Se
ha dicho que existen tres tipos de mentiras: las piadosas, las culposas…
y las estadísticas. Pero no nos queda otra alternativa: debemos usar
las estadísticas.
Las
encuestas, las mediciones estadísticas, estudios de opinión o como
queramos llamarle, como cualquier instrumento científico, son eso:
una herramienta. Aportan información. La cuestión radica en cómo
leemos esos datos, para qué los usamos, en función de qué proyecto.
Pues
bien: en Venezuela estamos a un mes de las elecciones presidenciales
el próximo domingo 3 de diciembre. Y las estadísticas inundan la vida
cotidiana. ¿Cómo leer tanta información? ¿A quién hacerle caso?
Lo
que está presente en estas elecciones no es un simple mecanismo de
democracia representativa en el que, como siempre en estos casos, a
la población se le hace “jugar” a la participación, pero donde
realmente no toma ninguna decisión real. En Venezuela, con las dificultades
del caso, con un estilo propio, en el medio del capitalismo más salvaje
post guerra fría y el desafiante unipolarismo militar de la gran potencia
estadounidense, algo está sucediendo: se está empezando a construir
una nueva alternativa, el llamado “socialismo del siglo XXI”. Los
factores de poder -internos y externos- están muy conscientes de ello,
por eso han reaccionado de forma visceral e inmediata. La Revolución
Bolivariana y su comandante Hugo Chávez representan un peligro real
para su perpetuación, por lo que no escatiman esfuerzos para detener
ese proceso en marcha. Las elecciones venideras son, en realidad, un
referéndum sobre el mismo. Se elegirá entre la continuación de ese
modelo o su neutralización. No otra cosa será lo que se elija.
Entendiendo
así la dinámica de lo que se juega el futuro 3 de diciembre, puede
entenderse entonces la parafernalia infernal del escenario político
venezolano: no se elige un presidente más (mero administrador, mero
gerente que no cambia las relaciones establecidas); se va a refrendar
una vez más, quizá con características únicas, la continuación
de la revolución. Y si gana Chávez, muy probablemente se va a estar
eligiendo la profundización de la misma.
Es
en ese escenario que la derecha política está haciendo lo inimaginable
para evitar ese triunfo; entre otras cosas -entre tantas, tantísimas
cosas que utiliza como parte de esta guerra no militar pero terriblemente
encarnizada, despiadada, mortal- está la manipulación de las encuestas.
Sabemos
que la objetividad es algo difícil en el campo de las ciencias sociales,
y más aún en estos asuntos donde el objeto de estudio es algo tan
cargado ideológicamente como unas elecciones donde se juega tanto.
Pero de todos modos hay un mínimo de confiabilidad en este ámbito.
Aunque las estadísticas puedan encerrar algo -o mucho- de engañosas,
dan una visión de la realidad. Y las estadísticas lo dicen: ¡Chávez
no se va!
A
fines de octubre había siete estudios que se presentaron públicamente,
y todos coincidieron en lo mismo: el actual presidente Hugo Chávez
mantiene una alta diferencia con el candidato más fuerte -en realidad:
el único candidato- de la oposición: Manuel Rosales. La cantidad de
partidos políticos que se presentan a los comicios puede dar la sensación
de una gran pluralidad de opciones, pero en realidad esas fuerzas no
existen. Si se trata de una estrategia que intentará la deslegitimación
del proceso comicial, eso está por verse. No sería improbable, repitiendo
lo hecho en las elecciones legislativas de un año atrás, que todos
los pequeños partidos que se presentan ahora, enrolados en el “antichavismo”,
a último momento se retiren alegando falta de transparencia democrática.
Si esa es la estrategia, ello está dedicado básicamente a la opinión
pública internacional para crear un escenario que justifique intervenciones
externas (de la OEA quizá, mucho más manejable por Washington que
Naciones Unidas). Pero en lo interno esas fuerzas son inexistentes;
a un mes de los comicios la población votante no conoce a esos candidatos,
no sabe cuántos ni quiénes son, y mucho menos sus propuestas. Sumados
todos, ni siquiera llegan al 1 % de la opción de voto. La cuestión
se polarizó entre Chávez y la ficha puesta por la embajada de Estados
Unidos: el gobernador del estado del Zulia Manuel Rosales.
