Nuestra vanidosa clase media asalariada
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Nunca he creído en la división de clases impuesto por la burguesía. Ésta nos refiere una clase media alta, la clase media profesional, la clase media baja y el perraje. Todavía son capaces de clasificarlas por categorías A, B, C o D, según la capacidad de consumo de cada una. Por ejemplo la D, es aquella que engullía perrarina en tiempos de Cuarta República y la A, la de gusto exquisito, dispuesta de esparcir por el ambiente de un buen restaurante o la sala de un teatro el inconfundible aroma de un Coco Chanel Nº5. Como se ve, ambas clases están muy bien delimitadas. Pero hay un estrato social, los antichavistas acérrimos, quienes siempre están asustados ante el horror de bajar a la clase del perraje o, temen que estos asciendan hasta su condición y, con la ilusión, que nunca llegará, de participar en una partida de golf con Maricori en el Contry Club. A ese grupo pertenecen mis vecinos del Cafetal, Santa Paula, Caurimare, Chuao, Macaracuay, San Luis, Santa Marta…entre tantas urbanizaciones de la “clase media profesional”. Vecinos, provenientes, en ciertos casos como yo, de las populosas barriadas caraqueñas, y aprovecharon para adquirir un apartamento por esta zona del Este porque la oportunidad nos la brindó.

No creo en aquella categorización de clases, para mi solamente existen dos y nada más: la de los explotados y las de los explotadores; las primeras víctimas de la segunda. A los explotados los someten, bien por la égida del patrón pagándole salarios de hambre, conculcándoles sus derechos sociales, negando el derecho a sindicalizarse, abusando sexualmente de las empleadas por parte del patrón, pagándole a las mujeres salarios menores que el de los hombres, entre tantos, o bien, los explotan por otras vías. Por ejemplo, a través de los bancos, con créditos hipotecarios con intereses elevados o indexados; intereses leoninos en los plásticos (tarjetas de créditos); ropas de marcas a precios encumbrados compradas en centros comerciales lujosos ; comida cara en los restaurantes ostentosos; asistencias a los casinos; colegios y universidades gravosas, costos elevados de la comida en los supermercados, intereses exorbitantes en los créditos para automóviles, en fin, son muchas la formas con que los poderosos se las ingenian para que los salarios elevados retornen a sus dueños originales. A esta última clase es a la cual pertenecen nuestros presuntuosos miembros de la clase media profesional, sintiéndose orgullosos de ser explotados.

En alguna oportunidad trabajé como docente en un colegio a los que se suele llamar de clase media. En este, en particular, acuden los hijos, que de acuerdo con el calendario, pienso que corresponden a los herederos de aquella ignorante, la feliz generación boba. En una ocasión hice una encuesta en un curso de segundo año de ciencias sobre los libros preferidos o los leídos. Para mi sorpresa, ninguno de los alumnos almacenaba en su pensadora el nombre de algún solo libro. Entonces, tal como ahora, comprendí la razón del comportamiento de nuestra clase media.

Como tengo tiempo de sobra, en algunas oportunidades me pongo a estudiar el proceder de mis vecinos de la clase media y junto con mi amiga peluquera de un centro comercial de lujo, he podido enumerar las conductas afines. Veamos:

Todos pertenecen a la clase media asalariada.

Muchas de estas urbanizaciones se convirtieron en verdaderos guetos donde viven los hijos de italianos, portugueses y españoles (sin ánimos chauvinista ni xenofobia), quienes desconocen, muchos de ellos, el topocho, un cruzado, un tarcarí de chivo, un pisillo de chigüire, un pastel de chucho… es decir, su venezolanidad es medio subrepticia.

El mayor deseo de sus padres es conseguirles a sus hijos un pasaporte europeo.

Viajan, por lo menos, tres veces al año a Miami.

Exhiben con orgullo, en una tienda o restaurante, la tarjeta dorada o la de platino, sin importarles la deuda eterna que los mantiene ahorcado.

Le es indispensable vestirse con ropa de marca, aunque sea comprada en Panamá.

Acuden a las peluquerías, SPA, panaderías, gimnasios, salones de masajes, entre otros para hablar mal de Chávez y del caos en el que vive en el país.

Por lo general, todos desean residenciarse en Miami donde tienen un familiar que vive sin los problemas de la inseguridad que azota Venezuela.

Sus herederos estudian en colegios caros y cuando finaliza la actividad escolar, a horas del mediodía, se observa una larga fila de camionetas donde las madres recogen a sus criaturas para llevarlos al Mc Donald para almorzar.

Celebran con toda pompa el halloween y en la navidad cenan con pavo relleno.

Sus hijos (as) realizan actividades extra curriculares: los niños, kárate o fútbol y para las niñas, flamenco o ballet. Durante la espera las madres aprovechan para hablar mal de Chávez y del inclemente castro-comunismo-chavismo.

Cuando los herederos se gradúan de bachiller, sus retoños, muchos de ellos, bajos efectos de bebidas alcohólicas, desfilan en caravana por las calles del este en las camionetas de su padres y/o en las propias, pregonando con la cornetas, o con estentóreas fanfarrias que son unos chicos (as) felices porque el país cuenta con nuevos “intelectuales”.

Durante el mes de mayo las madres se reúnen para discutir cuál es el campamento vacacional de moda en el Norte, para enviar sus hijos a compartir con otras culturas. Ocasión que aprovechan para hablar mal de Chávez y de estrechez económica que está acabando con la clase media.

Por lo general se la pasan endeudados con sus tarjetas de créditos, si pagan el condominio deben el colegio, o los cursos extracurriculares.

Son asiduos a globovisión y a CNN y por tal razón se consideran intelectuales, con herramientas suficientes para discutir sobre cualquier tópico.

Asisten con lentes oscuros y sombrero, para esconder su identidad, a Mercal, a los abastos Bicentenario, a PDVAL, a los CDI, entre otros.

Concurren a la misa de 10 am y luego se dirigen a la panadería para hablar mal de gobierno y desearle la muerte a Chávez.

Es casi obligatorio acudir anualmente a un maratón fuera del país o bien al de NY, al de París, al de Boston, de Londres, pero no al de Caracas, este es para el perraje. Después colgarán en el facebook las fotos del evento.

Salen en caravana para celebrar el triunfo de Barsa o del Real Madrid y terminan en un restaurante. Entre los efluvios etílicos aprovechan el tiempo para hablar mal de Chávez y de la falta de libertades.

En los supermercados y en la peluquería comentan sobre la situación de sus hijos que están estudiando o viviendo en Miami o en Europa, porque en este país no se puede vivir. Antes de la despedida, en cinco minutos, relatan los males de gobierno y los peligros de la dictadura de Chávez.

Jamás en la vida se les puedes ver o reconocer en una librería, ni en un festival de libro, porque ellos son profesionales universitarios, ven globovisión y CNN.

Las niñas de clase media celebran sus quince años en un crucero.

Están conscientes de su vocación política porque asistieron a las marchas contra Chávez. Al final de la concentración acudían a los restaurantes de la Candelaria para hablar mal de Chávez.


Esta es nuestra clase media asalariada a la que hay que convencer. Será otro logro de mi comandante Hugo.

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