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15 de julio de 2009.- A finales de 2008 se llevó a cabo una Conferencia sobre la Crisis Económica Mundial, a continuación les presentamos la intervención de Luis Bilbao, Profesor de Economía Política. Escritor y periodista, especializado en Economía y Política Internacional:
Hay que
comenzar por decir que este cataclismo financiero internacional ocurre
al cabo de un período que, no tengo dudas, es el de mayor desmovilización,
confusión ideológica, y desorganización del proletariado mundial.
Desde luego esto no niega las grandes luchas puntuales que ha habido
en uno u otro lugar y sobre todo las grandes luchas sociales que ha
habido en América Latina en la última década. Pero llevamos prácticamente
tres décadas de desmovilización, poco menos que total, del proletariado
mundial. Y al cabo de esas casi tres décadas lo que tenemos es un literal
derrumbe del sistema capitalista, expresado hoy en el derrumbe del sistema
financiero.
En mi
opinión aquí hay una cuestión teórica de la mayor trascendencia
que alude a la objetividad de la crisis, a la lógica interna del sistema
capitalista, al carácter necesario del colapso del sistema capitalista;
y excluye además la idea de que el capitalismo se derrumba si hay una
fuerza proletaria y política que lo desafía con una propuesta de futuro.
Este no es un problema menor, aunque no es el tema a discutir hoy día.
En los últimos años se confundieron cuestiones elementales. Como resultado
de la desagregación ideológica que nos acosó, muchos pensadores y
dirigentes políticos de la izquierda mundial creyeron que afirmar que
el capitalismo cae por sí solo era adoptar una posición fatalista,
mecanicista. El hecho es que el problema de los revolucionarios no consiste
principalmente en ver cómo hacemos para derrumbar el sistema, sino
en garantizar que cuando se entra en un momento de crisis haya una propuesta
alternativa capaz de garantizar que ese derrumbe no termine con los
escombros en nuestras cabezas, como ya ocurrió tantas veces en la historia.
De manera
que antes de entrar a la caracterización misma de la crisis es importante
situarnos en esta visión del problema. Existe un carácter necesario,
intrínseco, en la crisis del capitalismo. La crisis no se produce –parece
bastante claro– por la amenaza soviética; no se produce por la movilización
o por la propuesta revolucionaria de grandes partidos revolucionarios
a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado;
y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias.
Sin embargo ocurre. Yo creo que esta es una lección muy importante
antes de entrar a caracterizar la crisis misma.
Ahora
bien, un compañero preguntaba, en una de las rondas de debate, por
qué llamábamos crisis a lo que había antes. A la vista de lo que
está ocurriendo ahora, decía, tal vez debiéramos pensar que la crisis
es esto y no aquello que había desde años atrás. Desde luego es una
opción y tiene fundamentos; pero hay un problema: si cambiamos la certeza
teórica y práctica de que antes de ahora había crisis porque ahora
vemos la magnitud de esta palabra, en nuestro próximo encuentro –que
espero que no sea después de un lapso demasiado largo– tendríamos
que volver a hacer lo mismo, tendríamos que volver a decir que esto
que hoy llamamos crisis no lo era; porque esto es sólo el comienzo;
es la manifestación más primaria, más elemental del derrumbe del
sistema capitalista.
Creo que
fue el mismo compañero quien preguntó –estoy seguro de que tiene
la respuesta, pero lo dejó como una cuestión a discutir– si esta
crisis comenzaba ahora o cuándo había comenzado; y hablaba de los
años 1970. Yo soy un convencido de que este es el comienzo de la culminación
de la crisis que se inició en los años 1970. Cuando se inició la
crisis del capitalismo, no hubo una respuesta suficientemente fuerte
desde la perspectiva del socialismo, desde la perspectiva de la revolución.
