La boleta y la bala
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Counterpunch, octubre 2012

Caracas.

El discreto encanto de la burguesía

Cometimos el error de volar a Caracas en el momento en que Chávez estaba cerrando su campaña en la capital, tres millones de partidarios camisas rojas atestaban siete grandes calles de la ciudad (la oposición orgullosamente cacareaba de haber llenado la Avenida Bolívar la semana anterior). En medio del tráfico, los minutos alargándose en horas, el triunfalismo de nuestra camarada taxista adquirió la forma de sarcasmo: “Usted ve todo este tráfico”, ella insistió, señalando los cientos de buses y carros llenos de partidarios de Chávez con las ventanas abiertas, sonando bocinas y ondeando banderas, “esta es la prueba de que el Presidente será derrotado”.

Al otro lado de esta poderosa segregada metrópolis, la tensión era palpable pero su origen no estaba claro. Exclusivos supermercados estaban igual de atestados que las calles del centro de la ciudad, pero en lugar de los pobres que se dirigían a casa después de la marcha triunfante que para muchos selló la victoria, esta vez eran las bien acomodadas clases media y alta acaparando margarina, harina de pan para hacer arepas y kilos de azúcar. Muchos, sus compras completas, lanzaban unos cuantos bolos a un trabajador para empujar el carrito de las compras en las disparejas aceras: tal es su innegable encanto.

Esta histeria resuena y es avivada por la prensa de la oposición domesticamente e internacionalmente y algunos de los temores son cómicos en el mejor de los casos, como sucedió, con el autoproclamado exilio quienes la tuvieron muy difícil para encontrar una tarjeta telefónica prepagada en uno de los vecindarios más ricos de Venezuela: seguramente el mundo debe estar aproximándose a su final. Mientras que nosotros esperamos tales cosas de la a menudo descartada como los vestigios de la “rancia oligarquía”, podría decirse que lo más sorprendente fue la cobertura en la víspera de la elección provista por Roy Carroll del The Guardian, quien publicó un montón de disparates para crear la impresión de que la campaña de Chávez estaba trastabillando en medio de su patente inhabilidad para gobernar el país.

¿De qué tienen miedo, estos domésticos y forasteros sembradores de incertidumbre y discordia? Una combinación de un temor irracional, racista y clasista del Chavista - el otro - y un profundo temor de ellos mismos: el conocimiento de que si algo pasa después de la elección, será con certeza a causa de ellos. Para los Chavistas, conocimiento de la posibilidad de un “Plan B” de la oposición es el único impedimento en sus expectativas de una victoria.

Preparandose para un Plan B

La noche antes de las elecciones, yo atendí a una reunión clandestina de seguridad en un barrio del suroeste de Caracas, sin duda una de las muchas espontaneas reuniones de revolucionarios para discutir los posibles escenarios de seguridad que la elección podría ocasionar. Los participantes discuten un plan para escapar anónimamente del vecindario en caso de un golpe o de enfrentamientos locales, pero bullendo bajo la superficie está la cuestión de qué hacer si Chávez pierde, sabiendo perfectamente que muchos de los más militantes colectivos tienen la intención de no aceptar la derrota. “Los Tupamaros no se van a sentar con los brazos cruzados” sugiere alguien.

Esta cuestión de si reconocer o no una victoria de la oposición en las urnas está completamente entrelazada con la certitud de que tal victoria no es posible: como lo dijo en conferencia de prensa el ex vicepresidente y actual alcalde del occidente de Caracas, Chávez perderá cuando las ranas echen pelos (when frogs grow hair). Pero también existe la muy real y abierta cuestión de si semejante paso atrás puede ser justificado de ajustarse a las formalidades de la democracia representativa que siempre ha sido vista con sospecha por las bases revolucionarias que buscan construir una forma de democracia más directa y participatoria.

Alguien más rechaza la mera sugerencia de abandonar el barrio: “Nosotros no podemos ser carne de cañón, pero ¿por qué vamos a huir?”. El espectro del golpe de Pinochet en Chile flota pesadamente, una referencia constante apunta a esperanzas destruidas y errores cometidos y la mayoría de los colectivos revolucionarios parecen haber aprendido las lecciones fundamentales de la tragedia chilena. Como alguien lo dijo, “Yo nunca he tenido confianza en la policía, en los militares”, y el único baluarte digno de confianza contra las fuerzas de la reacción es la autodefensa popular.

“Va haber un peo”

A las 3:15 en la mañana, el toque de Diana despertó a la ciudad de su tensa duermevela. Aquí el imperativo de votar temprano es tomado con la mayor seriedad, y antes de las 4 am muchos en los baluartes de Chávez han tomado ya sus posiciones afuera de los centros de votación.

Lo primero que hago en la mañana con algunos camaradas es dirigirme al históricamente combativo vecindario 23 de Enero para tomar el pulso del grupo más radical del movimiento Chavista, esos colectivos revolucionarios armados y milicias populares cuya razón de existir es una abierta afrenta al monopolio de la fuerza del Estado. Cuando nosotros nos aproximamos a los estudios de Radio 23 Combativa y Libertaria, los vigías nos divisan y una motocicleta nos sigue muy despacio para asegurarse de que no venimos con malas intenciones. Glen, un líder revolucionario local con problemas de visión hace poco para calmar su radicalismo revolucionario, nos habla con franqueza sobre cómo ve el escenario: “creemos que va a haber un peo”, la oposición rehusará aceptar los resultados de la elección y causará alguna clase de disturbios.

