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    Ideología y Socialismo del Siglo XXI

Jesús, el Hijo de Dios
Por: Jesús, el Hijo de Dios
Fecha de publicación: 23/12/07
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“En la Biblia se dice que Cristo anunció primero que era el mensajero de Dios, luego que Él era el hijo de Dios, y finalmente dijo: ‘Mi Padre y Yo somos Uno’. Además existe una declaración adicional de la identidad con el Espíritu Santo.”

“Las religiones surgen de las mentes de hombres buenos, los cuales buscan hacer buenos a todos los hombres y luchan por eliminar el mal y corregir a los malos. Los hombres buenos son numerosos, puesto que deben enmendar a los individuos, sus actividades, profesiones, caracteres y peculiaridades y acciones que desempeñan.

Por lo tanto, es apropiado celebrar el natalicio de Jesús, quien sintió la necesidad de salvar a la humanidad y luchó por lograrlo, pero la celebración debe consistir en adherirse a sus enseñanzas, ser leal a los principios, practicar las disciplinas y experimentar la conciencia de la Divinidad que él buscó despertar.

Los natalicios de los grandes personajes se celebran con hipocresía y pompa externa, sin existir interés alguno por examinar el mensaje que legaron, ni esfuerzo para practicarlo y obtener la bienaventuranza que promete.

Los grandes maestros pertenecen a la humanidad; es un error creer que Jesús pertenece solo a los cristianos y que la Navidad es un festival sagrado solo para occidente. Aceptar a uno de ellos como propio y desechar al resto por pertenecer a otros, es una muestra de mezquindad. Cristo, Buda, Mahoma, Rama, Krishna, son para todos los hombres de cualquier lugar.

Las religiones insisten en la verdad, pero ahora el hombre que se apega a la verdad es ridiculizado como si fuera un tonto. La crueldad y violencia, condenadas por todas las religiones, se esgrimen como armas del progreso y medios para alcanzar cualquier fin. Sin embargo, las verdades básicas de la religión no son afectadas o manchadas por el mal que los hombres practican o las luchas despiadadas en que se recrean. Solo aquellos que no están dedicados a practicar el mensaje de la religión malgastarán sus energías en condenar a otras religiones y glorificar la suya. Y, una vez que practiquen sinceramente, desaparecerá la necesidad de encontrar faltas en los demás o hacer públicas las virtudes propias.

Jesús enseñó sencillas y prácticas lecciones sobre elevación espiritual para el bien de la humanidad. Él manifestó poderes divinos para infundir fe en la validez de sus enseñanzas y señaló el camino que puede conferir a los hombres al dulce néctar de la bienaventuranza. Además, exhortó a la gente, por medio del precepto y el ejemplo, a cultivar las virtudes de caridad, compasión, paciencia, amor y fe. Éstas no son cualidades separadas y diferentes, solo son diferentes facetas de la Divinidad en el hombre, que éste tiene que reconocer y desarrollar.

La gente habla del sacrificio de Cristo según se evidencia por su crucifixión. Una persona atada y golpeada por sus enemigos no puede decirse que haya sacrificado algo, porque no es libre. Pongamos atención al sacrificio que Jesús hizo por su propia voluntad mientras estaba libre. Él sacrificó felicidad, prosperidad, bienestar, seguridad y posición, enfrentó la hostilidad de los poderosos, rehusó ceder o transigir y renunció al ego, lo cual es muy difícil de lograr.

Los seguidores de Jesús se han dividido y sufrido cismas en diversas ocasiones, pero la vida de Cristo es una lección de unidad. Cuando Cristo estaba en la cruz, lo invadieron ciertos resentimientos hacia los hombres que lo torturaban. De pronto escuchó una voz alertándole: ‘¡Toda vida es una, mi querido hijo! ¡Sé igual con todos!’ A esto siguió otra exhortación: ‘La muerte es el ropaje de la vida’. Al igual que uno se quita la ropa usada y se viste otra, así el alma se quita y se pone cuerpos. De ese modo Jesús fue advertido en contra del odio y malos sentimientos, así como de lamentaciones a las que el hombre está propenso.

Hoy en día, no debemos luchar por una nueva religión, una nueva sociedad o un nuevo código de moralidad; ya existen en cada país y raza. También se tiene ya los planes básicos para el cultivo del espíritu establecidos en la mayoría de las religiones. Lo que necesitamos son personas que hayan alcanzado pureza en todos los niveles de conciencia. El hombre puede alcanzar la perfecta bienaventuranza cuando su corazón esté libre de envidia, egoísmo, codicia y otros rasgos malignos.

joseagapo@cantv.net
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Jesús, el Hijo de Dios


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