Partido político y gobierno: ¿identidad o diferencia?

Hace unos días un colega escribió un interesante artículo en este diario sobre el partido político. Indicó como conclusión, si no lo he interpretado mal, que el partido político tiene que ser fiel al gobierno (cuando el representante elegido es del mismo partido) y ayudarlo en sus logros. Por ello es criticable el enfrentamiento del dirigente de un partido político con el representante elegido del mismo partido que es gobierno. Sin embargo, si esto fuera llevado a su extremo, el partido tendería a ser una institución de la sociedad política como tal: se identificarían Estado y partido, y este último tendería a ser "partido único" o al menos "partido de Estado". Esto, opino, no es conveniente.

Durante 70 años vivimos la experiencia, todavía en vigor en la mayoría de los estados bajo el poder de gobernadores que, como verdaderos "virreyes" -se ha escrito con propiedad esta metáfora-, identifican su partido al gobierno. Son feudos inamovibles, antidemocráticos, monopolares. Allí el partido es gobierno, y no hay ningún conflicto posible entre ellos: el gobernador que ejerce el poder es, de hecho, el dirigente del partido... como antes lo era el presidente para todo el país.

En este caso el partido se ocupa de reproducir el estamento burocrático del Estado y se transforma en "maquinaria electoral", exclusivamente para garantizar la indicada ininterrumpida reproducción del sistema. Creíamos que habíamos superado el síndrome de los "70 años", pero no es así, pervive y con muy buena salud.

La institución democrática de elegir representantes (en realidad son dos instituciones: la representación misma y la manera de elegir al representante) exige, para tener legitimidad, que haya una participación simétrica de los actores. ¿Cómo habría simetría en la elección de representantes si los de un partido cuentan con todo el poder del Estado y los otros no? En este sentido la identidad (o la demasiada subordinación del partido al gobernante) crea una asimetría necesariamente antidemocrática.

Además, en la gobernabilidad misma del ejercicio del poder, una dimensión consiste en que el candidato de un partido sea elegido, y otra que el elegido sea, en virtud de la elección, el que ejerce delegadamente el poder depositado por todo el pueblo en una institución política (por ejemplo, ser gobernador). Dicho ejercicio, de lo que llamo "poder obediencial" (véase mi obra 20 tesis de política, tesis 4), no es ya en beneficio de los miembros particulares de un partido, sino de toda la población, de toda la comunidad política. En cierta manera, el elegido cambia de estatuto al asumir la responsabilidad del gobierno, y se transforma en representante al servicio de todo el pueblo.
Es por estas razones, y hay muchas más, que es adecuado diferenciar entre el partido político y el gobierno, aun a riesgo de confrontaciones. El que un presidente llegue a promover la elección, dentro de su partido, de una mayoría de miembros que le son subordinados o leales en una asamblea partidaria, puede parecer normal o inevitable, pero no es conveniente. Otra cosa es que teniendo autoridad moral obtenga de sus correligionarios un voto de confianza y de conformidad que le permita gobernar con mayoría en los otros poderes, para hacer más factible la gobernabilidad, pero guardando claramente el derecho posible a la confrontación, ya que el partido y el gobierno no son idénticos, y es correcto que no lo sean.

Esto nos lleva a la pregunta de fondo, entonces: ¿para qué sirve el partido político al gobierno de turno, a los futuros gobiernos y al pueblo todo? Esto exige reflexionar sobre la esencia del partido político, ciertamente en crisis en nuestro medio.

Si el partido político no debe ser primera ni fundamentalmente una "maquinaria electoral" que se pone en acción en las elecciones, y que previamente piensa toda su estrategia en vista de dicho evento, y tampoco debe identificarse con las instituciones del Estado, ¿qué son los partidos? Ante ello caben dos preguntas: ¿quiénes son los miembros de un partido político?, y ¿cuáles son sus responsabilidades cotidianas fuera de los actos electorales?