Entonces el capital tuvo la posibilidad de avanzar sobre el conjunto
social planetario y postergar la eclosión de sus crisis. Hemos denominado
a eso la contraofensiva global estratégica, en el sentido de que se
trataba de una contraofensiva en los terrenos militar, político, económico,
ideológico, cultural y religioso, para afrontar la llegada de la crisis
estructural y el avance de la revolución verificado en los años 1970.
El imperialismo lanzó esa contraofensiva global a fines de los años
1970 y comienzos de los años 1980. Y nos derrotó en todos los terrenos.
Yo llego al punto de sostener que la caída de la Unión Soviética
–que tenía sus propias y suficientes razones para derrumbarse sin
que nadie la ayudara– por el momento y la forma en que se produjo,
fue resultante de la crisis del capitalismo. Porque los mismos problemas
que produjeron, desde el punto de vista interno, esa desagregación
deshonrosa de la Unión Soviética, existían 10, 20, 40 y 60 años
antes en la Unión Soviética y sin embargo no habían redundado en
su derrumbe. Ocurrió cuando la circunstancia mundial puso a la humanidad
en tensión entre capitalismo y socialismo y obviamente aquello que
no era socialismo sino una situación de transición completamente degenerada,
no podía tener sino el destino que tuvo.
Lo único
que quedó de pie con los principios, con la teoría y con la práctica
–en la pequeña escala de sus posibilidades– fue la Revolución
Cubana, el Partido Comunista de Cuba y su principal figura: el comandante
Fidel Castro. Es el gran reivindicado de hoy. Porque en el medio del
cataclismo, de lo que se suponía el fin del socialismo, supo sostener
la perspectiva estratégica, convencido por razones profundamente teóricas
y por una visión política concreta de que llegaría la nueva fase.
Esa nueva fase ha llegado.
Toda esa
cháchara sobre el neoliberalismo es lo que se derrumba hoy. Porque
el neoliberalismo no era neo y no era liberalismo. En Argentina, que
se supone el prototipo de la experiencia neoliberal, ese proyecto comenzó
con una decisión del Congreso que le puso precio a la moneda. ¿Desde
cuándo y con qué criterio se puede llamar a eso liberalismo? Era sencillamente
una política anticrisis del capital, que en algunos sentidos necesitaba
recurrir a los extremos del liberalismo y en otros necesitaba recurrir
a los extremos del estatismo.
La exposición
del compañero ecuatoriano sobre la deuda externa me exime de hablar
al respecto; ha sido contundente, letal, en la demostración del significado
político que tuvo la deuda externa. Con la riqueza que nos sacó, el
imperialismo palió y postergó su crisis. Y cuando eso comenzó a producir
los efectos políticos que están ahora en plena vigencia en América
Latina, cuando ya no le fue suficiente lo que estaba absorbiendo mediante
el endeudamiento forzado de nuestros países, viró el eje de su práctica
y comenzó a endeudar a sus propios ciudadanos. Esa es la significación
de esas famosas hipotecas subprime. Hay algunos que llegan al extremo
de cargarle la responsabilidad de este colapso a la impericia del señor
Alan Greenspan; sin embargo son muchos más los que con gesto de seriedad
le echan la culpa a la falta de controles del Estado frente a la política
crediticia de estas grandes empresas financieras. Resulta que esa falta
de controles era una necesidad imperativa del capital para poder enfrentar,
en la realidad y a través de la valorización del dinero en el circuito
financiero, lo que yo considero que es la causa esencial de esta crisis
que comenzó en los años 1970: la caída de la tasa de ganancia. Ellos
contrarrestaron la caída de la tasa de ganancia con medidas extraordinarias:
el endeudamiento de nuestros países, la baja en los precios de las
materias primas, la prolongación de la jornada laboral, los cambios
en las formas de la producción, el aumento en el ritmo de la producción
y la reducción del salario real. Ellos leyeron bien El Capital, estudiaron
bien el Tercer Tomo y dijeron: a esto que nos está matando, este cáncer
que es genético, lo podemos contrarrestar con estas medidas. Dieron
vuelta El Capital, lo pusieron en un espejo, aplicaron esa teoría a
la inversa y ganaron estos años de ventaja.
