El día después
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¡Ah, qué bueno despertar esta mañana del 8 de octubre! En verdad fue un sueño ligero, de pocas horas y amanece uno con la alegría en los poros de la piel y la victoria palpitando en el corazón. Así, en medio del pensar profundo e imaginar las líneas del tiempo que se trazan en los suspiros del alma, fui vislumbrando las verdades, los escenarios presentes y futuros, que me alumbraron las palabras de “el día después”, título del artículo que hoy quiero compartir con ustedes, estimados y estimadas lectoras.

Confieso que más que un compromiso fue un reto escribir este artículo de hoy, porque lo que aquí expreso lo escribí con el alba del sábado 6 de octubre, es decir, un día antes de las elecciones presidenciales de ayer (VER http://www.lanacion.com.ve/opinion/el-dia-despues/). Me las voy a jugar todas, dije; porque en la fe no hay duda, sino la certeza que en política no gana quien quiere sino quien puede. Por eso digo que los resultados de ayer no podían ser de otra manera. Los procesos sociopolíticos tienen su trayectoria y sus coordenadas naturales, donde una serie de variables van definiendo su dinámica de consenso y disenso. Por eso decimos que ayer ocurrió lo que tenía que ocurrir y el odio de la derecha quedó aplastado con la victoria revolucionaria. La locura suprema del fascismo representada en el candidato derrotado ha sido parada en seco. Gracias a Dios, la mayoría democrática y revolucionaria salió en defensa de la vida de la patria y de la rectitud, porque la gente de la MUD, de la extrema derecha y sus mercenarios venían dispuestos a quebrarle la espina dorsal al proyecto socialista propuesto por Hugo Chávez.

No somos los revolucionarios quienes les atacamos, sino que son ellos los que buscan nuestra destrucción. Pero su irracionalidad quedó truncada y cayeron en su propia trampa; fueron víctimas de su visión distorsionada, de su deshonestidad, de su punto de vista perjudicial y de su estrechez de juicio. Recogieron la cosecha del castigo y ahora andan sumidos en los abismos del sufrimiento, de la frustración, desandando entre las sombras de la tristeza y la amarga desilusión. El odio es la máscara de la cobardía, la oscurana del miedo y la venganza. Así actuaron ellos ayer, pero el pueblo venezolano les propinó una gran lección: las elecciones se ganan con votos y no sembrando el miedo, tal como lo hizo el candidato de los justicieros, que creyó en los cuentos briquetados de su jefe de campaña, pero resulta que a caperucita le salió el lobo revolucionario en el camino.

Tal vez pensaron los majunches de Primero Justicia que a través de la política sucia, de albañal y con dinero de los corruptos, se podía manipular la conciencia del pueblo; pero qué va, este pueblo venezolano ha madurado su conciencia política y definido su orientación ideológica de manera firme hacia el proyecto bolivariano, que propicia la libertad del individuo y la independencia de la patria.

El pueblo, en un acto de voluntad consciente y deliberada, tomó una gran decisión: salvar la patria y darle la victoria al más capacitado para gobernar y quien ha sembrado la fe y la esperanza en el corazón de millones de venezolanos y venezolanas. La maldad pensada y planificada por la oposición venezolana contenía la semilla automática de su propia derrota. El mal ha sido derrotado, ha triunfado la verdad. Ahora comienza otra etapa revolucionaria y estamos renovados en espíritu y mente, para seguir construyendo la patria revolucionaria. ¡La victoria es nuestra!
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(*) Politólogo
Eduardo Marapacuto (*)
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