Jirones electorales
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Sacralizar la opinión pública parece la resolución hegemónica de los políticos actualizados. Desde quienes defienden los derechos de la preservación de lo mismo, hasta de aquellos que acontecen como signatarios de lo diferente. La lógica de la competencia electoral, al menos en apariencia, los unifica. Los convierte en apacibles participantes de una contienda de la que poco quieren sospechar sobre su legitimidad. ¡Cuan divertido resulta verles, a ellos tan insolubles, a ellos tan divergentes, jugar en hipócrita paz el soso ajedrez de los votos electorales ¡

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La fuerza nativa del capital, ahora de la aldea global, y que es la misma del candidato de la restitución, no ha dejado de participar, en los últimos procesos electorales, considerablemente asombrada y confundida por la insospechada habilidad mercadotécnica manejada por el gobierno y su candidato en la contienda electoral. Y sobre todo les ocurre tal turbación por estar muy convencidos de que los arcanos del difuso pero eficaz saber del marketing electoral, desde sus orígenes, les ha pertenecido y porque en rigor su posibilidad como técnica se origina en el mercado de las conciencias, en la que ellos son, desde luego, consumados especialistas desde años ha. Desde hace algo más de una década no dejan de preguntarse supremática y anodinamente: ¿Qué pueden saber de ello los tumultuosos y exaltados revolucionarios que tantas carencias y prejuicios ostentan en el plano de las sapiencias económico-electorales?

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Los mas genuinos radicales del mundo revolucionario no les convence demasiado el dispendiar su tiempo político en las gracejas poses del espectáculo electoral, ni en la superficiales ilustraciones que a este subyace. Son renuentes al oficio de las bambalinas y las mascaras, del reality show y del espectáculo mediático, de la puesta en escena y el performance, de la afectada ceremonia y de la solemnidad fingida, porque refiere su posición militante al exclusivista y parco mundo de la verdad y sus sucedáneos, además de encontrar en tan ligeros procederes políticos de la izquierda los signos irreductibles de la debilidad, el entreguismo y la claudicación. Son estos militantes un inquietante pasivo del gobernante mundo revolucionario nacional, al que no cesan de fastidiar y desorientar, razón por la cual desde esos espacios de poder no encuentran otra formula que la de segregarlos y desmerecerlos, al punto de considerarlos, en consecuencia con la tenaz lógica electoral de la que se encuentran imbuidos, como adversarios a derrotar.

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La práctica política de la observancia ideológica, la misma que tanto singularizó a los movimientos revolucionarios y que a pesar de todo constituía una transmutada herencia de la catetización religiosa, hoy se encuentra en total crisis por los efectos perniciosos que en el orden de la praxis ha generado tan acarreada disposición. En consecuencia, y como signo de los tiempos, la llamada doctrina partidista ha ido de a poco siendo suplantada y relegada por las nuevas urgencias del poder, razón por la cual es que hoy observamos absortos la rauda asunción, dentro del dominio revolucionario, del llamado pragmatismo mercadotécnico que tanto tipifica la bautizada postmodernidad y que desdice con furor de las anticuadas practicas confesionales.
El insurgente nuevo aire del capitalismo, que radica en su globalización, en el señorío planetario de la comunicación y en la afanosa prescripción de las recetas del libre mercado en el ámbito de la economía mundial, encuentra dentro de la política su correlato perfecto en el llamado marketing electoral, de tal suerte y a tan extremo nivel que toda actuación presente, todo acontecer político, incluso mas allá del evento comicial, no deja de estar suscrito y totalizado por las recetas imperiosas y utilitarias de su enunciación. Así la política, en casi toda sus presentaciones, esta deviniendo pura cuestión de imagen, puro mercado de subjetividades, puro intercambio de voluntades. Por supuesto, bajo el imperio de ese nuevo constructo de dominación y control de nuestra época mediática que le precede y que es la llamada “opinión publica”.

