Colombia: La paz de los Oligarcas
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Para Diego E. Osorno

(Oct. 19, 2012)

Bogotá.- Se habla de paz y de pronto el mundo parece diferente. Hace algunos meses Alfonso Cano, alto dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo (FARC-EP) dio un paso al diálogo que luego el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, retomó; dos naciones -Cuba y Noruega- se ofrecieron como garantes y ya con el proceso en marcha la declaración del jefe del equipo negociador gubernamental el antiguo ministro Humberto de la Calle- invita a esperar algo mejor: Creemos que hay elementos estructurales que permiten abrigar la esperanza y la idea de que traeremos buenas noticias para Colombia

Y entonces el anhelo de un futuro flota en el aire.

* * *

Las palabras del jefe del equipo negociador aparecieron en Bogotá en la primera línea del primer párrafo de la primera nota de la primera plana del diario propiedad de la primera familia de la nación la del presidente.

No se trata de una crítica estéril contra el titular del ejecutivo. De hecho, la crítica es apenas una insinuación de un hecho que tal vez por fundamental es ampliamente ignorado cuando no desdeñado de plano en medio del fervor por el proceso de paz en curso: el hecho de que la factibilidad del éxito dependerá, en buena medida, de la sinceridad con la que se negocie sobre los temas que son importantes y no sólo sobre los que son visibles.

Pero vamos por partes. ¿Qué es visible? Visible es que la paz llega herida, o peor aún: la paz llega herrada.

  1. La paz herrada de San Vicente del Caguán

Antes del holocausto Colombia y los colombianos apostaron a la paz. Más de 10 millones de personas votaron por ella en la forma del Mandato Ciudadano por la Paz, la Vida y la Libertad (Octubre, 1997) y dieron el poder al candidato que prometió hacerla realidad. Entre 1998 y 2002 básicamente durante toda su presidencia- Andrés Pastrana mantuvo vigentes la llamada Zona desmilitarizada de San Vicente del Caguán y los diálogos de paz en busca de una salida negociada con las guerrillas. Pasaron los días, los meses y los años, y con ellos, las negociaciones se suspendieron y se reanudaron una infinidad de veces, acercamientos y distanciamientos tuvieron lugar. Propios y extraños participaron por la paz ya como observadores, ya como mediadores, ya como garantes- pero también propios y extraños participaron por la guerra ya con matanzas, ya con secuestros, ya con atrocidades y delitos de toda índole.

El esfuerzo del Caguán erró en la táctica (obviando los usos que se le dieron y abusos que se cometieron en la zona desmilitarizada, por poner sólo un ejemplo) y con las esquirlas de estas equivocaciones y omisiones se forjó después el sello, el hierro, con el que se marcó el rostro de fallida estrategia no-violenta. Herrada, la paz del Caguán que no pudo ser fue abandonada en un rincón.

  1. Si vis pacem, para bellumo la guerra que sífue

El llamado Síndrome de El Caguán es decir, la descalificación a rajatabla de la salida negociada- fue un regalo del demonio. Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición dice Mateo en la biblia y así, ancha y espaciosa se presentó la opción de la guerra para los colombianos.

Cuatro años de 1998 a 2002- de negociaciones complicadas, de pactos que a veces se respetaban y a veces no, de diálogos eternos que al pasar de los años parecían infructuosos, de claroscuros respecto a los avances e incertidumbre abonaron el camino a  la lógica simple de la violencia: mátenlos a todos.

Entre 2002 y 2010 Álvaro Uribe ofreció y rindió  un baño de sangre, no para resolver el conflicto sino para terminarlo. Después de todo ¿cómo seguir una guerra si ya no hay nadie más con quién pelear? El cambio de gobierno de Pastrana a Uribe se hizo sentir: la militarización rampante del país, la infiltración de movimientos sociales, la restricción de libertades, la degeneración de la solidaridad en espionaje se convirtieron en política pública. El fin del conflicto no era tan obvio pero al menos la política de guerra daba certidumbre: era tan concreta y visible como sangrientos fueron sus resultados. La lógica parecía ser aquella de Tácito cuando decía del Imperio Romano: Siembran desolación y lo llaman paz.

