La Ley oferta-demanda aplicada al valor de uso
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Hasta ahora ha servido sólo para explicar el zigzagueo de los precios 1

Los defensores del "laisser faire, laisser passer" (dejar hacer, dejar pasar) que operaron desde el siglo XVIII de esta era, volcaron sus estudios e investigaciones hacia el mercado, y la importancia teoricopráctica derivada de sus enseñanzas ha sido tal en materia del VALOR que hoy, esa misma estrategia económica, carente de base científica, sigue tan campante como en los mismos tiempos de Adam Smith. Esos teóricos buscaban desmontar a los intervencionistas y dejar rienda a suelta a los arbitrarios movimientos de los precios en medio de una dilatada libre empresa o libre mercado. 

Como sabemos, la ciencia de la Economía Política, llamada Clásica por Carlos Marx, terminó vulgarizándose luego de que este científico desmontara la parte fundamental del aparataje teórico que venían manejando los economistas de marras, el mencionado Smith, J. B. Say, David Ricardo, John Stuart Mill, entre potros, y, por supuesto, los “economistas” modernos  ya vulgarizados, quienes tienen el tupé de incluir en ese lote a Carlos Marx, y con ello le niegan descaradamente que este investigador fue, por el contrario, el pionero de la Economía Científica Moderna y Contemporánea, en su condición de enterrador teórico de esa   Economía Clásica, y de las preclásicas  ejercidas por preeconomistas que tuvieron un exitoso protagonismo desde hace milenios atrás con Aristóteles, el Estagirita, a la cabeza, y porque, a despecho de tantos “Nobelados” (léase tarifados) con ínfulas de científicos, Marx terminó concretando el trabajo como fuente de riqueza, la producción como fuente de la ganancia, y, de resultas, las clases sociales capitalistas, como explicación científica del origen de la pobreza de miles de trabajadores y familiares al lado de un puñado de empresarios podridos en dinero procedente de fábricas, comercios y finanzas.

  Hasta hoy, la Economía Vulgar Burguesa sigue sirviendo de guía a cuanto empírico de la Economía decida valerse de sus especulaciones tecnoeconómicas e historicistas para hablar de “economía”, de precios, de valores, de dinero, finanzas y pare usted de contar, y, jactanciosamente, lo hacen en un plano de igualdad hasta con los bodegueros de la esquina y de mercachifles varios.

Pero lo más preocupante es que inclusive muchos estudiosos afines a las concepciones marxistas suelen pecar de varias imprecisiones cuando manejan determinadas categorías económicas, tal es el caso de la ley de la oferta y la demanda, de la escasez y de las mercancías.

Empecemos por la última categoría: las mercancías no son exclusivas de la Economía Capitalista; ellas aparecieron milenios atrás. Lo que ha cambiado es su carácter social, vale decir, antes podían intercambiarse una a una por trueque y cada productor tenía el pulso del trabajo que les había costado la entregada y la recibida. En la presente economía burguesa todas las mercancías se intercambian por dinero y a través de este, con inclusión de la fuerza de trabajo que ha terminado convirtiéndose en una mercancía más al igual que las herramientas, materias primas y demás costes constantes de una fábrica.

Las mercancías precapitalistas agotaban su producción según el monto de las necesidades presentes, y como reservas a futuro, como valores de uso, y no como capital mercancía. Los egipcios de la Antigüedad son un buen ejemplo al respecto. Las mercancías tampoco ni necesariamente agotarán su existencia bajo condiciones socialistas, sólo que ya no contendrán plusvalía, como meta de producción, sino plusvalor para el ensanchamiento de la economía y el mejoramiento creciente del nivel de bienestar de los trabajadores.

La escasez que hasta ahora se ha manejado es la referente a la cantidad de valores de cambio, o sea, a la cantidad excesiva o insuficiente de mercancías valoradas según su precio, o  valor monetario de cambio, y esto explica por qué los excedentes de las mercancías en general,  frutos varios, o productos en general, son acaparados, incinerados o desaparecidos mediante freno en su producción, o minimización de la capacidad productiva efectiva de las fábricas y de sus depósitos correspondientes, o de los inventarios ocultos en expendios  comerciales, mientras las necesidades de las mismas, como valores de uso podría estar por encima de la oferta global.

  Cuando se quema un producto o se derrama leche apta para consumo humano, se derrama capital mercancía, un capital que se halla obviamente presente en la leche como valor de uso. En las sociedades precapitalista y premonetaristas que operaban mediante trueque no se concibe que hayan ocurrido semejantes prácticas. Toda su producción se ajustaba a la demanda, y esta lo hacía a la oferta, cosas así.

Por último, cuando aplicamos el criterio de escasez presente en la aplicación de la ley de la ofertademanda, si tomamos en cuenta el valor de uso de las mercancías, podremos entender y coadmitir, sin lugar a dudas ni especulaciones fetichistas, que el valor trabajo de las mercancías en juego no depende para nada de esa oferta porque los valores de uso, si resultan excesivos se guardan adecuadamente para más adelante o para cuando los consumidores los necesiten, y, en caso contrario, se procede a incrementa su producción de manera inmediata, según las condiciones técnicas imperantes.

De manera que la ley de la ofertademanda que se ha manejado hasta ahora, ha sido la que responde al criterio capitalista, pero perfectamente podemos seguirla aplicando a una economía ya liberada de precios y que haya adoptado el valor trabajo como medida, sin dinero alguno como mediador de transacciones de mercado, porque finalmente las “mercancías” siguen interesando como valores de uso a los consumidores y no a los fabricantes, ni a los comerciantes ni a los financistas.

1 Precios, como expresión de valor, y este, como simple relación cuantitativas entre 2 o más precios.

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