“La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden, pierden así la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”
C. Marx y F. Engels (1845). En: La Ideología Alemana.
Este punto se refiere a tres conceptos cuyo importancia y aplicación han generado polémica tanto en la praxis de los proyectos socialistas como en la literatura respectiva. Estos conceptos son los de eficiencia, ideología y conciencia. Por ejemplo, muchos artículos de opinión referidos a una evaluación de los éxitos y fracasos en las diferentes experiencias socialistas reflejan los (pre)juicios, criterios y valoraciones en cuanto al papel que estos elementos usualmente cumplen en dichos procesos sociales. Particularmente, en la lectura de ciertos artículos publicados en algunos medios se aprecia que pudieran existir algunas diferencias o dilemas en el manejo de estos conceptos, generando lo que aparentemente serían enfoques distintos dentro de algunos proyectos socialistas. Desconocemos si estas opiniones influyen o no en los planificadores de políticas públicas, pero, en cualquier caso, preguntémonos: ¿realmente existirán tales dilemas?
1. En primer lugar, comencemos por precisar que eficiencia, junto a eficacia, son los dos conceptos que forman un modelo de evaluación del funcionamiento y los resultados logrados por cualquier sistema, proceso, o instrumento desarrollado por la acción humana. En la teoría de la llamada “administración científica” [ii], “la efectividad (o eficacia) es realizar un objetivo, cuyos efectos están en armonía con las intenciones que los planificadores o realizadores tienen en mientes”; mientras que “la eficiencia es la consecución de los fines (u objetivos) deseados, los cuales son logrados con el menor recurso posible, o bien, con unos recursos dados, el más alto efecto posible es logrado”. Obviamente, ambos conceptos se aplican tanto para la administración pública como privada, ya sea en un sistema capitalista o bien en un sistema socialista.
Sin embargo, tal como hace Melinkoff[iii], es necesario advertir que estos conceptos aplicados a la actividad administrativa no son exclusivamente técnicos, como suelen verlo los tecnócratas, sino que también una actividad administrativa debe ser juzgada de acuerdo al tipo y calidad de los fines. Por ejemplo, en los países capitalistas se considera la administración privada como más efectiva y eficiente que la pública, no obstante, se olvidan los fines y objetivos de una y otra: Para el sistema económico capitalista, lo fines y objetivos son la obtención del más alto rendimiento o ganancia del capital, a costa de la más alta explotación de los recursos humanos y materiales disponibles. Evidentemente, la administración de las empresas capitalistas, en general, ha sido muy efectiva a la hora de explotar el trabajo y acumular capital, pero al mismo tiempo ha sido tremendamente ineficiente en el manejo de los recursos pues ha logrado cada vez más depauperar y marginar al ser humano, así como también ha logrado explotar y degradar la naturaleza peligrosamente.
En el sistema socialista, en cambio, se persigue erradicar la explotación del hombre por el hombre y lograr un mayor y general bienestar del ser humano, haciendo un uso racional y equitativo de los recursos que la sociedad y la naturaleza ponen a nuestro alcance. Estos fines y objetivos siempre han estado muy claros para los socialistas, sin embargo, en el plano teórico parece que se desestiman fundamentales principios de administración y evaluación, así como en el terreno de la práctica se observa que no siempre se ha logrado el más alto efecto posible. O sea, no siempre se ha actuado con eficiencia. Por ejemplo, algunos países socialistas en su afán por equipararse al desarrollo de los países capitalistas cometieron los mismos errores que estos en cuanto al uso irracional de los métodos, técnicas y procedimientos del capitalismo. O no lograron desarrollar una administración pública que estuviera a tono con los altos fines del socialismo. Evidentemente, la baja productividad, la dilapidación de recursos, la mala o inequitativa distribución de los bienes producidos, la corrupción, entre otros males, son fallas que obstaculizan y demoran el logro de los objetivos propuestos y tienden a crear disconformidad, desánimo o desmotivación en aquella parte de la población que está esperando que este sistema se dedique a, o sea capaz de, satisfacer sus más sentidas necesidades o intereses. Como bien destaca Marcelo Colussi[iv] en uno de sus artículos: “El socialismo, llámese del siglo XXI o como se quiera, debe servir, básicamente, para brindar “la mayor suma de felicidad posible al pueblo”, para decirlo en clave bolivariana. Si no, más allá de cualquier discurso, por más emotivo que sea, pierde credibilidad. Y las masas, más temprano que tarde, tienden a desmotivarse”.
