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6 de julio de 2009.- A finales de 2008 se llevó a cabo una Conferencia sobre la Crisis Económica Mundial, a continuación les presentamos la intervención de Pedro Páez Pérez, Presidente de la Comisión Técnica Presidencial de la República del Ecuador sobre la Nueva Arquitectura Financiera Internacional para la Creación del Banco del Sur:
Quisiera iniciar
ubicando ciertos niveles de abstracción en el análisis teórico que
hacen referencia a la profundidad y a la gravedad de la crisis, que
hacen relación a la magnitud de los cambios necesarios para relanzar
el proceso de trabajo: hay unos temas que tienen que ver con depuraciones
internas del sistema, las llamadas crisis endógenas, otros que tienen
que ver con crisis de carácter “exógeno”, como catástrofes naturales
o eventos fruto de comportamientos individuales aislados, pero hay algunos
elementos que en la teoría tradicional no han sido enfocados o simplemente
han sido dejados de lado y que requieren conceptos intermedios para
entender el funcionamiento del modo de producción capitalista en esta
etapa de su ciclo vital.
Creo que nociones
como las de modo de regulación y régimen de acumulación son muy convenientes
para ubicar la dimensión de los retos que tenemos adelante, el carácter
histórico y el sentido de las mutaciones del capital ahora, así como
los horizontes políticos que debemos explorar con respecto a los cambios
que requiere el sistema.
No obstante,
hay indicios muy graves que hacen suponer que salir de esta crisis multidimensional
que vivimos exigirá transformaciones también multidimensionales
que ponen en cuestionamiento la lógica esencial del modo de producción
capitalista y del propio modo de vida que impera en la actualidad.
Dadas las limitaciones
de espacio, referiré muchas de las reflexiones teóricas que pongo
a consideración del lector a ilustraciones empíricas con respecto
a EEUU y América Latina, pero las ambiciones son de un horizonte mundial.
Excesos y autodepuración
Hay crisis
que, desde lo sintomático, pueden meramente ser asumidas como estragos
depurativos del sistema, por ejemplo, al pretender que la crisis es
fruto de la “exuberancia irracional”: una serie de especuladores,
de agentes financieros, de innovaciones, que van más allá de lo que
la cautela recomendaría y que saldrían de los rangos de normalidad.
En esa perspectiva, hay un proceso de destrucción creativa provocada
por la lógica auto-correctora del mercado contra aquellos segmentos
del capital que no alcanzan a cuajar o que no tienen un comportamiento
que aporte al vigor del capitalismo. En un proceso de selección natural,
en un proceso darwinista, entrarían a reforzarse ciertas fracciones
del capital y ciertos estilos de negocio mientras los otros desaparecen
o son castigados.
Ese proceso
de autodepuración, de purga interna del capitalismo, sería, según
varias lecturas, un elemento muy saludable para el continuo funcionamiento
del sistema. No cabe duda que hay nombres y apellidos concretos que
deberían afrontar las acciones penales por su corrupción e incompetencia.
A lo mejor la crisis actual pone en el orden del día la eliminación
de esos excesos, pero creo que la superación de las tendencias depresivas
va a exigir cambios que van más allá de la autodepuración y que atañen,
por ejemplo, a lo que desde mi punto de vista podría conceptuarse como
un modo de regulación; es decir, al conjunto de instituciones básicas
de la economía moderna y de combinaciones de políticas que hacen viable
determinadas formas de actuar y de operar del capitalismo bajo un régimen
de acumulación específico.
Crisis del modo de regulación neoliberal
Las políticas
neoliberales estarían definiendo la vehiculación de una forma de existir
del capitalismo, que marca determinadas tendencias específicas, como
respuesta a la tendencia secular de la caída de la tasa de ganancia
y como conjunto coherente de alternativas y configuraciones de los mercados
que permitan operar en contra tendencia a dicha caída. Entre los elementos
institucionales que definen la forma de operar de esos mercados están
algunos que son claves como la moneda, las formas de concurrencia, el
tipo de relación asalariada, el tipo de relación del capital con el
trabajo, el tipo de intervención del Estado en la economía, las formas
de inserción y de organización de los mercados internacionales, y
por tanto, la forma de operación en el escenario internacional, la
forma de operación y de manipulación de la teoría del valor de los
espacios nacionales como contraste o como contra distinción a la formación
de un espacio de sanción del valor a nivel internacional. El que el
modo de regulación neoliberal haya retrocedido en muchas de las grandes
conquistas históricas del capitalismo es evidencia de que expresa los
síntomas de decadencia del sistema.
