Rajoy no estaba muerto
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Once meses tardó el presidente de Gobierno español en salir en la televisión estatal. En Venezuela cuando pasaban 4 semanas sin ver a Caldera, en seguida se corría la bola que Caldera había muerto. Tres cosas daban fe de que Caldera seguía con vida: una partida de dominó, el término millardo en el Diccionario de la Lengua Española y sus hijos: el «clan de los pimentones» (estaban en todos los «guisos»).

Los españoles saben que Rajoy, pese a llevar once meses sin decir nada (ni hacer, aunque sí deshacer), está vivo. Es como esos muertos vivientes que ni muertos ni vivos están. En el programa en el que lo entrevistaban cinco periodistas balbució como respuesta una tontería en la primera pregunta, pensé: ¿ya a la primera?. Después «prendió» el automático y empezó a recitar la lección sin contestar a las preguntas, con frases hechas, lemas aprendidos y didáctica para tarados.

La prensa española al día siguiente, 99,99% derechosa, no sabía si llevar a Rajoy al cielo, según ellos porque fue sincero, es decir, cínico y guabinoso, o preguntarse el por qué había ido para decir lo que dijo: nada.

Rajoy es un misterio de la naturaleza. Algunos comentan que posee una gran capacidad mental para memorizar, pero eso no es suficiente para gobernar, sino tendríamos de presidente al autista Dustin Hoffman protagonista de Rain Man que aprendía la guía telefónica de memoria.

Un gobierno divorciado del pueblo, que lo usa y deshecha una vez usado, se ríe de ese pueblo cuando a través de su maquinaria de perpetuación partidista con dos siglas (PP_PSOE, AD-COPEI) coloca a personajes como éste, que no se sabemos, si es tonto, listo, si está  muerto, vivo o si anda... de parranda.

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