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Un domingo, hace varios años, paseábamos por la Plaza Catalunya con una
pareja amigos y compatriotas, sus dos niñas y la nuestra. Sus hijas y mi gorda corrían gritando y lanzando arroz a las pobres palomas, que aterradas, volaban conservando la distancia, ignorando la merienda con la esperanza de que, más tarde, algún pacifico, estático y silente jubilado les diera de comer. Mi amiga y yo nos sentamos en un banco a conversar un poco mientras las niñas corrían con sus padres detrás. De repente ella me interrumpió y comenzó a gritar a su marido: Fulano, mosca, las niñas, las niñas. Su expresión de terror me alarmó de tal modo que yo, sin saber lo que pasaba, comencé a gritar también. Al constatar la sordera de nuestros maridos, se levantó corriendo hacia donde jugaban las niñas, y yo, madre muy nerviosa, eché a correr sin saber por qué pero temiendo que algo horrible estaba por suceder. Fernanda, ese es su nombre, llegó primero y cayó sobre las niñas, desesperada intentaba tapar seis ojitos solo dos manos. ¡No miren, no miren!- Decía como tratando de protegerlas de una visón grotesca. Yo buscaba cubrir por lo menos un par de ojos a ciegas porque los míos ya estaban medio cerrados, es que soy muy impresionable. Aún así mi curiosidad me hacia buscar un cadáver aplastado con los sesos desparramados que debía estar en algún lugar de la plaza y que yo no había logrado ver. Pervertidos asquerosos, deberían meterlos presos, este es un lugar público donde hay niños inocentes.- Decía Fefé con cara de indigestión. Dejé de buscar un cadáver y me concentré en los viejitos, esperando encontrar un pene al aire o algo por el estilo. Se dicen muchas cosas de los viudos libidinosos. Pero nada, otra búsqueda infructuosa, los jubilados estaban perfectamente vestidos, ajenos a nuestra angustia, dormitando bajo el sol cálido de la tarde. De repente ante mis ojos y a plena luz del día, dos muchachos sentados sobre la hierba que rodeaba la fuente, se dieron un beso. ¿Lo ves? -Susurró indignada Fefé. Y lo han hecho varias veces.- Yo abrí los ojos de par en par, impresionada. Por poco me muero de un infarto. La incertidumbre cedió a la ira. En su afán de proteger a las niñas, casi que la mía acaba en la orfandad. Me hizo correr como una loca en plena digestión, aterrada por su miedo, angustiada por sus gritos; todo porque habían dos chicos enamorados dándose un beso fresco sobre el frescor de la hierba. Quite mis manos de los ojos de mi gorda y silbé entre dientes con cara de mapanare: Hay que ver que tu eres bien gafa, armar todo ese zaperoco porunos besos.- ¿Y no vez que son dos hombres?- preguntó entrecortada como conteniendo las ganas de vomitar. Si, eran dos hombres que, al parecer, estaban pasando un domingo más feliz que muchos de los que visitaban la plaza aquel día. Parecían enamorados, o por lo menos lo estaban pasando bien. Se besaban, solo eso, con toda la ropa puesta. No eran besos de tornillo, con lenguas evidentes y hambrientas. Eran besitos sosegados de esos que se dan quienes ya se han besado de mil maneras distintas, todas ellas muy sabrosas. Comprendí entonces por qué muchos como ellos optan por el meterse en el armario. El odio, el asco, el desprecio en la cara de mi amiga me lo explicó bien clarito. Sentí un alivio egoísta por no ser homosexual. Menos mal que nunca voy a encontrarme en una situación como ésta.- Pensé de manera pueril. Otra vez, pensé mal. Llegué a Venezuela con mis ideas de siempre, pero al parecer ahora eran ideas groseras, inmorales y hasta violentas. La sola mención de mi apellido provocaba reacciones iracundas. Me negaron cupos vacantes en algunos colegios donde pretendí inscribir a mi hija. Todo era perfecto hasta que escribía en la planilla el nombre completo de mi gordita. Perdí algunos amigos y parientes, solo por diferir con discreción de sus ideas. Me insultaron, me botaron de algunos sitios de los que, de todos modos, yo me pensaba ir. Todo esto por la simple sospecha de que podía ser chavista. Me mudé a Margarita, buscando refugio y cierto anonimato, ya que en Caracas estaba