La desregulación
financiera, las políticas económicas monetaristas y de flotación
cambiaria, la ofensiva contra los sindicatos y la deslocalización industrial,
la apertura indiscriminada de la cuenta de capitales y la desgravación
arancelaria generalizada, forman parte de un recetario fuera de toda
discusión en uno de los procesos de imposición de un pensamiento único
más rápidos y exitosos de toda la historia de la humanidad. Es claro
que el propio capital necesita dar marcha atrás en muchas de esas políticas,
introducir algo de regulación y retomar una versión espuria de “keynesianismo”
ligado al oscuro y multimillonario salvataje del aparato financiero
y al gasto militar, especialmente.
Estos elementos
estarían presentes en los distintos intentos por relanzar el crecimiento
económico en varias naciones independientemente del signo político
de sus gobiernos. La bancarrota ideológica, técnica y operativa del
neoliberalismo es patente. Sin embargo, resultaría muy difícil que
la eufemísticamente llamada “facilitación cuantitativa” en el
plano de la política monetaria y la expansión fiscal tradicional sean
suficientes para superar problemas de solvencia estructural, el estancamiento
de la productividad en el centro y la deficiencia crónica del consumo
que está en el origen del problema que ahora revienta.
El régimen
de acumulación financiarizado como respuesta a la crisis estructural
del fordismo-keynesiano
Podemos caracterizar
a un régimen de acumulación como el conjunto coherente de regularidades
marcan la forma en la que empieza a reproducirse el capital en los ritmos,
en las dimensiones, en la orientación y en las prioridades de los sectores
de acumulación del capital que están ligados a ciertas dinámicas
de los mercados y por tanto a la distribución del ingreso (doméstica
e internacional), a la articulación del capital con otras formas no
capitalistas, a la capacidad del capital de postergar el apremiante
y permanente asedio por el aumento de la composición orgánica sobre
la formación de la tasa de ganancia.
Revisemos,
como ilustración del grado de concatenación de diversos vectores dentro
de un régimen de acumulación, el nacimiento del régimen de acumulación
que podríamos llamar fordista-keynesiano (aunque difícilmente Ford
y Keynes se identifiquen uno a otro ni necesariamente con la forma de
existencia del capital en el centro desarrollado durante sus dorados
años luego de la Segunda Guerra Mundial).
Si revisamos
la distribución del ingreso en los Estados Unidos desde 1913 hasta
esta década, vemos cómo la fuerte concentración del ingreso hasta
los años 30 (entre el 15 y el 20% del ingreso declarado para el pago
del impuesto a la renta en manos del 1% más rico) que solamente cambia
con la política del New Deal y con las políticas del Estado
de Bienestar a partir del gobierno de Roosevelt hasta estabilizarse
por debajo del 8% en los años 70 y principios de los ochenta. Esto
define un patrón en la distribución del ingreso que establece la dinámica
del mercado interno norteamericano y por tanto también del consumo
(consumismo) de las masas trabajadoras en el eje fundamental del sistema
de la acumulación. Por eso se conoce como regulación fordista
al hecho de que cada vez es más importante el papel de los trabajadores,
no solamente como un costo de producción, sino también como un mercado.
En este periodo,
el reto para el capital, individual y colectivamente, es generar mecanismos
internos, endógenos, para sobreponerse a la caída de la tasa de ganancia
por el aumento de los salarios, en las posibilidades de ampliación
del mercado orientado a cambiar la forma de disputa entre los distintos
capitales sobre la base de la masa de ventas, de la proporción del
mercado, de un mercado en crecimiento antes que a partir de un incremento
de los precios.
Este elemento
se convierte en una circunstancia fundamental que incluso marca el umbral
entre el centro, la semi-periferia y la periferia del sistema en la
etapa del desarrollo del capitalismo monopolista de Estado, que luego
del período de consolidación entre las dos guerras mundiales, se convierte
en un elemento irreversible en el funcionamiento del sistema, no solamente
por el papel del estado en la dinámica de porciones crecientes de la
demanda, sino en tanto elemento corrector de los desequilibrios sectoriales
en la formación del producto, el valor y la ganancia, en la absorción
creciente de segmentos de reproducción de la fuerza de trabajo así
como en la reducción del riesgo sistémico de la inversión productiva
y financiera.
Las decisiones
descentralizadas y rivales de competir a través de mayores inversiones
establecen una sobrecapacidad productiva que tiende a bajar los precios
finales en correspondencia con el abaratamiento de los costos medios
directos de la producción manufacturera, pero a dificultar la realización
de los costos fijos tanto por los efectos unitarios de una capacidad
instalada ociosa creciente como de la cada vez más acelerada obsolescencia
moral de los equipos y las tecnologías.