Fin de
una era
Eso es
lo que está terminando ahora. Lo que esta cayendo es, nada más y nada
menos que la política anticrisis del capitalismo. Aunque habrá circunstancias
y momentos diferentes, termina la era del dólar. Sin embargo estoy
seguro de que hay otra cosa mucho más importante que termina. Me refiero
al factor que mencionaba inicialmente: la parálisis de los trabajadores,
del proletariado industrial del mundo, porque esa pausa que obtuvo el
capital internacional en la eclosión de su crisis significó una forma
bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento
económico, que dio trabajo y garantizó en distintos niveles, una vida
llevadera a aquellos que tenían trabajo y sobre todo a los que tenían
trabajo en la industria.
Si ustedes
observan, no ya el Norte, sino el propio Sur, verificarán que los obreros
industriales de nuestros países en los últimos 25 años han sido una
especie de élite, una suerte de aristocracia, como pudimos denominar
a esta clase social –explotada por excelencia– en los Estados imperialistas
durante tantos años. Era una aristocracia porque con lo que nos robaban
a los pueblos del Sur, las patronales imperialistas chantajeaban a la
clase trabajadora del Norte, la paralizaban o por lo menos la limitaban
a una función estrictamente reformista.
Algo análogo,
aunque con una sustancia diferente, ocurrió en nuestros países. La
confusión ideológica de la clase obrera llegó al pináculo con el
derrumbe organizativo, el desvío, la degeneración cuando no la disolución
formal de los partidos comunistas y socialistas en todo el mundo. Todo
eso redundó en confusión y desmovilización total en la clase trabajadora.
Pero además de esos factores había otra razón, de carácter material:
aquel que tenía trabajo era un aristócrata. Y digo era, porque eso
se terminó. Se terminó la condición material para la sustentación
de la parálisis política del proletariado de nuestros países –y
también del Norte desde luego–.
La crisis
financiera es solamente la expresión visible de la crisis estructural
y arranca ahora la recesión. Es probable que esta desesperada cantidad
de reuniones y medidas espasmódicas que en estos momentos están tomando
los grandes jefes del capital financiero internacional consiga detener
el colapso bancario y bursátil y pueda impedir que la recesión se
transforme, en el corto plazo, en una franca depresión. Pero es solamente
una cuestión de tiempo. Si consiguen hacer eso, ganarán tiempo –y
diría hasta que no nos viene mal que ganen un poco de tiempo– pero
no resuelven el verdadero problema.
Lo que
quiero subrayar sobre todo es que estamos ante el fin de un sistema
financiero, el fin de la moneda del principal imperialismo como instrumento
esencial de la dominación de ese imperio. A partir de ahora comienza
una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización
social y política de los trabajadores de todo el mundo. En esta coyuntura,
América Latina está en el punto de avanzada. Pero atención: quien
va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de
este colapso, es el pueblo estadounidense, la clase trabajadora y el
pueblo del principal imperialismo.
Hay que
recordar entonces que el proletariado estadounidense tiene reservas
históricas de organización y lucha muy grandes. Podemos suponer que
van a reaparecer en la próxima etapa; y no tengo la menor duda de que
una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis
política de Estados Unidos. El próximo presidente de Estados Unidos
–no importa quién sea– va a asumir después de una prueba de fuerza
que todo el planeta pudo ver al trasluz: el presidente George Bush,
los dos candidatos a presidente del próximo período, el presidente
y el vicepresidente de la Cámara Baja, el presidente y el vicepresidente
del Senado, todos juntos pidiendo que se apruebe una ley… y la ley
no se aprueba. ¿Qué es eso? Es el anuncio de lo que viene: no van
a poder gobernar.