rayada. Aquí las cosas son más tranquilas, aunque no falta quien se confunda y me confunda y se ponga a echar pestes y culebras como si yo coincidiera con ellos. Es que solo me ven por fuera: morena clara, clase media, niñas blanquitas como su papá. Creí que estaría cómoda viviendo una doble vida: por fuera mamá tonta, amiga fashion, que caro está todo pero lo compro igual. Por dentro, tal como soy, como siempre he sido, con mis ideas, mis libros, mis preocupaciones y mis ganas de conversar. El disimulo no me cuadra, me cuesta mucho fingir, pero pensaba que de esa manera protegía a mi familia de un grupo de personas que cada vez me parecían mas irracionales y energúmenas. Por otra parte, el conserje, el vigilante, la señora de servicio de al lado, me trataban con distancia. Como yo soy confianzuda cuando les buscaba la lengua, ellos me juraban que Chávez era un canalla. Yo nadaba entre dos ríos: los chavistas me miraban con recelo por parecer una justiciera (vaya nombre tan ridículo) y los justicieros, más tarde rosaleros, sospechaban de mi apellido pero al final me trataban. Botaba vapor con mi amigo Joel, el conserje de mi urbanización, le sonsaqué un día y confesó su pecado, era chavista pero no diga nada, que si lo saben me botan como botaron a Fermín, que se vino un domingo a hacer su turno de vigilante con una franela que dice uh ah. Y lo botaron señora Carola, que coño pana, no me digas señora o yo tendré que decirte señor Joel. Que cambiaron a Fermín que era bueno, trajeron a Gregory que era un choro, que se metía en las casas y robaba cuando salían los dueños pero, claro, no llevaba camisa roja con amenazantes uh ahs impresos en el pecho. Al comentar el caso en la junta de condominio mis vecinos estaban conformes con el cambio; es mil veces preferible un choro que un chavista. Según ellos, Gregory solo se llevó doscientos dolares y unas sortijas, pero Fermín nos espiaba, reportando directamente a Cuba, se quería llevar a nuestros hijos, nos quería quitar nuestras casas y bla bla bla bla bla... Lo que rompió la represa fue mi ego, me quemaba la vergüenza que alguien pensara que yo era racista, clasista, materialista y bruta. Pretender estar de acuerdo con que los pobres son primates, que no valen como nosotros, que sus hijos no son tan hijos y que sus madres no son tan madres. Reirme a carcajadas con chistes que no dan risa y que ellos consideran chistes solo porque los protagoniza Chávez. Admitir públicamente que aquí no se ha hecho nada y que mi presi es un bruto que no sabe ni hablar. Cagarme en mi misma, negando mi inteligencia, enseñándole a mi hija que hay que pasar por debajo y con los ojos cerrados. Y, para colmo de males, me lanzan a Rosales, me dicen que ese si que es un líder, un faro que nos va a guiar, un profeta, un mesías, una lumbrera, un prócer maracucho que nació en Mérida y tantas cosas más. Me faltaba el aire cada vez que respiraba hondo para no hablar, para no mandar todo a la mierda y decirles mil verdades. Un día se me chispoteó delante de unos amigos. De todas mis amistades, ellos eran los más sospechosos de ser escuálidos. Apellidos bonitos, velero en el puerto, comida gourmet, viajes exóticos. Hubo algo en su conversación, cierta amplitud, cierta cultura, que me hizo sentir relajada y mi bocota, que casi siempre se adelanta a mi cerebro, se abrió y escupió mi secreto. Suspiraron mis amigos, se recostaron en sus sillas, mostrando los dientes con una sonrisa cómplice y dijeron en coro ¿Tu también? -Si, -contesté -y mi papá y mi mamá y mis abuelos. Y Fulano y Mengano y Perencejo y este y aquel y el otro- añadieron ellos. Éramos un montón de gente escondida en un armario, creyendo que estábamos solos cuando, en realidad, estábamos muy bien acompañados. Entonces hicimos algo lo que hacen los chavistas clase media, nos cagamos de la risa, echando nuestros cuentos de cuando nadamos en las aguas de la oposición. Y como Margarita es una isla toda rodeada de agua, se podrán imaginar... tongorocho@gmail.com carolachavez.blogspot.com Articulo leido aproximadamente 1354 veces
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