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El escritor Eduardo Galeano |
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03 de enero 2010.- El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano se consagró hace casi 40 años con el libro
Las venas abiertas de América Latina,
la obra que el presidente venezolano, Hugo Chávez, escogió para
regalarle a su homólogo estadounidense, Barack Obama. Pero la
fascinación que Galeano despierta perdura hasta hoy. Un testimonio
cotidiano de esa admiración: durante la entrevista, que se realiza en
un café de Buenos Aires, un hombre se acercó con discreción con su hija
y se sentó en una mesa cercana para poder escucharle. Su último libro,
Espejos, habla de un mundo contradictorio que tiene miedo de mirarse, y de reconocerse.
¿Cómo define América Latina?
Es una tierra de encuentros de muchas diversidades: de cultura,
religiones, tradiciones, y también de miedos e impotencia. Somos
diversos en la esperanza y en la desesperación.
¿Cómo incide esa variedad en el presente?
En estos últimos años hay un proceso de renacimiento latinoamericano
en el que estas tierras del mundo comienzan a descubrirse a sí mismas
en toda su diversidad. El llamado descubrimiento de América
fue, en realidad, un encubrimiento de la realidad diversa. Este es el
arcoiris terrestre, que ha sido mutilado por unos cuantos siglos de
racismo, de machismo y de militarismo. Nos han dejado ciegos de
nosotros mismos. Es necesario recuperar la diversidad para celebrar el
hecho de que somos más que lo que nos dijeron que somos.
¿Esa diversidad puede ser un impedimento para la integración?
Creo que no. Toda unidad fundada en la unanimidad es una falsa
unidad que no tiene destino. La única unidad digna de fe es la unidad
que existe en la diversidad y en la contradicción de sus partes. Hay
una triste herencia del estalinismo y eso que llamaron socialismo real
a lo largo del siglo XX que ha traicionado la esperanza de millones de
personas justamente porque impuso ese criterio, el de que la unidad es
la unanimidad. Se confundió así la política con la religión. Se
aplicaron criterios que eran habituales en los tiempos de la Santa
Inquisición, cuando toda divergencia era una herejía digna de castigo.
Eso es una negación de la vida. Es una suerte de ceguera que te impide
moverte porque el motor de la historia humana es la contradicción.
¿La diversidad puede establecer caminos de vida irreconciliables?
No siempre. En cualquier caso, no hay que tenerle miedo a la verdad
de la vida. Hay que celebrarla, porque lo mejor que tiene la vida es su
diversidad. El sistema que domina el planeta nos propone una opción muy
clara. Hay que elegir, a ver si querés morirte de hambre o de
aburrimiento. Yo no me quiero morir de ninguna de las dos. El sistema
dominante de hoy nos impone una verdad única, una única voz, la
dictadura del pensamiento único que niega la diversidad de la vida y
que por lo tanto la encoge, la reduce a la casi nada. Lo mejor que el
mundo tiene está en la cantidad de mundos que él alberga, y eso vale a
su vez para América Latina. Lo mejor de ella es la cantidad de Américas
que contiene.
Hablaba de un redescubrimiento latinomericano. ¿Un ejemplo?
Bolivia, con Evo Morales, ha redescubierto su diversidad con mucha
dignidad y con el orgullo de decir: “Somos diversos, y somos indígenas.
Pero no sólo indígenas. Somos diversos”. Claro que Bolivia es un país
como Paraguay, y hasta cierto punto Uruguay, sometido en cierta medida
al peso avasallante de los vecinos grandes, y sobre todo de Brasil, que
hoy por hoy se opone a que en el Banco del Sur cada país tenga un voto.
¿Cuál es la fuerza de ese proyecto?
El Banco del Sur es la base financiera de la unidad latinoamericana,
un proyecto de Chávez, por cierto. Nace como una respuesta a la
dictadura financiera del Fondo Monetario Internacional y del Banco
Mundial, en donde no rige el sistema de “un país, un voto”. Los votos
dependen del capital invertido: tanto dinero, tantos votos, de modo que
el Fondo está dirigido por cinco países, y el Banco por ocho, aunque
uno se llame Mundial y el otro Internacional.
¿Se puede recuperar un funcionamiento democrático?
Es muy difícil, por la sencilla razón de que la democracia ha sido
más formal que real en los procesos históricos latinoamericanos; y en
las democracias, para que lo sean de verdad, no tienen que regir
relaciones verticales o jerárquicas, donde hay un mandón y un mandado.
