Estoy: con el Chávez de carne y hueso
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 Quien haya leído “Mi vida” de León Trotsky, en lo particular lo creo y no estoy obligando a nadie que también lo crea, aprende a querer, a admirar, a apreciar, a valorar a los líderes revolucionarios en su justa dimensión, como seres humanos de carne y hueso, con sangre roja que les circula por las venas, con sus cinco sentidos siendo unos más desarrollados que otros y capaces de cometer errores pero también de elevarse (logrando éxitos) a alturas donde las personas comunes y corrientes nunca podremos alcanzar y, ni siquiera, aspirar volar a esas alturas. La camarada Rosa Luxemburgo, por ejemplo y según el camarada Lenin, volaba bajo pero también volaba alto, y esto –por ahora- no nos está permitido a la mayoría de personas que somos comunes y corrientes, sin dones especiales. El realismo del conocimiento propio de cada ser humano así lo testimonia o así lo reconoce. Si todos los seres humanos se elevaran a la misma altura, hablando de liderazgo político individual, no habría necesidad de clase social ni tampoco de partido político y, mucho menos, de un líder especial de algún proceso histórico, es decir, del que juega el papel de la personalidad en una determinada fase de la historia. Hasta el triunfo del capitalismo sobre el feudalismo, los historiadores creyeron que la historia la hacían los reyes y no las clases sociales. Ni siquiera el comunismo, donde ya nunca más habrá liderazgo político alguno, podrá crear un sistema que iguale en todos los cerebros el mismo nivel de conocimientos aun cuando todos los seres humanos adultos serán muy cultos.

La política es como la viña del señor. Los líderes son como la luz. Los pueblos son conjuntos de clases, sectores, estamentos y personas y cuando se deciden hacerse libres, son más que la luz. Ninguna organización de ninguna naturaleza es real y totalmente homogénea. Un mundo sin discrepancias, sin disidencias, sin contradicciones y sin cambios, no existe. La nada no existe. Algunos dicen que eso es filosofía, pero más que ésta es la cotidianidad de las vidas (naturalezas inorgánica y orgánica). Chávez –repito- es un ser humano de carne y hueso, de sangre en las venas, de músculos, de uñas; en fin: de cabeza, tronco y extremidades. Así son, globalmente hablando, los seres humanos. Que el cerebro de Chávez es privilegiado, no hay duda. Pero tengamos en conocimiento que no es el único cerebro de la sociedad. Es el líder de un proceso revolucionario no porque él lo haya querido sino porque la historia venezolana lo ha exigido. Chávez es la casualidad y sin ésta, según Marx, la historia fuese demasiado monótona. Es la cabeza más visible. Es la primera voz pero no la única. Chávez no es perfecto, tampoco es Jesucristo y, mucho menos, Dios. Es un hombre que también tiene sus imperfecciones. Tiene piel como cualquier viviente. Que tiene una memoria prodigiosa, es un mérito y no una desgracia.

Aquellos que creen o quisieran que Chávez fuese un Dios, navegarán siempre en la utopía. Dios, para sus creyentes, está en todas partes, todo lo mira, todo lo tacta, todo lo degusta, todo lo escucha, todo lo olfatea y, además, es divino, eterno y hace milagros de la nada, puede convertir una piedra en pan y un pan en agua. Eso no lo puede lograr jamás el camarada Chávez. Y quienes quieren que Chávez sea como el señor Jesucristo, sin quererlo, están deseando muera crucificado en una cruz y que una corona de espinas le maltrate, incluso, su verruga que tiene en la frente. No, es imprescindible comprender que Chávez es un ser humano. Que es especial, no se duda pero eso no debe conllevar a exigirle lo que sólo Dios, según los creyentes, es capaz de hacer. Lo imposible se conquista en el tiempo que lo haga posible.

El mundo actual es, quiérase o no reconocerlo, un escenario o campo de lucha de clases, de partidos políticos, de gremios, de sectores o estamentos sociales e, incluso, de personas que tienen intereses económicos hasta radicalmente opuestos. No es un cuadrilátero donde dos boxeadores con guantes en las manos se disputan un campeonato mundial y termina embolsillándose cada contrincante una buena cantidad de dinero. No, las naciones son conjuntos sociales en territorios delimitados y no se desenvuelven en el vacío. Son las realidades concretas (tanto de carácter internacional como nacional) las que le marcan la pauta de su comportamiento donde deciden, en última instancia, los factores económicos incluso por encima de la buena voluntad de los líderes. Y eso se refleja en el comportamiento de sus pobladores. Chávez es el guía principal de un proceso que se enmarca en un tiempo determinado de la historia venezolana. No habrá Chávez por toda la eternidad, porque también es mortal como cualquiera de nosotros los que estamos con vida todavía. Exigirle a Chávez que salte todas las etapas históricas que todavía tengan largas raíces en la sociedad para llegar refrescados y antes de tiempo al socialismo acabado es tanto como como solicitarle a un embrión que lance gritos de felicidad desde la matriz de su progenitora sin nada conocer de su mundo exterior. Mil veces y más debe repetirse: "Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre albedrío, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado ", dijo Marx en "El 18 Brumario de Luis Bonaparte". ¿Quién se atreve a decir que no es así? Por eso, entre otras cosas, admiremos y valoremos al Chávez de la crítica y la autocrítica, al Chávez del centralismo-democrático, al Chávez de la disciplina férrea, al Chávez dirigente pero también militante, al Chávez que no puede sabérselas todas pero que sí sabe de muchas cosas, al Chávez que ha puesto nuevamente en el tapete la discusión y reflexión sobre el socialismo.

Más que exigirle al camarada Chávez es importante comprenderlo como ser humano y como un líder que desea y lucha para lograr un mejor régimen de vida económico social para el pueblo. Pero eso conlleva, muy valioso entenderlo, que la dirigencia que lo rodea, las organizaciones políticas que lo apoyan, los funcionarios que componen su Gobierno, siempre tengan presente que por muy buenas y justas que sean las directrices o las políticas económicas trazadas desde la Presidencia de la República hacia el pueblo si no cuentan con una convicción férrea de las instituciones y hombres y mujeres de Estado para hacerlas realidad, los obstáculos, las dificultades y los desencantos salen a flote. Chávez no puede estar en todo. Es, sin duda alguna, el más visionario pero no tiene todos los ojos del mundo para ver todo lo que ven los pueblos en el diario acontecer de su trajinar en un mundo donde aún resaltan ciertas injusticias sociales que son necesarias ponerles fin en el nuevo período presidencial del camarada Chávez. Y en eso no es Chávez sino los dirigentes del proceso bolivariano, los que ejercen funciones de Gobierno y los líderes comunales quienes tienen que cumplir una misión, se puede decir, liberadora en las regiones donde se necesiten sus esfuerzos, sus orientaciones y sus actuaciones.

Por todo lo dicho es que digo que estoy con el Chávez de carne y hueso y ni un paso me atrevo a dar para exigirle poderes sobrenaturales. Es todo. De allí que lo reconozco, lo aprecio, lo admiro y lo valoro como el líder principal del Proceso Bolivariano. Más allá de sus huesos y sus músculos y sus células nada pretendo.

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