Los vectores
de mayor vigor de ese régimen de acumulación pronto se convierten
en sus límites más aviesos. Las contradicciones internas del régimen
se combinan y empiezan a hacer inviable un modo de regulación basado
en políticas keynesianas, debido al impacto que tiene la contracción
temporal de las ganancias por la saturación del mercado laboral. En
ese momento del capitalismo monopolista de estado, la “venganza”
del capital consistía en postergar las inversiones, lo que se traducía
en fases de expansión y contracción del capital, estableciendo una
situación cíclica que es recogida por la teoría económica convencional
con la curva de Phillips y que lleva a una situación de límite a la
relación entre capital y trabajo en el pacto social demócrata y el
del Estado de Bienestar que caracteriza a los países del Norte durante
el periodo y que empieza a ser resuelto en términos de una política
antilaboral.
A nivel diacrónico
el trabajo podía tener el nivel de presión importante con la lucha
sindical y otras formas institucionalizadas, pero a nivel sincrónico
el capital se “desquita”, disminuyendo la tasa de inversión productiva,
pero a medida que va globalizándose la economía y empiezan a desarrollarse
zonas productivas, aparecen espacios de la semi-periferia, para donde
se traslada el problema al auspicioso amparo de dictaduras más o menos
abiertas. Entonces, con un juego en el tiempo y en el espacio, el capital
logra postergar el enfrentamiento de clases y los efectos por la tasa
de ganancia.
Esto empieza
a configurar un nuevo régimen de acumulación, que para ser viabilizado
justamente requiere de un modo de regulación basado en las políticas
neoliberales; es decir, desde la apertura comercial indiscriminada,
desde desregulación de los mercados de capitales, desde la financiarización
de la economía, desde una nueva correlación de fuerzas entre
el capital financiero y el capital productivo, entre el centro, la
periferia y la semi-periferia, entre las formas productivas capitalistas
y las no capitalistas.
Se prioriza,
por tanto, una nueva forma de intervención del Estado y de un capital
estatal monopolista, de las viejas funciones que entran a reclamar tasas
de ganancias por debajo de las que los capitales privados con los mismos
montos hubieran requerido a niveles muy altos, se pasa a una situación
en que se crean las condiciones para que los nichos más jugosos del
aparato productivo pasan de ser controladas por el Estado a manos privadas.
Modos de regulación neoliberal y régimen de acumulación financiarizado
Se empieza
a configurar poco a poco un proceso de globalización y fragmentación
productiva, con desindustrialización en el centro, desfalco de la fuerza
de trabajo y la naturaleza en la periferia y localizaciones manufactureras
en la semiperiferia basadas en costos laborales y regímenes fiscales.
La nueva geografía de la producción define desequilibrios macroeconómicos
que son compatibles con una nueva distribución del ingreso similar
a la anterior a los años 30 (nuevamente en los EEUU se registran concentraciones
por encima del 15% para el 1% más rico en la última década) y con
esta nueva dinámica de los capitales ligado a un aumento importante
de los distintos instrumentos financieros asfixiando el crecimiento
del aparato productivo.
El nuevo régimen
de acumulación, financiarizado y globalizado, que se estructura sobre
la base de distintos modos de regulación neoliberal, resuelve para
una fracción del capital el problema de la rentabilidad pero no relanza
el tema de la productividad del trabajo. Debido a los límites de la
demanda solvente, a escala mundial el tamaño del pastel no crece mucho
(con la notable excepción de la nueva semiperiferia) y se exacerban
las tareas de redistribución sobre la base del intercambio desigual
y la exacción financiera. Incluso dentro del centro priman las rentas
y las tareas de reparto por sobre la dinámica productiva de otras épocas.
Durante los primeros años del nuevo régimen, lo mejor del pastel le
toca a Europa; luego, durante los ochenta, le va mejor a Japón y desde
los noventa, el premio retorna a los EEUU. El manejo macroeconómico
cumple un papel decisivo en esas ventajas en el margen.
Hay algunos indicadores del papel estructural de la hipertrofia financiera en la forma de ser del capital en esta etapa. En EEUU, por ejemplo, las ganancias financieras pasan del 5% del total de las ganancias en 1980 al 47% en 2005. La financiarización es omnipresente: cada vez son mayores las porciones de los ingresos financieros de las grandes corporaciones no financieras, el endeudamiento creciente de la economía norteamericana y que además contagia al corazón del sistema. Para muestra recalquemos el contraste entre la tasa de crecimiento del Producto Bruto mundial, que no solamente es declinante sino que se vuelve cada vez más volátil con la aplicación de las políticas de corte neoliberal, frente a una de las mediciones, todavía muy parciales e imperfectas de la hipertrofia del aparato financiero, como es el crecimiento exponencial de los instrumentos derivados.