Pero
más allá de la maquiavélica manipulación mediática con que se presentan
las cosas desde la oposición contrarrevolucionaria, en las estadísticas
-salvo una, la de Keller y Asociados, totalmente afín al candidato
de la oposición- Rosales se encuentra en todos los casos por debajo
de Chávez. En promedio, unos 30 puntos. Por tanto, la matriz de opinión
que los medios desinformadores de la derecha quieren imponer mostrando
un crecimiento imparable de Rosales y una tendencia a la baja de Chávez
es falsa, mentirosa. La posibilidad de empate técnico está absolutamente
descartada.
Los
números hablan por sí mismos; estos son los datos al día de hoy:
| Encuestadora
|
Chávez
|
Rosales
|
| |
|
|
| OPC |
61 |
24 |
| Cifras
Escenarios |
59 |
22 |
| Datanálisis
|
58 |
17 |
| IVAD |
55 |
26 |
| Consultores
XXI |
55 |
28,4 |
| PSetB |
50 |
37 |
| Hinterlaces |
47 |
30 |
Como
puede apreciarse, en todas las encuestas hay en promedio un 80 % de
personas que ya tiene decidido su voto; el aproximadamente 20 % de indecisos
no sería factor decisivo para cambiar el curso de la tendencia, porque
en el hipotético caso que ese porcentaje fuera a parar enteramente
a Rosales -sabiendo que ello no puede ser así; en todo caso se repartirá
siguiendo la tendencia dominante de la diferencia (Chávez alrededor
de 60 %, Rosales un 25 %), en ese caso, incluso, el actual mandatario
ganaría.
Tal
como están las cosas, entonces, la gran masa de población históricamente
marginada que ahora encuentra alguien que los representa liderando un
proceso que les da real protagonismo, esa masa que rescató a su presidente
de la intentona golpista del 2002, es mayoría. Y esa masa de trabajadores,
clase obrera urbana, clase media empobrecida, campesinos, pobladores
de barrios pobres, esa masa sin dudas ha votado y seguirá votando por
Hugo Chávez. ¿Por qué votaría al candidato de una derecha golpista
y neoliberal? Las masas son manipulables, amorfas; pero los individuos
que la componen no tanto. Por eso Chávez se perfila como el ganador,
porque es el representante de todos esos sectores, porque habla su lenguaje,
porque sus obras los benefician. ¿Por qué vota el “pobrerío”
por su líder? Porque con él comenzó a tener programas sociales, dignidad,
cuotas de poder ayer impensables. Así de simple. Rosales ni remotamente
significa eso, por eso no lo votan.
Las
campañas electorales -ahora al rojo vivo, aunque la oposición de Manuel
Rosales use el azul como color distintivo-, como en cualquier parte
del mundo, no pueden estructurarse sino como supremacía de los mensajes
emotivos, viscerales, cargados de símbolos. El presidente Chávez está
inaugurando una obra tras otra a lo largo y ancho del país poniendo
el acento en “el amor” de su acción de gobierno, mientras el candidato
Rosales no se cansa de repetir que la situación delincuencial supuestamente
debida a la actual administración es el principal problema de los venezolanos,
y que el petróleo (mensaje destinado a una clase media individualista
y racista) ya no será nunca más regalado a otros países si él llega
a la presidencia (en alusión a las propuestas de integración latinoamericanista
que impulsa la revolución bolivariana otorgando petróleo a precios
solidarios a las naciones vecinas). La solidaridad y el amor contra
el fantasma del anticomunismo trasnochado de una guerra fría que ya
terminó. Eso es lo medular de las campañas.