Las a menudo tensas relaciones entre las docenas de colectivos armados operando en el 23 han sido puestas a un lado para dar lugar a las preparaciones militares y políticas en caso de tal eventualidad: “candela que se prenda candela que apagamos” (whatever fires they light, we will put out), aquí no se está hablando del todo metafóricamente. La oposición ha hecho uso de su riqueza para acumular armamento, él me dice, pero esto no les preocupa mucho a ellos, pues las pistolas vienen con balas no bolas (they come with bullets but not the prerequisite “balls”) para presionar el gatillo.

Glen es sin ambigüedades más Chavista que cuando hable con él hace cuatro años en medio de exacerbadas tensiones entre los colectivos y la policía. Ninguna cantidad de intermitentes tensiones con el gobierno puede justificar un retorno al pasado: “antes nosotros éramos perseguidos, estuvimos en prisión, nos asesinaban… Gracias a Chávez nosotros ya no somos clandestinos”. Son precisamente aquellos que han sentido el plomo caliente de los pasados gobiernos quienes están menos dispuestos a aceptar un retroceso y Glen no es la excepción: Ellos no crean que exista un chance de que Chávez pierda la elección, pero si esto fuera a pasar, ellos en lo absoluto no tienen la intención de aceptar los resultados, a pesar del hecho de creer que Chávez lo hará.

Pero el también ve las elecciones como el “último chance” de Chávez: las masas populares apoyan a Chávez, pero tienen una “ira contenida” hacia los abusos perpetrados por aquellos que a menudo visten las camisas rojas del Chavismo. Las fuerzas de la revolución únicamente serán socavadas si candidatos corruptos e inconsecuentes son impuestos desde arriba en las elecciones regionales que se avecinan. “Cada día la guerra, el combate se intensifica y la derecha, los majunches no dan tregua, ellos no descansan en su esfuerzo para retomar los espacios de poder” ahora controlados por los revolucionarios.

El día que esta revolución se vuelva reformista, todo estará perdido: “Chávez es nuestro vocero. No es que él sea indispensable, pero en este momento él es indispensable.” A pesar de su abierto y total apoyo por su líder sin el cual una guerra civil será casi que inevitable, Glen sin embargo no se anda con rodeos: “O Chávez asume la tarea [de profundizar el proceso] o que se vaya a la mierda.”

Entre constituyente y constituido

En un poderoso ejemplo de las peculiaridades de la Venezuela revolucionaria, en donde nosotros hablamos con Glen está ubicado a tan solo unos minutos de caminata desde la destartalada vía del barrio hasta donde Chávez se está preparando para votar. La prensa y sus partidarios se reúnen bajo el caliente sol y esperan más de dos horas por el Comandante para que muestre su cara, estallando en vivas por cada ministro y líderes políticos locales que arriban a la escena. Cuando Chávez el mismo llega, la bulla es ensordecedora: Uh, Ah, Chávez no se va (Chavez isn’t going anywhere) Pa’lante, Pa’lante, Pa’lante Comandante (onward, onward, onward Comandante).

Ninguna de estas cosas es sorpresa, pero menos notable es el hecho de que estos oficiales electos, estos representantes del pueblo quienes ocupan posiciones dentro de las estructuras del poder constituido, están saludando a las encantadoras multitudes de pie bajo murales y pancartas de otro colectivo revolucionario más, Alexis Vive, el cual a la vez que apoya al gobierno similarmente mantiene una fiera actitud de independencia del poder centralizado del estado.

Esta peculiar relación entre el poder del constituyente y el constituido por la autoridad del estado el cual caracteriza nuestro itinerario a lo largo del día, es un profundo y frecuentemente incomprendido elemento del proceso político que está teniendo lugar en Venezuela. Mucha de esta incomprensión, sin embargo, viene del hecho de que el poder constituido es muchas veces vacilante en cuanto a reconocer públicamente a sus propios constituyentes revolucionarios. Chávez frecuentemente condena como “ultra - izquierdistas” las provocativas acciones de los colectivos y lo hace con mayor énfasis en el caso del colectivo La Piedrita, liderado por Valentín Santana, quien en el papel al menos está siendo buscado por la policía para ser arrestado. Pero como me dice un militante, fue a solicitud del mismo gobierno de Chávez que Santana ha permanecido apenas visible en las vísperas de la elección, ya que tales provocaciones podrían únicamente dañar loe esfuerzos de reelección del presidente. Tal incomodidad a la cercanía de los movimientos por aquellos con la tarea de gobernar es entendible, pero también es el motor más poderoso que este proceso revolucionario tiene.

