divulgación y formación para la política; herramientas imprescindibles para la comprensión de su razón de ser como ente individual y social, sentido de su compromiso por la protección de sus valores culturales y étnicos, y libertad para definir el camino propicio al desarrollo y preservación de su sociedad como nación. En estos términos, toda intervención contra cualquier país del mundo provocará, cada vez con más intensidad, la resistencia unida de los pueblos, independientemente de sus lenguas, culturas y creencias, cristalizadas en acciones tan imposibles de controlar o detener como el boicot al consumo de productos provenientes del país agresor o de las empresas locales levantadas con sus inversiones. Las espontáneas manifestaciones populares recientemente producidas, en incontables lugares del planeta, con motivo de la invasión a Irak, hablan del sentido universal de la justicia y de la omnipresente conciencia global. Para el señor Bush y su equipo es hora de aprender las lecciones que ofrece el indoblegable y gigantesco conglomerado del más elemental componente del mundo: la gente, los habitantes de la cotidianidad, legítima expresión de la esencia y espíritu de la humanidad. Articulo leido aproximadamente 1146 veces
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