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    Ideología y Socialismo del Siglo XXI

No es posible la transformación con escuálidos en el poder
Por: Marbelys Mavárez Laguna*
Fecha de publicación: 18/12/07
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Definitivamente, la sentencia de Rafael Correa, presidente de Ecuador, cuando dice que “hay un cambio de época”, no es un cliché. Eso es absolutamente cierto. Y para estar a tono con este viraje es absolutamente necesario entrar en una nueva conciencia. Es también imprescindible adecuarnos a las nuevas realidades en el marco del proceso transformador.

Es hora ya de sacar del juego a los quinta columnas, escuálidos, opositores, ni ni, detractores, chavistas light, chavistas dudosos, chavistas oportunistas, chavistas sí…. pero…. Contrarrevolucionarios, van y vienen. En fin, para estar en el proceso debe asumirse una verdadera militancia. El perfil de la persona que se diga estar con el proceso revolucionario y transformador debe ser el siguiente: poseer un real compromiso con los ideales transformadores que redundan en el bienestar de la gente.

Otro de los perfiles que debe reunir un verdadero comprometido con la transformación necesaria es el de vivir y ejecutar la revolución en cada momento de su vida, con la gente, desde la gente y para la gente.

Debe ser, además, un pedagogo de la liberación. Una persona que esté dispuesta a servir y a enseñar sin ningún tipo de mezquindad. La enseñanza, como diría Emmanuel Levinas, debe ser para la vida, para toda la vida y, desde luego, para la humanidad. Y como lo sostiene Freire, se trata de impulsar una educación para la emancipación, en ningún momento para la subyugación.

Muchos de los que estas líneas leen dirán que eso es lo que hemos hecho hasta el momento, y por lo tanto no hay mucho trabajo pendiente por hacer. Pues no. Esa es una visión muy conservadora, neoconservadora, pues. Y esas cómodas posiciones en nada coadyuvan en promover la puja por lograr los reales procesos transformadores.

Esa visión conservadora es la que ha escrito que los Europeos y Españoles nos hicieron un gran favor cuando se “encontraron” con “nosotros”: unos indígenas que no habíamos salido a la luz, aborígenes que nos encontrábamos en una caverna, de espaldas al mundo. Hicieron un gran favor al traer la luz, los conocimientos, la escritura, la religión, sus modos de vida. Pero no nos volvieron ellos.

Tan sí es que las más frenéticas prácticas de mafias vienen de otro mundo, no del nuestro. Hijos de españoles, de italianos, por decir lo menos, han acometido en estas latitudes las peores calañas. Ya Arturo Uslar Pietro en algún momento escribió lo que salía de la unión de españoles: un pícaro. Tampoco ha sido gratuito el calificativo de “mafioso” atribuido a los italianos. Y con conocimiento de causa puedo decir que lo son. Además son viles y rastreros. Me disculpan quienes no reúnen estas características, pero parece que es algo genético.

Otro de los rasgos inherentes a un verdadero revolucionario es que se trata de una persona desprendida de lo material. Con esto no quiero decir que no le interesen las cosas materiales. No. Pero lo material no representa el fin en sí mismo. Allí está la gran diferencia.

Un verdadero revolucionario emprende procesos transformadores en el día a día, por pequeños que estos sean. Tiene poco respeto por el poder en su concepción tradicional. El poder, en la perspectiva de un revolucionario, no está fuera, no es lejano, no es etéreo. Es algo que está diseminado, está en todos y en cualquier momento los sujetos sociales pueden activarlo.

Un revolucionario no claudica. No hace desmayar sus convicciones. Alza su bandera y la defiende con su mejor arma: la ideológica. Dirán, quienes esto leen, que es adoctrinamiento. Debo decirles que sí. Se trata de convencer de la imperiosa necesidad que todos tenemos de arribar a un modelo liberador del ser humano y enaltecedor de la condición humana, en el cual el hombre y la mujer sean el principio y el fin. Esto, unido a la necesidad de volver a un paradigma ecológico, respetuoso de nuestro entorno.

Un revolucionario, además, es un estratega: sabe cuándo, cómo y con quién actuar. Las alianzas no son posibles con figuras de poder que pregonen o practiquen la antítesis de los principios anteriores.

Hablando de antítesis. Un verdadero revolucionario, en el día a día, forja la revolución con sus camaradas. Por lo tanto, no está de más ratificarlo, es respetuoso de la condición humana. Trabaja con la gente y para el bienestar de la gente, lo cual implica su propio bienestar.

Un revolucionario de corazón, trabaja día a día con sentido de patria, con patriotismo. Significa esto que, todo cuanto hace, lo ejecuta en pro de su país y de sus habitantes. No de países ajenos. Por esa razón, hoy por hoy, hablamos de desarrollo endógeno y hacia adentro.

Quizás faltan aquí algunas características de un revolucionario. Seguiré pensado, creando y recreando la realidad. De seguro habrá un número II de este artículo.

Finalmente, debo concluir que no es posible concebir la transformación con funcionarios que torpedean, en cada momento, la gestión pública. Y lo hacen por estar en cargos clave, operativos, desde los cuales se toman decisiones y se ejecutan las directrices emanadas por el Presidente Hugo Chávez. Ya la “etapa en la que se parte de la buena fe” pasó.

*Periodista, Trabajadora Social

Profesora de la UBV

marbemavarez@yahoo.es
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Marbelys Mavárez Laguna*


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