Por la tarde, con la barriga llena de ese delicioso guisado de sancocho que no se encuentra en las secciones más ricas de la ciudad, me dirijo al barrio sureño de El Valle, donde la organización revolucionaria Bravo Sur ha establecido una sala situacional. Estas salas son, como las reuniones de seguridad la noche previa, cuarteles provisionales establecidos para monitorear el actual desarrollo de los eventos y tomar las decisiones necesarias por cualquier eventualidad. Un muchacho de 10 años de edad se para, mostrando su dedo pulgar derecho, pintado para que luciera como si él, también, había votado, pronunciando un improvisado discurso sobre su esperanza de que Chávez ganará y, de que si él no gana, estamos perdidos (we are all lost).

Conforme la tarde se transforma en noche, sin embargo, el optimismo en el salón cede para dar lugar a una clara preocupación, avivada por el flujo de mensajes de texto desde todos los puntos del país y rumores de que Chávez ha perdido en su estado natal de Barinas debido a los malos manejos de su familia (esto resultó ser falso), que su ventaja según los primeros reportes se había reducido a un simple 7 por ciento y que algunas provocaciones armadas de la oposición estaban teniendo lugar en Petare, el más extenso y peligroso de los barrios de caracas. A las 6:45 textos desde el palacio de Miraflores hablan de un margen del 12 por ciento, otros del 15 por ciento, pero al cierre de las votaciones, nadie está tranquilo.

Soldados y Revolucionarios

Es el momento de desplazarse rápidamente por toda la ciudad una vez más, de regreso a la capital, esta vez sentado precariamente en la parte trasera de una motocicleta. Un camarada me pregunta, ¿“quieres ir seguro o rápido”? “Ambas cosas” no parecen ser opciones disponibles y por lo tanto me he decido por lo último. Mientras nos movilizamos velozmente por toda la ciudad, deteniendo apenas en las luces rojas de los semáforos, extraños desde las esquinas de las calles gritan “¡Ganó!”: ¡“El Ganó”! De regreso al corazón de la revolución, 23 de Enero, la celebración ha empezado. A pesar de la ley seca (dry law) ron y cerveza fluyen libremente y muchos no han dormido por 36 horas. En medio del sonoro reggaetón y el ruido de los motores de las motocicletas, una mujer vestida de rojo exalta a su “maravilloso presidente, quien siempre ha tenido sus pies en la tierra como nosotros”.

Mientras estoy de pie hablando con ella en la recientemente renovada Plaza Che Guevara que da a la coordinadora Simón Bolívar, El Consejo Nacional Electoral anuncias que Chávez ha sido reelecto por un margen de diez puntos porcentuales. El barrio explota y los juegos pirotécnicos aparecen en el cielo sobre 23 de Enero. Mientras que un 10 por ciento sería una victoria arrolladora en cualquier otra parte, la celebración es más un alivio que cualquier otra cosa: para un candidato que gano por más del 20 por ciento en el 2006, esta elección fue muy apretada como para causar confort.

En la Coordinadora, las particularidades de esta revolución sin precedentes están completamente a la vista. Dos miembros de la infantería llegan en una motocicleta con AK-47s, desmontan, y para la alegría de la multitud gritan ¡“Viva Chávez”! Claramente ellos han estado aquí antes y caminan con confianza hacia la Coordinadora, que está ubicada dentro en una antigua estación de policía y centro de tortura. En una poderosa y emocionante expresión de la fusión sin presidentes de soldados y revolucionarios que ha emergido en años recientes, uno de ellos calurosamente abraza a Juan Contreras, un militante por largo tiempo y fundador de la Coordinadora quien por muchos años fue la figura emblemática de la lucha contra el orden existente. Observando a estos soldados uniformados y armados abrazar a alguien que fue considerado un terrorista gran parte de su vida, me doy cuenta que tan lejos estamos de lo que sucedió en Chile.

En este momento, cientos de balas de pistolas y fusiles automáticos vuelan desde todos los techos, y hasta los soldados de infantería se encogen cuando una tanda de cohetillos falla a tan solo 20 pies de distancia. Alguien se entera que el candidato de la oposición Henrique Capriles Radonski se está preparando para hablar y nosotros nos amontonamos dentro del salón de la Coordinadora, revolucionarios desarrapados, simpatizantes foráneos y colaboradores y soldados con armas automáticas colgando de sus hombros, para escuchar con un sorprendente respeto a Capriles aceptar la derrota.

Parafraseando al gran pensador revolucionario C. L. R. James, nosotros podríamos decir que las revoluciones no ocurren en las urnas, ellas simplemente se registran allí, y mientras la dialéctica es en la práctica más compleja, existe una verdad fundamental en esta afirmación. Esta elección, como el mismo Chávez, es el resultado de algo más profundo que se ha estado desarrollando por décadas y que se ha acelerado considerablemente en años recientes. Es únicamente captando esta verdad fundamental que nosotros podemos tener la esperanza de contribuir a una mayor profundización de la Revolución Bolivariana en los próximos seis años.




Traduccion por: Delmar Manuel


George Ciccarielo-Maher ensena teoría política en la Universidad de Drexel en Filadelfia y es el autor de We Created Chávez: A People’s History of the Venezuelan Revolution, próximamente de Duke University Press.










Publicado por LaQnadlSol
CT., USA.
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