Se abre
un espacio extraordinario para la creación de una fuerza política
de masas; un tercer partido en Estados Unidos. Que tiene antecedentes,
porque en situaciones críticas se generó un movimiento sindical que
incluso buscó pasar al plano político aunque no lo consiguió. Ya
gravitaba en la política mundial el deterioro resultante de la degeneración
de la Unión Soviética. Junto a una multitud de otros factores eso
influyó para que la AFL-CIO (Federación Americana del Trabajo-Congreso
de Organizaciones Industriales) no pudiera transformarse en partido.
Pero ahora es una exigencia de la realidad que haya una nueva instancia
política y en esa instancia van a pesar los trabajadores y las propuestas
anticapitalistas.
Quiero
hacerles una pregunta a todos ustedes: cuando esto comience –y ya
ven que no tengo dudas de que va a comenzar– (uno se puede equivocar,
pero en este caso yo no me equivocaría por poco: me equivocaría totalmente).
El punto es: cuando comience a formarse una fuerza política anticapitalista
en Estados Unidos ¿adónde va a mirar? Cuba ha sido siempre un faro,
y lo seguirá siendo; en este último período es un faro ideológico.
Pero acá hacen falta respuestas políticas de cortísimo plazo porque
la magnitud, insisto, de la crisis social en Estados Unidos no tiene
precedentes, salvo en El talón de hierro, la novela de Jack London
cuya lectura o relectura hoy sería muy productiva. Estoy seguro de
que el faro para esa lucha política será la Revolución Bolivariana,
será Venezuela y será, naturalmente, el comandante Chávez. Y aquí
no hay ningún tipo de culto a la personalidad. Hay un esfuerzo por
interpretar la realidad y por prever cómo va a desarrollarse.
La responsabilidad
de la Revolución Bolivariana hoy no tiene límites, porque precisamente
del curso que adopte la constitución o no constitución de una fuerza
política anticapitalista en Estados Unidos depende el mundo; y eso
depende, en gran medida, de Venezuela. Lo venimos diciendo respecto
de otras situaciones en el mundo porque no estaba planteada la posibilidad
de que esto ocurriera en Estados Unidos. Hoy, con esta crisis, se afirma
el punto de partida. Seguramente demandará mucho esfuerzo y probablemente
mucho tiempo toda esta gran tarea. Pero ésa es la tarea que tenemos
delante. Porque esto no es la crisis de un modelo: es la crisis del
sistema, es una crisis estructural irreversible que el capitalismo sólo
podría resolver sobre la base de un profundo saneamiento, de una tarea
sistemática y a escala sideral de destrucción de lo que sobra. Y sobra
todo en el mundo capitalista. Esta es una crisis clásica de sobreproducción
y habría que destruir ese sobrante para que el sistema pudiera reiniciarse.
Estoy diciendo con esto que tengo la más profunda convicción de que,
de aquí en más, la lógica del imperialismo estadounidense es la lógica
de la guerra. Estoy convencido además de que esa guerra no es simplemente
contra los pueblos del Sur, contra los países dependientes, subdesarrollados
o coloniales, como se los quiera llamar. Hay en la esencia de la situación
de los últimos años, sobretodo visible por el reflujo del proletariado,
una clara confrontación interimperialista; una lucha interimperialista
por el control de los mercados. Una disputa por el mercado mundial que
con la crisis y la recesión se agravará a extremos todavía no vistos
y con un nuevo actor, que es ese gran productor de mercancías a bajo
precio: China.
Esto garantiza
una lógica de guerra, en un escenario de crisis política en Estados
Unidos. Ni hablar de Europa. No me queda tiempo para tratar eso en detalle,
pero está a la vista: no pudieron ponerse de acuerdo en medidas básicas
y cada uno actuó por su cuenta. Imagínense el panorama frente a la
magnitud del desafío que plantea el desplome de un sistema financiero
internacional y la necesidad de reconstituirlo.