Como Ministro de la Defensa, Juan Manuel Santos fue el operador de la Política de Seguridad Democrática de Álvaro Uribe; desde este cargo se felicitó por el acto de guerra de agresión (por cierto, crimen de guerra, por el que colgaron a los nazis en los juicios de Núremberg) contra el Ecuador durante el desarrollo de la Operación Fénix que cobró la vida de Raúl Reyes (El Canciller) en Marzo de 2008; desde este cargo también se felicitó por el desarrollo de la Operación Jaque en Julio del mismo año con la que se liberó a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, a 3 mercenarios estadounidenses y a 11 policías y militares colombianos secuestrados por las FARC -logro que por cierto requirió la comisión de otro crimen de guerra: la utilización de los emblemas de la Cruz Roja Internacional durante el desarrollo de la operación; desde su posición de Ministro de la Defensa, Juan Manuel Santos negó primero y reconoció después a finales de ese año que las tropas bajo su mando cometieron otros crímenes que bien podrían y deberían- ser procesados- en la Corte Penal Internacional: las ejecuciones extra-judiciales que la prensa lavó y presentó urbi et orbi con el nombre aséptico de falsos positivos.

Y luego renunció a su ministerio para buscar la presidencia.

Y como candidato prometió más de lo mismo.

Y como presidente cumplió.

  1. El pacifismo militar

Si en Mayo de 2009 dejó el Ministerio y en Agosto de 2010 tomó la presidencia, para Septiembre ya estaba de lleno en la faena. La Operación Sodoma cobró la vida de Jorge Briceño Suárez (Mono Jojoy), comandante del Bloque Oriental y miembro de la dirigencia de las FARC-EP. Oficialmente dicen- murió de un politraumatismo (aplastamiento), extraoficialmente, fue víctima de bombas de fósforo blanco, arma prohibida por el derecho internacional humanitario. Oficialmente, Santos fue felicitado por gobiernos de todo el mundo; extraoficialmente, se le puede indiciar por la probable comisión de otro crimen de guerra más.

En Noviembre de 2011 otro líder de la dirigencia de las FARC y comandante del Bloque Occidental, Guillermo León Sáenz Vargas (Alfonso Cano), perdía la vida de una forma particularmente perversa ¿Por qué? porque Alfonso Cano fue el que dio el primer paso hacia la construcción del actual proceso de paz. ¿La respuesta del régimen?  La Operación Odiseo que cobró la vida del guerrillero.

En breve: comenzando el proceso negociador, una de las partes en conflicto mandó a matar a la otra.

  1. Los ciclos de la violencia y la paz de todos los Santos

Por todo esto y más, el de Santos es un discurso de paz conveniente, pero no por ello convincente; no es producto de una vocación conciliadora sino de un cálculo político. La paz como novedad suena bien ante el cierre del ciclo uno más, uno de tantos- de la violencia más infame. Como sea, Santos parece tener una buena idea de las mareas de fuego en Colombia:

Primero, la paz violenta del bipartidismo liberal-conservador; luego, la violencia abierta de La Violencia; después, la paz violenta con la dictadura de Rojas Pinilla; de ahí, la violencia de los primeros brotes guerrilleros y la dura respuesta del Estado. A este momento siguió el crecimiento paralelo de tres ejes: la complejidad del conflicto -al agregarse la variable del narcotráfico-, la violencia en todas sus formas y los intentos vanos para contenerla. En el camino al infierno quedó la Unión Patriótica despedazada de un modo casi satánico- en el camino también quedaron cientos de miles de muertos, heridos y mutilados y millones de desplazados, sueños rotos y confusión. Entonces llegó Pastrana con un mensaje de paz que fracasó y luego Uribe con una política de guerra que tuvo éxito para su propios fines.

En este contexto, la paz de Santos parecería seguir la Doctrina del Shock que hiciera famosa Naomi Klein en su libro del mismo nombre: después del shock de la guerra de Uribe, la propuesta de paz de Santos era transparentemente previsible.