2. Por otra parte, están los escritos que destacan el papel de las ideologías y sus aparatos de difusión como elementos determinante en los procesos revolucionarios, en sus éxitos o fracasos. Particularmente en el caso venezolano, algunos articulistas sostienen la opinión de que para enfrentar eficazmente la ideología capitalista y pro imperialista de la oligarquía venezolana es imprescindible construir una ideología, “un cuerpo teórico sólido, definido, del Socialismo Bolivariano”[v], quizás racionalizando mejor ese sincretismo (o “caja de herramientas”) de cristianismo, bolivarianismo y socialismo, que tan bien maneja el Presidente Chávez. “El avance y consolidación del Proceso Revolucionario –afirma otro articulista- se alcanzará si damos la batalla y obtenemos la victoria en la lucha ideológica” [vi].
Pues bien, dado que se ha querido introducir este concepto en el proceso revolucionario venezolano, cabe preguntarse ¿qué debemos entender por ideología?, ¿cuál sería su utilidad real?, ¿a quién sirve? F. Rossi-Landi[vii], en su libro Ideología, señala once concepciones diferentes. Según Néstor Kohan[viii], sólo “En el marxismo “ideología” tiene dos significados distintos: 1) concepción del mundo que implica una determinada perspectiva de vida ligada a los intereses de las clases sociales, una escala de valores, junto con normas de conducta práctica. 2) Falsa conciencia, obstáculo para el conocimiento de la verdad, error sistemático, inversión de la realidad por compromisos con el poder establecido. Así, para este autor, el mismo marxismo sería una concepción ideológica del mundo vinculada a los intereses de los trabajadores (significado 1) que cuestiona toda falsa conciencia ideológica de la burguesía (significado 2)”.
Estas diversas acepciones del término “ideología” han generado mucha polémica en el orden teórico [ix], pero cualquiera sea el significado que se prefiera dar (particular o total, restringido o amplio, negativo o positivo) sería también conveniente tomar en cuenta las condiciones reales en las que actúa toda ideología.
De acuerdo con Markovic[x], las teorías ideológicas: “No son universalmente aplicables, como ocurre con las teorías científicas. Solamente pueden aplicarlas los miembros de cierta clase, de un movimiento, de un partido. Y precisamente gracias a su acción, a veces muy poderosa, puede alcanzarse un fin previsto, aunque no fuese de esperar si se juzgara con sangre fría y desde un punto de vista no comprometido. En otras palabras -añade Markovic-, (la ideología) se revela como un factor poderoso pero imprevisible: el efecto estimulante del pronóstico mismo sobre las masas que siguen a un determinado movimiento político”.
Por otro lado, Althuser[xi] advierte que: “La lucha de clases se expresa y se ejerce en las formaciones ideológicas, y por tanto, también en las formaciones ideológicas de los AIE (Aparatos Ideológicos del Estado). Pero, la lucha de clases desborda ampliamente los marcos de dichas formaciones, de ahí precisamente que las clases explotadas puedan llevar el combate hasta las formaciones de los AIE, volver contra las clases en el poder las armas de la ideología (…) la lucha de clases desborda los AIE porque no se halla enraizada en la ideología, sino en la infraestructura, en las relaciones de producción, autenticas relaciones de explotación que constituyen la base de las relaciones de clase”.
En efecto, toda ideología está limitada por los intereses de clase y las condiciones materiales de existencia en una sociedad determinada. Sin embargo, a pesar de la naturaleza “orgánica” de las ideologías, todos los factores en conflicto (ya sean los factores del poder dominante como las fuerzas emergentes) siempre buscarán trascender por todos los medios posibles los estrechos límites de las clases sociales, grupos de interés o partidos políticos, para así extender su particular sistema de valores de manera que estos se constituyan en la forma de pensamiento hegemónico en la sociedad.
Por eso, obviamente, nadie en su sano juicio podría negar la importancia que tienen las ideologías y contra-ideologías en esa “batalla de las ideas” que se da todos los días y en todos los espacios de la llamada “guerra de cuarta generación”, donde se operan una serie de verdaderas campañas mediáticas de información-desinformación científicamente desarrolladas, tendentes a imponer un pensamiento hegemónico en la sociedad.
3. Sin embargo, no basta solo con una contra-ideología de tipo revolucionaria, por muy bien elaborada que ella esté, para poder realmente contrarrestar la ideología capitalista dominante y formar, al mismo tiempo, una verdadera conciencia social liberadora. Evidentemente que se trata de algo mucho más complejo. La ideología es apenas una parte de la conciencia social, en cuya estructuración confluyen, participa y se solapan varios procesos tanto objetivos como inter-subjetivos.