Fuerzas
contradictorias
Para no
abusar del tiempo y cumplir con el cometido del título de mi exposición,
veamos qué pasa con Unasur en este cuadro. La crisis interimperialista
y la crisis estructural del capitalismo –que llevó al imperialismo
a hacer desmanes nunca antes hechos en nuestros países– produjo una
reacción colectiva, una reacción multiclasista, donde incluso, en
muchos sentidos, la vanguardia la tuvo la propia burguesía, no el proletariado,
ausente como organización y como programa. La vanguardia fue tomada
por movimientos sociales, básicamente campesinos, desocupados, subocupados,
movimientos indígenas y burguesías. En este contexto es que aparece
la Revolución Bolivariana y le imprime un ritmo y un carácter diferente
a esa dinámica de convergencia regional. Una de las características
de esta aparición inesperada es que precisamente la lógica necesaria
de las burguesías subordinadas del continente encuentra un motor que
va en el sentido de esa convergencia para defenderse de la voracidad
desmedida del imperialismo, pero que además, al cabo de cuatro o cinco
años a partir de 2000 que es cuando comienza este proceso de convergencia
impulsado por Brasil –es decir por la burguesía brasileña: Lula
no estaba en ese momento en la presidencia; ni siquiera se puede decir
que fue el Partido de los Trabajadores–. Fue precisamente alguien
a quien se condenaba como neoliberal, Fernando Henrique Cardoso, quien
citó a la primera reunión de presidentes suramericanos en 2000, que
es el punto de partida de lo que ahora, por la fuerza de voluntad y
la lucidez estratégica de la Revolución Bolivariana, se transformó
en Unasur.
Con la
crisis del sistema central vamos a tener un doble juego de fuerzas sobre
Unasur. Entendida por un lado como instrumento de autodefensa de burguesías
regionales y, por otro, como instrumento de unidad suramericana contra
el imperialismo.
La crisis
va a introducir dos fuerzas de carácter y signo exactamente inverso.
Por un lado la mayor voracidad del imperialismo va a agudizar la necesidad
de las burguesías de avanzar hacia la unión suramericana. La otra
fuerza es de signo contrario: va a aumentar la competencia y la confrontación
interna de las propias burguesías latinoamericanas. Allí vamos a empezar
a ver algo que hasta ahora quedó desdibujado en este proceso de convergencia
suramericana: las uñas de las burguesías locales, más o menos afiladas,
y las garras feroces de la burguesía brasileña. Las demás burguesías
tienen uñas, cuando tienen; pero Brasil tiene garras poderosísimas.
La crisis
mundial, la crisis estructural, va a golpear de manera diferente a América
Latina. Grosso modo podemos señalar tres grandes bloques donde impactará
de manera diferenciada la crisis. El primero de ellos está constituido
por los países directamente asociados a la estrategia y a la práctica
cotidiana de la economía y de la política estadounidense. No hablo
de México, estoy hablando de Suramérica. Por supuesto que el golpe
sobre México será superior; México funciona hoy económicamente como
una provincia estadounidense y sufrirá la consecuente crisis. Ni hablar
de América Central. Pero refiriéndonos estrictamente a América del
Sur, señalamos tres bloques. Colombia, Perú y, hasta cierto punto,
Chile van a sentir el impacto directo, automático sin mediación alguna,
de la crisis. No es ninguna casualidad lo que está ocurriendo en estas
horas. Así como en México hay enormes movilizaciones de maestros y
el gobierno responde con la movilización del ejército, en Colombia
se produce una huelga y la respuesta del gobierno es la declaración
del estado de sitio, o de emergencia. Es la traducción política de
la lógica que señalé anteriormente: la lógica de la guerra. En este
caso en el plano interno y en un sentido nítidamente clasista. En Perú
ocurre lo mismo. Chile, que ha tratado de que latieran dos corazones
en su pecho, como diría Fausto, va a tener que optar por uno u otro
en un cortísimo plazo; y en ese sentido definirá la magnitud del impacto.
