Paul Krugman y las escandalosas fortunas
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Introducción

Uno de los problemas que de ningún modo tratan los economistas convencionales  es el enriquecimiento de la clase capitalista. Incluso aquellos enriquecimientos que a la vista de todos resultan fuera de lo común no merecen su atención. En palabras del propio Krugman: “…hasta hace muy poco imperaba entre muchos economistas la sensación de que los ingresos de los muy ricos no eran materia adecuada de estudio, pues se trataba de una cuestión más propia de los sensacionalistas obsesionados con los famosos, y no de las páginas de una publicación económica seria”. Resulta cuanto menos curioso que la economía que trata de cómo se produce y se distribuye la riqueza deje de lado el enriquecimiento de los dueños y gestores de los medios de producción. Pues bien, me ha resultado muy grato comprobar que Paul Krugman, en el capítulo La segunda edad de oro de su obra Acabad ya con esta crisis, se ocupe de esta cuestión. Como considero que este asunto es clave en economía, analizaré el capítulo reseñado con todo el detenimiento necesario. No debemos desaprovechar esta oportunidad. Contribuyamos a que los ingresos de los muy ricos sea no sólo un asunto de sensacionalistas obsesionados con los famosos, sino también y muy especialmente un asunto clave de publicaciones de economía seria. Les llamo la atención sobre el hecho de que Krugman se refiere en exclusividad a los ingresos de los grandes ricos que pertenecen al mundo financiero, pero en verdad la mirada de la economía debería detenerse en toda clase de ingresos. En materia de ingresos hay que hablar siempre en términos relativos, o lo que es lo mismo, en términos comparativos. Y sobre el análisis comparativo de todos los ingresos de un país se podría determinar después a partir de que cantidad se considera un ingreso  desproporcionado o “escandaloso”.

El concepto de  irracionalidad

La lucha entre lo racional y lo irracional se ha presentado como una lucha entre los reformistas y los neoliberales. Mientras que los neoliberales creen en un mercado perfecto donde los compradores y los vendedores no influyen en la determinación de los precios, los reformistas no creen en la competencia perfecta. Mientras que los neoliberales creen en agentes económicos racionales que saben predecir con total exactitud el valor futuro de las variables económicas, los reformistas no creen en el predominio de la racionalidad en los agentes económicos para todas las situaciones. Los hechos económicos recientes, la burbuja inmobiliaria y la no predicción de la crisis que nos azota desde el año 2008, prueban que los reformistas tienen razón: no existe el mercado competitivo perfecto y la racionalidad no es la única ni la principal fuerza subjetiva que debemos considerar en los agentes económicos.

Pero no es a esta irracionalidad a la que yo voy a referirme en este trabajo. Me refiero más a la irracionalidad que se demuestra en miles de hecho del sistema capitalista y que tiene que ver en lo fundamental con la distribución de la riqueza. Tal vez el más importante y el más llamativo sea el enriquecimiento desproporcionado de algunas minorías. Les doy un dato proporcionado por Krugman: “En 2006, los veinticinco administradores mejor pagados ganaron 14.000 millones de dólares: tres veces la suma de los sueldos de los ochenta mil maestros de escuela de la ciudad de Nueva York”. Dicho de otro modo: el trabajo de 9.600 maestros de escuela equivale al trabajo de uno de esos administradores afortunados. Esto es una irracionalidad. Hay una manifiesta desproporción. El concepto de desproporción es un concepto relativo: incluye dos factores que se comparan. En este caso comparamos a los administradores de fondo de cobertura con los maestros de escuela.  Así que el concepto de irracionalidad incluye dos contenidos fundamentales: desmesura y desproporción.

La impresión

Paul Krugman empieza su narración con un pequeño fragmento escrito por Nina Munk en la revista Vanity Fair de julio 2006, donde se habla de las escandalosas fortunas de Greenwich en Connecticut. Empieza diciendo que “poseer y mantener una casa del tamaño del Taj Mahal es caro” y nos ofrece algunos datos al respecto: enmoquetar un dormitorio cuesta 74.000 dólares, los gastos en ferretería por cada habitación pueden ascender a 10.000 dólares, y las cortinas de una sola habitación cuestan entre 20.000 y 25.000 dólares. Según parece aquí vivían los grandes magnates de principios del siglo XX, pero con la llegada de la posguerra pocos han podido seguir manteniendo estas mansiones. Hasta que han llegado unos nuevos magnates, los administradores de los fondos de cobertura (hedge funds), y han dado nueva vida a Greenwich.