Tienen que ser horizontales, solidarias, entre iguales capaces de
respetarse y reconocerse, porque la verdad es que no nos conocemos.
Tenemos que conocernos para empezar a reconocernos, para saber todo lo
que podemos aprender del otro. Desde la conquista española hemos sido
entrenados por imperios sucesivos para la ignorancia mutua, para el
divorcio y el odio mutuo. La especialidad latinoamericana es la guerra
de vecinos.
Brasil puede argumentar que, puesto que es más grande, debe tener más voz.
Eso parte de la base de que la grandeza coincide con lo grandote. Mi
experiencia me enseñado que la grandeza no habita lo grandote. Está
escondida en la gente anónima, en el día a día que parece
insignificante e indigno de atención. Lo grandote suele ser muy
mezquino y de alma chiquita. No quiero decir que Brasil tenga alma
chiquita, pero no hay que confundir dónde está la grandeza brasileña,
que reside en alguna de sus gentes peor tratadas.
¿Héroes anónimos?
En una charla me preguntaron cuál era mi héroe preferido. Yo dije:
“El día que me iba al aeropuerto para iniciar este viaje tomé un taxi,
y estuve conversando con el conductor. El taxista trabajaba en el taxi
entre 10 y 12 horas, pero después tenía otro empleo. Dormía entre tres
y cuatro horas por día para dar de comer a sus hijos. Para él no
existían los domingos, ni se acordaba de qué eran”. Ese es mi héroe
preferido.
Decía antes que el motor de la historia humana es la contradicción. ¿Cree que hay contradicciones dañinas?
No tiene por qué ser así. Toda contradicción es una señal de
movimiento. Lo que sí hay son injusticias objetivamente dañinas. En
América Latina, el abismo que separa a los que tienen de los que
necesitan, a la minoría dominante de la mayoría dominada, es cada vez
mayor. Esta es una región desigual en un mundo cada vez más injusto,
donde los hambrientos superan los 1.000 millones de personas.
¿Observa hoy día un cambio significativo en América Latina?
Sí. Está ocurriendo algo muy lindo, que es una suerte de exorcismo
colectivo de los viejos demonios. Y de algunos nuevos también. Uno de
los que dejó la herencia colonial fue la cultura de la impotencia, que
te mete la idea en la cabeza de que “no se puede”. Y eso vale para los
países pobres y para los ricos. Porque Venezuela es un país
objetivamente rico, tiene petróleo, pero tiene metido adentro ese
concepto de la impotencia contra el que ahora se intenta luchar. Es
difícil, porque la cultura del petróleo te entrena para comprar y no
para crear.
¿Qué quiere decir?
Te entrenan con la idea de que no hay que tomarse el trabajo de
crear las cosas si se las puede consumir comprando. Es la cultura de
consumo, no de creación. Nace de la cultura de la impotencia, que es la
peor de las herencias coloniales. Te enseña a no pensar con tu cabeza,
a no sentir con tu propio corazón, y a no moverte con tus propias
piernas. Te entrena para andar en silla de ruedas, para repetir ideas
ajenas y para experimentar emociones que no son las tuyas.
¿Son diferentes las izquierdas de América Latina?
Hay de todo, por suerte, justamente porque somos diversos. Por eso
es muy injusto generalizar, sobre todo cuando la generalización
proviene de miradas ajenas, que miran juzgándote, y juzgándote te
condenan. Hay un complejo de superioridad que tienen los países
dominantes en el mundo, que se sienten en condiciones de obligar a los
demás a rendir exámenes de la democracia, que son los grandes maestros
para decidir quién es demócrata y quién no, qué procesos están bien y
cuáles están mal. Y cuando esos profesores de democracia vienen a
juzgarnos, a mirarnos desde afuera y a condenarnos de antemano, están
ejerciendo un derecho de propiedad que es uno de los derechos más
repugnantes de todos.
¿Qué diferencia hay entre los presidentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia?
Muchas, porque son expresiones de tres países diferentes. La lista
de diferencias es interminable. Pero no es tan interminable la lista de
las coincidencias de países que están buscando caminos de liberación
después de siglos de opresión y de negación de sí mismos. Son
experiencias diferentes de tres países que deciden dejar de escupirse
al espejo, dejar de odiar su propia imagen, dejarse de mirar con los
ojos de los que los desprecian.