La conciencia es definida en general como el conocimiento que un ser tiene de sí mismo y de su entorno; En el ámbito psicológico, la conciencia se entiende como la esquematización presente de la realidad, tanto interior como exterior al individuo, y de unas valorizaciones asociadas a los elementos constitutivos de esa realidad; En términos filosóficos, es la facultad de decidir y hacerse sujeto, es decir, actor de sus actos y responsable de las circunstancias que de ellos se siguen, según la percepción del bien y del mal. En breve, la conciencia es el estado de razón del espíritu humano [xii].
Carlos Marx y Federico Engels afirmaban que “la conciencia es ya de antemano un producto social, y lo seguirá siendo mientras existen seres humanos” [xiii]. Constituyen procesos de formación de la conciencia: 1) ciertamente, la ideologización, se refiere al proceso intersubjetivo por el cual determinadas visiones de la realidad social y su lógica de pensamiento permea y se acuna en la vida privada del individuo; 2) la politización, que es inverso al anterior, se refiere al proceso por el cual determinadas visiones particulares de la realidad logran insertarse en el ámbito público con el fin de transformar la realidad social misma; 3) la educación, formal e informal, se refiere a los procesos de instrucción-formación aportados por la escuela, la familia y la industria cultural, los cuales ponen a disposición del individuo desde el conocimiento de las ciencias, los hechos históricos y culturales, los valores morales, los principios y normas éticas, hasta las tradiciones, costumbres y (pre)juicios predominantes en la sociedad; 4) no menos importante, es la pedagogía natural desarrollada por el gobierno y sus funcionarios, cuyas características y comportamiento influyen poderosamente en la población; 5) por último, están los procesos objetivos que se dan en la vida material de una formación económico-social determinada, que son los que en última instancia condicionan el desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, artístico, etc.
Estos procesos operan permanentemente y en todas partes moldeando la conciencia de la sociedad. Es por esta razón que en todas las revoluciones sociales siempre se ha tenido que librar, necesariamente, una batalla por la formación de la conciencia revolucionaria, para poder vencer las resistencias que presentan los sentimientos de temor al cambio, las ideas conservadoras o las acciones contrarrevolucionarias Por supuesto, he allí también por qué los enemigos de las revoluciones le asignan tanta importancia a la “deconstrucción” de la conciencia de los pueblos y a su sustitución por una conciencia falsa que les permita ocultar o deformar la realidad y, al mismo tiempo, justificar sus propósitos de dominación.
Los ataques a la conciencia revolucionaria se realizan desde los más diversos espacios y expresiones de la vida moderna: Por ejemplo, impartiendo en las escuelas privadas los anti-valores del individualismo y la competencia egoístas propios de la mentalidad burguesa; También, promoviendo los patrones de consumo desmedido que supuestamente privan en el mundo capitalista occidental, vía la grosera exhibición del lujo por parte de individuos modélicos, centros de ventas y la publicidad comercial en los medios de comunicación privados; O la permanente campaña ideológica que se realiza a través de esos mismos medios, desde donde se maneja una concepción negativa de la identidad de nuestros pueblos menos desarrollados. Como bien destaca la profesora Maritza Montero[xiv], tal concepción, marcada por la negatividad, la minusvalía y la comparación inferiorizante con Otros poderosos (p. e., las clases de mayores recursos económicos, los países industrializados), tienen un efecto paralizante y adormecedor de la conciencia, que opera a través de un proceso de alienación, ideologizante, inducido y reproducido internamente en nuestras poblaciones.
Entonces, se comprende cuando en diversos artículos de opinión se señala que “es ese el territorio de la lucha, es allí donde deben dirigirse todas las acciones de los revolucionarios;… que: en última instancia todas las batallas revolucionarias son batallas por la conciencia revolucionaria” [xv]. Según Neftalí Reyes, en este mismo artículo, “El objetivo de construir una nueva conciencia es un acto consiente. Queremos decir con esto –dice el autor- que no es espontáneo, que no son suficientes los cambios económicos, que no es suficiente la prédica del líder…Es un acto consiente y es un acto social, la grandes mayorías deben participar en él” [xvi]. Ya antes, siguiendo esta idea, en el Editorial de este mismo medio, se nos advertía que: “es errado el camino de pretender resolver las necesidades materiales de la sociedad, olvidando la solución de las deformaciones espirituales”.
