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¿Fueron las nuevas fábricas cooperativas del siglo XIX una
alternativa al capitalismo? La respuesta de Carlos Marx es negativa porque,
según él, reproducían «todos los defectos del sistema existente». Se limitaban a la búsqueda de ganancias y a la
competencia; y si bien abolían la oposición entre el capital y el trabajo, la
producción cooperativa continuaba siendo un sistema aislado, basado en
intereses antagónicos individuales, donde los trabajadores asociados «se habían
convertido en sus propios capitalistas» al usar los medios de producción para
«valorizar su propio trabajo».1 También destacó que en las «formas diminutas»
inherentes a los esfuerzos privados de los trabajadores individuales, las
cooperativas «nunca transformarían la sociedad capitalista». En 1875, Marx
observaba en la Crítica al Programa de Gotha que los trabajadores deseaban
«crear las condiciones para la producción cooperativa a escala social, y ante
todo a escala nacional, en su propio país porque están trabajando para
revolucionar las condiciones actuales de producción». Ello exige algo más que
casos aislados, ya que «para transformar la producción social en un gran sistema
armonioso de trabajo libre y cooperativo se necesitan cambios sociales generales.2
Ese sistema cooperativo exigía un proceso de coordinación
consciente -como cuando «sociedades cooperativas unidas […] reglamentan la
producción nacional en un plan común, asumiendo así el control». En lugar de un sistema fundamentado en
intereses fragmentados y antagónicos, en «la sociedad cooperativa basada en la
propiedad común de los medios de producción», los productores asociados emplearían
«diferentes formas de poder obrero totalmente conscientes de constituir una
sola fuerza laboral social». De esa forma, la solidaridad entre todas las
extremidades del trabajador colectivo es lógica cuando la producción de seres
humanos libremente asociados «se halla bajo un control consciente y planificado».3
Entonces, ¿por qué Marx afirmó que el surgimiento de las
fábricas cooperativas era una «victoria»? Habida cuenta de los defectos que
tenían, ¿por qué las consideró, incluso, una «mayor victoria» para la economía
política de la clase obrera sobre la del capital, que el proyecto de ley de las
diez horas?4 En la práctica, esas
cooperativas evidenciaron que el trabajo combinado en gran escala
podría perder su «naturaleza contraria» y «llevarse a cabo sin
la existencia de una clase de patronos que diera empleo a una clase de
obreros». Era evidente que los trabajadores no necesitaban a los capitalistas
ya que «para dar frutos, los medios de producción no tienen que estar monopolizados
como un medio de dominio sobre, y exacción contra, el trabajador mismo».5 Además, estas cooperativas apuntaban a una
nueva relación entre productores. Por esa razón y a pesar de sus defectos, las fábricas
constituyeron «los primeros ejemplos del surgimiento de una nueva forma». Como
observara el propio Marx, «cuando el trabajador coopera de forma planificada
con los demás, se despoja de las cadenas de la individualidad y desarrolla las
aptitudes de la especie».6