De las mansiones Paul Krugman pasa a darnos algunos datos de estos magnates. Nos dice que estos gestores cuentan con uno ingresos tan elevados, si no más, que los de los capitalistas sin escrúpulos de antaño. En el año 2006 los veinticinco administradores mejor pagados ganaron 14.000 millones de dólares. Ganaron tres veces la suma de los sueldos de los ochenta mil maestros de escuela de la ciudad de Nueva York. Dicho de otro forma: cada administrador ganó en un año lo que ganaron 9.600 maestros. Sin duda que es una irracionalidad: una desproporción colosal en la distribución de la riqueza.

No se resiste Paul Krugman a darnos un último dato: Larry Feinberg, uno de esos gestores, “compró una casa de 20 millones de dólares sólo para derribarla: sus planos de construcción preveían una mansión de 2.859 metros cuadrados”.  Esto es una clara manifestación de desmesura y, por tanto, debe ser señalado como manifestación irracional del sistema capitalista.

Hasta aquí la impresión de Paul Krugman sobre unos hechos relacionados con la extrema acumulación de riquezas por parte de una minoría. No hablo en principio de cuál debería ser la respuesta por parte de una izquierda que cree en la distribución justa de la riqueza. Dejémoslo para más adelante.

Antes de seguir adelante: el concepto de valor

Para no dejar pendientes todas las respuestas que tenemos que formular a las concepciones de Krugman y a quienes critica, debemos definir por enésima vez el concepto de valor. Las cosas tienen valor –no confundirlo con el valor de uso –porque en ellas se ha gastado fuerza de trabajo. Sólo se trata de saber que cada valor de uso que percibamos contiene una determinada cantidad de trabajo coagulado. Nada más y nada menos. De manera que en el ejemplo anterior y fiel al mundo mercantil debemos decir que el trabajo de uno de aquellos administradores de fondo de cobertura a los que se refirió Krugman equivale al trabajo de 9.600 maestros. Dicho de otro modo: cada uno de estos administradores se apropia anualmente del trabajo de 9.600 maestros.

Preocupación, interés morboso y fascinación

Después de haber descrito las enormes mansiones y los desmesurados ingresos de los gestores de los fondos de cobertura, Paul Krugman se expresa en los siguientes términos: “Pero ¿por qué  tendríamos que preocuparnos? ¿Se trata solo de un interés morboso? Bien, no negaré que existe cierta fascinación hacia los estilos de vida de los ricos y fatuos. Pero también hay  otra cuestión de mayor calado”. A un marxista esta forma de expresarse tiene que inevitablemente molestarle en lo más hondo de su corazón. La riqueza amasada por los gestores de los fondos de cobertura sólo es explicable como apropiación de muchísimo trabajo ajeno. Así que a los marxistas esa situación económico-social nos indigna, nos resulta inadmisible, porque es un atentado gravísimo contra el derecho de propiedad basado en el trabajo propio. Por otro lado, la fascinación y el interés morboso que sienten ciertos sectores sociales por el modo de vida de los ricos no es más que una de las tantas expresiones de una conciencia enajenada, una conciencia que no domina las relaciones económicas entre los hombres, sino que vive sometida a su imperio cosificador.