Esta hipertrofia
del sistema financiero, propio del régimen de acumulación basado en
el neoliberalismo, asiste débilmente al aparato productivo y por tanto
desestimula las capacidades industriales de revolución de la base,
del proceso de trabajo en el centro del sistema. Ejemplo de eso es el
debilitamiento de la competitividad de los Estados Unidos que define
un nuevo rol de los Estados Unidos, con una composición del Producto
Interno Bruto y de la estructura productiva cada vez más orientada
hacia los servicios y más basada en la formación de ventas monopólicas
venidos de la creación de monopolios de la propiedad intelectual, de
las patentes, del control del conocimiento, etcétera.
La retroalimentación positiva de este proceso con la deslocalización y despliegue de la inversión productiva hacia otros segmentos, otras geografías y por tanto otra forma para el capital de articularse con la economía no capitalista hacia distintos polos en el tiempo: el milagro japonés, los tigres y los elefantes asiáticos, y ahora últimamente China, lo cual precipita el déficit comercial y la posición externa de los Estados Unidos de manera exponencia.
La definición
de los ritmos y límites de la semiperiferia está directamente vinculado
con los temas de sostenibilidad del hueco comercial de los Estados Unidos
que está siendo financiado por el resto del mundo y configura el corazón
de la vulnerabilidad del sistema global de reservas y de la hegemonía
macroeconómica de EEUU. Los distintos grados de vulnerabilidad de la
economía norteamericana producidos por la deuda total y por el proceso
de desnacionalización de la economía, del capital norteamericano tiene
importantes consecuencias e implicaciones en términos del control político
y de la creciente polarización del poder político y la dictadura práctica
de una oligarquía financiera ligada al complejo industrial, militar
y petrolero, que hoy por hoy define los destinos del mundo desde las
superpotencias.
Hipertrofia y parasitismo financieros
La distribución
del ingreso que permite la relación de fuerzas resultantes de la imposición
de modos de regulación neoliberales debilita las características fundamentales
del funcionamiento del mecanismo fordista. Como contraparte, en la redefinición
del capitalismo monopolista de estado no se reduce el peso del sector
público en el centro, a riesgo de reducir aún más la dinámica general
del sistema, aunque pierde dinamismo como vector de demanda que había
tenido décadas atrás.
La apuesta
resultante en los mercados externos sufre un problema de falacia de
composición: aunque el ritmo de crecimiento del comercio mundial ha
sido mayor que el del PIB, no todos pueden ganar indefinidamente. Aquí,
de nuevo, el papel de la gestión macroeconómica y de la hegemonía
monetaria resulta crucial en el reparto de los beneficios.
Recordemos
que el grado de apertura de los Estados Unidos en los años 70 no llegaba
al 10%. El eje fundamental de su dinámica estaba orientado hacia un
mercado interno en donde las masas de trabajadoras eran los protagonistas.
El deterioro del salario real, el despegue del ritmo de crecimiento
del salario real con respecto a la productividad física del trabajo,
empieza a definir no solamente una disminución de la dinámica de salida
para buena parte de la producción norteamericana, sino también las
posibilidades de ruptura de un pacto social, de un tipo de relacionamiento
entre las clases. En definitiva el debilitamiento estructural de un
bloque histórico de consecuencias de larga duración.
La forma de
responder ante esta situación es el endeudamiento que llega en estos
momentos a representar o a sustentar el 25% del consumo de los hogares
en los Estados Unidos y que requiere, en esta lógica de hipertrofia,
un proceso de piramidación, de estructuración e innovación de los
distintos y sofisticados instrumentos financieros, en condiciones en
que los activos financieros originadores van perdiendo la traza, van
siendo cada vez más ocultos en todo el esquema que se construye sobre
ellos, y que se convierte entonces en un elemento central de la dinámica
del nuevo régimen de acumulación.
Entonces la
hipertrofia financiera no es una excrecencia de este régimen de acumulación
postfordista, sino que es una esencialidad del funcionamiento actual
del capitalismo. El hecho de que abunden esas actitudes imprudentes,
esas innovaciones desreguladas que llevan un nivel de riesgo de
fábula y que ahora explotan desde las hipotecas subprime, y
los bonos basura, no constituyen sino la punta del iceberg de un proceso
mucho más intrínseco a la lógica del sistema, que tiene que ver con
el nuevo rol de la deuda en el centro, sobre todo en los Estados Unidos,
con la desproporcionada circulación de capital ficticio en la especulación
cambiaria (carry trade) y de bienes básicos en el comercio exterior,
lo cual distorsiona estructuralmente el mecanismo de precios relativos
y la estructura de incentivos que eventualmente estaba llamada a corregir,
aún si parcialmente las desproporcionalidades sectoriales.