El otro
bloque, aunque está constituido por más países, tiene dos centrales:
Brasil y Argentina. Este bloque tiene, como resultante de la decisión
de la burguesía propia de disputar el mercado latinoamericano a Estados
Unidos, una barrera limitada pero barrera al fin; tiene un conjunto
de mecanismos que le puede permitir aminorar y amortiguar el impacto
de la crisis. En este punto entra la lucha interburguesa. Las burguesías
de Argentina y de Brasil tienen puntos en común para defenderse frente
a Estados Unidos en la disputa por el mercado latinoamericano, y a la
vez tienen la necesidad de pelearse entre sí. Eso está ocurriendo
en estas horas con visos dramáticos entre Brasil y Argentina. Brasil
respondió devaluando su moneda inmediatamente y eso produjo –en fracciones
de segundo– una invasión de mercancía brasileña a Argentina. De
inmediato llegó la respuesta de la burguesía argentina.
Lula ha
tomado la iniciativa de convocar a una reunión del Mercosur –ahí
va a estar seguramente el presidente Chávez– para el fin de semana
próximo (nota del editor: finalmente no se realizó en esa fecha).
Tenemos
entonces delante el choque entre estas dos fuerzas. Dos fuerzas objetivas,
no subjetivas: la necesidad material de unirse frente a la ofensiva
estadounidense y la necesidad de las burguesías de disputarse sus propios
mercados. ¿Cómo funcionarán las decisiones políticas, es decir,
las fuerzas subjetivas, en este choque de fuerzas objetivas?
Esta es
la gran pregunta. Creo que va a ser diferente la reacción de los gobiernos
de Argentina y de Brasil, pero no confío en ninguno de los dos como
salida real. Está claro que tienen bases sociales diferentes. Llega
la hora, como en tantos otros terrenos y circunstancias, de la verdad.
El presidente Lula ¿va a ser el portavoz de la burguesía industrial
paulista, cuyas necesidades objetivas de unión lo ponían en coincidencia
con este movimiento más general de América Latina, pero que ahora
la ubica exactamente en la vereda inversa? ¿o va a ser el portavoz
de la clase obrera y de su Partido, el Partido de los Trabajadores?
Es una batalla política que no depende de Lula, pero que tiene en su
centro a Lula.
El caso
de Argentina no es así. No hay ningún partido, ninguna organización
de carácter social detrás del gobierno. Es un gobierno que carece
precisamente de sustentación social, sea ésta cual sea, incluso de
la burguesía. Este gobierno no resulta de un plan de la burguesía,
sino de un colapso sin precedentes del sistema social y político en
Argentina. Allí apareció un equipo desconocido e inesperado, con ciertas
habilidades de carácter práctico, que se hizo del poder y se ha mantenido
ahí, pero con una debilidad que pudo verse transparentemente en la
situación que tuvimos hace muy poco con un gran conflicto agrario.
La Presidenta que ganó con el 46% de los votos en octubre de 2007,
en el mes de marzo de este año detona un conflicto que hace caer su
aceptación social al 19%.
El tercer
bloque al interior de Unasur es el Alba, que en Suramérica integran
Venezuela y Bolivia, con cercanía de Ecuador y Paraguay. Como ustedes
saben, allí los criterios rectores son contrarios a la lógica del
mercado capitalista, opuestos a la competencia y la búsqueda del lucro.
Pese a la magnitud relativa de sus componentes, el Alba constituye un
verdadero escudo para protegerse del vendaval de la crisis que vendrá.