Desregulación bancaria y crecimiento económico

Según Eugene Fama, un notable teórico de las finanzas de la Universidad de Chicago,  en la época posterior a la desregulación financiera se vivió un crecimiento extraordinario. Krugman lo niega: afirma que en la época de la regulación financiera se creció  más que en la época de la desregulación. Entonces a qué se debe que Fama crea que EEUU vivió ese supuesto crecimiento. Krugman responde: quizá al hecho de que algunas personas experimentaron realmente un crecimiento extraordinario en sus ingresos. Según Krugman a la súperelite le fue francamente bien después de producirse la desregulación: sus ganancias crecieron en un 660 por 100. Krugman se aproxima por este camino a una pregunta que debería plantearse con mayor generalidad: ¿a quiénes y en qué proporción van a parar los frutos del crecimiento? Krugman sólo se fija en el 1 por 100, pero los marxistas  debemos fijarnos en el 30 por 100. O mejor: debemos fijarnos cómo se distribuyen los frutos del crecimiento entre todos los ciudadanos. La injusticia en esta materia tiene muchos grados y niveles. Y cuidado con los porcentajes en estos temas. Aquí son básicos los términos absolutos. Supongamos el caso de una persona que gana 1000 euros y de una persona que gana 3 millones  de euros. Supongamos que a ambos el crecimiento económico le haya proporcionado un incremento del 10 por 100. Si pensáramos como Krugman, diríamos que a ambos el crecimiento económico les benefició por igual. Pero no es así. En el caso de la persona que gana 1000 euros, ese incremento asciende a 100 euros; mientras que en el caso de la persona que gana 3 millones de euros, ese incremento asciende a 300.000 euros. Es decir, en términos absolutos, el más rico ha visto incrementar sus ingresos trescientas veces más que el más pobre. De ahí la importancia de hablar en términos absolutos cuando hablamos de los ingresos  y de la distribución de los mismos en función del crecimiento económico. No sólo Krugman, sino todos los economistas convencionales hablan preferentemente en términos porcentuales cuando se refieren al crecimiento económico en su manifestación en la distribución de la riqueza. De acuerdo con nuestro ejemplo un mismo porcentaje en términos de incremento de ingreso provoca  una notable diferencia de ingresos en términos absolutos.

La teoría apologética de la desigualdad

Krugman empieza exponiendo la teoría que justifica los enriquecimientos desproporcionados: “…allá en 2006, Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, pronunció un discurso sobre la desigualdad creciente en el que sugería que la historia se resume en que la cabeza formada por el 20 por 100 de los trabajadores (con estudios muy superiores al resto) estaba dejando atrás al 80 por 100 (la cola, con una formación muy inferior). Y, a decir verdad, la historia no es falsa del todo: en general, cuanto más formación tiene una persona, mejor le ha ido en estos últimos 30 años. Los sueldos de los estadounidenses con formación universitaria han subido en comparación  con los de los ciudadanos que se quedaron en el bachillerato; y los sueldos de los estadounidenses con un título de posgrado han subido en comparación con los que solo tienen una licenciatura”.

Aquí Krugman es inconsecuente. No es una simple teoría de la desigualdad, sino una teoría apologética de la desigualdad. Debemos aceptar que las personas que tengan mejores aptitudes y mejor formación ganen más que las que tienen aptitudes peores y peor formación. Esto nadie lo pone en duda.  La cuestión es el grado de esa desigualdad: que una persona que tenga la mejor formación gane hasta veinte y treinta veces más que la persona que tenga la formación básica, es razonable, es justo. Pero lo que no es justo ni razonable es que gane mil y un  millón de veces más. Y esto es lo que en realidad sucede. Krugman se queda a medio camino. Lo inició con esta pregunta: ¿cómo repartimos los beneficios producidos por el crecimiento económico?  Pero sólo apunta hacia un blanco: los gestores de los fondos de cobertura. Pierde de vista a la clase capitalista en su conjunto. Y ahí está su inconsecuencia y las limitaciones de su percepción del mundo. Le faltan conceptos marxistas, fundamentalmente el concepto de valor, que solo dice que cada uno debe ganar en proporción a lo que aporta a la sociedad.

¿Por qué los ricos se hicieron más ricos?