Tendencias de la crisis, leyes de la ganancia y profundidad de los cambios
De lo anterior
se desprende que, en primer lugar, el tipo de corrección y de depuración
que se requeriría para sortear crisis y para poder relanzar el crecimiento
y la reproducción ampliada del capital no se contentaría de ninguna
manera con ciertos arreglos cosméticos, ni con un mejoramiento de la
regulación, ni con meter presos y hacer escarmiento a los malos elementos
de Wall Street. Estamos haciendo referencia a elementos estructurales
que atañen a la formación y la viabilidad de un nuevo régimen de
acumulación, frente a la mutilación de lo que eran las herramientas
de operación de las contra-tendencias a la caída de la tasa de ganancia
durante el exitoso régimen de acumulación fundado en el fordismo y
en las políticas keynesianas. Las estructuras de poder y el despliegue
científico y tecnológico no dan lugar para un retorno al dorado pasado
fordista e implican un proceso de gestación social conflictivo e incierto.
En segundo
lugar, esta situación no solamente tiene efectos perniciosos en el
centro, sino que tiene un rol fundamental en la geografía mundial.
Hay una de las caracterizaciones del proceso de globalización implicado
en este régimen de acumulación post-fordista o financiarizado que
incluye un proceso de diferenciación y de polarización mucho más
marcada en las naciones de la periferia, no solamente con la aparición
de estas nuevas economías industrializadas de la semi-periferia, sino
con el hecho de que aparezca un cuarto mundo. Es decir, el hecho de
que existe una subclase dentro del Sur, que podría estar formada, por
ejemplo, por algunos países de África y América Latina, muy directamente
ligada, no solamente a una permanente reinstalación del proceso de
acumulación originante del capital, incluyendo a lo que Harvey llamaría
“el capitalismo de la desposesión”, sino también ubicado en términos
de un nuevo rol del intercambio desigual en las formas en que se relaciona
el capital con el pre-capital, en las formas de organización internacional
de los mercados y por tanto en la forma como opera la ley del valor
a nivel mundial.
Entonces, estos
efectos en el Norte, de polarización social, de reducción de los mercados
internos y por tanto del debilitamiento de la dinámica de la acumulación
en el aparato productivo, se reproducen, insisto, diferenciadamente
también en la periferia de manera fractal y jerarquizada. De nuevo,
el rol del manejo macroeconómico y de las políticas de desarrollo
es aquí fundamental. Las políticas neoliberales estructuradas bajo
distintos ensayos de modos de regulación, todos ellos fallidos desde
las perspectivas domésticas, se caracterizan en el Sur por un desmantelamiento
sistemático de la capacidad de decidir, del espacio de política económica.
Neoliberalismo y régimen de acumulación en la periferia
El régimen de acumulación fordista tuvo su correlato en el Sur, sobre todo en América Latina, con un régimen de acumulación basado en la sustitución de importaciones; el traspaso a este nuevo régimen de acumulación de la financiarización globalizada a través de la imposición de diversos ensayos de modos de regulación neoliberal, también tiene su período específico en América Latina, con sus antecedentes en las dictaduras militares del Cono Sur, con excepción de Brasil, consolidándose luego en todo el continente a raíz de la crisis de la deuda y el apalancamiento y el chantaje de la condicionalidad cruzada del Fondo Monetario y del Banco Mundial.
Para tener una idea, la tasa de inversión en América Latina pasa de niveles que están ubicados en promedio por encima del 23% a niveles que están por debajo del 18% durante los últimos 25 años. El proceso incluye un sistemático esfuerzo cualitativo por debilitar la infraestructura productiva, propiciar la desindustrialización y la precarización laboral en el continente (con obvias excepciones de ciertos polos industriales). Las tasas de acumulación empiezan a recuperarse en los últimos años, aún con la inercia de las políticas neoliberales, no solamente por la mejora de los términos de intercambio, sino que es también fruto de la transformación política que se va dando por la acumulación de frustraciones, el nivel de lucha y de conciencia de la gente.
Queda clara la relación entre los temas que sólo analíticamente se podrían distinguir entre los económicos y los que son meramente políticos. En los ritmos de la acumulación intervienen factores de lucha de clase y factores que tienen que ver con el manejo en el tiempo y en el espacio de las condiciones de reproducción ampliada del capital en la división internacional de la producción y específicamente tienen relación con la gestión de la fuerza de trabajo. Obviamente si se invierte menos en el mediano y el largo plazo, los efectos sobre el ritmo de actividad económica también se afecta y las tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto en América Latina de los años 60 y 70 disminuyen de manera sustancial durante el periodo neoliberal y no solamente en magnitud, sino por un aumento significativo de la volatilidad y la frecuencia de los períodos de recesión.