Aquí
se ha planteado la necesidad de tener un núcleo duro de gobiernos antimperialistas,
como lo es el Alba, en lugar de permanecer en ese galimatías que es
Unasur. En mi opinión, bajo ninguna circunstancia nosotros podemos
ceder un milímetro en la trinchera de la unidad suramericana. A plena
conciencia de la contradicción que existe entre sus componentes, total
e irresoluble en el largo plazo, debemos abogar por sostener una voz
clara y potente dentro de Unasur. Sin embargo ese núcleo duro es una
necesidad imperiosa; pero no debe pasar por los gobiernos, sino por
los partidos, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a alinearse
sin cortapisas con el Alba. Permítanme entonces subrayar, en respuesta
al compañero, que no deberíamos vernos diferentes frente a los revolucionarios
que están en cargos de gobierno, adoptando posiciones que serían buenas
en los principios pero incorrectas para los gobernantes. Debemos asumir
en todo y por todo que cada uno de nosotros somos presidentes de nuestros
países. No podemos dividir la respuesta entre la necesidad teórica
y la necesidad práctica; tenemos que encontrar el punto exacto de unión
entre la teoría y la práctica y asumir cualquier medida en todas sus
consecuencias.
Programa
para la acción
Paso entonces
a leer las medidas que propongo. No hay nada original y han sido señaladas
por los compañeros a lo largo de este valiosísimo seminario. Necesitamos
un programa de acción que tenga las características de buscar lo máximo
partiendo de lo real, de aquello que podamos asir.
El primer
punto de este programa de acción debería ser la recuperación por
parte del Estado de todas las riquezas naturales, en todos nuestros
países. No se podrán afrontar, en ningún caso, los rigores extraordinarios
de la crisis que viene –y que desde luego nosotros vamos a sufrir
aunque de manera diferenciada– sin el control de nuestras materias
primas, pero no solamente eso: tenemos que tener el control del comercio
exterior. Tenemos que plantear como un punto de nuestro programa de
acción el control de cambios y la estatización del comercio exterior.
Fíjense lo que ha pasado en Argentina por no apelar a esos recursos.
Se produce una tijera mortal entre los precios externos e internos.
Esto debe terminar y sólo puede hacerse sobre la base de asumir plenamente,
cada Estado, el control directo y total de su comercio exterior.
Tal vez
la idea de la demanda de una condonación de la deuda sea la forma tácticamente
más correcta de presentarlo, pero como seguramente debe haber algún
mal pensado en esta sala, que suponga que el capital financiero no nos
va a condonar la deuda, entonces tengamos también la firme decisión,
como programa de acción, de llamar al no pago de la deuda externa.
Estamos en situación de emergencia.
Hay que
plantearse la estatización sin pago de todos los bancos que sufran
los efectos de esta crisis. Pero en caso de Bancos que han jugado a
la especulación internacional, no se trata sólo de la expropiación
sin pago, sino de perseguir a los accionistas y hacerlos responsables
con su capital por los efectos de su manejo del capital.
En este
sentido debemos plantear desde aquí un llamado a todos los gobiernos
de la región, a asumir un escudo de defensa frente a la crisis. Un
escudo ya existente: el Alba. Por lo tanto debemos convocar a todos
los gobiernos de nuestra región a incorporarse al Alba y a disolver
el Mercosur y la CAN y garantizar como instancias alternativas el Alba
y Unasur.
El Mercosur
desde hace mucho tiempo está paralizado por las disputas internas.
Esas disputas se daban antes de la eclosión de la crisis. No nos preguntemos
lo que van a ser después. La CAN ha ido desgranándose. Habría una
próxima reunión –que no sé si se hará– en Guayaquil. Fue Uribe
el encargado de ponerle la daga en el pecho a la CAN diciendo que no
asistiría a esa reunión porque Correa no le garantizaba seguridad.
Esto muestra la agonía irreversible de estas dos instancias, de manera
que nosotros debiéramos hacer un estridente llamado a todos los gobiernos
de América del Sur a incorporase al Alba, a los conceptos teóricos,
a los criterios de intercambio y a la estrategia del Alba.
