El alma de los pueblos y la tragedia de Amuay
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En primer lugar nos acogemos al espíritu de pesar ante el funesto evento sucedido desde la madrugada del pasado sábado y que conmueve al país nacional. Una vez más nuestras condolencias a las familias de los fallecidos. Nos toca el alma porque se trata de trabajadores y familias venezolanas enteras asentados en el área de influencia de la explosión, que se ganaban la vida de manera directa o indirecta asociados a tareas estratégicas de la industria. Aun es temprano para disponer del saldo humano total en víctimas, heridos y damnificados, del balance respecto de las causas y los costos, así como de las acciones para reponer los daños y honrar el sacrificio de las víctimas. Seguros estamos que así será, porque hoy como en ningún otro momento del pasado reciente, la tragedia que enluta a la patria convoca el alto sentido del deber y de la solidaridad ciudadanas. Además, hay un gobierno que más que ninguno en la historia nacional asume sus responsabilidades y rinde cuentas al pueblo. Así que estamos absolutamente confiados en las investigaciones de rigor que se dispondrán para precisar las causas que provocaron tan mortal desgracia.

En estos momentos, cualquier nota o apunte que no sea para expresar nuestra solidaridad y pesar a los familiares y amigos de los fallecidos es banal, egoísta y mezquina. Todo nuestro respeto y acompañamiento ante las circunstancias que viven. Este sentimiento inunda todas las formas de manifestaciones que han llegado de todas partes del país y del mundo para con el pueblo de Venezuela. Desde Maracaibo y el Zulia elevamos también nuestra plegaria para que todas estas familias tengan la fortaleza humana necesaria para sobreponerse a la tragedia. Además, hay un sentimiento regional particular que ha hecho del zuliano el hermano nacional por excelencia del falconiano. También por esto estamos juntos en ésta tragedia y compartimos un sentimiento común que solo se aprecia en su justa dimensión en estas circunstancias. Eso sí, llamamos la atención respecto de la condición petrolera de nuestros pueblos. Y de quienes pagan el costo ambiental, humano y social de extraer el recurso que soporta ésta sociedad. Hay una diferencia abismal entre quienes lo extraen y lo sufren, y quienes lo consumen especialmente como forma de vida. Ya hablaremos de ello más adelante, las dimensiones humanas de la tragedia no nos lo permiten en estos momentos; pero ahora más que nunca hay que pensar el petróleo.

Condenamos por apátrida y miserable el morbo de quienes irresponsablemente se han deslenguado en señalamientos y acusaciones. Rechazamos la pretensión de la avidez política por sacar réditos con la tragedia. Sencillamente dan cuenta de la miseria humana que les acompaña. Haría bien la misma Iglesia Católica en mandarles a callar y pedirles un mínimo de sensatez y caridad. ¿Pero es que de verdad aspiran a que se convierta en el cacareado evento externo que altere unas tendencias indestructibles del curso de la soberanía popular? Verdaderamente miserable. Quiero creer que no es así. De allí que cierro con el mensaje del falconiano universal Alí Primera, cuando en sus cantos nos pedía: “equilibrio, hermanos, equilibrio”. Hago un llamado firme y sereno en favor de la paz y la tranquilidad de nuestro pueblo.

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