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En el presente la cotidiana actividad política se expone como una continua estrategia de imagen que siempre modula su aplicación según las variables de su particular mercado, por lo que aparece gradualmente perceptible según lo definan los centros decisorios de poder. En este mismo sentido pero en opuesta dirección podemos afirmar que toda campaña electoral es en realidad una intensificación del ritmo y una aceleración del tiempo del marketing de rutina que siempre esta presente en el diario quehacer, ese que sobrevive continuamente en el trajinar político y que suele proyectarse en torno a un sujeto privilegiado, grupo de ellos o incluso propuestas de gobierno. Y ocurre de ese modo porque en las sociedades actuales, y de manera ascendente en los últimos tiempos, las planificaciones derivadas del marketing de imagen se han hecho constitutivas de casi todas las estrategias de poder. De esta forma la función política, la cuestión del control del aparato del Estado y de la creación de lo social, viene discurriendo como una continua lucha electoral solo acelerada o gravada por la cercanía o lejanía de los comicios o los momentos decisorios. Lo que equivale a decir musicalmente: variaciones sobre un mismo tema.
Por tal sentido habrá entonces que afirmar que en la actualidad de las llamadas democracias occidentales, tanto el ejercicio opositor, aun siendo insurreccional como lo es el nuestro, hasta las diversas modalidades de ejecutorias gubernamentales de propensión revolucionaria, solo son posibles constriñéndose y maleándose por las prescripciones de la siempre renovada tecnología del marketing, configurando así, según la sugerente expresión de la astrofísica, el “horizonte de sucesos” que posibilita cualquier emplazamiento político o exposición publica.

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Por causa de la ascendente ubicuidad mercadotécnica, que se proyecta contemporáneamente en todo ejercicio de poder, una afiebrada miríada de ignorados especialistas hoy se aposentan protagónicos, insustituibles y transdisciplinarios para las estrenadas necesidades del quehacer político. Inéditos Ingenieros de la praxis en disposición de hacer manejable las inclinaciones de las grandes colectividades; sorprendentes psicólogos sociales capaces de encontrar en lo colectivo una mimesis de la psique individual para así intentar conducirla; estadísticos variopintos de las mas prodigiosas y pintorescas cuantificaciones de lo social en permanente disposición de dar luz sobre las variables magnitudes de la opinión y de la vida social; tecnólogos de la imagen capaces de sintetizar un nuevo sujeto de consumo masivo a través de la opinión; publicistas de última generación en situación de ofrecer las mas inauditas recetas para el posicionamiento y venta de ese producto incorpóreo que es la imagen; dramaturgos y guionistas de lo real mediático, atentos a la creación de un virtual sujeto de drama que oferte una actuación de tal calidad que no de cabida a la sospecha de doblez; neurolingüistas de la programación para darle al significado de las palabras la dosis exacta del elixir de la ensoñación y el acatamiento ignorado; escenógrafos de lo virtual para recrear el entorno y hacer deseable a través del espacio circundante la imagen a subastar; cosmetólogos de lo infinitesimal para no permitirse los deslices de una imagen descuidada o rechazable; y un increíble y creciente numero de curiosos exponentes de la nueva división del trabajo en el seno de la producción política, quienes comportan así el nuevo elenco laboral con la cual esta se diseña y reproduce ante la mirada complaciente de los amos universales.

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Lo electoral, y más propiamente la política devenida economía de la opinión, se estatuye como el límite opuesto del quehacer del intelectual moderno. Mientras toda una caterva de ignorados oficiantes del trabajo intelectual, acompañados de una serie de inauditos y recientes saberes, se aposenta en territorios de la utilidad y del provecho en franca alianza con las nuevas estrategias de poder y con sus beneficiarios, el viejo intelectual de la modernidad languidece vertiginosamente con su cada vez más inútil fardo de verdades que lleva a cuestas. En los momentos mas auspiciosos de la modernidad el intelectual y la política devenían orgullosos socios del poder, y ocurría así por que este último ameritaba de las verdades doctrinarias, de la complicación de estas, para legitimarse y justificarse, y porque la verdad abstracta concedía al poder pre-existente de la época el necesario símbolo de autenticidad para exclamar su pertinencia.
Ahora, en nuestra contemporánea existencia, la cuestión del poder no parece referir sustantivamente a una cuestión ideológica, se vislumbra mejor como cuestión de hacer o de recrear el ser, y del tipo aquel que sea útil a la reproducción del poder, como dijo Foucault: no es la cuestión de la verdad sino de los efectos de verdad que se producen en el campo social. (Es decir, en vez del gnoseólogo o el epistemólogo, ahora -según la jerga de Heidegger- una suerte de ontólogo del ser del útil).
No se trata de obtener la verdad a través de un método como dictaba la razón moderna, sino de obtenerla a través de la generación de un hecho. El nuevo intelectual de la posmodernidad no puede entonces ser pertinente dentro de lo ámbitos que esta misma refiere, sería una contradicción en los términos. Lo que existe como sustituto del periclitado intelectual de la modernidad en el actual funcionamiento del poder es un nuevo sujeto de producción de realidad, afianzado en la mistura inefable de un conocimiento que solo lo es como aplicación, como instrumento, en términos de provecho y regeneración de la vida social.
¡Irónico dèjá vu de la numero once, de Las tesis sobre Feuerbach de Marx, al servicio del capital!