Si bien Krugman defiende de forma general la teoría de la desigualdad basada en las aptitudes y en la formación, no la defiende en el caso que nos ocupa. Según Krugman los verdaderos beneficios del crecimiento económico no fueron a parar a las personas mejor preparadas, sino a “un puñado de personas muy adineradas”. Le molesta que los beneficios del crecimiento económico estuvieran tan mal repartidos, que tuvieran ese carácter tan oligárquico. Pero en general el sistema capitalista se caracteriza por repartir de forma muy desigual los beneficios del crecimiento económico en todas sus épocas y no sólo en esta de hegemonía del sector financiero. Nos proporciona datos sobre el crecimiento de la desigualdad durante el periodo 1979 – 2007. El 20 por 100 del que hablaba Bernanke vio aumentado sus ingresos en un 65 por 100. A las familias de la zona media les fue la mitad de bien, esto es, vio aumentado sus ingresos en un 32 por 100. Y el 20 por 100 del sector inferior sólo vio aumentado sus ingresos en el 18 por 100. Mientras que al 1 por 100 de la cúspide vio aumentar sus ingresos en un 277,5 por 100. Les recuerdo el error de base de Krugman: habla en términos relativos, no en términos absolutos.  Si las familias de la zona media vieron aumentado sus ingresos en un 32 por ciento y el 20 por 100 del sector inferior vio aumentado sus ingresos en un 18 por 100, la distancia entre la zona media y el sector inferior ha aumentado. Luego la sociedad estadounidense es más desigual en todos sus ámbitos de rentas y no sólo entre el 1 por 100 y el resto.

¿Por qué al 1 por 100 de la cima le fue tanto mejor que al resto (y aún más en el caso del 0,1 por 100)?

Empieza Krugman afirmando que entre economistas se trata de una cuestión sin resolver. No sólo está sin resolver por qué al 1 por 100 le va mejor que al resto, tampoco está sin resolver por qué unas personas se enriquecen y otras se empobrecen. Krugman ha dado un paso decidido al cuestionar la legitimidad de ciertos enriquecimientos desproporcionados, pero no sabe con exactitud en que terreno se adentra. Si lo pensara mejor, si atacara los problemas por la raíz, sabría que su planteamiento lo lleva a cuestionar la propiedad privada.

Krugman añade que las razones de las dudas sobre cómo explicar que el 1 por 100 le fuera tanto mejor que al resto son reveladoras. Y estas son las dos dudas que expone: en primer lugar, entre los economistas dominaba la idea que los ingresos de los muy ricos no era una materia adecuada de estudio; y en segundo lugar, a pesar de todo se tomó conciencia de que los ingresos de los ricos están en el meollo de lo que está pasando en la economía y en la sociedad de los Estados Unidos.

Añade Krugman que desde que los economistas empezaron a tomarse en serio al 1 por 100, comprobaron que este asunto era “incómodo”  en dos sentidos: uno, porque generaba una cruenta lucha política, y dos, porque las herramientas teóricas de los economistas no sirven para analizar los ingresos de ese 1 por 100.  Dicho en otros términos: el análisis de los ingresos de los ricos tropieza con dos escollos muy serios: una, la lucha de clases, y dos, la insuficiencia de la economía convencional para explicar por qué los ricos son tan ricos. Con respecto a la primera cuestión Krugman se expresa en estos términos tan ilustrativos: “…la distribución de los ingresos entre los de arriba es una de las áreas en las que cualquiera que levante la cabeza por encima del parapeto se encontrará con ataques violentos de los  que vienen a ser pistoleros a sueldos, protectores de los intereses de los ricos”. Y con respecto a la siguiente cuestión dice esto otro: “De lo que sabe más mi profesión es de oferta y demanda; sí, la economía se ocupa de muchas más cosas, pero esta es la primera herramienta, y la principal, de los análisis. Y los receptores de ingresos tan elevados no viven en un mundo de oferta y demanda”. No sólo los receptores de ingresos tan elevados viven fuera del mundo de la oferta y la demanda, sino muchísimos sectores sociales. Observen que el gran paso adelante de Krugman consiste en cuestionar la legitimidad de los enriquecimientos del 1 por 100 de la población estadounidense, pero su inconsecuencia estriba en no extenderla a toda clase de enriquecimiento más allá de lo razonable. De ahí la importancia de señalar cuál es el límite razonable del enriquecimiento personal.

El producto marginal

Según la teoría económica convencional en un mercado competitivo a cada trabajador se le paga por su producto marginal: la cantidad de unidades de producción que cada trabajador añade a la producción total. Si esto fuera así, si a los trabajadores de les pagara todo lo que producen, no se produciría plusvalía: beneficio, interés y renta del suelo. El concepto de producto marginal como herramienta teórica para explicar los salarios es muy deficiente, pero no es el asunto que ahora nos preocupa de manera central. Así que vamos a dar por válido que dentro de la economía convencional cumple con la función de explicar los ingresos.