Por su lado, el columnista que firma como Antonio Aponte [xvii] señala que “es en el alma, o en la conciencia, o en los valores, que vienen a ser diferentes niveles de la misma esencia, donde en definitiva se decide la suerte de las revoluciones”. Explicando las condiciones fundamentales para la formación de la conciencia revolucionaria dice: “la conciencia está entrelazada con la existencia, y ésta con la manera como se gana la vida una sociedad, como trabaja y, en última instancia, para quién trabaja” (…) Sólo el trabajo social y la propiedad social de los medios de producción son generadores de conciencia del deber social (…), dependiendo del tipo de propiedad sobre los medios de producción, se generará conciencia egoísta o conciencia socialista” [xviii]. Ya en una columna anterior este mismo articulista nos alertaba sobre lo que en su criterio son “las visiones pequeño burguesas de la economía” y “de una supuesta eficiencia” que sabotean “a la organización que integra y a la concientización del Pueblo”. “La visón pequeño burguesa –explica el autor- considera que el Pueblo puede avanzar hacia la Revolución y al Socialismo con zanahorias en frente y caramelos en el bolsillo” [xix].
4. Y sin embargo, tampoco la conciencia lo es todo. La conciencia (al igual que la ideología) no es más que un aspecto real, pero parcial, de la actividad humana. El comportamiento humano es un hecho total: al lado de la vida espiritual está la vida material del ser humano. El pensamiento dialéctico –advierte Lucien Goldmann [xx] - pone el acento en este carácter total de la vida social y afirma la imposibilidad de separar su lado material de su lado espiritual, es decir, la imposibilidad de separar la infraestructura económica y social de los hechos de conciencia y de la acción humana. Aunque, si se sigue la historia del pensamiento marxista –dice Goldmann-, incluso el más ortodoxo, hay perpetuamente oscilaciones entre las corrientes que ponen el acento en la acción de los hombres, en sus posibilidades de transformar el mundo o, inversamente en la inercia social, en las resistencias del medio, en las fuerzas materiales. Estas oscilaciones, que no se deben al azar, expresan, también, las transformaciones sociales, los cambios en las condiciones de acción del movimiento obrero.
El economista Jesús Faría [xxi], por ejemplo, señala tres condiciones o momentos a los cuales les corresponden sus respectivos frentes de lucha: 1) Por lo general, las coyunturas revolucionarias están precedidas por largos períodos donde predomina el esfuerzo de aglutinar a las mayorías en torno a la lucha ideológica. En esta fase, el combate se produce principalmente en la esfera de las ideas y de la difusión de la línea política; 2) Por su parte, durante los auges de masas que desembocan en situaciones revolucionarias, la conquista del poder, la lucha de clases estrictamente política, se convierten en el centro de gravedad de la estrategia; 3) Una tercera fase sería el período de transición, donde se destacaría la preponderancia que adquiere la reconstrucción económica del país. Al respecto –dice Faría-, no sería exagerado afirmar que es en ese campo donde se libran las batallas más cruciales.
Por supuesto –continua explicando el mismo autor-, esto no sugiere ninguna contraposición entre los diferentes frentes de lucha. Todo lo contrario, estos se encuentran estrechamente interrelacionados, como lo ilustra el hecho de que la actividad revolucionaria en el ámbito económico está sometida a los lineamientos de la estrategia política. Es decir, la estrategia económica se convierte en el instrumento fundamental de la estrategia política y, a su vez, responde directamente al contenido ideológico de esta última.
Según Faría, entre las tareas más relevantes en el ámbito de la transformación económica se cuentan: 1) la creación de un sector socialista de la economía; 2) La industrialización sobre la base de relaciones de producción socialistas, con nuevos sujetos sociales y nueva orientación productiva; 3) La reforma agraria en función de la independencia alimentaria y la transformación de las relaciones de propiedad en el campo y, 4) La introducción de elementos de planificación económica y gestión socialista.
En consecuencia –concluye este autor-, uno de los objetivos fundamentales de la transición radica en el máximo desarrollo posible de las fuerzas productivas. Adicionalmente, el despliegue de la base productiva de la sociedad no sólo estimulará el crecimiento económico necesario para generar bienestar en la población, sino que permitirá elevar los niveles de productividad y eficiencia necesaria para afrontar los retos derivados de la coexistencia interna y externa con el sistema capitalista. “Estamos obligados –observa finalmente Jesús Faría- a demostrar que somos capaces no sólo de convencer a las mayorías acerca de la justeza de nuestro proyecto histórico y de movilizarla en función de la conquista del poder político, sino también de organizar y administrar los asunto económicos en forma eficiente”.
