Sinopsis de un jalabolas
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“A un pueblo no se le convence sino de aquello de quiere convencerse”

 Miguel de Unamuno…

La adulancia no es nueva; donde los imbéciles y oportunistas no dudan un instante, ni desperdician la ocasión para jalar escrotos.

La adulancia y el jalabolismo han existido a lo largo de toda la historia de la humanidad siempre concatenada con lo perverso.

Donde la joda del pueblo, le aplica al adulador un sinnúmero de calificativos dentro del lenguaje coloquial.

La conducta  más miserable, que puede exhibir una persona,  y sobre todo cuando es capaz de manifestarse en forma rastrera, en un jalabolismo exagerado que se expresa con un fin baboso e interesado. Estas acciones  son definidas por el Diccionario de la Real Academia Española, con un término muy preciso llamada: ‘adulación’, y de ahí que se llame adulador al que ejerce este abominable oficio, y de adulado al que la acepta o cultiva. La adulación es un campo fértil para aquellos que ejercen el poder político, donde el adulador será más habilidoso halando esféricas, de una manera eficiente y servil.                                                                                                                                                          

Edecio La Riva Araujo (+) , político socialcristiano en su libro Elogio de la Adulancia, realizó un análisis metódico en torno a estos profesionales políticos de baja estofa, que hoy en pleno siglo XXI, hacen de la adulación el oficio político más abominable. Donde el perfil de un político es degradado en lo ético, lo psicológico, lo sociológico, y lo histórico. Manifestaba el Machete La Riva Araujo que la adulación era un verdadero arte, formando parte de la propia naturaleza humana, y se encontraba diseminado en toda la geografía nacional,  perdurando en el tiempo. Donde examinó los principios esenciales que guían la práctica de la adulación. También señalo que existían varios tipos de adulantes, donde sobresalían los mediocres de Toga Y Birrete. 

El doctor Edecio La Riva Araujo, recordó en su obra a Dante Alighieri, que situaba a los aduladores, al lado de los cínicos y hipócritas, los ladrones etc.  Condenándolos a cumplir penas  en las pailas del infierno, ya que cuando eran freídos el olor que emanaba era espantoso y nauseabundo, pero el sufrimiento no provenía de la hediondez que expelía la fritanga, sino que en ese sitio,  no había la posibilidad de adular a un líder. Este castigo era lo suficiente para expresar el desprecio y repudio por los aduladores de todo pelaje.

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