Además
de promover el Banco del Sur, también promover la asunción de una
moneda de cuenta en brevísimo plazo en América del Sur. Unasur puede
crear una moneda de cuenta con respaldo en la producción de materias
primas, de producción de mercancías y servicios reales, no figuras
ficticias. Técnicamente es factible y a corto plazo. Se ha derrumbado
la ficción que ha vivido el mundo desde 1971. No podemos crear una
ficción alternativa. Podemos crear una moneda real y sin embargo inexistente.
Porque puede ser una moneda de cuenta y pongámosle el nombre de Sucre
que alguien ha propuesto ya.
En el
plano financiero debemos promover todas las instancias posibles de compensación
en el comercio Sur-Sur para excluir al dólar y también al euro de
nuestros intercambios.
Por último,
quiero referirme a un punto que me parece de la mayor importancia. Está
muy en consonancia con mi convicción de que Estados Unidos nos quiere
arrastrar a la guerra. Ayer se planteó que debíamos alentar a los
países que estuvieran en condiciones a que tuvieran armas atómicas
y alguien presentó su oposición. Mi opinión no es ecléctica: creo
en aquel viejo refrán si vis pacem, para bellum, «si quieres la paz
prepárate para la guerra». Bajo ningún punto de vista nosotros podemos
condenar a un gobierno, a un país o a un Estado que disponga tener
armamento atómico. Mientras Estados Unidos tenga armas atómicas, mientras
las tenga Israel, nosotros no podemos condenar a un país porque tenga
armas atómicas.
Al mismo
tiempo no sería estratégicamente correcto llamar a la incentivación
de la creación de armas atómicas, ése no es un plan estratégico.
No podemos ganarle una guerra al imperialismo con armas atómicas. Pero
tenemos el arma con la cual podemos ganarle: la organización política
revolucionaria de las masas en todo el mundo, incluido Estados Unidos.
A ejemplo de lo que está haciendo Venezuela.
La creación
del Psuv no es un dato local. Es una respuesta estratégica a la crisis
del capitalismo, es la organización de las masas con su pluralidad
obvia, no puede haber masa con identidad ideológica. Es la organización
de las masas en toda su diversidad pero con un claro sentido antimperialista
y anticapitalista. Esa bandera es más potente que cualquier arma atómica.
Y la podemos construir incluso en Estados Unidos.
Si la
propuesta de contribuir a la organización de los trabajadores, los
explotados y oprimidos en Estados Unidos es parte de nuestra estrategia,
nuestra táctica es la constitución de esas fuerzas políticas de masas
revolucionarias en América Latina, en América del Sur. Es con esa
base, con esas fuerzas políticas revolucionarias de toda América del
Sur, donde nosotros deberíamos edificar el núcleo duro para la unión
latinoamericana.
Ese núcleo
duro que nunca podremos tener en Unasur pero cuya trinchera no debemos
abandonar.
Tenemos
tareas diferentes pero concomitantes y complementarias.
En referencia
al sentido esencial de esta conferencia, otra cosa que muere es la concepción
sobre la Economía. Entre otras estafas intelectuales de las que hemos
sido víctimas, está la transformación de la Economía Política en
Economía. Este encuentro ha rescatado, hasta donde yo sé, por primera
vez de manera plural e internacional, la noción de Economía Política.
Un programa
de acción económico debe terminar con una conclusión política que
es la organización de un Partido revolucionario de masas en toda América
Latina.
Luis Bilbao (Argentina)
Profesor de Economía Política. Escritor y periodista, especializado en Economía y Política Internacional. Entre sus publicaciones se destacan: Chávez y la Revolución Bolivariana – Conversaciones con Luis Bilbao (2002), Chávez después del golpe y el sabotaje petrolero – Conversaciones con Luis Bilbao II (2003), Centroamérica versus Alca – Alí Rodríguez – Conversaciones con Luis Bilbao (2004), Revolución en Venezuela – Periodismo y militancia II (2004), Argentina como clave regional y Venezuela en revolución: Renacimiento del socialismo (2008).