Neoliberalismo, vulnerabilidad externa y macroeconomía en la periferia
La capacidad
de gestión macroeconómica se reduce radicalmente con el impulso de
los ensayos neoliberales. La gran crítica que se hacía del régimen
de acumulación basado en la sustitución de importaciones en términos
de la sostenibilidad del mercado externo, con deterioro permanente y
sistemático de la balanza de pagos, no son superados a pesar de los
dolorosos procesos de ajustes que se dan con las políticas neoliberales
y más bién el tema de la sustentabilidad externa América Latina sigue
siendo un tema en cuestión bajo los distintos modos de regulación
aplicados, a pesar de esta coyuntura favorable de los últimos años
con el aumento de los precios de las materias primas.
¿Qué es lo
que está reflejando esto? Que, con la globalización, la apertura de
un nuevo expediente para el manejo de las contra-tendencias a la caída
de la rentabilidad sobre la base de la deslocalización, empieza rápidamente
a encontrar sus límites, a agotarse. Esto se expresa en el hecho de
que no solamente tenemos una situación de dependencia tecnológica,
sino que la penetración de los mercados en las economías en desarrollo
sobre la base de la desregulación y de la apertura indiscriminada establece
una dinámica insostenible a largo plazo en los respectivos sectores
externos.
Esta contra-tendencia,
entonces, rápidamente se convierte en su contrario, en un elemento
más de crisis y de conflicto. La adhesión a la Organización Mundial
del Comercio, a los tratados bilaterales o multilaterales de libre comercio
y de protección de inversiones define una apertura insensata de las
cuentas de capitales y de bienes y servicios y establece en la periferia
un dominio de capital financiero transnacional asentado en el corazón
del sistema y termina definiendo una situación macroeconómica insostenible,
inclusive con las políticas e instrumentos tradicionales basados en
la devaluación. El peso creciente de la volatilidad de la cuenta de
capitales, los efectos del interés compuesto en la dinámica de la
deuda externa y las exacciones netas de la inversión extranjera directa
perpetúan la debilidad de un rol en la división internacional del
trabajo básicamente primario-exportador.
Exploraciones post-neo-liberales en el Sur
Hay al menos
tres grandes períodos en el caso de América Latina que definen su
trayectoria histórica reciente: uno basado en el gradualismo, en un
proceso de contracción de la presencia del Estado, desregulación de
los mercados y precarización laboral y permanentes políticas de ajuste,
hasta principios de los años 90. Luego un período que se pasa a un
nivel de mayor profundización de las reformas neoliberales, ya no solamente
del Consenso de Washington a nivel de las políticas macro en general,
sino las políticas de cambio estructural de profundización de las
privatizaciones, mayor desregulación del aparato financiero, un nuevo
tipo de inserción en los mercados internacionales y por tanto mayor
exposición a la turbulencia financiera internacional. La quiebra de
esas políticas desde van desde la crisis de México, el efecto tequila,
el efecto caipiriña, la crisis en el sureste asiático, los intentos
de pasar de procesos acelerados de devaluación a otros más bien de
tipo de cambio fijo, como el caso del Ecuador con la dolarización,
y el agotamiento sucesivo de los distintos modos de regulación de estas
distintas combinaciones de políticas económicas y de instituciones,
básicamente, lleva a una situación política que devela la decadencia
ideológica y operativa del neoliberalismo y conlleva un intento de
exploración de otro tipo de políticas en toda América Latina a partir
de los años 2000. Eso básicamente marca el escenario donde estamos
en esta tercera etapa.
Las consecuencias de esta situación se reflejan en la quiebra de la vieja arquitectura financiera, en una temporal menor dependencia, toda vez que, al disminuir el ritmo de devaluación sistemática de la producción latinoamericana, la deuda externa en América Latina va adquiriendo un peso menor más manejable a nivel macroeconómico. Esto no solo que no implica una solución estructural al problema la deuda interna y externa para nuestros los países, sino que siempre está ligado a una situación de inserción internacional, crecientemente vulnerable, cuya respuesta ha venido dada de manera muy onerosa, por el lado de la ingente acumulación de reservas.
De todas maneras,
es una situación de vulnerabilidad en la que los resultados positivos,
más que ser efectos de las políticas macroeconómicas ortodoxas como
claman sus pontífices, tienen mucho que ver con el ciclo de los términos
de intercambios en los productos fundamentales para cada uno de los
países.
La crisis internacional
no va a perdonar al Sur. Las tendencias centrales del capital tiene
fuertes preferencias “geográficas” en las que la capacidad de respuesta
macroeconómica marca la diferencia en la transferencia de los costos
de la colosal destrucción de capital ficticio y productivo en ciernes.
En este contexto, las condiciones de financiarización son tan medulares
al funcionamiento del capitalismo actual y a la dinámica de la acumulación
que no es posible hablar de una mera crisis purgatoria. El relanzamiento
de la acumulación ampliada va a requerir transformaciones mucho más
profundas con dimensiones que rebasan lo meramente económico e incluyen
un nuevo horizonte político y cultural en el que el rol de lo multipolar
y lo regional será necesariamente crucial.