En la Revolución Francesa los primeros partidos, como los jacobinos, fueron como clubes de amigos de los representantes electos que preparaban las siguientes elecciones entre sus relaciones. Eran "maquinarias electorales". Sus miembros eran fundamentalmente los representantes elegidos, la burocracia política. En México actualmente los miembros activos de los partidos son los que forman parte de la burocracia, que reciben sueldo. Hay poca posibilidad de colaboración organizada de miembros de buena voluntad que cumplan tareas no remuneradas; al menos no son la mayoría.

Por el contrario, en la segunda parte del siglo XIX surgieron partidos obreros cuyos miembros excepcionalmente eran representantes electos, por lo que militaban en dichos partidos en vista de una lucha social y política que partía de sus necesidades y sus convicciones. El partido era un escuela política, lugar de reunión, discusión, aprendizaje retórico, información, donde se efectuaba el diagnóstico de las situaciones concretas. Después de la Primera Guerra llamada Mundial surgieron, junto a los partidos socialdemócratas y comunista, las democracias cristianas en Europa. Estos partidos tenían membresía, pero igualmente organización de la base, formación de sus dirigentes, campañas políticas en diversos niveles, donde sus militantes aprendían a ser actores en el campo político. Estos partidos eran "escuela de política".

En nuestro medio no hay nada parecido. En el mejor de los casos hay un excelente liderazgo que convoca la voluntad popular y que puede reunir cientos de miles de ciudadanos. En otro nivel se encuentra la burocracia del partido, en buena parte a sueldo del Estado por ser elegida como representante o por cooperar en el ejercicio del gobierno. Pero debajo de esa burocracia se encuentra el ciudadano que vota por el partido, pero que dejado individualmente a su propio destino, va de la exaltación del mitin multitudinario a la soledad de su domicilio particular -como sugería Jaime Avilés. El partido no tiene ninguna institución intermedia que acoja al simpatizante, para darle la posibilidad de constituir un grupo fraterno de correligionarios, donde se eduque políticamente y actúe cotidiana y continuamente, día a día, semana a semana, mes a mes, superando así la mera participación a la convocación multitudinaria impersonal a la que le seguirá otro mitin también impersonal, donde además del entusiasmo no se aprende mucho más. Un partido político así no es "escuela política"; sigue siendo una "maquinaria electoral", y depende de los momentos fuertes de la elecciones cuando las elites del poder, que tienen todos los medios propagandísticos, lo vencerán una y otra vez.

¿Es posible revertir esta lógica derrotista y salir del esquema de "partido maquinaria electoral" para convertirse en "escuela política"?

El partido político y organización de la base

El partido político debería ser como el árbol cósmico maya, que hunde sus raíces en el mundo del Hades, que crece como un robusto tronco sobre la superficie de la tierra y que tiende su follaje en el amplio cielo. De la misma manera, el partido político debería nutrirse participando en las luchas sociales de los movimientos populares, desarrollando la organización de la sociedad civil, para cumplir su función propia en la sociedad política o el Estado. No debe ser exclusivamente una burocracia política, que no tiene conexión constitutiva con la comunidad política. Para ello es necesario organizar al partido de tal manera que una el liderazgo con la burocracia, y a ambos con la base, dando a ésta el protagonismo democrático que hasta ahora ha faltado.

En efecto, los miembros influyentes de los partidos constituyen una burocracia a sueldo, que monopolizan las acciones e instituciones políticas, que sólo pueden ser ejercidas por los peritos, es decir, por los representantes elegidos o sus colaboradores. Fuera de ellos los partidos casi no cuentan con la acción desinteresada de ciudadanos que efectúan tareas partidarias para cumplir simplemente como militantes del partido funciones que su conciencia política exige, sin pedir retribución alguna pero exigiendo una plena participación en el ejercicio democrático del poder delegado en el mismo partido.

