Todas las Caracas que somos
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Mi ciudad es de esas pocas capitales que en estos lados del mundo no exhibe el nombre de un conquistador o de alguna otra urbe europea. A pesar de haber sido bautizada también con el nombre del santo patrón de España (Santiago de León), Caracas, como siempre se le ha llamado, es el nombre indígena de una planta, también llamada “pira”, que aún crece a lo largo de este valle.

Era por entonces tierra de agricultores y artesanos, espacio de diversas manifestaciones culturales con formas de vida organizada. Siete años de lucha duró la resistencia indígena en el Valle de Caracas luego de la llegada de los españoles. Finalmente, el 25 de julio de 1567, la denominada batalla de Maracapana “sitio de las maracas” (hoy alrededores de Plaza Sucre) selló el fin de esta lucha. Comandó la batalla el cacique Tiuna, debido a la ausencia de Guaicaipuro, quien era el jefe principal de la coalición de tribus, pero no pudo llegar al lugar debido al mal tiempo.

Ya fundada la ciudad como Santiago de León de Caracas, se convierte en capital de la provincia de Venezuela en 1576, cuando el gobernador designado por la Corona, Juan de Pimentel decide escogerla como residencia oficial.
Su rostro actual es el resultado del devenir de muchos hechos históricos. Caracas tiene en sí las huellas del transitar del tiempo y de su gente; pero sobre todo del pensamiento imperante que en gran medida dejó en ella grandes huellas y hasta cicatrices. Así tenemos la afrancesada Caracas guzmancista, que como señora coqueta deja ver sus “picones”; la perezjimenista monumental y robusta, despojada de todo ornamento y hecha para el futuro, una ciudad imperecedera, que se evidencia en cada calle. Y ahí ante nuestros ojos también se extiende el “aporte” de las décadas adeco-copeyanas, esa Caracas materializada en los cerros, abandonada por décadas, útil argumento falaz de demagogos en campaña.

La imagen que tenemos hoy es la materialización de enormes desigualdades que se originaron desde la llegada de los primeros españoles y que con el tiempo produjeron una saturación del espacio urbano que incidió directamente en la conformación de la ciudad y en las formas de convivencia de sus habitantes.
La heterogeneidad es característica fundamental de nuestra identidad, una identidad diversa y en cierto modo enfrentada por las grandes diferencias socioeconómicas, culturales, generacionales e ideológicas, que de antemano a veces se asumen como irreconciliables.

Los caraqueños hasta hace muy poco estuvimos confinados a nuestras casas, escapando de una ciudad que se nos hacía hostil e insegura. Se propició durante décadas el crecimiento de lo que Néstor García Canclini llama una “cultura a domicilio”, que nos incita a recluirnos a “consumir” programas de tv, Internet, video juegos e interactuar a través de las redes sociales.

El caraqueño de hoy en día no está condenado a renunciar a la participación en la vida pública o a ser un consumidor cautivo de medios electrónicos que se encierra en su casa porque vive en una ciudad a la que teme. No podemos renunciar a percibir el mundo para que el medio sustituya esa experiencia, quienes leen titulares para saber cómo es su ciudad o su país nada de éste conocen. Es cierto que Caracas no es ya aquella comarca de techos rojos de nuestros nostálgicos cronistas o la idealizada en el romántico pincel de viajeros naturalistas; pero tampoco es esa ciudad perversa y oscura que afanosamente construye gran parte de la filmografía venezolana, llena de tipos pendencieros y espacios hostiles, habitados por gente resentida pero “pintoresca”.
Caracas no es sólo un espacio físico, sino también la mezcla de sentidos, costumbres y tradiciones que vinieron a juntarse en él en distintos tiempos, provenientes de diversos orígenes. Ha sido malquerida y maltratada por generaciones; sin embargo hoy en día más de un millón de metros cuadrados de sus espacios públicos han sido recuperados para nuestro disfrute. Plazas, parques, cafés, restaurantes y museos forman parte de lo que sus habitantes recibimos como regalo para el ejercicio de nuestra vida ciudadana. Muchos caraqueños por fin salimos de los centros comerciales y nos adueñamos, como nunca lo hicieron generaciones anteriores, de nuestra ciudad.
Podemos seguir escogiendo entre ver los noticieros y encerrarnos aterrados, desconfiando hasta de nuestros vecinos, o convertirnos por fin en ciudadanos que interactúan y se acompañan en una más amable cotidianidad compartida.
Profesora UBV-Caracas
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