¿Se
podría hacer otra cosa acaso, otro tipo de campaña? Quizá. O, bien
meditado, quizá no. Los parámetros de las campañas mediáticas calientes
de cualquier elección presidencial en cualquier sociedad del mundo
tal vez no dan para grandes elucubraciones teóricas. La formación
ideológica de las masas, la educación y la cultura puesta al servicio
del pueblo, eso seguramente no es posible en el fragor de esta “guerra
de baja intensidad” -ni tan baja- de una campaña presidencial. Si
gana Hugo Chávez, como todo indica que sucederá, entonces ahí sí,
desde el día después del triunfo de la maquinaria electoral del bolivarianismo
con el Movimiento V República, deberá comenzar la profundización
del socialismo del siglo XXI; quizá, incluso, desmontando ese aparato
eleccionario y buscando la construcción de un partido revolucionario
único. Pero de momento, como vemos que pasa en cualquier proceso propagandístico
en cualquier elección en el mundo, las consignas giran en torno a los
candidatos, a sus características, a sus capacidades. Aunque con Chávez
-un socialista al fin y al cabo- podríamos decir que la publicidad
va más allá de su imagen; él habla de proyectos políticos concretos,
de opciones al capitalismo, de propuestas superadoras. Rosales no. Rosales
no ha pasado de una invocación a rechazar el “castro-comunismo”
que tiene “secuestrada” a Venezuela. Su guión -muy probablemente
escrito en inglés y traducido al español- no es sino “más de lo
mismo”. Fuera de una clase media aterrorizada con los fantasmas de
las expropiaciones que no pasa de un 20 % del total de la población,
su base social no puede crecer. Los grandes grupos nacionales de interés,
más allá de su enorme poder económico y político, no representan
un caudal de votos a considerar. La gran masa de venezolanos y venezolanas
ya abrió los ojos, por eso no puede votar sino por su carismático
líder Hugo Chávez. ¿Cómo votaría por una persona que participó
del impopular golpe de Estado de cuatro años atrás, golpe que en menos
de cuarenta y ocho horas que se mantuvo en el poder empezó por matar
alrededor de 30 líderes de base en el emblemático barrio caraqueño
del 23 de Enero, socialista por tradición? Repetimos: las masas pueden
ser manipulables, con poca memoria histórica. Pero los individuos que
las conforman no. Y las estadísticas de que hablamos lo confirman.
¿Qué
sucederá el 4 de diciembre?
Por
lo pronto habrá que esperar el domingo 3 a la noche, con el recuento
de los votos, para tener idea por dónde irán las cosas. Es muy probable
que la oposición denuncie fraude. Más allá de observadores electorales
internacionales y de las tendencias estudiadas por las encuestadoras,
seguramente saldrá gritando a los cuatro vientos que los resultados
favorables a Hugo Chávez son falsos. Como dijimos: lo que se juega
en estas elecciones no es poca cosa. Para Washington -verdadero agente
que mueve los hilos de la política en toda Latinoamérica- una derrota
de su candidato compromete mucho las cosas. No pudieron establecer el
ALCA a nivel continental, Venezuela es un foco de esperanza para los
pueblos de la región, algunas propuestas más o menos populares (Evo
Morales en Bolivia, Lula en Brasil) pueden consolidarse, el probable
triunfo del sandinismo en Nicaragua tiene el valor de ofensa; ante todo
esto, parar a Chávez es una prioridad.
De
todos modos, las estadísticas (realizadas, incluso, por empresas que
para nada se podrían identificar como pro gubernamentales) indican
indubitablemente una tendencia: tal como se comenzó a decir después
del golpe de Estado del 11 de abril del 2002 cuando la movilización
popular impidió su destitución, “¡Uh, ah, Chávez no se va!”.
Esta suerte de referéndum revocatorio que tendrá lugar dentro de un
mes dará la fuerza necesaria al actual gobierno para profundizar medidas
populares, socializantes, antiimperialistas, alternativas al capitalismo.
Pero para hablar del 4 de diciembre primero debemos llegar al 3. ¿Permitirá
la Casa Blanca su reelección, o qué nuevos escenarios se abrirán?
Si gana Chávez sin sobresaltos con un gran caudal de electores, tal
como marcan los estudios de opinión: ¿qué pasará? ¿Se profundiza
el socialismo? ¿Se irá hacia un capitalismo socialdemócrata con rostro
humano? ¿Invadirá el imperio? De todos nosotros depende la respuesta.
mmcolussi@gmail.com