La Nueva Arquitectura Financiera Regional como herramienta del cambio
No hay una
determinación mecánica de cuál va a ser el resultado o el curso de
los acontecimientos futuros, pero como referente al menos podría establecerse
una bifurcación en dos escenarios posibles. En uno, con más de lo
mismo; es decir, una salida a la crisis desde la lógica y el interés
de las mismas oligarquías guerreristas, especulativas, ligadas al control
de los recursos naturales desde las guerras de rapiña, que están instaladas
en el eje anglosajón del centro. Su consolidación no daría lugar
a un proceso de revitalización del sistema capitalista porque estamos
en una fase declinante y senil del desenvolvimiento vital del modo de
producción capitalista y más bien implicaría una situación de dictadura
del capital cada vez más desembozada, un relacionamiento de las clases
mucho más violento, con consecuencias en el centro, pero con especiales
condiciones para la periferia y la semi-periferia a partir del poderío
militar del centro y una situación de deterioro de las condiciones
de vida de las masas trabajadoras a nivel planetario.
El otro tipo
de resultado, cuya base sería justamente la movilización social, la
conciencia, la lucidez de propuestas, de agendas viables en el corto
plazo que permitan ir construyendo un amplio proceso de acumulación
de fuerzas. Su resultado depende no solo de la movilización de las
fuerzas populares, y no solamente involucra al Sur. Se trata de una
apuesta por la paz y por el desarrollo que convocaría también a sectores
del gran capital en el centro, que podría estar ligado al desarrollo
de un nuevo pacto de convivencia, un nuevo pacto social. Por tanto,
es la apuesta de un nuevo bloque histórico que defina un nuevo tipo
de relacionamiento entre las clases que abra las puertas a otras lógicas
productivas, a otros paradigmas de producción y de consumo, a otras
relaciones entre las naciones.
Esta nueva
situación de excepcionalidad de un capitalismo reformista estaría
signado por otra circunstancia histórica, que a mi modo de ver resulta
irreversible: la capacidad de absorción que tenía el capitalismo de
hace 50 ó 70 años, que luego del triunfo de las fuerzas democráticas
de la Segunda Guerra Mundial, permitió establecer un pacto social demócrata
con las clases trabajadoras en el centro y dio lugar a un proceso de
industrialización limitada en la periferia y en la semi-periferia,
se ha agotado. Las reformas tendrían un significado histórico distinto
en la actual fase, dado que el capitalismo, internamente, en su esencia,
ha cambiado. Sus capacidades reales, en los planos económico, político
e ideológico, de absorber las reformas son menores, y el peso político
que podrían tener las iniciativas progresistas de diversos signos,
tanto en el centro como en la periferia y la semi-periferia, estarían
orientadas hacia un horizonte postcapitalista.
La posibilidad
de esa alternativa se construye, en primer lugar, desde la defensa de
la capacidad de los pueblos de decidir. Como he sugerido en este trabajo,
un elemento crucial de esa capacidad depende de los márgenes de maniobra
con que cuenten las naciones en el plano macroeconómico. El papel histórico
del neoliberalismo en el desmantelamiento de esas capacidades y en el
debilitamiento de los aparatos productivos y las fuerzas sociales en
el Sur debe ser respondido con la creación colectiva y simultánea
de nuevas capacidades desde el desarrollo de una soberanía de nuevo
tipo: ya no basada en los pequeños estado-nación del pasado, sino
en el fortalecimiento de identidades supranacionales, continentales
y regionales, como pilares constituyentes de un mundo más democrático
y multipolar.
Si la hegemonía
del dólar norteamericano y el monopolio mundial del señoriaje constituyen
factores clave del poderío de esa oligarquía especulativa que ha marcado
la pauta de la crisis hasta el momento, un eje central de la construcción
de esa nueva soberanía de los pueblos pasa por la Nueva Arquitectura
Financiera que desde las regiones redefina las capacidades de decisión
en el planeta de manera desconcentrada y democrática, sostenga la posibilidad
de políticas contracíclicas también en la periferia y la semi-periferia
y permita convertir a esas políticas en una alternativa de desarrollo.