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Tal vez por ello es que hoy vemos a muchos profesionales de la razón y del saber, a muchos pontificadores de lo falso y lo verdadero, a enrostradores conspicuos del bien y el mal, en acelerada carrera para invocar una transmutación de su ser intelectual, so pena, de no hacerlo, de perder sus añejos privilegios dentro de la mecánica del poder, aquellos que la ardua acumulación académica y su habilidad social siempre les había concedido.
Seguramente por ello es que resulta digno subrayar, y tomar como dato absolutamente corroborable, como en el presente muchos de los figurones consuetudinarios, sobreinterpretados y mimados del quehacer intelectual, tanto de la izquierda como de la derecha,(¡Aunque mas los primeros!) hoy acuden presurosos y aspaventosos, en pos no quedar fuera de la relevancia del poder, a una dolorosa iniciación en territorios que comprometen a la argumentación electoral, ocurriendo que a larga, a la gran mayoría de estos tal metamorfosis los caricaturiza, siendo ello corroborado por su farragosa perpetración de adefesios teóricos sobre el tema y la incompetencia que a este propósito sin rubor exhiben.
Brujos que no conocen la yerba ahora se adentran ufanos y audaces bajo el primado ingenuo de su prestancia académica e intelectual, incurriendo, cuando intentan intelectualizar el tema electoral, la más de las veces, en la comisión de un desaguisado contra la inteligencia y la autoridad practica, que solo la enorme vanidad de su cultivado narcicismo no les permite apreciar. Como depositarios de la tradición intelectual de la modernidad no pueden comprender que tales territorios están previamente ocupados por una figura de acción y pensamiento que los supera en cuanto a funcionamiento y que se origina, no en los dominios gélidos y marmóreos de la academia, ni en el intangible universo de lo apodíctico, sino en los vibrantes espacios de la producción de lo social en donde la desvencijada distinción dialéctica entre lo teórico y lo practico ha dejado de acontecer. Ello para dar paso a una inédita combinación que incluye simultáneamente tanto al pensamiento como a la acción, y que tiene su concreción en la aparición de un inesperado sujeto productor de realidad, de un anómalo demiurgo de lo adjetivo, que a los ojos del nuevo poder con creces supera al viejo intelectual y que no es otro que el estrenado economista de la opinión en sus diversas especialidades. Tal vez, ¡A Dios gracias! estemos asistiendo a una de las últimas muertes de Dios, es decir al ultimo soplo de aliento del intelectual moderno.

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Parecida suerte se puede encontrar en el liderazgo político. Ya no hay cabida para las figuras políticas que no supongan una simbiosis con las exigencias de la opinión pública y que a su vez no sean estas diseñadas desde las disposiciones de la nueva tecnología de imagen que a su vez depende y se retroalimenta de esta. Atrás, muy atrás ha quedado la figura política del líder enciclopédico que legó a Occidente tanto los clásicos como la revolución francesa y estatuyó el modelo a seguir en la modernidad. Al igual que el intelectual, el político ductor, subsidiario del saber y prologuista de doctrinas, ha dejado de ser para exponerse, dentro de la nueva mecánica de poder, como el resultado de un proceso en la cual su estatus y posibilidad dependen de su grado de intercambiabilidad con las demandas de la opinión publica. La venerada figura de Lenin, como exponente cimero del líder revolucionario, como paradigma transhistórico, en la que como ninguno logró articular la voluntad del héroe y la elevación de la doctrina, ha ido de a poco desapareciendo de la propia perspectiva revolucionaria, ocurriendo que solo aparece como una mención formal del pasado y para nada impone la forma en la que se estatuyen los nuevos liderazgos revolucionarios.
El nuevo líder político, incluyendo el revolucionario, es un símbolo que discurre afanoso en los acelerados espacios del intercambio electoral y en la ardua lucha por el posicionamiento de una imagen. Es un incorpóreo capaz de fluir por todo el entramado de pugnas y diferencias que habitan el socius y de ello salir indemne, situándose privilegiado y deseado, siempre en disposición de conferirle a las distintas expectativas de las mayorías la necesaria, y por ello mas reconfortante, oferencia. El actual liderazgo político resulta así un producto virtual, siempre presto al rediseño si las circunstancias del mercado lo obligan, esclavo de la tecnología de la imagen, presentador de discursos elaborados y de eficacia utilitaria, poseedor de una fenotipia aclimatadora y amigable, vestido según las premuras y tendencias de los grandes números, objeto de deseo de una sublimada sexualidad de puro consumo, y sobre todo de tal índole que pueda asimilarse como producto apetecible en la diferencia para optar la mayoría que es el secreto para el logro del poder.