Mientras que otro articulista, Martín Guédez[xxii], escribiendo en relación con la línea política de “las tres erres” (Revisión, Rectificación y Reimpulso), lanzada oportunamente por el Presidente Chávez, indica que una economía socialista está llamada a ser más eficaz y productiva que una economía capitalista. Sin embargo, afirma este autor-, esto en muchos casos no ha sido así. Un buen número de experiencias propias lo ha puesto de manifiesto. ¿Significa acaso que están reñidos eficacia y productividad con el socialismo?, por supuesto, la respuesta, contundente y rotunda, es ¡NO!, –dice Guédez-.
Se tiene entonces –sigue el mismo autor- el enorme desafío de hacer que las formas de producción alcancen niveles superiores de eficiencia y productividad en las condiciones actuales de cultura y costumbres profundamente arraigadas en la conciencia venezolana. La Revolución tiene que alcanzar un grado de eficacia práctica en el servicio a la sociedad inaplazable. Una revisión a fondo y sin concesiones a la capacidad real de todo el funcionariado estatal es imprescindible. Pero además de esto, añade Guédez, está la necesaria formación de un partido ideológicamente sólido, con una definición doctrinaria precisa que sirva de azimut a todos. En este sentido, el uso de todos los medios de comunicación del Estado para alcanzar los fines de dar a conocer, educar y formar en los valores socialistas al punto de generar verdadera conciencia revolucionaria sería, junto al trabajo insustituible del contacto cara a cara, de primerísima importancia. De allí que a dos manos –concluye este autor-, generando las condiciones materiales para la instalación del socialismo y sembrando conciencia debamos emprender la tarea este año 2008 de grandes definiciones.
5. Resumen y conclusiones: De acuerdo con el análisis realizado a algunas de las opiniones vertidas en diferentes medios nacionales, y referidas en estas páginas, apreciamos que ciertamente existen algunas diferencias de criterios en cuanto a la importancia que se les debe dar dentro de un proceso de construcción socialista a los conceptos de eficiencia, ideología y conciencia. 1) Por una parte, se puede identificar las opiniones que le otorgan un lugar preferencial, casi exclusivo, a los elementos espirituales de la actividad humana, tales como las ideas, las visiones, los valores, las creencias, y otros, que son componentes esenciales tanto de las ideologías como de la conciencia social. En algunos casos hasta se manifiestan serias dudas respecto al papel que juega la eficiencia de los elementos económicos, técnicos y productivos del sistema como factores coadyuvantes o generadores de una conciencia social revolucionaria; 2)) De otro lado, identificamos las opiniones que le otorgan igual importancia a los elementos tanto “espirituales” como “materiales” del desarrollo humano, pero señalando que sus influencias (o el “acento”) pueden variar de acuerdo a las circunstancias y el momento político. Así, en estos casos, se observa la preocupación no sólo por la necesidad de sembrar en la población una verdadera conciencia revolucionaria, sino también por la necesidad de organizar y administrar los asuntos económicos y sociales en forma eficiente.
Como ya se señaló más arriba, al parecer estas diferencias son frecuentes en todos los procesos revolucionarios. No obstante todo esto, y según nuestro análisis, se puede inferir que no debería existir ningún dilema en el manejo de estos conceptos, pues lógicamente todos ellos: una ideología revolucionaria, la conciencia del deber social, así como la eficiencia y la eficacia de un sistema socio-económico predominantemente socialista, son factores que se necesitan y se complementan unos con otros, a la los fines de lograr, como señala Guédez, “la convicción absoluta en la superioridad del socialismo como única solución al problema del hombre en libertad”.
Pero además de la necesaria racionalidad de un enfoque dialéctico e integral, que considere y valore apropiadamente los elementos espirituales y materiales de la vida humana, también está la necesidad de definir tanto la eficiencia teórica como práctica de cada uno de estos elementos. Esto quiere decir que todo gobierno, o dirección política, debe precisar en lo posible y desprejuiciadamente cual es el grado de determinación o eficiencia relativa (Althuser) que cumplen estos factores en determinadas y muy concretas circunstancias históricas.
Notas y referencias:
[i] Este mismo trabajo ya fue presentado bajo el título “El socialismo y sus dilemas” en: www.aporrea.org/ideología/a58920, el 16/06/08.
[ii] Véase: Melinkoff, Ramón V. Los procesos administrativos, Contexto Editores, Caracas, 1979, p. 17.