La Nueva Arquitectura
Financiera desde las regiones requiere una banca de desarrollo de nuevo
tipo, con otras prioridades basadas en la construcción supranacional
de soberanías alimentarias, energéticas y en la producción de medicamentos,
de financiamiento de la economía popular, de constitución de una masa
crítica de ciencia y tecnología en un diálogo de saberes entre los
conocimientos ancestrales y lo mejor de los avances occidentales, de
despliegue de otro tipo de infraestructura para propiciar la complementariedad
de los aparatos productivos. Requiere también de un sistema nuevo de
banca central, superando el dogmatismo neoliberal y desarrollando una
soberanía monetaria y macroeconómica con la conformación de Fondos
de Estabilización y Desarrollo alternativos al FMI, que desplieguen
medios de pago alternativos a nivel supra y subnacional para auspiciar
otras lógicas productivas en una red de redes que establezcan las bases
de un nuevo orden monetario en cada región. Aquí, en América Latina,
los proyectos del Banco del Sur, del Banco del ALBA, la moneda regional
y el Fondo del Sur, por ejemplo, marcan esa esperanza.
No creo que
pueda salir por las buenas el capital de este aprieto. No creo que pueda
relanzarse el proceso productivo, el ritmo de acumulación del capital
de esta crisis, sin que pase por un cambio en los patrones de distribución
muy radicales. Es decir, hay un agotamiento estructural definitivo del
régimen de acumulación basado en la financiarización.
Hay nichos
de mercados sin duda muy rentables. Las drogas, las armas, y las guerras
siempre serán rentables, y no faltarán espacios de valorización muy
puntuales sobre la base del rentismo especulativo en la esfera de la
circulación financiera. Se está troquelando una forma de ser del capital
basada, a estas alturas de la historia y del desarrollo de la capacidad
productiva, en un proceso cada vez más universal, más social de la
producción y una concentración cada vez más privada de la riqueza,
con consecuencias políticas innegables, de un proceso cada vez menos
democrático que entra en contradicción con las propias conquistas
históricas de la burguesía.
En ese sentido,
creo que el tipo de retos que se está planteando en la elaboración
de una agenda desde el campo progresista, son muy profundos. No creo
que la actual crisis acabe, en sus exigencias de cambio, solo en un
nuevo régimen de acumulación. Es necesario, sin duda un régimen de
acumulación distinto, pero, insisto, dada la senilidad del sistema,
dada la rigidez del capital, del avance inexorable de las contradicciones
que despliega su propio desarrollo, cada vez se comprometen más los
elementos del funcionamiento del modo de producción y del propio modo
de vida. Es decir, en el proceso de reforma, la lógica contestataria
va comprometiendo cada vez más la coherencia de la lógica interna
de la acumulación sobre la base de la rentabilidad, en condiciones
en que las exigencias jerarquizadas de rentabilidad por los grandes
capitales se vuelven cada vez más exorbitantes e inviables.
En la literatura
económica de épocas pasadas se hablaba de tasas razonables de ganancias
del capital que estaban entre el 3 y el 8%, las tasas de ganancias que
reclama el capital hoy y sobre todo las que son jerarquizadas por la
competencia monopolística están en el 25 y el 30%. Y ese es el nivel
normal de ganancia que requiere el capital para poder orientar sus inversiones!
Es claro la posibilidad real de relanzar la reproducción de la vida
humana desde la perspectiva del valor de uso, en su única forma de
organización actualmente concebible, desde la perspectiva “normal”
del capital, es decir, desde la formas de la rentabilidad exorbitante
del valor de cambio, queda totalmente comprometida.
El desarrollo
de las fuerzas productivas entra en contradicción con su forma actual
de organización, con la lógica de quienes definen el verdadero ritmo
y orientación de la acumulación y la posibilidad no sólo del relanzamiento
de la producción, sino de la producción de valores de uso, de satisfactores
en la perspectiva de la continuación de la vida.
Las reformas de hoy reclaman una profundidad que va más allá del cambio del régimen de acumulación, que plantea horizontes post-capitalistas y que define de alguna manera el principio de un cambio civilizatorio en el cual son las fuerzas progresistas, desde su organización y desde su lucha, las que definirán las reales posibilidades de esta alternativa. La otra posibilidad, también es real y muy factible de continuar el actual curso de los acontecimientos, se construirá sobre la base del capitalismo de la exclusión, del capitalismo de la recesión, del capitalismo de la expulsión y del capitalismo de la guerra.
Pedro Páez Pérez
(Ecuador) Presidente de la Comisión Técnica Presidencial de la República del Ecuador sobre la Nueva Arquitectura Financiera Internacional para la Creación del Banco del Sur; miembro de la Comisión de Expertos convocada por el Presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas y presidida por Joseph Stiglitz; Ministro Coordinador de la Política Económica (2007-8), Subsecretario General de Economía del Ministerio de Economía y Finanzas (2006); técnico del Banco Central del Ecuador (1983-2007) y Profesor de Postgrado en diferentes universidades en el Ecuador, Estados Unidos y Francia. Agradezco la ayuda de Fredy Trujillo en la preparación de los gráficos.
