¿Es posible otra abundancia?
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Jamás el mundo había producido tanta riqueza material, sin embargo, la escasez sufrida por millones de seres humanos nunca había sido tan aguda como hoy, y esta se intensifica. ¿Qué factores explican este problema?

Hemos vivido de cerca las recientes crisis climáticas que han afectado negativamente las cosechas y disparado los precios de los alimentos a nivel mundial. Pero la cruda verdad es que en el 2010 se produjo suficiente comida en el mundo como para alimentar dos veces a la humanidad, según el ex-reportero especial de la ONU sobre el Derecho a la Comida, Jean Ziegler. No obstante, una proporción inaceptable y creciente de niños, niñas, mujeres y hombres de nuestro planeta sufren de hambre y penuria día tras día. Viven muriendo. 

Ante esta situación, una respuesta común de algunos seudo-ecologistas en el Norte es pintar un cuadro apocalíptico de la población mundial, y clamar por la necesidad urgente de reducirla o frenar su crecimiento, refiriéndose en particular a los países del Sur. O son crueles o son ingenuos.

La exclusión: motor del sistema

No sólo pretenden negarnos nuestro propio camino al bienestar, luego de haber logrado en el Norte cierto nivel de comodidad (históricamente a costillas nuestras); ignoran también que el crecimiento desmedido de la población mundial es producto directo del sistema de acumulación dominante, desde los comienzos de la industrialización. La exclusión tanto en el Norte como en el Sur es condición vital de su maquinaria depredadora: se crea un ejército de reserva de desamparados cada vez más extenso, y se amenaza constantemente a los trabajadores con ser sustituidos o convertirlos en deshecho humano.

Esto ha cambiado poco desde que Marx lo observó, y es lo que ha permitido, en la medida que se expande la población, combinar la explotación o marginación cada vez mayor del trabajo con ventas siempre crecientes, lo que genera obscenas ganancias para una clase dominante. Nada nuevo hasta ahora. Para acompañar la producción masiva de mercancías, es necesario también crear el consumo masivo, lo que supone un incremento poblacional. Pero, luego de haber incitado este aumento de la población a nivel mundial, el capitalismo ya no se preocupa por venderle al mundo entero, sino que concentra sus energías en elaborar productos y servicios para las clases más pudientes, garantizando así la máxima rentabilidad. Por lo tanto, le importa cada vez menos que la población en general cuente con un mínimo poder adquisitivo para garantizar sus condiciones de vida.

La injusticia del mercado

Más allá de la cantidad de lo que se produce, o de un supuesto exceso poblacional, se trata de la pobreza generada por la injusticia del mercado. El problema reside en el acceso desigual al bienestar que nos debería corresponder a todos. Es sencillo: aunque exista suficiente comida para alimentar a dos planetas, no todos la podemos pagar, porque en el capitalismo no se satisfacen necesidades, sino demandas.

Todo el mundo necesita determinados bienes y servicios para poder vivir, pero quien no tiene recursos para comprarlos no convierte automáticamente su necesidad en demanda y, por lo tanto, hasta se puede morir de hambre aunque haya abundancia de bienes. Como la riqueza mundial está concentrada en los dueños de los grandes medios de producción, cuando la producción crece, lo que más se eleva es la ganancia, no los salarios. Pero como los multimillonarios no pueden consumir todo, entonces una parte de la producción sobra, no encuentra compradores ni compradoras.

Por eso es que en el capitalismo las crisis no se dan por carencia, sino por exceso o desajuste en la producción: una producción que compite, de manera creciente, por venderle a quienes pueden pagar el precio más alto. Es así que en el capitalismo las empresas producen por encima de lo que la gente puede o necesita comprar, y se produce crisis: bajan las ventas, caen las ganancias, quiebran negocios, aumenta el desempleo y se crea la pobreza.

Además de denunciar este hecho y exigir una mejor distribución de la riqueza mundial, debemos preguntarnos cómo se origina esta escandalosa escasez manipulada y por qué la seguimos aguantando.