Y es que, de suyo, el giro súbito a la paz es una estrategia que no tiene nada de nueva En la historia reciente otros presidentes en otras latitudes han hablado de paz en circunstancias similares. El caso más reciente e ilustrativo es el de Sri Lanka. En 2009 el gobierno cingalés aniquiló con una brutalidad pasmosa los últimos reductos armados de los Tigres Tamiles. Básicamente aplastada bajo una lluvia de fuego la resistencia independentista tamil fue exterminada en el sentido más absoluto, ella y sus bases de apoyo que es el eufemismo que se utiliza en operativos militares para explicar la matanza de civiles en áreas de conflicto. Y después del holocausto el general Sarath Fonseka habló de paz para Sri Lanka, del mismo modo en que lo hace ahora en Colombia -y en una circunstancia similar- Juan Manuel Santos.

Los que creen que es posible alcanzar la paz por medios violentos, obviando el hecho de que la paz es un proceso contínuo, no un resultado estático -y que por esto los medios deben ser compatibles con los fines- se engañan sin más: si lo que se busca es la paz en el sentido legítimo del término, entonces hablar de salidas militares a un conflicto es un contrasentido. La paz como se practicó en Sri Lanka, como se propone en Colombia -y como intentó aplicarla Felipe Calderón en México hasta el último día de su mandato- parece inspirada por una frase atribuida a Melchor Ocampo político liberal mexicano del siglo XIX- que reza: la paz no se alcanza con apretones de mano sino con apretones de pescuezo.

La de Ocampo, como la de Calderón y Fonseka, es también la paz de todos los Santos.

* * *

¿Y cuál es la alternativa? ¿reinstalar una zona desmilitarizada? ¿establecer una mesa de diálogo como la que ya está en curso? ¿alcanzar acuerdos? ¿acuerdos? ¿acuerdos sobre qué? ¿sobre desmovilización de las partes? ¿sobre su desarme? ¿sobre la reintegración de los ex combatientes? ¿sobre entrega de tierras a los desplazados? ¿sobre formas y formulas para la paz suave del perdón y la reconciliación para las víctimas y sobre formas y fórmulas para la paz dura del castigo para los perpetradores?

Sí, tal vez esta sea una alternativa y de hecho este es el contenido de los cinco puntos de la agenda de negociación en Oslo y La Habana- pero para ser francos no promete mucho. Y no promete mucho porque todos estos ángulos y otros más- apenas arañan la superficie y dejan intactas las raíces profundas de la tragedia colombiana.

  1. La Violencia: Las raíces profundas

Ahí está el catálogo de horrores, ahí  el nombre de las víctimas y verdugos muchos en muchos casos, encarnados en la misma persona- y ahí también las tumbas y dolores de la violencia. Ahí está un pasado que se arrastra y con el que nadie parece saber qué hacer. Ya se intentó la desidia, la paz, la guerra y nada parece funcionar.

Hoy se asoma en el escenario una nueva propuesta, ¿es de paz o de paz? Esta es la pregunta más importante para el presente y el futuro de Colombia.

La respuesta nos devuelve al origen pues depende de la sinceridad con la que se negocie sobre los temas que son importantes y no sólo sobre los que son visibles. Visibles fueron y son- los riesgos de repetir la experiencia fracasada del Caguán con Pastrana, fracaso que llevó al uso extensivo de la violencia con Uribe y que continuó todavía con Santos como una extensión de ciclos perversos que, de tan conocidos, tienen sumida a Colombia en la apatía y la anomia.

Todo esto es visible, todo esto es importante, pero no todo lo importante es visible: estamos hablando de las raíces profundas de la violencia.