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El nuevo despotismo de la imagen, que siempre será en ultima instancia del tipo electoral, no solo genera personajes de opinión y lideres hipostasiados, también se aposenta en las ejecutorias gubernamentales a propósito de una prosopopeya mercadotécnica que les confiere valor y por ello capacidad de intercambio. Así por ejemplo en de caso de Venezuela las misiones sociales no solo tienen una génesis ubicable en la razón ideológica o en la necesidad ética de superar el oprobio al que las mayorías se enfrentan en el capitalismo, sino que en si mismas corresponden con un diseño orientado a presentarse como un símbolo capaz de satisfacer las expectativas de la opinión publica, muy especialmente las que se ubican en el universo de los llamados sectores populares.
Igualmente en este sentido, por ejemplo, las obras públicas discurren por similares derroteros al permutarse estas como la materialidad previa de una imagen a vender, más que el mero resultado de una necesidad a satisfacer. El oficio deportivo es trucado como símbolo de superioridad y como escala de progreso, con el fin de deleitar la inveterada disposición de la opinión publica a resaltar todo lo relativo a la identidad nacional en desmerecimiento de lo extranjero como formula de supremacía, por encima del propio valor intrínseco del deporte como argumento para la obtención de una vida superior o una virtud esencial. El tema de la cuestión económica no cesa igualmente de ser tamizada por intermedio de la necesidad de complacer el consumo simbólico de la sociedad, constituyéndose por ejemplo sus indicadores en fuentes inextinguibles para aclimatar los malestares inherentes a las expectativas no colmadas de la población. En vez de meras satisfacciones en el ámbito de la vida material para garantizar la tranquilidad de las colectividades tenemos ahora que el marketing logra invocar mejores razones que alimenten la complacencia colectiva y que puede resumirse a propósito de la sobreinterpretación de indicadores. Etc.
Hasta la cuestión ideológica, la religiosa, cuando es usada como argumento de opinión, se desnuda de su contenido significante y de su vínculo con la verdad para adentrarse en el mundo del intercambio, generándose de esta manera un desdoblamiento en donde lo realmente importante es el comportamiento de lo ideológico como mercancía incorpórea en la competencia por la obtención de la favorable opinión publica. No se trata pues de la verosimilitud de lo dicho en una doctrina sino de su capacidad total o fraccionada de generar respuestas favorables que contribuyan a crear un estado de ánimo social proclive al asentimiento.
Es así que el capitalismo habla poco o nada de si mismo, y ocurre de esta manera porque este ha descubierto que para su reproducción, para su sostén indefinido, no le hace falta justificarse ni argumentar su pertinencia (Aunque de vez en cuando lo haga), sino producir constantemente estados colectivos de opinión que permitan su desenvolvimiento sin temor a dejar de ser, y bueno, que mejor que hacerlo con aquello en lo que el propio capital es especialista, es decir a través del intercambio, que bulle en ese mercado real pero inasible que es la opinión publica.
Incluso hasta el miedo como mercancía allí se oferta. ¡Y que bien se vende algunas veces!
(En los orígenes del capitalismo bastaba con intercambiar algo del dinero acumulado por el advenido burgués por la fuerza de trabajo de una nueva clase social que no era otra que la proletaria. Ahora, además, se trata del intercambio que se obra de símbolos por voluntades, en la que todas las clases sociales participan) .Etc.


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