No obstante, Krugman se pregunta: “¿cuál es el producto marginal de un gran ejecutivo, de un administrador de fondos de cobertura o, a este respecto, del abogado de una gran corporación?” Y responde: “Nadie lo sabe de hecho”. Muy bien. Krugman ha dado un paso decisivo y consecuente: no hay herramienta de la economía convencional que nos permita explicar cómo se enriquece una parte muy importante de la clase capitalista. No sirven para analizar estos enriquecimientos dos de las herramientas claves de la economía convencional: la ley de la oferta y de la demanda y el concepto de producto marginal. Krugman da un paso más en su crítica a estos sectores de las clases capitalista: si se observan cómo se fijan los ingresos de esos sectores, nos encontramos con que tiene poco que ver con su contribución económica.

Inconsecuencia práctica y teórica de Krugman

Escuchemos a Krugman: “Es probable que, llegados a este punto, alguien diga: “¿Y qué hay de Steve Jobs o de Mark Zuckerberg? ¿Acaso no se hicieron ricos creando productos de valor? Y la respuesta es: sí. Pero entre el 1 por 100 de los de arriba, o incluso entre el 0,01 por 100 de los de más arriba, hay muy pocos que hayan hecho así su dinero”.

Les recuerdo que cuando Krugman evaluaba la riqueza de los administradores de los fondos de cobertura los comparaba con lo que ganaban los maestros de escuela de Nueva York. Sólo así se podía observar los desproporcionados ingresos de esos administradores. Esto que hizo Krugman con dichos administradores, debió hacerlo con la riqueza de Mark Zuckerberg. Según la revista marketingdirecto.com, fechada el 3 de enero de 2011, después que Facebook recibiera una inyección financiera de 500 millones de dólares por parte del grupo Goldman Sachs, la fortuna personal de Mark Zuckerberg se elevó a 15.000 millones de dólares. Si tenemos en cuenta que Facebook se creó en febrero del año 2004, Mark Zuckerberg ha percibido anualmente 2.142 millones de dólares. Dicho en términos comparativos: los ingresos percibidos por Zuckerberg en un año equivalen a los sueldos percibidos por 2.667.000 personas que viven del sueldo base. ¿Cómo explicar que el trabajo de una sola persona valga lo que vale el trabajo de más de dos millones y medio de personas? En función del trabajo realizado no puede explicarse. Tampoco por el concepto de producto marginal. Aquí es donde radica la inconsecuencia práctica de Krugman. En el fondo no está en contra de los enriquecimientos desproporcionados e ilógicos, sino sólo contra de los de aquellas personas que pertenecen al mundo financiero.

Pero supuestamente, a juicio de Krugman,  el enriquecimiento de Zuckerberg tiene un concepto que lo expresa adecuadamente: producto de valor. Nos dice Krugman que el fundador de Facebook se ha hecho rico porque ha creado productos de valor. Aquí se destaca la inconsecuencia teórica de Krugman: no ha elaborado previamente el concepto de valor. No sabemos que debemos entender por “producto de valor”. El lector puede ojear el índice del libro que sobre microeconomía escribió Krugman con Robin Wells y podrá comprobar que no hay ningún capítulo dedicado al concepto de producto de valor. ¿No hablaba Krugman de que los economistas deberían prestarle atención a los ingresos de los ricos? ¿No decía que las herramientas que usaban los economistas, la ley de la oferta y la demanda y el concepto de producto marginal, no servían para explicar los ingresos de los ricos? Entonces a qué viene introducir bajo cuerda un concepto no elaborado y en todo caso tan poco preciso como el de producto de valor para justificar el irracional ingreso de Zuckerberg. Pues sencillamente a que su piel burguesa le impide ir más allá de los límites del modo de producción burgués. Tendría que despojarse de los prejuicios de este mundo. Debería atreverse a pensar que puede haber otro mundo que no sea el capitalismo. Lo hubo en el pasado y en buena lógica debería haberlo en el futuro. Pero la sociedad estadounidense es tan conservadora, sus redes ideológicas son tan poderosas, que hasta mentes tan destacadas como las de Krugman son incapaces de ir más allá del capitalismo.

