Cómo se explica que el pueblo chileno, después de vivir una de las más cruentas dictaduras de la historia en América Latina, hoy se decida por un gobierno de derecha que no sólo profesa el neoliberalismo como doctrina principal sino que además no tiene ningún problema en expresar, abiertamente, su racismo y odio a quienes piensan diferente. Cómo se explica que pueblos como el de México, Colombia y Perú soporten gobiernos oligárquicos y fascistas. Cuáles son los riesgos que corren los gobiernos progresistas como el de Venezuela, Bolivia, Ecuador o Uruguay en la dura tarea de producir otra ontología política capaz de sustentar ejercicios revolucionarios, son interrogantes que, hoy más que nunca, se deben realizar en aras de analizar el escenario latinoamericano, aprender de la historia y poder materializar en hechos lo que desde hace tiempo se presenta discursivamente: otras relaciones, otro mundo.
Si se coloca la lupa sobre la gestión de la ya casi ex-presidenta chilena Michelle Bachelet se encontrará un gobierno “socialista” que nunca tocó los intereses privados de la élite chilena, que jamás se propuso la nacionalización y apropiación real de sus principales recursos, como el cobre; se encontrará un gobierno que en el discurso manifestó igualdad y justicia pero que siguió reprimiendo al pueblo Mapuche y que no juzgó ni encarceló a muchos de los torturadores de la dictadura pinochetista. Es decir, se trató de un gobierno centro-izquierda más de centro que de izquierda, el cual nunca promovió otro tipo de relación que las mercantiles entre un prestador de servicio y su cliente. De modo que fue un gobierno cuyos valores no dejaron de ser el éxito y la felicidad basados en la propiedad privada y el acceso a la modernidad.
En este sentido, es preciso aclarar que no es posible alcanzar la justicia y la igualdad social partiendo de la creencia de que el modelo capitalista puede converger con ideas socialistas y en esto hay que ser rigurosos, es imposible ser medio socialista y medio capitalista al mismo tiempo, al menos no como propuesta política. Bien es sabido que la transformación revolucionaria requiere un inmenso trabajo pero también es cierto que de las medias tintas sólo ha quedado el sabor amargo de la traición.
Un caso digno de analizar se encuentra en la historia mexicana con la gestión del Partido Revolucionario Institucional (PRI) el cual mantuvo el poder entre 1929 y 1997 cuando perdió la mayoría de la Cámara de Diputados. Durante su mandato este partido y sus representantes robaron, atropellaron y burlaron a un pueblo en nombre de la revolución. Después de esta experiencia no se ha vuelto a confiar en una candidatura de izquierda en esa nación, incluso, el propio Subcomandante Marcos – guerrillero insurgente - se negó a apoyar la última candidatura progresista de ese país representada por Andrés Manuel López Obrador, pues pareciera que el modelo democrático pierde legitimidad donde ya no existe diferencia entre derecha o izquierda y sobre todo cuando esta última ha devenido en mero discurso. En los casos de Colombia y Perú uno se tropieza con una sociedad conservadora que no va a ceder ni un milímetro de terreno frente a una resistencia que se dispersa entre intereses comerciales y la fragmentación interna; de tal modo que, constituyen un territorio derechizado casi por completo mientras el golpe en Honduras sigue campante y un turbio panorama se avecina para las próximas elecciones en Brasil y Argentina.
Por todas estas razones y partiendo de una reflexión histórica crítica, es preciso entender que si los gobiernos de izquierda como el de Venezuela, Bolivia, Ecuador o el recién electo en Uruguay, no son capaces de ser auténticos y de radicalizar los procesos sino que se pierden en el reformismo y la negociación, entonces estarán destinados al fracaso, seguido de una fácil y rápida derechización del continente. De este modo, el proyecto socialista sólo será una copia más de los miles intentos fallidos al querer encontrar “un capitalismo con rostro humano”, pues este último no da tregua y su lógica lleva intrínseca un modo de relacionarse con el mundo (utilitarista) que siempre promoverá una biopolítica negativa, en otras palabras, serán gobiernos que se posarán sobre la vida y la administrarán a su conveniencia, que no harán vivir sino sobrevivir.
El reto revolucionario que convoca a todo los pueblos latinoamericanos es poder comenzar a cuestionar la propia condición de revolucionario para poder ser cada vez más críticos, así como comprender que no hay posibilidades de negociación entre una ontología política que ve al ser como un producto útil y otra que lo ve en su esencia y encuentra que éste es, ante todo, relación con los demás. Sólo existen dos tipos de intelectuales, dos tipos de luchadores y, en resumidas cuentas, dos tipos de política: una para la dominación y otra para la liberación.
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