Una de ellas: la maquinaria de la guerra. Si para 2010 (año en el que Santos asumió la presidencia) Colombia se ubicaba como el receptor número 12 de asistencia estadounidense, en el año 2000 -es decir, a medio proceso de paz con Pastrana- ocupaba en esta categoría el tercer lugar sólo por detrás de Israel y Egipto. Aunque caben algunos matices que explicarían la reorientación de las prioridades en materia de asistencia militar (en el año 2000 todavía no ocurría el 11-S y por lo tanto las guerras en Asia Central -abierta contra Afganistán y soterrada contra Pakistán- no se habían desatado; tampoco se había intensificado el ataque permanente pero de baja intensidad desde Tormenta del Desierto-contra Irak -que no se agudizaría sino hasta Marzo de 2003- y tampoco estaba en la primera línea de interés la guerra contra el narcotráfico en México que arreciaría a partir de 2006), en números absolutos, Colombia nunca dejó de ser una prioridad militar para los Estados Unidos. Aunque aparentemente bajó su perfil -en el año 2000 recibió 899 millones de dólares de asistencia y en 2010 sólo 507 millones- la reducción presupuestal fue una tendencia general del gobierno estadounidense, tómese el caso mismo de Israel y Egipto a modo de ejemplo. En el año 2000, Israel recibió 4,069 millones y Egipto 2,053 millones mientras que en 2010, recibieron 2,220 millones y 1,296 respectivamente. El punto es: más allá de la buena fe y voluntad de los hombres, existen maquinarias difíciles de frenar, y la de la guerra es una de ellas.

Otra: la tierra. De acuerdo con el reporte Social Panorama 2006 de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) todavía en 2006 Colombia tenía una de las distribuciones de tierra más desiguales de la región y que bien podría de hecho ser una de las más desiguales alrededor del globo: 0.4% de la población era dueña del 61% de la propiedad rural. Con una distribución así más propia de tiempos de la Colonia que del siglo XXI- lo sorprendente es que Colombia no esté peor.

Una más: la concentración dinástica del poder. Ya bien entrados en el siglo XXI, la transferencia del poder en Colombia sigue patrones propios de épocas feudales. Hace más de 30 años, Alfonso López Michelsen se hizo presidente (1974-1978). En aquella ocasión el hijo del dos veces presidente Alfonso López Pumarejo (en 1934-1938 y en 1942-1945) compitió y venció a otros dos hijos de ex presidentes, Álvaro Gómez Hurtado (hijo del presidente de 1950 a1953, Laureano Gómez) y María Eugenia Rojas (hija del general Gustavo Rojas Pinilla quien estuvo en el poder entre 1953 y 1957). El hecho de que tres hijos de tres ex presidentes compitieran por la presidencia al mismo tiempo habría quedado como una anécdota más de no haber sido porque se trata de una tendencia que está lejos de ser causal. Andrés Pastrana (presidente entre 1998 y 2002) es hijo precisamente de quién antecedió a López Michelsen en el poder, Misael Pastrana Borrero (presidente en el periodo 1970-1974); y es en esta misma lógica que se entiende que el tío abuelo del actual presidente, Juan Manuel Santos (2010-2014), haya sido presidente de 1938 a 1942 ¿su nombre? Eduardo Santos Montejo. A la misma familia pertenece quien fuera vicepresidente durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010), Francisco Santos, primo hermano del actual presidente. Más, muchas más conexiones pueden encontrarse, pero a estas alturas el punto es claro. Y una vez más, con una concentración así del poder, más propia de una monarquía que de una república, lo sorprendente es que Colombia siga siendo llamada una democracia.

Y una más: el racismo. De entre los millones de desplazados (3 según el gobierno, 5 según grupos de derechos humanos) por el conflicto armado (en cualquiera de sus presentaciones: confrontaciones entre el ejército y la guerrilla, entre la guerrilla y los paramilitares, entre narcotraficantes en todos los bandos contra sus pares y el más importante: los ataques de todos los arriba mencionados contra la población civil), los afectados pertenecientes a grupos indígenas y afrodescendientes están sobrerrepresentados. En otras palabras: casualmente es la gente de color la que más sufre la violencia en Colombia.

Así, en Colombia más que en cualquier otro lugar del hemisferio occidental, las primeras familias como la del presidente Juan Manuel Santos- heredan y se heredan; heredan el poder del dinero y heredan el control de la tierra; heredan la paz relativa que viene con el tono de piel correcto y heredan el control de una industria que mata a los que heredan no el control sino el color; ¿que cuál color? el color equivocado, ¿que cuál color? el que trae consigo la miseria del despojo, el sufrimiento y la violencia.

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Sin tocar el imperio de los poderes fácticos en la ciudad y en el campo, en la política y la sociedad- la paz en Colombia es imposible.

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