¿Qué papel cumple Brasil en esto?
Uno muy importante, pero el problema es la tentación de una palabra
abominable: el liderazgo. Todos los países se atribuyen la intención de
ejercerlo y esto genera relaciones contaminadas por el orden jerárquico
que niega la igualdad de derechos. Yo no quiero que nadie sea mi líder.
No quiero mandar ni ser mandado. No nací para obedecer. Nací para
ejercer mi libertad de conciencia. No puedo aceptar la idea de que
entre las personas o entre los países haya conductores o conducidos.
Hay que ir hacia una sociedad de veras libre.
¿Qué opina de la reelección presidencial?
No me gusta mucho, porque implica cierto apego al poder y eso no es aconsejable en ningún ámbito. El poder en sí, aunque sea un poderito, envenena
bastante el alma. Sé que hay que ejercerlo, pero sabiendo que es
peligroso. El poder genera monarquías, poderes absolutos, voces que
sólo escuchan sus propios ecos incapaces de escuchar otras voces.
¿De dónde procede ese intento de perpetuarse en el liderazgo?
En Europa esto lo atribuyen a la herencia del caudillismo en América
Latina, al subdesarrollo, a la ignorancia, a nuestra tendencia al
populismo y a la demagogia. Pero hay que asomarse a la historia de los
países dominantes para ver hasta qué punto ellos han estado sometidos a
la voluntad, por ejemplo, de un tipo complemente loco como Hitler. Es
inverosímil: en el país más culto de Europa, millones de personas lo
aclamaban. Y los líderes de ahora, ¿qué tienen que venir a enseñarnos?
Uruguay tiene una democracia más antigua que la mayoría de los países
europeos. Y en materia de derechos humanos, conquistó antes que Estados
Unidos y que muchos países europeos la jornada laboral de ocho horas,
el derecho al divorcio, y la educación gratuita y obligatoria.
¿Por qué no hay apenas relación entre América Latina y África?
Es un escándalo. Eso proviene del sistema educativo y de los medios
de la comunicación. En la mayoría de países de América Latina hay una
influencia africana enorme: en la cocina, el deporte, el lenguaje, el
arte. Y sin embargo nosotros, de África, no sabemos nada.
¿Por qué?
Por racismo. Sabemos lo que nuestros amos de siglo en siglo han
querido que supiéramos, y de nosotros ignoramos casi todo porque a
ellos les convenía. Por ejemplo, no les convenía que supiéramos que
aquellos esclavos que llegaron de África cargados como cosas traían sus
dioses, sus culturas. De todos modos, el desvínculo con
África que nació del racismo y la explotación esclava no es
latinoamericano, sino de todas las Américas. Por eso me pareció digna
de celebración la elección de Obama, aunque luego lo que ha hecho no me
convence demasiado.
¿Qué representa Obama?
Uno de mis maestros, don Carlos Quijano, solía decir: “Todos los
pecados tienen redención. Todos menos uno. Es imperdonable pecar contra
la esperanza”. Con el tiempo aprendí cuánta razón tenía.
Lamentablemente, Obama está pecando contra la esperanza que él mismo
supo despertar, en su país y en el mundo. Aumentó los gastos de guerra,
que ahora devoran la mitad de su presupuesto. ¿Defensa contra quién, en
un país invadido por nadie, que ha invadido y sigue invadiendo a casi
todos los demás? Y, para colmo, ese chiste de mal gusto de recibir el
Nobel de la Paz pronunciando un elogio de la guerra.
¿Cuáles son, en su opinión, los miedos del siglo XXI?
El arte de narrar nació del miedo de morir. Está en Las mil y una noches. Cada
noche, Sherezade iba cambiando un cuento por un nuevo día de vida. Pero
también creo que el miedo de vivir es peor que el miedo de morir. Y me
parece que el asunto, en este mundo y en este tiempo, es ese: el miedo
de recordar, el miedo de ser, el miedo de cambiar. O sea: el miedo de
vivir.
¿Ve un ejemplo de ese miedo en la Cumbre de Copenhague?
Los asesinos del planeta derraman de vez en cuando alguna lágrima,
para que la platea sepa que también tienen su corazoncito. Pero es puro
teatro. Bien saben que los modelos de vida de hoy, que ellos imponen,
son modelos de muerte. Me pregunto a qué planeta se mudarán estos
elegidos del Señor cuando terminen de exprimir la Tierra hasta la
última gota.