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Conozco a un muchachito de dos o tres años, que sin hacer gran cosa me
regaló este cuento. El niño en cuestión tiene padres educados, súper profesionales, como su madre suele auto calificarse, y un hermano mayor que brilla en su primer grado por ser un niño modelo. El pequeño, por ser pequeño, es un malandrín que no le para a nada, vive muerto de la risa, con la camisita chorreada y sobresale en su familia por ser el más simpático. Es un lengua de trapo el gordito, está peleado con la letra erre porque, al parecer, la ele le cae mejor. Así es que cada vez que mi amiguito pide algo con mucha educación, las eles se le cuelan y lo pide pol favol. La madre como avergonzada se ríe y lo justifica de manera jocosa, o por lo menos eso pretende porque hay chistes que no dan risa, no alegando su edad, sino otra condición, es que viene de la Misión Robinson. Total que es muy fácil, para alguien que desde pequeño pudo ir al colegio para que una maestra le reforzara las erres y todas las letras, burlarse otras personas que, a su entender, como son brutos no saben ni hablar. No se ha sentado a pensar que habría sido de ella, si cuando era niña, en vez de arepas y jugos mas un vaso de leche y huevos, se hubiera tenido que conformar con un pedacito de algo, no sé, un pan duro y margarina. En vez de ir al colegio con su uniforme planchado en un carro bonito conducido por mamá, bajar un cerro empinado, con escaleras de tierra, con un poquito de sueño y la barriga sonando; y llegar a un colegio sin pizarrón ni pupitre, con una maestra indolente o tal vez impotente. Y con tantas carencias, en el cole y en la casa, llegar a la conclusión de que hay que sobrevivir, que no hay tiempo para las letras, si no hay comida en la mesa, que son muchos en su casa y hay que ir a trabajar; y dejar el colegio, los amiguitos y el futuro para tener un presente quien sabe por cuanto tiempo. Yo no sé qué le da risa, si el hambre, la desesperanza, o la infancia perdida, pero se ríe con en dejo de desprecio que no puedo evitar retribuirle, por ser insensible, arrogante y mal educada, muy a pesar de su buena pronunciación. Le dan risa los viejitos que una vez fueron niños que se perdieron el tren porque les negaron el pasaje, y que a pesar de todo nunca perdieron la ilusión; y se esfuerzan el doble para dar el ejemplo, para otros más jóvenes aprendan también a escribir sus nombres, sus cartas, sus cuentos a sentirse personas aunque siempre lo fueron, pero al ser analfabetas, personas como la mamá del gordito, les dijeron tantas veces burros que, al final, se lo terminaron creyendo. Y trabajaron como burros para personas educadas, que nunca se sentaron a escuchar con los los cinco sentidos las historias sin letras de estos seres humanos. Me da un poco de grima tanta insensibilidad. Espero que mi amiguito conserve su carácter y que resulte ser el hombre que yo creo que será y si su madre un día le dice Misión Robinson le conteste con su sonrisota: y a mucha honra mamá. tongorocho@gmail.com Articulo leido aproximadamente 1092 veces
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