[iii] Ibíd., p. 18.
[iv] Colussi, Marcelo. “Venezuela 2008: ¿Para dónde va la revolución? en Revista: A Plena Voz, Editorial el perro y la rana, número 37, Caracas, noviembre de 2007, p. 9.
[v] Aponte, Antonio. “Ideología, Estado y Dirección”, en su columna: “Un Grano de Maíz”, Diario Vea, Caracas, jueves 3 de enero de 2008, p. 9.
[vi] Izarra, William. “Para no perder la revolución”, Diario Vea, Caracas, domingo 25 de mayo de 2008, p. 9.
[vii] Rossi-Landi, F. Ideología. Editorial Labor, Barcelona, 1980.
[viii] Kohan, Néstor. “Diccionario básico de categorías marxistas”, en Revista: Question, Año 4, Nº 49, noviembre de 2006.
[ix] En este terreno se presentan varias concepciones. Por ejemplo: 1) Para el creador del término, Destutt de Tracy, ideología es la ciencia de las ideas, de sus cualidades, de sus leyes, sus símbolos y, sobre todo, de sus orígenes; 2) Luego está la concepción original marxista que define la ideología como falsa conciencia, opuesta a la conciencia de clase; 3) Otra es la leninista que habla de la posibilidad de una ideología socialista como la ideología de lucha de la clase proletaria; 4) En la concepción bogdanovista, mucho más amplia que las anteriores, la ideología es equivalente a la cultura intelectual y la consciencia social de los hombres, que les sirve para organizar su vida (Véase al respecto: E. J. Hobsbawm, et. al. Historia del marxismo, Brugera, Barcelona, 1980; También: Markovic, Mihailo. El Marx contemporáneo, Fondo de Cultura Económica, México, 1978). Entre los autores más cercanos a nosotros, que aportan una buena información acerca de esta polémica, recomendamos leer los ensayos de Ludovico Silva relacionados con este tema.
[x] Markovic, Mihailo. Ob. cit., pp. 106-7.
[xi] Althusser, Louis. Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, Colección Síntesis, 1970, p. 27.
[xii] En enciclopedia libre Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Conciencia
[xiii] Marx, C. y Engels, F. La ideología alemana, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1968, p. 31, citado por Ludovico Silva, en La plusvalía ideológica, EBUCV, Caracas, 1984, p. 55. A este respecto, cabe comentar que en la literatura marxista se destacan cuatro tesis fundamentales sobre la conciencia: 1) El ser social determina a la conciencia; 2) Las clases sociales constituyen las infraestructuras de la conciencia posible; 3) Sólo en la toma de conciencia puede el sujeto superar la alienación que produce una ideología conservadora o falsa conciencia; 4) Sin embargo, la conciencia (al igual que la ideología) no es más que un aspecto real, pero parcial, de la actividad humana. El pensamiento dialéctico, por tanto, pone el acento en que el comportamiento humano es un hecho total: al lado de la vida espiritual está la vida material del ser humano.
[xiv] Montero, Maritza. “A través del espejo: una aproximación teórica al estudio de la conciencia social en América Latina”, en: Psicología política latinoamericana, Caracas, Editorial PANAPO, 1987, pp. 163-202; Ver también: Ideología, alienación e identidad nacional, Caracas, EBUCV, 2004.
[xv] Reyes, Neftalí. “Carlos Marx: el más cristiano de los hombres”, en: Debate Socialista, www.debatesocialista.org, abril de 2008.
[xvi] Ibídem.
[xvii] Aponte, Antonio. “La última barrera…es el alma”, en la columna: “Un grano de maíz”, Diario Vea, domingo 31 de diciembre de 2006, p. 7.
[xviii] ______________ “¡No es la propiedad, es la conciencia!”, en la columna: “Un grano de maíz”, Diario Vea, domingo 13 de enero de 2008, p. 9.
[xix] ______________ “La visión”, en la columna: “Un grano de maíz”, Diario Vea, Caracas, domingo 9 de marzo de 2008, p. 9.
[xx] Ver: Goldmann, Lucien. Las ciencias humanas y la filosofía, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1978, p. 64.
[xxi] Faría, Jesús G. “La economía política de la transición al socialismo”, en El socialismo en el siglo XXI, (compilación), Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas, 2006, pp. 103-121.
[xxii] Guédez, Martín. “2008 y las tres erres al revés”, publicado en Diario Vea, Caracas, domingo 6 de enero de 2008, p. 28/especial.
3 de marzo de 2010