La ilegitimidad de los desproporcionados ingresos de los altos ejecutivos pertenecientes al mundo financiero

Veamos los argumentos de Krugman en contra de estas malas prácticas. Hay que distinguir entre los fundadores de las empresas y los altos ejecutivos de dichas empresas. Krugman cree que los fundadores de una empresa deberían tener más derechos económicos que el cuerpo dirigente. Primer argumento: El conjunto retributivo de los altos ejecutivos lo decide un comité donde todos están interesados en lo mismo: ganar lo máximo posible. Así que ninguno se opondrá a que el otro gane un sueldo exagerado cuando a él le sucederá lo mismo. Esta es la primera cuestión  a tener claro: no hay control alguno sobre las retribuciones de los altos ejecutivos, los mismos que andan pregonando sobre la necesidad de bajar los salarios, aumentar la jornada laboral y reducir el Estado del bienestar.

Segundo argumento: Las ganancias de los altos ejecutivos están infladas en relación a sus verdaderos logros. “Los administradores de los fondos de cobertura, por ejemplo, tienen honorarios dobles: cobran por el trabajo de administrar el dinero de otras personas y se llevan asimismo un porcentaje de sus beneficios. Este último hecho, que se lleven un porcentaje de los beneficios de los dueños del dinero, es un poderoso incentivo para que los administradores de fondos de cobertura realicen operaciones muy arriesgadas”. Esta es la segunda cuestión a tener clara: ¿cómo medir la contribución de cada sector social a la creación de la riqueza y cómo medir cuánto deben percibir en concepto de conjunto retributivo?

Expropiación de valor ajeno

Escuchemos a Krugman: “Una cosa más: aun cuando los especuladores sin escrúpulos han hecho ganar dinero a los inversores, en varios casos importante no lo hicieron generando valor para la sociedad en su conjunto, sino, al contrario, expropiando de hecho valor a otros actores”.

Así es la lógica de la bolsa: la ganancia de unos es la pérdida de los otros. Pero también sucede lo mismo en el mercado de la deuda soberana: los intereses que cobran los inversores son los gastos que deben pagar los pueblos. Y así con todas las formas del capital. No es exclusivo de las operaciones especulativas apropiarse de valor ajeno, sino que constituye la esencia misma del capitalismo. Los beneficios (o dividendos), los intereses, la renta del suelo y los sueldos desproporcionados no son más que trabajo ajeno apropiado por sus no creadores.

Restricción por escándalo

Según Paul Krugman los ingresos de los más ricos se dispararon a partir de 1980.  A su juicio la explicación debe buscarse en parte en la desregulación financiera. Empezó en el mundo de las finanzas y por efecto contagio se extendió a otros ámbitos empresariales. A este respecto Krugman nos habla que Lucian Bebchuck, investigadora de la facultad de Derecho de Harvard, sostiene que “la principal limitación en el sueldo de los administradores es la restricción por escándalo”. Y lleno de este argumento nuestro aclamado economista concluye que desde 1980 se ha creado un clima político de tal laxitud que debilitando la fuerza restrictiva del escándalo ha hecho posible los sueldos desproporcionados y fuera de control.

Qué sociología más superficial. ¡Restricción por escándalo! No sería más exacto y más profundo decir que esta posibilidad se da bajo el predominio del modo de producción capitalista. No sería más exacto decir que estos enriquecimientos desproporcionados son causados por la propiedad privada. Los sueldos de los futbolistas y de los deportistas en general se han disparado también a partir de esas fechas. ¿Por qué? En primer lugar, por la globalización, cuyo significado principal estriba en que la potencia social del mercado ha crecido de una forma colosal  y su aprovechamiento ha quedado en manos privadas. Y en segundo lugar, porque las grandes marcas mediante la publicidad y los grandes medios de comunicación mediante la emisión de los eventos deportivos han explotado al máximo las necesidades de enajenación de las grandes masas sociales. Toda esa magia, todo ese endiosamiento de los grandes y nuevos ricos, donde hay que incluir a los deportistas, desaparecería con el predominio de la propiedad pública. Se vería así que “la restricción por escándalo” de los grandes ingresos no es más que la más banal de las teorías sociológicas creada por una sociedad incapaz de ver más allá de su enajenado mundo capitalista.

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