Entre la burocracia y los ciudadanos hay que crear una estructura organizacional en la que consista la vida cotidiana del partido, de donde se nutra y surjan los dirigentes y los candidatos a cargos electivos del partido, donde se actualicen los principios y se decidan las estrategias. Para ello hay que idear una regeneración completa del partido, partiendo de lo que con frecuencia se denomina el "comité de base". Si en el país hay más de 100 mil casillas electorales (número que indica una cierta distribución poblacional), habría que alcanzar más de 100 mil "comités de base", a fin de no de estar desprevenidos en la próxima elección para cumplir funciones electivas, sino de vivir cotidianamente en su lugar territorial, junto a la comunidad de vecinos simpatizantes, el posible compartir las vicisitudes de la acción política de los ciudadanos más conscientes de sus obligaciones. El "comité de base" es la comunidad partidario-política primera, en donde el cara-a-cara de la democracia directa es posible, en donde la participación personal permite conocer al otro ciudadano e ir considerando los avances teóricos y prácticos del grupo semana a semana. Entre la impersonalidad de la entusiasta concentración multitudinaria y la soledad del hogar singular, se encontraría una institución política donde las relaciones públicas cobrarían rostro, nombre, fraternidad.

Es en ese "comité de base" que el partido debería poner toda su voluntad de organización, para que ya no dependiera exclusivamente de los medios de comunicación para su propaganda, por ejemplo, sino de la movilización de sus bases conscientes, teórica y prácticamente.

Para ello sería necesario lanzar toda una campaña de repensar los principios del partido, teóricamente. En efecto, la izquierda desde 1989 ha quedado desnuda ideológicamente. Todos los miembros de un partido de izquierda tienen sólo el recuerdo de una teoría estudiada anterior a esa fecha, la de la "caída del muro de Berlín". Después, el partido no ha entrado en discusión teórica. Más: la mayoría de los miembros desconfía de la teoría. Sin embargo Lenin había dicho que "sin teoría no hay revolución". Yo diría hoy: "Sin teoría no hay partido político". Y sin organización tampoco. Es que la teoría y la organización se tocan: una impulsa a la otra. La organización, en primer lugar, es la reunión de los miembros del partido en la reflexión teórica sobre lo que deben hacer. Ese momento teórico del "comité de base" es el momento organizacional esencial. Desde el momento en que comienza a haber un consenso teórico en torno de ciertas tesis políticas fundamentales, la organización de los miembros puede sostenerse y crecer. En realidad lo que crece es una convicción de que un cierto diagnóstico teórico y práctico de la realidad política de México puede permitir una acción política concertada para transformar las instituciones en vista de una mayor felicidad del pueblo. La teoría y la estrategia organizacional van unidas.
Se ha propuesto, para llenar el vacío entre el liderazgo y la burocracia y la base, lanzar una campaña para obtener 5 millones de miembros del partido. ¿Quién realizará esa afiliación? ¿Qué significa ser miembros de un partido? ¿Quiénes y cómo los formarán dentro de los principios del partido? Y después de afiliarse, ¿qué harán como miembros activos del partido cotidianamente? En realidad sin organización, firmar una ficha de afiliación no agrega pertenencia y, sobre todo, no agrega ninguna ventaja al partido "inflado" con una tal membresía sin función alguna. Volverán a su casa, de la entusiasta concentración multitudinaria a la soledad desesperanzada del hogar, con un afiliación en el bolsillo. No. La afiliación es una acción correcta, pero como resultado de la organización de millares de "comités de base" que culmine, después de hacerse cargo de los principios (los que evidentemente los "comités de base" deberán mejorar, lo mismo que los estatutos, por ser sumamente rígidos, de arriba hacia abajo, donde pasivamente el miembro del partido no participa efectivamente en el mismo). La constitución de millares de "comités de base" invertiría la corrupción de la parcelación del poder por cuotas de tribus, y daría lugar a una auténtica democracia de la base, que elegiría sus representantes reales a todas las instituciones internas del partido. Por el momento, la burocracia del partido está "agarrada" desde arriba a la brocha, sin comunidad de base que la haya realmente elegido. Son representantes sin representados.

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Enrique Dussel


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