En el transcurso de nuestras vidas, hemos visto cómo, a pesar de un desarrollo tecnológico creciente y la exagerada proliferación de nuevos bienes y servicios, parece faltarnos cada vez más de todo, en particular lo fundamental: la felicidad, la salud, la armonía. ¿Por qué? Nos logran convencer de que mientras más compramos, más cosas nos hacen falta, alimentando así un ciclo de consumo ilimitado de quienes tienen ingresos para consumir, con consecuencias sociales y ecológicas que agravan nuestro bien común.

Infancias menguadas

Compramos cada vez más cosas para nuestros hijos, por ejemplo, y los vemos encerrados en casa con el último y rápidamente obsoleto juego virtual de malos contra buenos. Al mismo tiempo, existen menos oportunidades para que jueguen sanamente al aire libre, en espacios compartidos, cultivando confianza con los demás y pensando en conjunto acerca de sus realidades concretas. Por el contrario, habitan una realidad ficticia, ajena, desvinculada de su entorno, ligada al consumo. De hecho, jugar se está limitando a una actividad que se hace en privado frente a una computadora y así se despoja cada vez más de su dimensión profundamente social.

En la calle de mi infancia, en el sector La Cinqueña de Barinas, ya no existe el campo compartido donde jugaba con mis vecinos, con quienes he mantenido una duradera amistad. Cada casa cercó su terreno de frente, limitando efectivamente un espacio social indispensable, lo que va de la mano con un aumento de la desconfianza y la criminalidad. ¿Cuál es el resultado? Que se invierte más en productos de seguridad, y nos seguimos separando de nuestros vecinos.

La labor de la mano invisible

Si llegáramos a estar completamente satisfechos con lo que tenemos, no generaríamos ganancia alguna. Se crea entonces la eficaz ilusión de que la felicidad está en comprar algún artículo o servicio nuevo, haciéndonos desechar, una y otra vez, lo que nos sigue siendo útil. Esto no sería tan grave si este mecanismo tuviera motivaciones auténticamente prácticas, de mejora de nuestra vida, y si la riqueza generada respetara ante todo las condiciones ambientales y la dignidad de los pueblos. Pero no quedaría entonces mucha ganancia para los dueños del mundo.

Las supuestas innovaciones que nos venden, son precisamente la mano invisible que nos despoja de la riqueza que producimos. La economía, definida tradicionalmente como el manejo y asignación de recursos escasos, es apenas un eufemismo de este proceso histórico de expoliación. Nos enfrentamos a un sistema fundamentado en la reproducción perpetua de la escasez, de la penuria, de la insatisfacción, suscitadas artificialmente para el beneficio de unos pocos.

Hacia la abundancia necesaria

La tal abundancia petrolera es una expresión de dicho sistema, con la dimensión neocolonial de habernos hecho despreciar en gran parte lo auténticamente nuestro. De este modo se han pagado y se han dado el vuelto en la explotación de nuestros recursos. Vivimos aún con las secuelas.

Nuestros pueblos originarios, en cambio, no estaban bombardeados desde temprana edad por códigos ajenos que les impusieran necesidades más allá de su libre disposición vital y creativa. Garantizaban su bienestar colectivo a través de un trabajo integrado a la vida, en concordancia con su entorno. Desde nuestra óptica, cegados y ahogados por el exceso material al que nos han acostumbrado, nos parece que poseían poco. Conocían, sin embargo, otro tipo de abundancia, al poder dedicar la mayor parte de su tiempo a la vida propiamente. Es evidente que esto no se mantuvo así y tenemos que hacerle cara a los desafíos de hoy, pero su ejemplo sigue siendo una inspiración. 

Las condiciones que el capitalismo define en nuestro planeta -tanto en la ciudad como en el campo- nos niegan el derecho a la vida de manera progresiva. En el socialismo, nos proponemos satisfacer las necesidades humanas. Pero debemos permanecer alertas acerca de cómo se establecen dichas necesidades y quiénes deciden. Recobrar la verdadera abundancia, la vida plena, implica no solo alcanzar la soberanía productiva y garantizar una mejor distribución de bienestar, sino también convertirnos nuevamente en los autores propios de las maneras en que deseamos vivir.

*Antropólogo, asesor en territorio humano


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